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Estamos en Entretiempo, Otoño del año 217.
Últimos rumores: La situación política de Oonindo vuelve a estabilizarse, y con ella, todo el mundo duerme un poco más tranquilo. Lo suficiente para que el dinero fluya con ganas, al parecer: hay rumores que apuntan a planes para construír un nuevo método de transporte basado en raíles que uniría varios enclaves importantes del continente.

¡0 días sin RESET!
Hombre de ciencia, Hombre de fe
#1
Flama, Verano del año 218.


Nada perturbaba a la figura solitaria, envuelta en su capa de viaje, que coronaba la cima del acantilado del Valle del Fin. Frente a él se extendía el vacío en caída libre del agua siguiendo el cauce del río y la cascada, que llenaba el ocaso con su suave pero penetrante rumor. El Sol de Verano ya se escondía tras las nubes en el horizonte, grises como el presagio de la lluvia que seguramente acaecería cuando llegase la noche.

Uchiha Akame aguardaba, paciente, brazos en cruz y mirada en el horizonte. Había sido citado allí por una persona especial —su compadre y Hermano del Desierto, Datsue— con cierta urgencia y en sospechosas circunstancias. Al mismo tiempo, el rumor de un incidente en el Edificio del Uzukage había corrido como la pólvora por la Aldea. Cualquier otro ninja hubiera pensado que era una simple casualidad, pero Akame había aprendido que con Datsue las coincidencias raramente existían.

«¿Qué demonios ha pasado, Datsue-kun?»

Bajo su capa de viaje amarronada y sucia, el Uchiha llevaba su uniforme de jounin, con la orgullosa placa dorada en su brazo izquierdo y el chaleco militar sobre una camiseta azul oscuro de cuello alto. Sus pertrechos de ninja, firmemente asegurados en su muslo derecho —el portaobjetos con los shuriken— y en la cintura —el otro—. A la espalda, abultando la capa con su característica figura, su peculiar espada de color negro.

La bandana de Uzushiogakure no Sato protegía su frente.
Hablo - «Pienso» - Narro

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#2
Las grandes epopeyas empezaban siempre con una tragedia. Con un momento enigmático, cautivador o aterrador. Con un suceso trascendental. Aquel encuentro de los Hermanos del Desierto bien podía ser uno de esos comienzos. Pues lo que allí se decidiese, cambiaría el destino de, quizá, más de una vida. Y sin embargo, esta historia empezó con una…

…meada. Sí, una meada. Sin el glamour, la elegancia y el atractivo de las grandes odiseas cantadas por bardos. Pero aquello era la vida real, y ellos eran ninjas. Con necesidades.

Tras su degradación y su breve encuentro con Riko, el Uchiha había estado esperando todo el día en lo alto de una de las estatuas del Valle del Fin. A media tarde se había comido sus últimas provisiones, y ahora había tenido que abandonar su puesto para descargar.

Cuando trepó de nuevo por la espalda de la estatua, que no representaba al primer Uzukage, sino al mismísimo Sumizu Kouta, le vio. Ataviado bajo una capa de viaje, una figura solitaria en la cima del acantilado. Datsue también llevaba una túnica negra que le cubría por completo, capucha incluida.

Desde lo alto de la cabeza de Kouta, le silbó.
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#3
Akame movió la cabeza rápidamente para rastrear con su mirada el panorama, en busca del emisor de aquel silbido. Lo halló sobre la noble testa de uno de los tres grandes ninjas que habían salvado Oonindo de la destrucción hacía más de doscientos años, y que habían sido inmortalizados en forma de estatuas por su proeza. Un reconocimiento vago, a ojos de Akame, por haber sacado al mundo del abismo del caos. Pero así funcionaban esas cosas.

Una figura solitaria y encapada le había saludado —a su manera— desde allí. El Uchiha estuvo tentado de gritarle "ven tú, que es el mismo camino" a su compadre, pero al final la urgencia que sentía por aclarar los motivos que habían llevado a Datsue a citarle en tan emblemático lugar pudo más que sus ganas de hacerle rabiar. Con movimientos ágiles, Akame se desplazó de salto en salto por la pared del acantilado hasta terminar aterrizando sobre la cabeza de Sumizu Kouta, junto a Datsue.

¿Datsue-kun? ¿Qué significa esto? —cuestionó, nada más llegar junto al muchacho—. He escuchado que en la Aldea alguien ha atacado el Edificio del Uzukage. Luego otra persona me ha dicho que se trataba de un simple accidente. Alguna cañería rota, dicen.

Los ojos del Uchiha se habían vuelto rojos un momento, el suficiente para darle un buen vistazo a aquel tipo y reconocer que, en efecto, se trataba de Datsue. Ahora ya recuperaban su azabache habitual.
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#4
Y ahí venía Akame. Como él era, con pasos perfectamente medidos y calculados. Con objetivo claro, sin vacilar. Con su bandana en la frente, y, intuía, el chaleco y la placa de jōnin bajo la capa de viaje. No hacía falta activar el Sharingan para saber que era él. Su Hermano.

¿Lo seguiría siendo al final de aquel día?

Se quitó la capucha y miró al cielo. No sabía por qué, pero intuía estaba a punto de tocar su tambor. ¿En qué desembocaría la tormenta? Suspiró.

Toma asiento —alcanzó a decir, en respuesta a las preguntas de su Hermano. Él hizo lo propio, cruzándose de piernas y apoyando los codos en las rodillas, con las manos entrelazadas. Se rascó la barbilla con los pulgares, pensativo, demorando su respuesta en unos segundos eternos:—. Los rumores solo son medias verdades, como siempre. —Por alguna razón, se sentía extraño al hablar. Como si no fuese él mismo—. Alguien atacó, sí, pero no al Edificio Uzukage. Sino al Uzukage en persona. O, bueno, más bien diría que el ataque iba dirigido… a mí —El pergamino se había activado cuando lo tenía él en su posesión. Fuese cual fuese la clave, estaba convencido de que estaba relacionado con él. Era lo lógico—. Y ese alguien, Akame-kun, fue Amekoro Yui.

Soltada la bomba, Datsue calló, esperando a ver su resultado. No sería la primera que pensaba soltar, ni la más grande.
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#5
Pese a que Datsue le pidió que se sentara, Akame no lo hizo. Algo iba mal, rematadamente mal. No era propio de su compadre recibirle de aquella manera, sin chanzas, sin coñas, con fría sobriedad. Desde luego, Uchiha Datsue estaba preocupado. Muy preocupado.

Compadre... —empezó Akame cuando el otro jōnin habló, dando a entender que iba a irse por las ramas con aquella retórica suya, como siempre hacía.

Sin embargo, las siguientes palabras de Datsue dejaron al Uchiha sin habla. Había demasiada información, demasiadas cosas que no encajaban. «¿Un ataque al Uzukage y a Datsue? ¿Por parte de la Arashikage? ¿Pero qué cojones...?» Incapaz de hacer otra cosa, el mayor de los Hermanos del Desierto se limitó a pedir más información mientras su rostro se iba descomponiendo en una mueca de confusión.

¿Un ataque de la Arashikage? ¿Pero qué...? ¿Por qué? ¿Por qué se arriesgaría Amekoro Yui a semejante cosa? —entonces Akame reparó en algo—. ¿Y cómo que iba dirigido a ti?

Su rostro se endureció. Conocía demasiado bien al otro Hermano del Desierto como para no empezar a atar cabos.

¿Qué ha pasado entre tú y esa mujer?
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#6
¿Qué ha pasado entre tú y esa mujer?

Ayame —escupió, como si fuese veneno que quisiese expulsar de su boca—. Eso pasó —no gritó, pero el tono de su voz se había encendido.

Todo había empezado con aquella chica, aparentemente frágil e inocente. Pero Datsue sabía la verdad. Sabía que tras el gesto tierno e inofensivo que siempre acompañaba a su expresión corporal, había un veneno mortal, que causaba desgracias allí donde tocaba.

Apretó los puños.

¿Recuerdas la misión de Iekatsu? ¿Recuerdas la broma que te conté por aquel entonces? Daruu vio mi chakra con el jodido Byakugan. Lo reconoció. En ambas bromas, joder. Así que Yui, ofendida por el Henge, selló un Suiton en el pergamino que envío a Hanabi-sama. Cuando lo toqué, se activó… y ahí tienes el resultado de una cañería rota.
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#7
¿Ayame? ¿Aotsuki Ayame? —replicó el Uchiha, curioso. Aquella chica apocada y tímida difícilmente parecía que pudiera causarle problemas a nadie. Aunque claro, en el mundo ninja había pocas cosas que fuesen lo que parecían.

Datsue le reveló entonces que Amedama Daruu —que tenía sangre Hyuuga— había utilizado su Dōjutsu para averiguar que él había sido el artífice de ambas jugarretas; y, consecuentemente, delatarle ante sus superiores. En ese mismo momento, Akame deseó tener una mano el quíntuple de grande para poder hacer un "facepalm" que hiciese honor al momento.

«Esto es surrealista, por las tetas de Amaterasu...»

El Uchiha suspiró, intentando poner en orden sus ideas.

Así que Daruu te delató y la Arashikage decidió "devolverte" la broma —repitió, como si quisiera confirmar lo que su compadre le estaba contando. Seguía pareciéndole igual de rocambolesco—. Joder, ¿y cómo se lo tomó Hanabi-sama?

Aquella era, realmente, la pregunta clave. La única cuestión importante en todo aquello. Si Yui había enviado un pergamino al Uzukage, mucho se temía Akame que un Suiton sellado a mala ostia habría sido el menor de los problemas de Datsue.
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#8
Así que Daruu te delató y la Arashikage decidió "devolverte" la broma.

Datsue chasqueó la lengua y negó con la cabeza.

La culpa es de Ayame —insistió, con voz arisca. Sí, era más fácil echarle la culpa a otro que asumir la responsabilidad—. Daruu… —recordó la aventura que compartieron en una isla paradisíaca—, no es mal tío. Nunca debí implicarle en la broma. —Ni, mucho menos, a Yui, por cómo habían salido las cosas.

Akame preguntó entonces cómo se lo había tomado Hanabi. Datsue rio por no llorar. Una carcajada seca y carente de alegría. Se levantó, se desvistió de la capa de viaje y la tiró al aire, que se precipitó en el lago.

Akame vio entonces a su Hermano. Con su camisa de tiras, su pantalón corto y sus sandalias. Su portaobjetos en la cadera; su bandana en el cuello. Ni rastro del chaleco ninja. Ni rastro de la placa de Jōnin.

Obsérvalo con tus propios ojos —le respondió—. Me lo han quitado todo, Akame.
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#9
Akame se sorprendió al escuchar cómo hablaba su Hermano acerca del joven genin de la Lluvia. Ya era raro que Datsue calificase a alguien de otra Aldea —incluso de la propia— en términos tan nobles, más aún que se arrepintiese de haberle dado por saco. Sin embargo, la idea de que todo aquello no fuese más que otra mascarada ni siquiera cruzó la mente de Akame. El rostro de su compañero de vivencias dejaba pocas dudas acerca de lo en serio que se estaba tomando el asunto.

¡Y no era para menos! Akame estaba a punto de averiguar el alcance real de aquel incidente.

Los ojos del mayor de los Uchiha siguieron un momento el solitario vuelo de la capa de viaje de Datsue mientras se precipitaba, dando vueltas en el aire presa de las ráfagas de viento que se iban levantando, en caída libre hacia las frías aguas del lago. Cuando Akame volvió la vista hacia su amigo, lo que vió le dejó casi tan desolado como a Datsue.

«Le han... Le han degradado», entendió el ahora único jōnin de los Hermanos del Desierto.

Por su mente pasó un torbellino de recuerdos, ideas y sentimientos que sólo gracias a la coraza que se había construído con años de censurar la expresión de sus propias emociones pudo mitigar. Se acordó de lo sucedido durante Los Hilos del Mundo, cuando Zoku les tomó como rehenes y jinchuurikis al mismo tiempo. Rememoró las dificultades que pasaron en su primera misión de rango C, los duros entrenamientos de Raito y el desmedidamente difícil examen de ascenso a chuunin.

Y, por último, la confianza sincera que Sarutobi Hanabi había depositado en ellos al nombrarlos jōnin del Remolino. Una confianza que —por mucho que le doliese al propio Akame aceptarlo— Datsue había traicionado.

Yo... Yo... —el Uchiha estaba sin palabras—. Pero... Somos los Hermanos del Desierto... Nosotros... ¡Nosotros salvamos Uzushiogakure no Sato! Eso tiene que contar para algo, ¿no? —cuestionó Akame, desesperado—. Pero...

Abatido, Akame dejó salir un profundo suspiro.

No debiste hacerlo.

Aquellas eran probablemente las últimas palabras que Datsue quería oír, pero Akame y sus nulas habilidades sociales no discriminaban entre personas o momentos.
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#10
Datsue expulsó el aire por la nariz en una risa nasal. ¿Ellos los salvadores de Uzu? En parte, podía ser. Pero…

No todo el mundo de la Villa nos ve así, y lo sabes —Había muchos que desconfiaban de ellos. Bien por tener un bijuu, bien por entrar en la Aldea cogiditos de la mano de Zoku. A Datsue le hervía la sangre cada vez que lo pensaba. Para esos capullos había sido muy fácil. Tan solo tuvieron que quedarse en sus casitas, sin hacer nada, mientras ellos se jugaban el cuello con Zoku. ¡Y así se lo agradecían!

No debiste hacerlo.

Las palabras de su Hermano le sacaron de su ensimismamiento. Le miró a los ojos.

Debí. Y debía, pero sin implicar a terceros —chasqueó la lengua—. Pero que les den, Akame. A Ayame, a Yui, ¡a todos ellos! Tengo cosas más importantes de las que preocuparme —se le atragantó la voz—. La he encontrado, Hermano.

»He encontrado a Aiko.
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#11
Auténticamente confudido, Akame no pudo sino enmudecer ante la revelación de su compañero. «¿No le importa que le hayan degradado? ¿Perder su rango? ¿Que Daruu le delatase?» Datsue no tardó en revelarle, de forma tan escueta y dramática como solía, el motivo que había hecho que aquel incidente pasara a un segundo plano para él. Y Akame estaba ansioso por saberlo, se moría de maldita curiosidad.

Por eso, cuando el menor de los Hermanos del Desierto le soltó aquella frase tan enigmática, Akame no pudo sino torcer el gesto.

¿Cómo que la has encontrado? ¿Y de qué Aiko me hablas? —replicó, suspicaz. Aquello le daba mala espina—. ¿Watasashi Aiko, de Ame? ¿Qué tiene que ver ella en todo esto?
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#12
Datsue se llevó la palma de la mano a la cara y suspiró, como haría un chico cansado de explicarle un ejercicio básico de matemáticas a su hermano pequeño.

Watasashi Aiko, sí, ¿quién sino? —preguntó, sarcástico—. La chica con la que estaba cuando Ayame casi nos jode mi primera vez, ¿recuerdas? La chica con la que fui al Desierto del País del Viento —Datsue le había contado alguna cosa por encima de aquella aventura. Pero intuía que no le había dado importancia. Que consideraba a Aiko una aventura de tantas que había tenido, como en su día había sido la de Noemi—. Después de aquello nos empezamos a ver más a menudo… —le reveló—. ¿A dónde te creías que me iba todos los Tsuchiyōbi? ¿No te pareció sospechoso? Joder, sé que soy bueno mintiendo, ¡pero me conoces más que eso! —le espetó. Todavía recordaba las excusas que le ponía cuando se iba. A cada cual más rocambolesca.

»La última vez que nos vimos, ella me dejó una carta, y… —se llevó una mano inconsciente al pecho—. Y… —carraspeó, aclarándose la garganta—. Y no la volví a ver desde entonces. Cuatro meses y ocho días, Akame. Cuatro meses y ocho días preguntándome qué coño había sido de ella. Qué le habría pasado. Por qué no acudía a las citas. Por qué mi Sello de Rastreo siempre apuntaba a la misma jodida dirección —sonrió. Qué iluso había sido—. Ella es inmortal, me decía. No pudo haberle pasado nada. Estará de misión. O liada. O simplemente ya no quiere saber nada más de mí. Hasta que el otro día…

»Me encontré a Keisuke. Le conoces, ¿verdad?
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#13
El mayor de los Uchiha alzó una ceja, molesto por la repentina condescendencia con la que su Hermano le explicaba sus desvaríos amorosos con una kunoichi extranjera como si fuesen lo más normal del mundo. «Como todo esto acabe relacionado de algún modo con tu degradación... ¡Maldita sea, Datsue-kun! ¡Presta atención a lo importante y deja de perseguir faldas!» se quejaba Akame para su fuero interno.

¡Pues claro que a él nada le había parecido sospechoso! Normalmente Akame prestaba la misma atención a las aventuras de chicas de su Hermano que la que le dedicaría a una mariposa de colores especialmente vivos. Al principio lucía interesante y novedoso, pero después uno acababa viendo que no había nada más debajo.

¿O sí? Datsue estaba a punto de demostrarle que —para mala fortuna de ambos— se equivocaba. Porque lo suyo con Aiko sí que había echado raíces, unas tan fuertes y que se hundían tan hondo en su propio ser que estaban envenenándole el seso.

Por las tetas de Amaterasu, ¿tú te estás oyendo? —replicó Akame, tratando de contener la mala baba que le estaba viniendo a la boca—. ¡Eres un ninja del Remolino, y ella de la Lluvia! Por supuesto que dejó de acudir a "las citas", hay mil millones de motivos por los que lo haría. ¡Es una ku-no-i-chi, compadre! —vocalizó exageradamente el Uchiha—. La gente se muere a todas horas en este gremio.

Entonces, el súbito giro de la conversación le sorprendió. Akame calló unos momentos, desconcertado, mientras una pequeña parte de su cabeza luchaba por atar dos cabos que, en ese instante, se encontraban extremadamente próximos.

Sí, Inoue Keisuke, pero...
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#14
Pues claro que Akame consideraba aquella relación una locura. Un salto en toda regla del protocolo y una enajenación mental pasajera, de la que resultaba Aiko se había despertado antes que él. En algún momento de aquellos cuatro meses, a él también se le había pasado por la cabeza aquella posibilidad. Más de una.

Joder, ¡lo sé! Al principio no era nada serio —se excusó. Era la verdad—. Solo nos divertíamos y… ¡Joder! ¡Yo no creo en esas tonterías del amor eterno! ¡Me conoces! —vociferó—. Pero luego… Luego… —Luego empezó a echar de menos algo más que la mera diversión. Echaba de menos oírla tararear alguna canción. Su simple risa. Su respiración, en el pecho de él, mientras dormía. Su aroma… Chasqueó la lengua. ¿Desde cuando se había vuelto todo un romántico?—. Qué sé yo, Akame, ¡qué sé yo! —empezó a dar vueltas, como un león enjaulado. Se sentía nervioso, angustiado, furioso.

»Pero Aiko no dejó de acudir a las citas. No llegó un día y decidió, ¡simplemente! —exclamó irónico—, que lo nuestro no era viable —dejó de dar vueltas y alzó una mano a la altura del pecho, cerrándola lentamente, como si estuviese tratando de estrujar una piedra. O un corazón latiente—. No. A Aiko me la arrancaron de las manos —su voz reverberaba una ira tan antigua y profunda como el odio de Izanami a su marido—. ¡La traicionaron! ¡Le clavaron un puñal por la espalda y corrieron una simple cortina para que el mundo se olvidase de ella! ¡Para que su existencia fuese tan solo una mera anécdota en los anales de la historia! ¿Y sabes que es lo peor? ¡Que esos hijos de puta lo consiguieron! —estaba tan fuera de sí que rastros de saliva salían de su boca al vociferar—. Salvo con dos personas. Porque ni Keisuke ni yo olvidamos.

»¿Sabes quien clavó el puñal? Manase Mogura —su voz se ensombreció de pronto al decir aquel nombre, como el de un juez al dictar sentencia de muerte al penado—. ¿Sabes quién trató de correr la cortina? Amekoro Yui. Y te juro que… —Datsue tuvo que sujetarse la mano que había alzado, de tanto que temblaba—. Como no sea capaz de rescatarla, te juro que…

Datsue no terminó la frase. Y aquello fue más revelador que cualquier cosa que hubiese podido decir.
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#15
Al ataque de Akame le siguió una defensa apurada de Datsue, que además de inefectiva le reveló a su compadre cómo de hasta las trancas estaba por Aiko. El mayor de los Uchiha quiso negar con la cabeza, bufar y reprenderle de nuevo por hacer algo tan irresponsable como enamorarse de una kunoichi extranjera —claro que él lo había hecho con una de su propia Villa, pero su cerebro omitió convenientemente el detalle—.

Sin embargo, por nada del mundo Akame se hubiese esperado lo que iba a venir a continuación. No sólo fue un relato, fue una sucesión de eventos que, por su secuencia en el tiempo y por los personajes a los que implicaba, Akame no tuvo dificultades en hilar con algo que el propio Keisuke le había contado tiempo atrás. Entonces, aquella parte de su cerebro, aquel pequeño mecanismo que llevaba un rato intentando girar, lo hizo.

«A, B y C...»

Pese a que Datsue estaba poniéndose furioso y melodramático a partes iguales, sus palabras no tuvieron en Akame el efecto que él hubiese esperado —o deseado—. Porque el jōnin conocía la versión extendida de la historia; ahora sí. Ahora sabía que Aiko había sido castigada por su insubordinación y falta de respeto frente a la propia Arashikage, que Mogura había sido un mando débil e incapaz de poner a raya a sus inferiores y que Keisuke había vivido para contar aquella historia.

Deseó no haberlo sabido. Hubiera sido mucho más fácil comprarle aquel desgarrador relato de traición y crueldad injustificada, de amor pérdida, a Datsue. Todo habría sido más sencillo. Pero no podía; él sabía la verdad, y no pensaba dejar que su compadre y Hermano perdiera más de lo que ya le habían quitado en la vana persecución de un objetivo inalcanzable.

Conozco la historia —replicó al fin, firme, duro, insensible—. Aiko fue castigada por insubordinarse, por faltar al respeto a un superior y a su propia Kage. No hubo puñales ni traiciones, compadre, ella misma se lo buscó bien buscado.

Akame sabía que aquello sería como un jarro de agua fría para su amigo, pero a aquellas alturas le daba igual. Quería pararle los pies antes de que cogiese demasiada carrerilla.

Fue castigada de acorde al mandato de la Arashikage, que es el último y el que importa al final en la Lluvia —entonces se cruzó de brazos—. No vas a rescatar a nadie.
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