Otoño-Invierno de 221

Fecha fijada indefinidamente con la siguiente ambientación: Los ninjas de las Tres Grandes siguen luchando contra el ejército de Kurama allá donde encuentran un bastión sin conquistar. Debido a las recientes provocaciones del Nueve Colas, los shinobi y kunoichi atacan con fiereza en nombre de la victoria. Kurama y sus generales se encuentran acorralados en las Tierras Nevadas del Norte, en el País de la Tormenta. Pero el invierno está cerca e impide que cualquiera de los dos bandos avance, dejando Oonindo en una situación de guerra fría, con pequeñas operaciones aquí y allá. Las villas requieren de financiación tras la pérdida de efectivos en la guerra, y los criminales siguen actuando sobre terreno salpicado por la sangre de aliados y enemigos, por lo que los ninjas también son enviados a misiones de todo tipo por el resto del mundo, especialmente aquellos que no están preparados para enfrentarse a las terribles fuerzas del Kyuubi.
Oh, hacía mal, Datsue. Encomendarse a los Dioses. En plural. Eran tantos. ¿Por qué no rezarle a uno? ¿al más grande? ¿al más benevolente? quién sabe.

Tākoizu Nahana y Tākoizu Kitana ascendieron la cumbre y se adentraron en la forja del Toro. Kitana era una réplica de su madre, más joven, por supuesto. Aparentaba los veintitantos y tenía un aspecto firme y portentoso, aunque grácil y bello a la vez.

—Te ves exhausto —comentó Nahana—. ¿acabaste?

—Así parece.

Kitana se acercó a Datsue y le arrebató el arma de las manos. Comenzó a inspeccionarla. Los ojos moviéndose como minutas de reloj. De un lado a otro. Cada detalle. Cada poro. Cada grieta.

Lástima que Datsue no tuviera el sharingan, porque así podría haber visto mejor el rápido y fugaz movimiento que realizó Kitana, en un giro virtuoso en su propio eje; que concluyó con el arqueo de su brazo. El hacha construida por Datsue salió volando con la destreza digna de un guerrero y dio giros y giros hasta clavarse en un pedazo de madera, allá, a la distancia.

Kitana permaneció observando el arma. Tic, tac, tic tac. Ploc. Ésta permaneció clavada, por suerte.

—¿Qué piensas, hija?

—Nada extraordinario, me temo. Aunque un hacha, al fin y al cabo. Tú —miró a Guzen—. guíame a través del proceso con el cuál la construiste. Cuando acabes, tendrás que decirme en dónde cometiste el error más notable. Y por último, lo que harías diferente, de tener otra oportunidad para replicar el arma de mi madre.
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RE: (B) La penumbra de Lady Tākoizu - por Umikiba Kaido - 28/01/2019, 04:03


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