4/01/2019, 23:20
(Última modificación: 4/01/2019, 23:20 por Inuzuka Etsu.)
Akane y Etsu luchaban a muerte por el últmo croisant sobre la mesa. No literalmente, pero casi. Los dientes, los gruñidos, las voces e inclusos las amenazas no faltaban. No llegaron a los golpes mortales, pero obviamente si que llegaron a recurrir incluso a pegarse entre ellos. En realidad, podían hasta considerarlo un entrenamiento matutino. No había mañana en que sucediese algo parecido; croisant era solo el nombre de ésta mañana, la anterior había sido magdalenas, y la anterior a ésta bien podría haber sido las tostadas.
Puñetazo directo, el can evadió con abundante agilidad. Patada buscando barrer la salida lateral, pero el can saltó y giró en el aire de forma vertical. Era el contraataque, una patada con el talón que buscó sin piedad la cabeza del rasta. Éste, en un rápido gesto, alzó ambas manos entrecruzadas poco mas arriba de su rostro, bloqueando con ello el golpe. Ambos rieron. El medio croisant seguía sobre la mesa...
De pronto, en mitad del fragor de la batalla, la atención de ambos tuvo que dirigirse a la puerta de la estancia. Al umbral de la misma, asomaba uno de los estudiantes del dojo, acompañado de una persona a quienes sin duda no conocían. Éste tenía un mensaje entre manos, por lo cuál se podía deducir que era un mensajero, o un aventurero con una carta de recomendación dispuesto a ingresar al dojo familiar.
«¿Un nuevo aspirante? ¿por qué no se lo ha llevado al abuelo?»
Una milésima de segundo, no hizo falta mas. En ese suspiro, el can se lanzó al ataque, y de un bocado en plena filigrana aérea, devoró el manjar por el que peleaban.
—¡¡NOOOOOOOOOOOOOOOO!!
Su grito, desolado y quebrado por puro dolor, se pudo oir en todo Onindo. Con las manos en la cabeza, cayó al suelo y quedó hincado en el tatami con mueca de sufrimiento, dramático como él mismo.
—Woururg —sentenció el can, jactándose de su victoria.
Etsu lanzó una mirada asesina al huskie, que sin duda aclaraba que la cosa no quedaría así. Habría una revancha. O sí, claro que la habría. A la mañana siguiente, y a la misma hora. Podía apostar a que así sería. Pero de nuevo, la distracción ocasionante de la derrota, interrumpió ese indestructible vinculo fraternal. El hombre se acercó hasta el rasta, y con cara de pocos amigos, entregó el mensaje al Inuzuka. Éste lo tomó, y casi al instante, el hombre se giró y se fue con las mismas.
—¡Tsk! —el genin chasqueó la lengua, y abrió el mensaje.
Su rostro cambió de inmediato, apenas comenzó a leer que se trataba de una petición de su participación en una misión, logró llamar toda su atención. Pero no fue esa grata sorpresa lo que le sorprendió, si no la hora a la que debía estar en la puerta para realizarla. El chico alzó la mirada en busca del enorme reloj que tenían sobre la puerta de la cocina —ese que muchas veces le recordaba dejar de comer y ponerse a entrenar— y no pudo si no abrir los ojos como platos.
—¡¡LA MADRE QUE ME PARIÓ!!
Volvió a mirar el mensaje, y volvió a mirar el reloj. Repitió el proceso, aún sin creerlo. Y por últimas, buscó al mensajero, ese malnacido —¿¡p-p-pero será hijoputa!? ¿¡Se ha quedado dormido el muy cabrón y me trae un mensaje diez minutos tras la hora de presentación!?
No había tiempo para declararle la guerra a ese malnacido por no realizar bien su trabajo. Al menos eso pensó el Inuzuka. Se le erizó la piel, hincó las manos en el suelo, y le crecieron las garras así como los dientes —¡vamos! —y salió corriendo, tan rápido como sus piernas le permitieron. Corrió cual animal tras su presa, con todo lo que tenía para dar y mas. Como si de esa carrera dependiese su propia vida.
Escasos minutos mas tarde, el chico llegaría a la entrada de la aldea, donde había de encontrarse con la jounin encargada de darles la misión. Llegó tan apresurado y desesperado en no perder tiempo, que su pulmón llegó varios segundos mas tarde. O minutos. Le faltaba el aliento, apenas podía mantener la atención en buscar a quién tenía que presentarse.
Miró hacia un lado, exasperado. Su can buscaba entre tanto al contrario. Pasó a mirar la adversa, y casi al cruzar vistas el can y el rasta, llegaron a ver a una mujer de mediana edad y un solo brazo que aguardaba junto a la kunoichi tímida del dojo, la que una vez pensó que era una loca psicópata.
«¿¡S-será esa mujer!?»
Un último esfuerzo, y corrió con más de lo poco que tenía hasta recortar la distancia con la mujer. Ésta llevaba el símbolo que la identificaba como jounin.
—¿S-señora... Sagisō... Komachi... —preguntó a intervalos, pues la respiración le pedía un descanso.
Se podía ver por el sudor y la forma en que respiraba, que o bien se había ido de fiesta la noche anterior, o bien había tenido algún inconveniente. Esforzarse se había tenido que esforzar para llegar.
Puñetazo directo, el can evadió con abundante agilidad. Patada buscando barrer la salida lateral, pero el can saltó y giró en el aire de forma vertical. Era el contraataque, una patada con el talón que buscó sin piedad la cabeza del rasta. Éste, en un rápido gesto, alzó ambas manos entrecruzadas poco mas arriba de su rostro, bloqueando con ello el golpe. Ambos rieron. El medio croisant seguía sobre la mesa...
De pronto, en mitad del fragor de la batalla, la atención de ambos tuvo que dirigirse a la puerta de la estancia. Al umbral de la misma, asomaba uno de los estudiantes del dojo, acompañado de una persona a quienes sin duda no conocían. Éste tenía un mensaje entre manos, por lo cuál se podía deducir que era un mensajero, o un aventurero con una carta de recomendación dispuesto a ingresar al dojo familiar.
«¿Un nuevo aspirante? ¿por qué no se lo ha llevado al abuelo?»
Una milésima de segundo, no hizo falta mas. En ese suspiro, el can se lanzó al ataque, y de un bocado en plena filigrana aérea, devoró el manjar por el que peleaban.
—¡¡NOOOOOOOOOOOOOOOO!!
Su grito, desolado y quebrado por puro dolor, se pudo oir en todo Onindo. Con las manos en la cabeza, cayó al suelo y quedó hincado en el tatami con mueca de sufrimiento, dramático como él mismo.
—Woururg —sentenció el can, jactándose de su victoria.
Etsu lanzó una mirada asesina al huskie, que sin duda aclaraba que la cosa no quedaría así. Habría una revancha. O sí, claro que la habría. A la mañana siguiente, y a la misma hora. Podía apostar a que así sería. Pero de nuevo, la distracción ocasionante de la derrota, interrumpió ese indestructible vinculo fraternal. El hombre se acercó hasta el rasta, y con cara de pocos amigos, entregó el mensaje al Inuzuka. Éste lo tomó, y casi al instante, el hombre se giró y se fue con las mismas.
—¡Tsk! —el genin chasqueó la lengua, y abrió el mensaje.
Su rostro cambió de inmediato, apenas comenzó a leer que se trataba de una petición de su participación en una misión, logró llamar toda su atención. Pero no fue esa grata sorpresa lo que le sorprendió, si no la hora a la que debía estar en la puerta para realizarla. El chico alzó la mirada en busca del enorme reloj que tenían sobre la puerta de la cocina —ese que muchas veces le recordaba dejar de comer y ponerse a entrenar— y no pudo si no abrir los ojos como platos.
—¡¡LA MADRE QUE ME PARIÓ!!
Volvió a mirar el mensaje, y volvió a mirar el reloj. Repitió el proceso, aún sin creerlo. Y por últimas, buscó al mensajero, ese malnacido —¿¡p-p-pero será hijoputa!? ¿¡Se ha quedado dormido el muy cabrón y me trae un mensaje diez minutos tras la hora de presentación!?
No había tiempo para declararle la guerra a ese malnacido por no realizar bien su trabajo. Al menos eso pensó el Inuzuka. Se le erizó la piel, hincó las manos en el suelo, y le crecieron las garras así como los dientes —¡vamos! —y salió corriendo, tan rápido como sus piernas le permitieron. Corrió cual animal tras su presa, con todo lo que tenía para dar y mas. Como si de esa carrera dependiese su propia vida.
Escasos minutos mas tarde, el chico llegaría a la entrada de la aldea, donde había de encontrarse con la jounin encargada de darles la misión. Llegó tan apresurado y desesperado en no perder tiempo, que su pulmón llegó varios segundos mas tarde. O minutos. Le faltaba el aliento, apenas podía mantener la atención en buscar a quién tenía que presentarse.
Miró hacia un lado, exasperado. Su can buscaba entre tanto al contrario. Pasó a mirar la adversa, y casi al cruzar vistas el can y el rasta, llegaron a ver a una mujer de mediana edad y un solo brazo que aguardaba junto a la kunoichi tímida del dojo, la que una vez pensó que era una loca psicópata.
«¿¡S-será esa mujer!?»
Un último esfuerzo, y corrió con más de lo poco que tenía hasta recortar la distancia con la mujer. Ésta llevaba el símbolo que la identificaba como jounin.
—¿S-señora... Sagisō... Komachi... —preguntó a intervalos, pues la respiración le pedía un descanso.
Se podía ver por el sudor y la forma en que respiraba, que o bien se había ido de fiesta la noche anterior, o bien había tenido algún inconveniente. Esforzarse se había tenido que esforzar para llegar.
~ No muerdas lo que no piensas comerte ~