15/02/2019, 22:49
Kazuma enfatizó que olía de manera similar a la tienda de Kumoko. Después de olfatear un par de veces, Ranko concordó. Echó un vistazo con más detenimiento al claro. Si hubiese hecho mucha memoria, habría reconocido algunas de esas hierbas, de hecho, en el establecimiento de la herbolaria. Pero en ese momento solamente notó una más: una lechuga roja en la parte central derecha del claro.
La chica intentó llamar la atención del peliblanco, hablando con voz emocionada pero baja, y apuntando a un lugar.
—¡Mire, Kazuma-san! ¡Creo que esa es la rafu...!
Mas se dio cuenta en ese momento, con el brazo extendido hacia el prospecto de rafure, que Kazuma no se encontraba ya a su lado: se encontraba recogiendo baiko con suma calma. La Ranko mental lanzó un grito que se habría escuchado en todo el planeta, si todos fueran telepáticos, claro está.
”¡Kazuma-saaan! ¡Nooooo! ¿Qué haaaceee?”
Le dio un ataque de pánico relámpago, pues pensó que el jabato escaparía y chillaría asustado, atrayendo a sus padres. Sin embargo, el animalito sólo se alejó de Kazuma para acercarse de nuevo y seguir comiendo de aquella planta. Después de un rato, el jabalí se dirigiría de manera extraña al ninja y le daría suaves cabezazos, como mascota que juega con su dueño.
”¿Ah? Creí que los jabalíes salvajes eran más… salvajes. ¿O es que así son sus crías? ¡No importa! ¡Debo de aprovechar el tiempo!”
Le dio una rápida revisión a las notas de Kazuma sobre la rafure para luego correr hacia ellas. Sacaría un kunai y lo usaría con sumo cuidado para apartar la tierra y extraer la planta. La metería delicadamente en una de las bolsas, mientras que su compañero llenaría la suya hasta cuatro quintos de su capacidad con todas las hojas amarillas que podía. Todo parecía ir bien y, si tenían suerte, podrían hacerse de una buena porción de su encomienda en solo una parada.
Entonces, desde fuera del claro, se escuchó el gruñir de un animal más grande.
Etsu, quien sospechaba que el mono que los seguía había comido las otras flores, se apresuró a subir hasta la segunda taidonka, mientras que Akane permaneció en una posición más defensiva.
No obstante, al llegar a la altura de la flor, percibiría al menos otros tres monos de la misma especie que el primero. De igual manera, estaban intentando esconderse entre las ramas, como si sus largas colas pardas y sus chillidos no los delataran. En cuanto el genin llegara a la taidonka y la tomara, los primates se tornarían aun más ruidosos, lanzando gritos de guerra.
Las criaturas se lanzarían en dirección al chico, aunque éste intentaría alejarse del área. Aunque eran más lentos que un shinobi entrenado, los monos intentarían seguirlo a como pudiesen y, de alcanzarlo, saltarían sobre él para golpearlo o morderlo. Tal parecía que los monos solo estaban esperando a que la flor estuviese en todo su esplendor para comerla (después de, tal vez, pelear por ella). El suave olor que los Inuzuka percibían de la planta tal vez era un indicador del sabor que los monos ansiaban.
La chica intentó llamar la atención del peliblanco, hablando con voz emocionada pero baja, y apuntando a un lugar.
—¡Mire, Kazuma-san! ¡Creo que esa es la rafu...!
Mas se dio cuenta en ese momento, con el brazo extendido hacia el prospecto de rafure, que Kazuma no se encontraba ya a su lado: se encontraba recogiendo baiko con suma calma. La Ranko mental lanzó un grito que se habría escuchado en todo el planeta, si todos fueran telepáticos, claro está.
”¡Kazuma-saaan! ¡Nooooo! ¿Qué haaaceee?”
Le dio un ataque de pánico relámpago, pues pensó que el jabato escaparía y chillaría asustado, atrayendo a sus padres. Sin embargo, el animalito sólo se alejó de Kazuma para acercarse de nuevo y seguir comiendo de aquella planta. Después de un rato, el jabalí se dirigiría de manera extraña al ninja y le daría suaves cabezazos, como mascota que juega con su dueño.
”¿Ah? Creí que los jabalíes salvajes eran más… salvajes. ¿O es que así son sus crías? ¡No importa! ¡Debo de aprovechar el tiempo!”
Le dio una rápida revisión a las notas de Kazuma sobre la rafure para luego correr hacia ellas. Sacaría un kunai y lo usaría con sumo cuidado para apartar la tierra y extraer la planta. La metería delicadamente en una de las bolsas, mientras que su compañero llenaría la suya hasta cuatro quintos de su capacidad con todas las hojas amarillas que podía. Todo parecía ir bien y, si tenían suerte, podrían hacerse de una buena porción de su encomienda en solo una parada.
Entonces, desde fuera del claro, se escuchó el gruñir de un animal más grande.
Etsu, quien sospechaba que el mono que los seguía había comido las otras flores, se apresuró a subir hasta la segunda taidonka, mientras que Akane permaneció en una posición más defensiva.
No obstante, al llegar a la altura de la flor, percibiría al menos otros tres monos de la misma especie que el primero. De igual manera, estaban intentando esconderse entre las ramas, como si sus largas colas pardas y sus chillidos no los delataran. En cuanto el genin llegara a la taidonka y la tomara, los primates se tornarían aun más ruidosos, lanzando gritos de guerra.
Las criaturas se lanzarían en dirección al chico, aunque éste intentaría alejarse del área. Aunque eran más lentos que un shinobi entrenado, los monos intentarían seguirlo a como pudiesen y, de alcanzarlo, saltarían sobre él para golpearlo o morderlo. Tal parecía que los monos solo estaban esperando a que la flor estuviese en todo su esplendor para comerla (después de, tal vez, pelear por ella). El suave olor que los Inuzuka percibían de la planta tal vez era un indicador del sabor que los monos ansiaban.
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