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Estamos en Cargando..., Cargando... del año Cargando....
Situación actual: Tras la reunión mantenida por los Kage en el Valle de los Dojos, se ha firmado una renovada Alianza de las Tres Grandes. Uzushiogakure, Kusagakure y Amegakure unen fuerzas contra la invisible amenaza de los Ocho Generales de Kurama. Así, sus ninjas prometen velar por la paz y colaborar compartiendo cualquier información que obtengan de estos, tanto como garantizar la seguridad de los tres Guardianes jinchuuriki, Uchiha Datsue, Eikyuu Juro y Aotsuki Ayame.

Se está construyendo un complejo circuito de vías de ferrocarril a lo largo y ancho de Oonindo. Se prevee que el servicio de trenes del continente se inaugure a principios de Viento Gris. Al mismo tiempo, en secreto, se está instalando una red de telefonía internacional para altos cargos. Este es un secreto que los shinobi han jurado guardar para sí mismos. El teléfono está disponible de forma local en cada una de las aldeas, y aunque en Amegakure ya existía, en Uzushiogakure y Kusagakure está suponiendo toda una revolución.
(B) De vuelta al mar
#1
Kaido era un tipo al que le gustaba embarrarse, meterse de lleno en la mierda del mundo ninja. No estaba hecho para quedarse quieto y dejar que los males de Oonindo fueran del timbo al tambo sin que al menos tuvieran que hacerle frente, a él, al gran tiburón de Amegakure. Sin embargo, su última misión le había dejado física y emocionalmente tocado, lo suficiente como para que sintiese la imperiosa necesidad de alejarse del ruedo, por un tiempo.

Y así, aliento nevado se convirtió de pronto en Bienvenida. La primavera del nuevo año apabulló al frío invierno, obligándole a esconderse hasta que los gélidos vientos fluviales dieran su curso, de nuevo.

Pero más pronto que tarde, aquel letargo al que se hubo sumido el tiburón terminó por joderle un poco la cabeza. Tener tanto tiempo para pensar y pensar, tribular acerca de qué hacer y de cómo actuar respecto a sus propios conflictos —personales y familiares, que, de por sí, eran una mierda lo bastante complicada como para poder causarle más de un dolor de cabeza, como menos—, le iba a volver loco, definitivamente.

Su único escape era la de sumirse en la labor. En el comodín que muchos como él toman tantas veces.

Era la hora de volver a tomar una misión.

. . .

Una vez más, interpuso su azulado rostro de cabrón ortodoxo frente al mostrador. Se encontraba dentro del apabullante edificio del Arashikage, en donde tenía que solicitar él que se le asignase una misión.

—Umikiba Kaido, legajo 26285. Vengo a solicitar una misión.

— Kincho:
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#2
Yuki Yuko le miró con aquellos ojos azules que tanto le caracterizaban, tan claros que rozaban el blanco del frío hielo. ¿O era Yuki Yuji? Con aquellos dos gemelos —que se turnaban la secretaría de forma totalmente caótica y desorganizada— era casi imposible saberlo.

Yuki Yoko era un hombre entrado en la treintena, de músculos marcados y normalmente jovial y alegre. Aquel día, sin embargo, se le notaba sombrío y triste. Tenía las cejas caídas, la espalda ligeramente encorvada y los hombros hundidos. Apenas respondió al saludo de Kaido con un murmullo, una especie de huh, para luego extenderle el pergamino de su misión.


Misión rango C


Solicitante: Shenfu Kano
Lugar: Taikarune
Shenfu Kano es el dueño del restaurante Baratie, y ha sufrido varios robos en las últimas semanas. Con la llegada de las fiestas locales, y la caja que se suele hacer con ella, teme que los ladrones aprovechen para tratar de robarle nuevamente. También sospecha que uno de sus empleados esté implicado.

El solicitante ha pedido un shinobi que se haga pasar por una persona en busca de empleo —ofertará un trabajo temporal de camarero para cubrir las fiestas—, y que permaneciendo de incógnito, defienda sus pertenencias de los ladrones. La entrevista de trabajo tendrá lugar el Día del Agua, en el restaurante, y el shinobi deberá llevar un brazalete negro para que Shenfu Kano pueda reconocerle fácilmente.






Soy Datsue. Tomo la misión con hueco de Master.

Puedes narrar ya tu llegada a Taikarune, si quieres, Kaido Guiño
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#3
El escualo tomó aquel pergamino del dependiente, y lo abrió apenas abandonó el edificio; leyéndolo y releyéndolo un par de veces para memorizar los datos más importantes de aquella misión. Finalmente, guardó el rollo y dispuso a prepararse para partir. Cuanto antes.

Su próximo destino; Taikarune.

. . .

El alivio que sintió al cruzar el inmenso arco de piedra que servía como bienvenida a la famosa ciudad de Taikarune le fue, sencillamente, indescriptible. Y cómo no, si después de haber tenido que viajar ¡tres malditos días! para poder llegar hasta el destino de su misión, lo menos que quería era seguir atravesando medio Oonindo, y a pie. Por suerte, más allá de aquella ciudad sólo había mar, y mar. Y poco más.

Kaido cruzó aquella brecha que supeditaba al enorme acantilado agobiado por el papel que tendría que interpretar de ahora en adelante, como parte expresa en la solicitud de la misión. Porque, Kaido no podría ser Kaido esa vez. No. No podía ser el hijo de puta que, más allá de sus buenamente sabidas fortalezas, reforzaba sus comportamientos en el leve sentido de autoridad que le daba su bandana. Ahora, el gyojin tendría que convertirse en uno más de la muchedumbre, en un simple y mundano civil desempleado que ansiaba por poder trabajar en Baratie, el restaurante de Shenfu Kano.

Así que, en pro de su propio subterfugio, el escualo se tomó la libertad de vestir con prendas comunes y corrientes. Sin botas militares, ni prendas aereodinámicas ajustables. Tampoco su bandana. En su bolso de viaje, sin embargo, seguro que tendría algún arma escondida, y alguno que otro implemento que le pudiera pasar desapercibido sin mucho problema. Sellos, bombas de humo. Lo básico.

Nokomizuchi, por muy a su pesar, tuvo que quedarse en casa. No cortaría a nadie con ella, por esta vez.

Llevaba el cabello atado en una cola de caballo, reposándole sobre la espalda, y un camisón de mangas medias con cuello en V. Pantalones grises, y unas sandalias marrones de lo más mundanas. En su muñeca derecha, reposaba el brazalete negro que le identificaría como el shinobi elegido para la misión.

El Hozuki tomó rumbo entonces hacia el corazón de la ciudad, en la búsqueda de la locación en cuestión.

— Kincho:
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#4
Llegado al corazón de Taikarune, Kaido se dio cuenta que no tendría problema en encontrar a alguien a quien preguntar la localización del restaurante. Básicamente, porque las calles estaban a rebosar. Tras probar suerte y no encontrarla en una pareja que resultaban ser turistas, el amejin halló al fin las indicaciones deseadas.

Apenas tenía pérdida, y el mayor obstáculo tan solo era abrirse paso entre toda la marabunta de gente que inundaba la calle principal. Por el camino, sin embargo, notó algo en la nuca. Una sensación, difícilmente explicable con palabras. Era la misma sensación que se tiene cuando intuyes que te están mirando a la espalda.

Cuando desvió la mirada, le pareció ver dos ninjas mirando hacia su posición. Supo que eran ninjas, porque llevaban la bandana puesta. Una en la frente, el otro en el cuello, no supo distinguir de qué Villa. Era una chica pelirroja y un joven con un jersey que ponía… ¿Brigada Inuzuka? O algo parecido, porque en seguida los perdió de vista.

Reanudada su marcha, siguió bajando hasta llegar a las lindes de la ciudad y su destino: la costa. Allí, anclado a un pequeño puerto, halló el restaurante Baratie. Un restaurante con algo curioso, un pequeño detalle que le diferenciaba del resto y le hacía único y especial. Aquel restaurante era…

… un barco, con su nombre escrito en el casco. Kaido había creído haber viajado en un gran barco en su aventura junto a Akame y Datsue hacia Isla Monotonía. Entonces se dio cuenta que aquello era relativo. Si lo comparaba con el que tenía en frente, desde luego, era como comparar a un gorila de dos metros con un elefante. A los dos se les consideraba grandes, pero jugaban, simplemente, en categorías distintas.

En el muelle que conducía hasta el barco —al que por lo visto todavía no se podía acceder—, había formada una pequeña cola de una docena de personas. La última —y la más próxima a él—, era una muchacha menuda y rubia, de tez morena —lo supo por el color de sus antebrazos, pues estaba de espadas a él—, y un…

… brazalete negro en la muñeca derecha.
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#5
Hallar las indicaciones necesarias para encontrar su imperante destino le resultó, cuanto menos, sencillo. Tras uno o dos intentos, logró recabar la dirección exacta, donde tendría que descender hacia los linderos de la costa para hallar el restaurante de Shenfu Kano.

Entre tanto, no pudo evitar que su instinto le susurrara seductoramente, obligándole a torcer el gesto y la mirada. A encontrarse cara a cara con dos personas que, por las razones que fueran, le observaban a él y sólo a él. No podía ser una casualidad, desde luego, encontrándose ellos entre una marea agobiante de personas arremolinadas entre sí, pero antes de que el escualo pudiera indagar a fondo en el asunto —le preocupó ver en ellos un par de bandanas, aunque fue incapaz de discernir de a qué aldea pertenecían—. una nueva ola rompiente de gente les hizo desaparecer, súbitamente.

Tragó saliva, y trató de buscarles sin éxito.

«Tranquilo. Sólo te ven porque eres azul. Nadie sabe quién eres, ni el por qué estás aquí. Vamos, enfócate en tu papel, cabrón» —se dijo, antes de continuar su avanzada.

Dejado el corazón de la ciudad atrás, Kaido finalmente llegó a la costa. Al puerto de Taikarune. Y entre los caballos de madera encallados encontró lo que estaba buscando: A Baratie.

Quería auparse a sí mismo por creer que se imaginaba que el restaurante sería un barco, pero no. Ni en mil años. Ni en mil años hubiese pensado que aquel local sería una bestia maciza que superaba con creces el tamaño de los pocos barcos en los que él había estado antes. Éste, sencillamente, podría navegar directo hacia ellos y hacerlos pedazos como si de cristal se tratase y continuar su travesía a través de los mares, intacto y vanagloriado por no tener rival alguno en el océano.

Entonces partió hacia el muelle, para poder encontrarse con Kano. Lo que, en principio, no iba a resultar sencillo. Porque frente a él, una docena de personas aguardaba paciente en una fila. Para entrevistarse tal y como tenía que hacerlo él, sólo que...

«Espera, ¿qué?» —no. Él debía ser el único con un brazalete negro aquel día, pero la mujer frente a él también tenía uno. ¿Sería una casualidad?—. «Sí, tiene que ser eso. ¿O ha contradado a alguien más?»

El escualo le tocó con el brazo izquierdo el omoplato, y escondió el derecho por detrás de su espalda.

—Disculpe, ¿es ésta la fila para las entrevistas de Camarero en Baratie?

— Kincho:
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#6
La chica dio un respingo al ver a Kaido, conteniendo a duras penas un chillido del susto que se había pegado. El shinobi supo perfectamente a que se debía: los ojos de la chica habían pasado de sus dientes afilados a su piel casi azul, y su expresión, por un instante, había sido la de alguien viendo a un tiburón abriendo sus fauces sobre él.

Entonces frunció el ceño, y le dio un ligero manotazo en el pecho.

¡Menudo susto me has dado, capullo! —le criticó, todavía con una mano en su propio pecho del susto—. Deberías tratar con más gentileza a las damas.

Suspiró, liberando toda la tensión. Tenía la cara ligeramente redondeada, y unos ojos de color ámbar y llenos de curiosidad. Sonrió.

Pues sí —respondió, a su pregunta—. ¿No es genial? Quiero decir, sé que en principio solo es un trabajo temporal, para cubrir las fiestas. ¡¿Pero y si le gustamos?! ¡¿Y si nos contratan indefinidamente?! —preguntaba, y casi parecía dar saltitos de alegría al mismo tiempo—. Imagínate… trabajar junto al mayor chef de Oonindo… —suspiró, como si no tuviese palabras para definir cuán maravilloso sería.

»Oh, y soy Kila, por cierto.
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#7
¡Menudo susto me has dado, capullo! —espetó ella, reaccionando tal y como Kaido se lo esperaba. Más que acostumbrado estaba a generar ese tipo de recibimientos, y no es que le importase en lo absoluto—. Deberías tratar con más gentileza a las damas.

Gentileza.

No era uno de sus fuertes, ni mucho menos. De hecho, le había costado horrores increpar a la mujer con tanta decencia, teniendo en cuenta su ya asidua socarronería. Pero ésta vez, si quería mantenerse en el papel, no podía añadir más leña al fuego. Con su inusual apariencia era suficiente.

Pues sí. ¿No es genial? Quiero decir, sé que en principio solo es un trabajo temporal, para cubrir las fiestas. ¡¿Pero y si le gustamos?! ¡¿Y si nos contratan indefinidamente?! —y mientras hablaba, Kaido no podía parar de maquinar cosas. Como que, tal y como lo hacía él, ella también estaba fingiendo. Jugando un papel. Porque las casualidades no eran algo muy asiduo en las labores de un ninja—. Imagínate… trabajar junto al mayor chef de Oonindo…

Entonces, se la abrió una oportunidad. Ínfima, pero oportunidad al fin.

»Oh, y soy Kila, por cierto.

La mano del tiburón —su derecha, vestida con aquel brazalete— se alzó parsimoniosa frente a Kila. Quería que la viera, aunque en principio se tratase de un simple saludo. De una cordial presentación.

Sus ojos de tiburón, sin embargo, no abandonarían el rostro de ella mientras trataba de estrechar su mano.

Shirosame. Un placer —dijo, casual—. pues, primero tendrás que lidiar con la docena de postulantes que están primero que nosotros. No creo que haya muchas vacantes, así que... tenemos algo de competencia. Pero así es más divertido, ¿no crees?

— Kincho:
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#8
Kila le estrechó la mano, sin prestar atención al brazalete que Kaido lucía en su muñeca. Él, por otra parte, pudo sacar alguna otra conclusión de aquel apretón. Era un simple gesto, pero un gesto que decía mucho de la persona que lo hacía. Había apretones inseguros; flojos; o de manos sudadas y blandas. El de ella, sin embargo, era firme. No apretaba con fuerza, pero se la notaba segura, confiada, y su piel no era tan fina como a simple vista podía parecer.

¡Ja! ¡Me crezco en las situaciones difíciles! —exclamó, con mirada fiera—. Te lo juro por Susano’o, no me iré de aquí sin haber conseguido el trabajo.

Sonrió.

¿Y de dónde eres, Shirosame? No me suena de verte por aquí…
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#9
Un apretón de mano podía decir mucho de una persona. Si era muy fuerte, probablemente se tratase de una imperiosa necesidad de transmitir una fortaleza que no se tenía. Si era muy suave, habría demostrado vacilación. Pero el de Kila fue en un punto intermedio, con la seguridad y la confianza que pocos suelen tener frente al gyojin. Menos aún en circunstancias tan fugaces como aquella.

—¡Ja! ¡Me crezco en las situaciones difíciles! Te lo juro por Susano’o, no me iré de aquí sin haber conseguido el trabajo.

Ella sonrió.

Y él, también.

—¿Y de dónde eres, Shirosame? No me suena de verte por aquí…

—Porque no soy de por estos lares, por eso. Soy oriundo de Arashi no Kuni, aunque llevo medio año moviéndome de timbo al tambo, sobre todo por Tanzaku y cercanías. No soy muy de quedarme en un sólo sitio durante tanto tiempo, así que aquí estoy, probando suerte en otro lado. ¿Y tú, qué? —le increpó, tras evaluar su reacción—. ¿llevas mucho en Taikarune?

— Kincho:
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#10
Pues yo…

¡Pam! El sonido de un fuerte tablón de madera chocando contra el muelle la interrumpió. Cuando Kaido alzó la vista, pudo ver que aquel enorme tablón servía de puente al barco, y, observando desde lo alto, un hombre.

¡Vamos, vamos, vamos! ¡Es para hoy, grumetes! —No era excesivamente alto, pero su voz era tan atronadora como la de un león—. ¡Bam, bam, bam! —gritaba, alzando el puño al cielo con cada bam. ¡Vamos, vamos, vamos! ¡Bam, bam, bam!

Los aspirantes a camarero empezaron a correr por el portalón hasta subir al barco. La cubierta era amplísima, bastante limpia para ser un barco y con mesas cubiertas de manteles aquí y allá. El hombre les condujo hasta una enorme escotilla, ya abierta, bajando por las escaleras y accediendo a lo que parecía ser el gran comedor.

Había un montón de mesas repartidas por todo el interior, con manteles blancos y sin mayores adornos. Colgando del techo, las paredes y ciertas mesas, numerosos candelabros que iluminaban la estancia. Al final de ésta, una barra, tras la que había una puerta. El hombre les condujo hasta allí, accediendo a la cocina.

El hombre se detuvo al fin. Estaba rapado por completo, aunque se le notaban las entradas, y tenía la cara redondeada por el sobrepeso. De ojos oscuros, antebrazos exageradamente musculados y barriga todavía más grande. Era lo que se conocía como una barriga cervecera, que de tanto que abultaba, amenazaba con hacer saltar por los aires los botones de la camisa que la constreñían.

Repasó con la mirada a sus aspirantes, deteniéndose en Kila… y su muñeca derecha. Entonces asintió. Luego, se fijó en Kaido, de suerte que sus ojos resbalaron también por su muñeca derecha y abrió la boca en el acto, formando una gran “o” que hizo temblar su papada. Miró a uno y a otro de forma alterna, con expresión confusa, y pareció quedarse sin habla.

Tras un silencio eterno, alguien carraspeó. Era una mujer, que había estado aguardando en la esquina de la cocina. Caminó hasta ellos con pasos firmes y mirada dura. Tenía los cabellos negros, la nariz aguileña y se le notaba la nuez en la garganta. Entre sus manos huesudas, una libretita.

Como alguno de vosotros ya sabréis, mi nombre es Jitsuna. Mi marido —dijo, haciendo un gesto con la mano—, Shenfu Kano. Ya sabéis porque estáis aquí, estamos buscando un camarero que nos cubra las fiestas. Algunos de vosotros ya habéis probado fortuna otras veces —miró a dos jóvenes escuchimizados—. Otros no. Para los primerizos, deciros que os vamos a poner a prueba. Lo primero de todo, será ver vuestra capacidad de memoria. En Baratie solemos estar muy ajetreados, y a veces no hay tiempo ni para escribir un pedido —explicó—. Así que simularemos que atendéis varias mesas. Yo haré de cliente, y os haré un pedido tras otro. En total, diez. Podéis decirme que os dé los pedidos de dos en dos, de tres en tres, ¡o incluso los diez de golpe, si os animáis! Tras eso, venís a la barra, esperamos un minuto de reloj y volvéis junto a mí a recitarme los pedidos. Así hasta terminar con los diez. Si falláis, hay que repetir el pedido. Cuánto menos tardéis, mejor os valoraremos.

»¿Alguna duda? —Esperó un segundo, y añadió—:. Presentaos, de uno en uno —pidió, mientras llevaba un lápiz a su libretita y clavaba la mirada en Kaido.
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#11
¡Pam!

El jodido ¡Pam! evitó que pudiera saber más acerca de Kila, o de por qué estaba ella en Taikarune. Evitó poder discernir más acerca del brazalete, y de si sólo sería una simple piedra en el camino, que podría joderle un poco el anonimato.

De cualquier forma, Kaido era de perder rápido el interés. Y lo volcó todo hacia el hombre que rugía para captar la atención de los numerosos postulantes a camarero. Solo ahí entendió que, aquella convocatoria, era sólo parte del espectáculo. Probablemente para que ninguno de los ya contratados pudiera sospechar de nada. A todas luces, Kaido tendría que ser contratado a todas las de la ley por, sencillamente, la dura época de las fiestas. Y nada más.

El gyojin señaló el camino y esperó, a que la dama tomara curso. Él, lo haría después.

¿Y qué encontró una vez dentro de Baratie?

A un barco con una inmensidad abrumante. La cubierta ya era por sí sola lo suficientemente grande como para atender a un buen puñado de gente, pero el interior de aquel acorazado aguardaría por muchas más sorpresas bajo sus cimientos. Entre ellas, el camarote principal inferior por el que bajaron posteriormente, donde se encontraron con más mesas adornadas con candelabros, luces y poco más. Acogedor. Y luego, la cocina.

Una vez allí, el tipo se detuvo. Y sólo entonces Kaido pudo discernir cómo era realmente, además de la calva. Musculoso pero no de músculo sino de grasa, con una pansa digna de un campeón del mundial de cerveza. Debatiéndose entre Kila y él, pasando desde la conformidad hasta una evidente confusión en cuestión de segundos.

Fuera Kaido capaz o no de percatarse de ello, viró su atención hasta Jitsuna.

Jitsuna, o bien esposa de Shifu Kano, serpenteó a través de la cocina para acercarse hacia los participantes. Les increpó con una mirada de escrutinio, y luego habló, presentándose debidamente y puntualizando el cómo se llevaría a cabo las pruebas para poder ser debidamente evaluados como camareros.

Kaido repasó las explicaciones como quien no quiere la cosa, sintiendo algo de alivio al tratarse sólo de una pequeña prueba de memoria. Esperaba que no fuera más que tretas similares, pero supo en ese instante que para poder fungir como camarero tendría que probarse ser uno. Joder, claro. No podía ser tan simple como tan sólo llevar un brazalete.

Maldijo para sus adentros. En su vida había tenido que cargar con más de un plato.

»¿Alguna duda? —Esperó un segundo, y añadió—:. Presentaos, de uno en uno.

—Aquí Umikiba Shirosame, no tengo ninguna «¡Maldita!» duda.

— Kincho:
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#12
Primero Kaido —ahora Amikiba Shirosame—, luego Kila, quien no parecía tener apellido, y seguidamente el resto fueron presentándose uno a uno, mientras Jitsuna iba apuntándolo en un papel. Terminadas las presentaciones, las pruebas dieron comienzo.

El primero en hacer el examen fue un joven chico menudo y raquítico. Luego, una muchacha de ojos marrones y mejillas sonrojadas. Mientras iban saliendo, uno a uno, a ponerse a prueba, el resto esperaba junto a Shenfu Kano en la cocina. Hubo algunos que tardaron más en volver. Otros —dos—, que ni siquiera volvieron. Kila, la última en salir, fue la que menos tardó en regresar: algo menos de tres minutos.

La voz de Jitsuna se oyó al otro lado de la puerta: llamaba por Shirosame.

Cuando Kaido salió de la cocina, cruzando las puertas laterales de la barra, se encontró a la mujer sentada en una mesa, aguardando. Tenía un cronómetro en la mano, y un lápiz en la otra.

Recuerda, Shirosame. Te haré los pedidos, y tú me dices cuando parar. Caminas hasta la barra, y cuando pase un minuto te vuelvo a llamar, y tendrás que recitarme cada pedido para cada mesa. Si te equivocas en una, ese pedido no cuenta. Luego, continuo con los pedidos, y así hasta que hayamos completado los diez. ¿De acuerdo?

»Para la mesa tres, me vas a traer un daiquiri de fresa, pero con dos cucharadas de azúcar, y no una, y con poco ron. También un Huracán, pero con más ron tostado que blanco, y sin limón. Un Volcán con poco hielo; y un vaso de agua con hielo. En la mesa dos —continuó—, quiero unos entrantes de… —Y así, la mujer habló y habló hasta que Kaido la mandase parar o tras terminar de indicarle el pedido de las diez mesas.
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#13
Prueba tras prueba, los participantes fueron saliendo uno a uno. Unos con mejor cara que otros, algunos tomándose mucho más tiempo que el resto. Con cada tanto, Kaido no podía evitar sentirse, cuanto menos ligeramente nervioso.

«Bueno, siempre puedo escudarme en la misión. Si la cago, no tendrán de otra que fingir un poco de demencia y hacer como si el tipo azul se sacó la polla durante la prueba»

Sin embargo, lo que más le preocupó fue la celeridad con la que Kila volvió a la cocina. No habían pasado ni tres míseros minutos. La observó inquisitivo y le siguió con la mirada hasta que hubiese retomado su puesto habitual, tratando de discernir qué tan bien le había ido en la prueba. Pero, más pronto que tarde, Jitsuna llamó a su nombre. O al que se había inventado, mejor dicho.

Soltó un respingo acelerado y caminó hasta la habitación contigua.

Ahí le aguardaba la mujer, con cronómetro en mano. Y, por supuesto, la libreta de la discordia.

Recuerda, Shirosame. Te haré los pedidos, y tú me dices cuando parar. Caminas hasta la barra, y cuando pase un minuto te vuelvo a llamar, y tendrás que recitarme cada pedido para cada mesa. Si te equivocas en una, ese pedido no cuenta. Luego, continuo con los pedidos, y así hasta que hayamos completado los diez. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —escupió, agobiado. Sólo entonces afinaría el oído, despejaría su mente de todo aquello que le pudiera distraer de su más imperioso objetivo y escuchó. Escuchó como no lo había hecho antes, quizás.

»Para la mesa tres, me vas a traer un daiquiri de fresa, pero con dos cucharadas de azúcar, y no una, y con poco ron. También un Huracán, pero con más ron tostado que blanco, y sin limón. Un Volcán con poco hielo; y un vaso de agua con hielo —la mejor forma que se le ocurrió para recordar todo aquello fue resumirlo lo suficiente, aunque manteniendo la esencia del pedido. Los detalles más importantes, sin los putos adornos.

«Daiquirí de fresa, muy dulce y poco ron. Huracán con ron negro y sin limón. Volcán con poco hielo y un vaso de agua, con el hielo que no le vas a poner al maldito volcán. Vale, pan comido»

Kaido le pidió callar cuando finalizó el tercer pedido. Sí, se pensó capaz de recordar otras dos tandas, aunque no así una cuarta pues era terreno inexplorado para él. Lo mejor era asegurar un buen performance en el primer minuto, aún y cuando no pudiera igualar a Kila. Ya si tendría que remontar al final de todo, correría el riesgo.

— Kincho:
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#14
Cuando Kaido se fijó en la muchacha llamada Kila, no pudo ver más que felicidad y orgullo dibujado en su rostro. Le había salido, a todas luces, la prueba perfecta.

Pero el amejin era un ninja instruido, y no se iba a dejar llevar por la competitividad y los nervios. Las cartas estaban marcadas, los dados trucados, y se sabía con la seguridad de pasar las pruebas aun no pasándolas.

Por eso, actuó con precaución, y pidió parar tras oír el tercer pedido. Luego, tuvo que esperar un largo y eterno minuto tras la barra, hasta que vio el gesto de Jitsuna. Cuando se acercó a ella, ésta le pidió que dijese el pedido de las tres mesas, y…


Puntos necesarios para acordarse de 3 pedidos: 50
Puntos conseguidos por Kaido: Inteligencia + 3d10 = 40 + 2 + 5 + 3 = 50


… no la cagó. Por un momento, el amejin creyó que iba a meter la pata con el primer y tercer pedido, pero finalmente logró salir del paso. La mujer asintió y empezó de nuevo a dictarle pedidos. Kaido tendría que ver si mantenía el mismo número, si prefería correr menos riesgos o, por el contrario, iba con todo. Tan solo le quedaban siete para finalizarla.
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#15
Y si aquello era haber tenido precaución, no quería imaginarse como sería el tomar riesgos.

Porque, ¡por los pelos no la caga de a bien!

«Por las tetas de Yui, esa mierda ha estado cerca» —se increpó, tras recordar por poco cada pedido. El último se le había hecho endemoniadamente efusivo y difícil de regurgitar, pero lo había logrado. Apenas.

Una gota le recorrió la frente. Joder, y pensar que aquello le iba a suponer un gran dolor de cabeza. ¡No la había pasado tan mal ni cuando tuvo que ir a rescatar a Ayame. No, bueno, tampoco tan allá. Aún no había tenido que matar a nadie, por suerte.

Pero poco fue el tiempo que tendría para reponerse de aquel arrojo de moneda, cuando la mujer empezó el dictado nuevamente. Entonces, volvió a afinar el oído —sí, quizás era esa su cábala, afinar el puto oído— y trató de escuchar dos pedido más, y no tres como en la primera ocasión.

Y lo hizo así por un sólo motivo: aquello no era una carrera para ver quién llegaba primero, sino para el que llegase más intacto. Porque, después de todo, tratar de superar a Kila podría conllevar a no pasar la primera prueba, lo cual no tenía sentido alguno.

Si acababa un minuto después, no era el jodido fin del mundo. ¿O sí?

— Kincho:
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