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Una nueva era T5

Tras la muerte de la mayoría de Señores Feudales a manos de la banda de criminales Dragón Rojo en el Torneo de los Dojos, el mundo ha pegado un giro de 180 grados. Las sombras de un nuevo Daimyo en el País de la Espiral preocupan a Sarutobi Hanabi. En el País de la Tormenta, Amekoro Yui ha creado secretamente el cargo de Tormenta mientras hace creer al resto del mundo que es la nueva Señora. En el País del Bosque, el único Daimyo superviviente teme por su vida. Pero no sólo los Tres Grandes han visto el status quo totalmente quebrado.

En el País del Fuego se extendió el caos, y hace tiempo ya que el Jūchin del Valle de los Dojos lo conquistó, expulsando a unas mafias que todavía colean, buscadas por los sámurais. En el País del Viento hay una cruda guerra civil a varios bandos, y en el de la Tierra hay rumores de que una está a punto de llegar. El País del Agua, quizás, esté en el centro de todo. Y si no lo está, debería preocuparse por demostrarlo, pues las sospechas sobre Umigarasu crecen cada vez más. Las aldeas saben que algo planea, al principio con Dragón Rojo, ahora quizás al margen de Dragón Rojo, según las últimas informaciones.

Pero quizás estos asuntos no sean más que la punta del iceberg de las amenazas de los ninjas. Kurama, junto a sus Generales, asegura ser el próximo Emperador de Oonindo. Nadie lo dice abiertamente, pero todo el mundo sabe que algún día presentará la guerra a las puertas de cualquiera de nosotros.
#1
Despedida, Invierno del año 219

Ñam, ñam, ñam, grompf... Hip...

... Bluuurp.

El eructo inundó con su potencia y resonancia el pequeño local. Fue una flatulencia casi inodora, de esas que no molestarían salvo a los más remilgados nobles de Uzu no Kuni. La ejecución fue limpia, con los labios en "o" —minúscula, por supuesto— para darle el toque justo de ritmo y cadencia. Ni muy larga, ni tan corta que pasara sin pena ni gloria. Ni demasiado ruidosa, ni demasiado discreta. Era justamente como su dueño había querido que fuese, una producción casi artística tan efímera como sólo una verdadera obra magna podía serlo. Un flato en tres tiempos, como estaba mandado: dos graves, casi al mismo tono, y un tercero de cierre algo más agudo.

Una jodida maravilla.

Uchiha Akame tomó la servilleta con su mano zurda para limpiarse la comisura de los labios, manchada de salsa brava, mientras con una media sonrisa y un tenedor de madera pinchaba otra papa. A conciencia la embadurnaba en aquella salsa anaranjada y espesa, admirándola. No era tan buena como las de "El bar de las bravas" de Los Herreros, pero aquellas eran, sin duda, las mejores papas bravas de Yamiria. No había sido fácil encontrarlas, pero para un ojeador experto —y a aquellas alturas Akame empezaba a considerarse docto en aquellas lides—, las señales eran inequívocas. Un local pequeño pero cuidado, regentado por un cocinero sin excesiva tripa —nadie que se atiborrase frecuentemente de unas papas bravas como los dioses mandaban podía sobrevivir lo suficiente como para criar panza— y una fiel barra de madera con marcas de la edad.

Excelentes —murmuró. Luego levantó la cabeza y se dirigió directamente al tipo que había tras la barra, único trabajador del pequeño local—. Excelentes.

Él estaba sentado en la barra, claro, sobre un taburete de madera sin respaldo. A su lado había otro, y en la otra banda, dos más. Apenas cabían tres pequeñas mesas con otros tantos taburetes pequeños en el diminuto bar.

Bebió un largo trago de agua refrescante y luego se acomodó el kasa de paja sobre la cabeza. Después de haberle tenido que dar a aquella genin de Uzu el suyo —muy viejo y gastado por el tiempo en el camino—, se había agenciado otro en uno de los mercados callejeros de Yamiria. Complementaba su atuendo con un uwagi de color azul mar, muy gastado, pantalones azul oscuro y sandalias de madera. Llevaba su equipamiento, claro, oculto entre las ropas; a excepción de su fiel chokutō, que reposaba atada a la espalda. Se había dejado una barba negra y espesa que le cubría parte del rostro.

Akame alzó el tenedor, y se llevó otra papa a la boca.
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#2
Un hombre gordo, cincuentón, calvo y con una barba rala de color rubio le dio una sonora palmada en la espalda, lo que hizo que Akame casi se metiera la patata por la nariz. El tipo soltó una risotada, mientras retiraba el taburete a su lado para tomar asiento.

¡Cuidao', que tenemos aquí un león! —exclamó a viva voz—. Si me lo permites, ese ha sido el mejor eructo que he visto en años, tío. —Con total confianza, se recostó sobre la barra apoyando todo el antebrazo derecho. A Akame le dio la sensación de tratarse de uno de los clientes habituales del sitio. Incluso le había parecido verlo por la calle, hacía apenas unos minutos—. Keshi, ponme a mí una caña y una de estas también. —El hombre se volteó en el taburete y sonrió a Akame—. Veo que eres otro amante de las bravas. Las de Keshi son las mejores, tío.

Daruu, hueco de rol.
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#3
En efecto, Akame estuvo rápido y no acabó con la patata —y quién sabe si medio tenedor— incrustado en la naripa; eso sí, la patata derrapó por su cara hasta mancharle la boca y parte de la barba. Haciendo gala de su calma antinatural y su capacidad para mantenerse incólume ante los imprevistos, por muy irritantes que fuesen, el Uchiha se limitó a dejar el tenedor sobre el plato y limpiarse como buenamente pudo con la servilleta. Luego la arrugó y le dejó a un lado del plato; sólo entonces dio muestras de haberse dado cuenta de que había otra persona sentada junto a la barra.

El renegado apenas giró ligeramente la cabeza para, desde abajo del kasa, lanzarle una mirada inquisitiva al otro. No era amenazante, ni pendenciera, sólo analítica; de esas que alguien que ha tenido más de una, y más de dos peleas, le lanza a otro parroquiano para intentar calarle. Para saber de qué pie cojea y si va a haber que liarse a tortas o no. Más que nada porque, en aquel momento, Akame hubiera salido corriendo a la más mínima: su aspecto sugería que era un tipo escuchimizado y poco dado a la gresca —a pesar de la espada que llevaba a la espalda—, y él no tenía ningún interés en demostrar lo contrario.

Era mucho mejor volar bajo cuando uno andaba merodeando por un país que le tenía en busca y captura.

Gracias, gracias —se limitó a contestar, para luego volver su atención a las papas—. Están muy buenas, aunque si me permites el comentario, no son las mejores que he probado.

Ahora sí, tomó el tenedor y buscó arrimarse la papa a la boca. Por el rabillo del ojo observaba al tipo que tan amistosamente le había entablado conversación. Akame dudaba mucho que hubiera sido simple coincidencia el encontrárselo por la calle, y ahora, allí.
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#4
El extraño barbudo del kasa se limitó a darle las gracias, y le dejó caer que había probado mejores bravas en otro lugar. El hombretón arrugó el morro, y no hizo ningún comentario hasta que el camarero le dejó delante sus propias patatas y un pequeño vaso con algo de cerveza al que le dio un buen trago.

Que Keshi no te oiga decir eso —dijo, y se metió una papa brava en la boca—. No fiene muy fuena afoesfima. —El hombre tragó, se dio un buen par de golpetazos en el pecho y soltó un eructo que despertaría, de verdad, la envidia de un león—. ¡Ahí lo tienes! —Tomó el vaso y le dio un buen trago a su caña.

»¿...Uchiha Akame, verdad? —susurró, mientras el camarero estaba ocupado secando vasos. Su tono de voz había cambiado tan drásticamente que cualquiera podría haber dicho que se trataba de otro hombre distinto.
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#5
Akame masticaba su propia patata con salsa brava mientras el inesperado invitado hacía lo propio. Cuando éste eructó, con mucha más potencia que el propio Uchiha —su caja de resonancia, por llamarlo de algún modo, era más grande—, el exjōnin se limitó a asentir levemente, por un momento tentado de seguir con la broma. Sin embargo, cuando el tenedor que firmemente sujetaba con su diestra volvía al plato, unas palabras llegaron a sus oídos.

Unas palabras que le activaron todas las alarmas. Miró de reojo al hombre, con los ojos encendidos como dos rubíes, por debajo del kasa. Giró la cabeza y alzó ligeramente la mirada para encontrarse con los ojos del tipo, mientras los dedos de su mano derecha se enroscaban en torno al mango del tenedor, cuyos dientes no ensartaban en ese momento ya ninguna papa. Los nudillos se le quedaron blancos.

Eso depende de quién pregunte —masculló como única respuesta.

No le importó que, en efecto, la mera visión de su Sharingan corroborase la aventurada suposición de aquel tipo que —ahora lo sabía con certeza— le había estado siguiendo hasta aquel bar. No, estaba claro que ese hombre ya sabía quién era; ahora sólo restaba comprobar si se trataba de un amigo o un enemigo. Y en la Espiral, a Uchiha Akame le quedaban pocos amigos.

- PV:

250/250


- CK:

332/350

-18
reg. dividida

«Sharingan activado»

- Daño provocado:
- Acciones ocultas:

- Fuerza: 40
- Resistencia: 40
- Aguante: 60
- Agilidad: 80
- Destreza: 80
- Poder: 60
- Inteligencia: 100
- Carisma: 40
- Voluntad: 60
- Percepción: 80

- Mecanismo oculto de kunai [en la muñeca derecha]:
Kunai (x1)
- Portaobjetos [en el cinturón, espalda]:
Hilo shinobi (x1)
Hikaridama (x1)
Ōkina Hyōrōgan (x1)
Antídoto (x1)
B-ranku no Kibaku Fuda (x1)
Comunicador avanzado (x1)
Esposas supresoras de chakra (x1)
Juego de ganzúas (x1)
- Portaobjetos [en el muslo derecho]:
Shuriken (x10)
Ninjatō [a la espalda]

¤ San Tomoe no Sharingan
¤ Ojo Giratorio de Tres Aspas
- Tipo: Apoyo
- Rango: S
- Requisitos: Uchiha 60
- Gastos: 18 CK (divide regen. de chakra)
- Daños: -
- Efectos adicionales:
  • Percepción +20
  • Destreza +20 en movimientos de taijutsu básico y armas
- Sellos: -
- Velocidad: Instantánea
- Alcance y dimensiones: -
Los iris del usuario se vuelven de color carmesí, y alrededor de sus pupilas surgen tres aspas negras que giran hasta formar un trío en una circunferencia imaginaria. Este estado del Sharingan se considera el más avanzado en su forma básica.

El Sharingan le da color al chakra, y permite distinguir su composición elemental. El usuario puede ver el flujo del chakra de otros seres vivos como un manto, con suficiente precisión para detectar si tiene mucho o poco chakra (CK actual) o si ese chakra es débil o poderoso (mide aproximadamente el Poder), pero no con la suficiente para detectar movimientos de chakra dentro de un oponente si no hay una técnica activa. El Sharingan puede ver el chakra de las técnicas activas: las que afecten al interior de un ser vivo o las que ya se encuentren en el exterior de un oponente, pero no antes de que se hayan formado. Puede detectar si alguien está siendo afectado por una técnica ilusoria.

La percepción visual del usuario goza de un gran estímulo, volviéndose muy sensible al movimiento. El Uchiha puede leer labios con extrema facilidad o imitar movimientos tan sutiles como los de la escritura, escribiendo lo mismo que alguien a quien está observando. En combate, el clan utiliza esta destreza para seguir con claridad los movimientos físicos (y no de técnicas, importante) de un oponente y de sus extremidades en el Taijutsu, y para leer con claridad los sellos manuales que realiza. Si y sólo si el usuario conoce la técnica que va a utilizar, puede anticipar una respuesta (hay muchas técnicas con secuencias de sellos similares o iguales. En este caso, el Uchiha no tiene manera de saber qué va a hacer el oponente). El Tres Aspas hace que el Uchiha pueda predecir dónde va a encajar un golpe de Taijutsu mediante la lectura de las tensiones en los músculos del cuerpo del oponente, dotándole de cierta capacidad predictiva. Cabe destacar que aunque el usuario sea capaz de percibir un movimiento, necesita las capacidades físicas y de reacción para poder responder ante él.

La habilidad para leer los movimientos del Sharingan le otorga al usuario la capacidad de copiar los sellos de una técnica de Ninjutsu o de Genjutsu (o los movimientos de una técnica de Taijutsu) que no dependa de una facultad personal para ejecutarla al mismo tiempo que el oponente o registrarla en su repertorio (hasta un máximo de tres técnicas). Se pueden imitar evolutivas, pero no registrarlas. Para copiar una técnica se debe de tener su requisito convertido a la facultad Uchiha.

El Sharingan le permite al usuario distinguir técnicas como los clones simples (no los generados por la técnica Kage Bunshin no Jutsu) de un usuario real, y ver a través de la técnica Henge no Jutsu.

El Sharingan de Tres Aspas es capaz de penetrar y romper los Genjutsus sensoriales visuales, y de ver a través de las imágenes creadas por los Genjutsus ambientales.

(Nota: las bonificaciones a los atributos SON la mejora que otorga el doujutsu, de modo que alguien con mayor Destreza que la Percepción del usuario hará que sus movimientos de taijutsu o armas no puedan ser seguidos por el Sharingan, y alguien con mayor Agilidad que la Percepción del usuario no podrá ser seguido con la mirada cuando se desplace).
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#6
Usualmente, cuando un Uchiha activa el Sharingan, la primera reacción de quien lo conoce es apartar la mirada. En las raras ocasiones en las que alguien no conoce el dōjutsu, suele causar terror o como mucho mucha confusión, a menudo con una pequeña sombra de inquietud. Akame no vio ninguna de las dos reacciones en aquél gordo, quien se limitó a sonreír aguantándole la mirada.

Nadie —murmuró—, al menos, de quien tengas que preocuparte. Hazte un favor y no te delates, profesional —Al hombre parecía hacerle mucha gracia aquél apodo, a juzgar por la amplitud de su sonrisa—. Escucha, a mi jefe le gustaría tener unas palabras contigo. ¿Puede ser?
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#7
Akame masticó las palabras de aquel tipo durante unos instantes. Las masticó a conciencia, las saboreó y se planteó si tragárselas. ¿Su jefe? Bueno, como buen conocedor de la fauna criminal de cierta parte de Ōnindo, Akame no era tan ingenuo como para pensar que en una gran capital como Yamiria no habría todo tipo de bandas disputándose el control del submundo. Dudaba que hubiese algun rincón del mundo libre de los estratos más bajos de la sociedad, pues éstos eran inherentes a la sociedad misma. ¿Cómo podía crecer la hierba sin tierra y un buen fertilizante?

Su cabeza iba a toda velocidad. Aflojó el agarre sobre el tenedor, sin quitar la mirada de los ojos del tipo, y apoyó lentamente ambos codos sobre la barra.

Puede ser —dijo finalmente, para luego repetir con aire ausente—. Puede ser.

Y ahí se quedó, mirando a aquel hombre misterioso a la espera de que tomase la iniciativa. Estaba con los cinco sentidos alerta, el Sharingan presto y dispuesto a saltar del taburete y contraatacar a la primera de cambio. O tal vez el tipo simplemente se daba media vuelta y comenzaba a caminar, en cuyo caso el Uchiha le seguiría con la debida cautela tras dejar el pago estipulado por su tapa de bravas y el agua sobre la barra del bar.
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#8
El hombre volvió a encarar su plato de patatas como si nada y se metió otra en la boca, mascullendo con gusto y pegando otro trago de su cerveza.

Déjame disfrutar de este rico plato de patatas bravas y luego seguimos con la conversación, ¿de acuerdo? —dijo, y tan ricamente, mientras Uchiha Akame temía quizás no por su vida pero sí por unos días tranquilos cerca de su antiguo hogar, el hombretón siguió disfrutando de su tapa. Cuando terminó, se limpió con una servilleta, se despidió del camarero como si lo conociese de toda la vida y depositó una pequeña cantidad de dinero.

Cuando el hombre se levantó del taburete, se dio cuenta de algo que, sorprendentemente, ni siquiera había detectado antes. Aquél hombre estaba ejecutando una técnica, probablemente un Henge no Jutsu. Sí. Era mucho más delgado, casi escuchimizado, pero... ¿por qué no se había dado cuenta antes? Era como si aquél hombre hubiera impersonado al gordo casi a la perfección, incluso a nivel de chakra. Y hablando de chakra... la energía del tipo era ridícula. Tan ridícula que normalmente lo que su Sharingan podría ver como una luz brillante era ahora el equivalente de una llama a punto de extinguirse. Akame vio a través de la transformación, y más allá de la identidad falsa del hombre.

Aquella persona era...
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#9
...nadie.

Quizás estaba teniendo un mal día, quizás alguien le había echado algo en el agua. Pero el rostro de aquella persona era característico y sin características al mismo tiempo. Era un hombre, pero al segundo después tenía que volverle a mirar la cara para cerciorarse. Iba vestido con ropas anchas y oscuras, pero no había nada característico en ellas. Su voz era al mismo tiempo dulce y aterciopelada como la de un niño y tosca, dura, herida por el tabaco y el alcohol.

Ya en la calle el tipo se deslizó hábilmente entre la gente como alguien como Akame podría haber hecho también, y cuando tuvo la oportunidad se metió hacia la derecha en un callejón, donde, finalmente, detuvo la transformación. Se dio la vuelta y miró a Akame con unos ojos marrones que a ratos parecían azules, y tres segundos más tarde quizás le dieran a uno la sensación de ser verdes.

Uchiha Akame, te conocían por el sobrenombre del Profesional, pero un shinobi debe cuidar cuando enseñar su arma más poderosa, por muy en peligro que se crea —dijo—. ¿Qué pretendías hacer con tu Sharingan? Monta un revuelo, adelante, móntalo. Estás en Yamiria. Ya de por sí es muy valiente por tu parte volver tan cerca del hogar del que te exiliaste. Imagínate llamar la atención del ejército del Señor Feudal y de todos los shinobi que hay por aquí.
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#10
Pero qué cojones...

Aquello fue lo único que el antiguamente conocido como El Profesional pudo articular. Ni siquiera cuando salió del local, al abrigo de su kasa pero sin perder ojo a aquella ¿persona?, moviéndose grácilmente entre la multitud para seguir a quien quiera que fuese, Akame llegó a coordinar sus pensamientos. ¿Qué era exactamente aquel... tío? ¿Tía? ¿Qué clase de técnica le permitía a un shinobi confundir a su adversario de esa forma?

«¿Cómo putas es capaz de engañar a mi Sharingan? Este tío... O lo que sea... ¡No puedo ver su jodida cara!»

"No puedo verla" quizá no fuese la expresión más adecuada. Sí, podía verla, estaba ahí: más bien parecía que su cerebro no era capaz de procesarla. Como si la imagen de Nadie se quedara atascada en algún punto entre sus ojos y su cabeza.

Akame sintió, por primera vez en un buen tiempo, miedo. Aquella técnica, o lo que fuese, le había dejado con el culo torcido como pocas veces en toda su vida.

Entró en el callejón justo detrás de Nadie, sin quitarle los ojos de encima y sin poder sostenerle la mirada al mismo tiempo. Ni siquiera supo qué replicar ante la reprimenda del shinobi —la naturaleza de su misterioso acompañante sí que la tenía clara—, que sonó como algo que él mismo hubiera dicho tiempo ha. ¿Por qué? Esa pregunta tenía fácil respuesta: ahora era un exiliado.

Yo... —balbuceó. Estaba sin palabras. «¡Contrólate, estúpido!», se recordó a sí mismo. Invocó a su legendaria Calma y volvió a intentarlo—. Tenía ciertos asuntos que resolver por aquí, pero como bien has dicho, no me sobran amigos. Ni me faltan enemigos. Entenderás que un tipo como yo tiene que andarse con ciertas... Precauciones.

Insuficientes, visto lo visto. Lo que de verdad le intrigaba era...

¿Quién te envía? No eres del Remolino, eso está claro. ¿Ame? ¿Kusa? —quiso saber. Luego soltó una carcajada breve y socarrona—. ¿Me lo dirías siquiera?
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#11
Akame se excusó, algo impropio de alguien con su fama y vistos sus últimos... movimientos. El shinobi apenas se movió del sitio. Si sonrió, Akame no pudo notarlo. Si se contrarió, tampoco. El Uchiha preguntó por su superior.

Kurama-sama —dijo, sin problemas—. El próximo Emperador de Oonindo. —Se dio la vuelta y echó a caminar hacia el otro extremo del callejón como si no acabase de soltarle una bomba a Akame en toda la cara. Claro que, aislado como estaba el Uchiha, el shinobi ni siquiera sabía si las noticias sobre los Generales de Kurama que sí habían llegado a las aldeas habían permeado también hasta el País del Agua y entre las paredes de la guarida de ese grupúsculo de criminales en el que Akame se había permitido meter la cabeza—. Tendremos que salir de Yamiria y continuar un poco hacia el oeste. Mi señor te espera en otro lugar, yo sólo me he tomado la molestia de rastrearte.

¿Cuánto tiempo llevaba siguiéndole? Seguramente, días. Quizás semanas. Quién sabe. Desde luego, Akame no había notado nada.

No había notado a nadie.
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#12
Kurama-sama —repitió el Uchiha con tono entre reflexivo y escéptico—. El próximo Emperador de Ōnindo. Ya.

Akame no supo por qué, pero todo aquello le dio una mala espina imposible de ignorar. Quizá era el hecho de que seguía sin poder ver a aquella persona, o la rotundidad con la que había expuesto sus palabras. O tal vez era la paranoia que llevaba carcomiéndole desde que había cruzado las fronteras de Uzu no Kuni, hacía apenas una semana, para buscar una solución a sus propios pesares; para entregar un mensaje, que no venía a cuento en ese momento.

¿O tal vez sí? Los hilos del destino se enredaban a veces de forma que era imposible distinguirlos. Tal vez esa fuese una de aquellas veces.

Lo que era innegable es que Nadie poseía un jutsu que Akame jamás había visto ni leído, y que le conocía bien: había hecho los deberes. Esos dos factores eran, por sí solos, suficientes como para instigar su curiosidad más allá de límites saludables. El shinobi meditó durante unos instantes sus próximas palabras.

Muy bien. Vayamos a ver a ese señor tuyo, quiero comprobar por mí mismo si de verdad es tan grandioso como para querer reclamar todo Ōnindo. Te sigo.

Ni siquiera se molestó en lanzarle una advertencia o una amenaza velada. Akame había conocido a otros tipos como Nadie —bueno, parecidos, dudaba que hubiese una sola persona en todo el continente capaz de semejante cosa— y sabía que con ellos no eran necesarias. Eran conscientes de lo que implicaban los implicados, y el Uchiha también. Eso lo volvía todo más fácil; algo que anhelaba cuando se relacionaba con hampones y renegados. Siempre le obligaban a sacar músculo antes de empezar a tomarse las cosas en serio.
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#13
Dos shinobi que decían las cosas claras y esperaban del otro lo mismo. Fue todo lo necesario para propiciar un trayecto en silencio y a buen ritmo, esquivando a la gente y sobretodo a los guardias de Yamiria, luego atravesando los muros de la ciudad a través de una grieta en la parte sudoeste, lejos de los ojos indiscretos de los soldados. Akame y el shinobi siguieron caminando, pasando la estación de ferrocarriles, hacia occidente. Aquél hombre parecía conocer la Planicie del Silencio incluso mejor que él, que al fin y al cabo había sido uzujin y había tenido que recorrérsela cientos de veces.

Finalmente, llegaron a un enorme castillo en ruinas rodeado por un murete aún más ruinoso por encima del que saltaron. El deplorable aspecto del jardín no hacía más que sumar al conjunto, que parecía uno de esos lugares terroríficos habitados por un poltergeist. Akame nunca había estado allí, pero sí que había pasado cerca, de camino a Yamiria o a Los Herreros. Eran las ruinas abandonadas de un antiguo castillo llenas de armaduras de samurái desgastadas, como no tardó en comprobar cuando cruzaron el umbral de la puerta. El misterioso shinobi le guió a través del pasillo principal y abrió una puerta de madera enorme y carcomida que chirrió como si un Akimichi pisase un gato con reuma. Les recibió una amplia sala con ventanales medio rotos desde los que se filtraba una luz tenue. A ambos lados, sendas columnas de pilares aguantaban a duras penas el techado, del que había colgado una enorme lámpara de araña que antaño seguramente fuera dorada.

Era una sala del trono, y efectivamente, el trono estaba allí. Al final de la habitación, como un auténtico rey, allí estaba quien había ordenado al shinobi misterioso buscarle. Conociendo su naturaleza cauta, Akame probablemente llevaría activo el Sharingan. Si esto fue así en verdad, comprobó enseguida el contraste con el otro hombre: si él había sido una llama a punto de extinguirse, éste era un incendio en toda una isla. Una sima de diferencia con el común de los mortales. El chakra rojizo que emanaba era tan cegador que incluso tendría que desactivar el Sharingan o entrecerrar los ojos para ver más allá y poder ver de quién se trataba en realidad.

Era un hombre muy alto, vestido de los pies a la cabeza con una túnica negra de muy buena calidad; botas negras, guantes negros, un chaleco negro. Las únicas notas de color en aquella partitura eran preocupantes: su cabello rojo y largo que le llegaba hasta más allá de la mitad de la espalda eran un signo característico de alguien del clan Uzumaki, o al menos Akame había visto a los suficientes Uzumaki como para distinguir su color de pelo. La otra nota era casi un acorde mayor: sus ojos, rojos, mostraban una pupila rasgada que le escudriñaba con orgullo mayestático. Sonreía con la astucia de un zorro.

Mi señor, le he traído a Uchiha Akame, como me pidió. —El shinobi misterioso se había adelantado y arrodillado frente a su Emperador.

Excelente, mi querido shinobi —dijo el otro, suavemente—. Puedes marcharte.

Con una inclinación de la cabeza y el uso más discreto que Akame había visto del Sunshin no Jutsu, aquella sombra andrógina y anodina se desvaneció como una partícula de polvo arrastrada por el viento. El supuesto Emperador de Oonindo miró a Akame con la barbilla alzada.

»Así que es cierto —murmuró—. Vives. ¿Por qué? —Giró el rostro con curiosidad.
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#14
«Por Rikudō Sennin el Padre de Todos...»

Si la misteriosa técnica de ocultación —¿era esa la palabra correcta?— de Nadie ya le había dejado con el culo del revés, lo que Akame vio allí, sentado sobre el trono, fue suficiente para que se le parase la respiración durante unos angustiosos segundos. Probablemente si la sangre de los descendientes de Hazama no corriese por sus venas, otorgándole la visión del Sharingan, no habría sentido tantas ganas de mearse en los calzones. Ni siquiera era miedo, o sentimiento de amenaza, lo que percibía de aquella figura que parecía un coloso de chakra: sino pura incredulidad.

Uchiha Akame jamás habría creído que existía una persona con un chakra tan inmenso como quien tenía delante. Hanabi, a su lado, era una mierda.

Instintivamente se llevó una mano a la cabeza y se quitó el kasa, descubriéndose. Ni siquiera supo por qué lo había hecho, aunque probablemente el aura regia que despedía aquel tipo fuese más que suficiente como para inducirle a mostrar respeto. Y eso sí que le asustó, mucho. Cuando fue preguntado sobre su misteriosa reticencia a abandonar el mundo de los vivos, Akame se forzó a esbozar una media sonrisa socarrona. Como el samurái solitario que agita su espada frente a un Oni enorme como una montaña en un vano intento de infundirse a sí mismo coraje, replicó.

Ya se sabe lo que dicen: mala hierba nunca muere —trató de mantenerle la mirada a aquel hombre con el chakra de un dios—. Parece que mi breve paso por el Yomi fue suficiente para convencer a Izanagi de que no me aceptase entre los muertos, así que heme aquí —tragó saliva. Algo le decía que era mejor no marear la perdiz, como acostumbraba a hacer cuando era interrogado sobre sus secretos—. La verdad es mucho menos épica. Mi padre se sacrificó para que yo volviera a vivir.

»¿Imagino que sois Kurama-sama, el próximo Emperador de Ōnindo?

Akame apretó los dientes, los puños y hasta el último músculo de su cuerpo. El samurái solitario agitó su pequeña espada frente a las fauces del Oni una vez más.

Os hacía más alto.
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#15
Kurama alzó una ceja, interrogante. Pero contuvo sus deseos de saber más para contestar primero a la pregunta de su acompañante, y a su curiosa broma, o eso debía ser, porque estaba claro que él era más alto que Akame. Bastante más alto. Cruzó una pierna sobre la otra y le dedicó una sonrisa socarrona.

Fui más alto, Akame-kun —dijo, simplemente, e hizo una inclinación respetuosa de cabeza—. Me llamo Kurama, sí. Kyūbi no Kurama. Encantado... de conocerte.

»Así que tu padre se sacrificó para que tú volvieras a vivir. —Repitió las palabras del Uchiha haciendo círculos con la muñeca derecha y desviando la mirada hacia un lado, incrédulo—. Pero es curioso. Envié al hijoputa más sanguinario que tengo entre mis filas para matarte. Y no moriste. Se supone que te reventó en mi pedazos. Se supone que te vio en brazos de tu Kage, que lloraba como una madalena, el muy pobrecito. Y pensar...

»...y pensar que alguien le dio el cambiazo como un vulgar Kawarimi...
· Marcas de sangre ~ 飴
No hay marcas de sangre registradas.
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