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Estamos en Cargando..., Cargando... del año Cargando....
Situación actual: Tras la reunión mantenida por los Kage en el Valle de los Dojos, se ha firmado una renovada Alianza de las Tres Grandes. Uzushiogakure, Kusagakure y Amegakure unen fuerzas contra la invisible amenaza de los Ocho Generales de Kurama. Así, sus ninjas prometen velar por la paz y colaborar compartiendo cualquier información que obtengan de estos, tanto como garantizar la seguridad de los tres Guardianes jinchuuriki, Uchiha Datsue, Eikyuu Juro y Aotsuki Ayame.

Se está construyendo un complejo circuito de vías de ferrocarril a lo largo y ancho de Oonindo. Se prevee que el servicio de trenes del continente se inaugure a principios de Viento Gris. Al mismo tiempo, en secreto, se está instalando una red de telefonía internacional para altos cargos. Este es un secreto que los shinobi han jurado guardar para sí mismos. El teléfono está disponible de forma local en cada una de las aldeas, y aunque en Amegakure ya existía, en Uzushiogakure y Kusagakure está suponiendo toda una revolución.
En mosca cerrada no entran bocas
#1
Dicen las leyendas, que cuando el frío sopla bajo, vuela un grajo del carajo.

O algo parecido, la culpa de seguro no era de ese pobre trovador disléxico a la entrada de Taikarune. El hombre lo daba todo, se desvivía por su labor. Tocaba un desconchado ukelele color celeste, y vestía un roído y rasgado kimono azul sin decoración alguna. La única salvedad era ese obi negro que llevaba, y que apenas cumplía su función. Las uñas las tenía largas como un águila, aunque no podía compararse a semejante animal. El pobre tenía las uñas llenas de moho, así como quebradas por algunos lados. Un rostro y una constitución que claramente daban a entender que el hombre vivía en la mas absoluta miseria, escuálido y delgado como un hombre que apenas conoce la comida. Sus ojos eran los de un hombre que pese a todo, y contra todo pronóstico... al menos era feliz. Hacía lo que le gustaba, entretenía a la gente.

Pobre iluso... del aire no se vive.

Quizás por compasión, o meramente por altruismo, algunas personas le dejaban alguna moneda en el cesto de mimbre que tenía a los pies. Pero, en su mayoría estaban allí tan solo para reírse de sus disparatadas sandeces. Si bien no merecía el titulo, era alabado por muchos con el sobre nombre de payaso.

No, obviamente, las mofas y burlas no faltaban por esos lares.

En un día tan seco como un marido viendo la final de las Shinobiolimpiadas, y con un calor semejante al de un chancletazo por parte de una madre, Etsu había terminado encontrando al hombre en una de las calles derivadas a la principal de la ciudad. Quizás, solo quizás, era de los pocos que no lo miraban ni con ganas de burlarse ni con pena...

Quería ayudarlo, pero no sabía cómo hacerlo. Quería ser el mejor shinobi de todos los tiempos. El mejor en todos los sentidos. Era imposible que dejase de lado éste tipo de situaciones.

Maldita sea... ¿qué podríamos hacer, Akane?

El huskie enorme que había a su lado miró al chico de rastas, torció la cabeza ladeandola, y no soltó prenda. Al menos no pareció hacerlo, pero si que había hablado con el Inuzuka.

¡Tsk! —chasqueó la lengua —pero no puedo hacer eso... el dinero solo le valdría para vivir un poco mas. Pero lo gastaría en cualquier momento, y seguiría estando en las mismas... ¿no crees?

¿Ababaur? —preguntó el can.

El chico se posicionó de cuclillas, aún algo alejado de la trama principal. Alzó la diestra, señalando al gentío —el problema en realidad no es ese hombre, el problema son ellos —aseguraba, indicando a los que se burlaban del pobre hombre —en una sociedad con humanos como esos, no merece ni la pena esforzarse por ser el mejor shinobi. Porque para cuando cometas un fallo, estarán ahí para burlarse y reírse, sin importar todos tus esfuerzos previos...

»No es que los odie... pero, me resulta difícil entenderlos... es complicado entender a las personas, incluso siendo una...

El Inzuka cesó en su gesto anterior, bajando la mano. Resopló, algo decepcionado.
~ No muerdas lo que no piensas comerte ~
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#2
Taikarune era famosa por el museo armamentístico instalado en el antiguo castillo del Señor Feudal del País del Fuego. O, al menos, eso era lo que había oído, y eso fue lo que la motivó a querer viajar hasta tan lejos. Sin embargo, conforme se acercaba, a Ayame le sorprendió aún más la morfología de aquella curiosa ciudad, cuyas casas, pequeñas y tradicionales, se erigían sobre un enorme risco con forma de arco que comunicaba el mar con el acantilado.

«Increíble...» Se maravillaba, boquiabierta ante la espectacularidad de aquel paisaje.

Ayame se había detenido un momento para echar mano de una botella de agua y darle varios tientos. El verano comenzaba a arreciar, y el calor cada vez era más asfixiante e insoportable.

Agh... se ha calentado... —murmuró, con el asco grabado en su gesto.

Fue entonces cuando lo oyó. Unas notas delicadas en el aire y murmullos y risas. Ayame se volvió, curiosa, y no tardó mucho en encontrar el origen de aquel sonido. Cerca de la entrada de la ciudad, un hombre vestido con ropas harapientas y cuerpo sumido en la más absoluta podredumbre, tocaba un curioso instrumento similar a una guitarra pero de menor tamaño. El hombre cantaba; pero la gente, lejos de sentir admiración por él... se reían. Y es que, en los versos que el pobre mendigo soltaba al aire, el orden de las palabras muchas veces parecía tomar un rumbo completamente aleatorio. Ayame llegó a escuchar cosas como "en mosca cerrada no entran bocas", o "a dentado regalado no le mires el caballo".

«¿Se está tomando ciertas licencias artísticas o... es disléxico?» Se preguntó, ladeando ligeramente la cabeza.
[Imagen: aDoDAhc.png][Imagen: hd6P8qU.gif]

· En la habitación de Ayame, en Amegakure (Primera Flor, 219)

No respondo dudas por MP.
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#3
El hombre de peculiar talento continuó su odisea. Combatiendo contra mar, montaña, sol y tormenta. Nada parecía poder abatirlo, pues a cada burla que escuchaba, parecía agrandarle el ego. El hombre le ponía hasta más entusiasmo, cual fuego que es avivado a base de combustible. Para bien o para mal —mas bien para lo segundo—, el individuo había adquirido una ingente cantidad de público. Ya pudiese estar ahí el mismo diablo, que su objetivo estaba más que cumplido.

¿Crees que si le regalamos un nuevo instrumento... al menos estaríamos haciendo algo bueno? —preguntó a su hermano.

Wuruuuuuuwu

Tío... —hizo un inciso el Inuzuka de rastas —cada vez hablas más raro, te lo digo en serio...

»Pero razón no te falta en lo que dices... puede que entrometerse sea como firmar una nota de suicidio. Ir contra todos no es siempre buena idea, a menos que tengas la certeza de que podrás contra todos. Pero no se puede ir contra el aquelarre sin tener agua bendita... hay que entrenar mas. Mucho mas.

El Inuzuka se dispuso a continuar con su camino, debía buscar qué hacer en lo que el abuelo terminaba sus negocios por la ciudad. El anciano había venido a promover aún mas la creciente fama del dojo familiar, y lo había arrastrado. Pero bueno, toda experiencia suma. Eso era algo que tenía bien claro el rastas, de toda situación se podía sacar algo positivo.

Para cuando se reincorporó, pudo observar que el gentío era atosigador. Era imposible moverse demasiado del sitio sin tropezar con dos o tres personas. El circo en que se había convertido esa calle rozaba lo demencial, y más aún teniendo en cuenta que no era en pos de donar dinero a ese pobre artista callejero. Pronto, la situación se vio un poco... diferente.

El pobre diablo paró de tocar, y dejó caer un profundo suspiro. Algunos se rieron nuevamente, afirmando que el hombre ya se había cansado de hacer el payaso. Eso entre los comentarios mas suaves. EL hombre agarró con fuerza el instrumento, y lo estrelló contra el suelo.

¡CRUUUUSHH!

Trozos de astillas saltaron en todas direcciones, acompañados de una estruendosa y desafinada nota final. Nunca mejor dicho. El hombre, con los ojos inyectados en sangre, y lo que restaba del ukelele partido en la diestra señaló con el destrozado instrumento a su alrededor —¡SOVOTROS! ¡HIENAS DE UN HIJO! ¡LOS YO SOY TONTOS, NO SOVOTROS! ¡JAJAJAJA!

Pareciendo un demente, el hombre tomó la cesta y tiró hacia un lado el trozo de madera —ukelele— para sentarse a un lado. Los aplausos comenzaron a resonar, seguidos por mas burlas y acosos al pobre diablo.

«¡Y UNA MIERDA!»

Prefería ser molido a palos que dejar a una persona ser destrozada de esa manera. El Inuzuka empujó a varias personas, y sin importarle a éste quién fuese ese hombre, o cuán loco estuviese, se plantó en lo que aún conservaban como "escenario del loco".

¡VERGÜENZA DEBERÍA DAROS! ¡REÍRSE ASÍ DE UNA PERSONA NO ESTÁ BIEN! ¡EL ES MAS VALIENTE QUE TODOS VOSOTROS JUNTOS! —sentenció el rastas, con los puños cerrados y gritando a toda voz al gentío.

Obviamente, las miradas se hincaron sobre éste. Bueno, las miradas y lo que no eran miradas. Antes lo fue el artista, y ahora era el Inuzuka, la dirección de las burlas y las mofas tan solo tomó otro objetivo. Que si iba a casarse con ese mendigo, que si su novio iba a ir algún día a hacerse la manicura...

«Mierda de sociedad...»
~ No muerdas lo que no piensas comerte ~
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