20/04/2019, 21:01
—Amedama-kun, guardiana.
Ayame sintió un escalofrío ante aquel apelativo, del cual había renunciado hacía ya tiempo, pero mantuvo su semblante impasible. Bayashi Hida, anciano shinobi y leyenda del arte de la espada, fue quien les atendió tras el mostrador con una elegante inclinación de cabeza que hizo oscilar su fiel katana, siempre atada a su cintura.
—Buenos días para vosotros también. Voy a corroborar que Yui-dono esté disponible para atenderos. Un momento, por favor —El hombre tomó el teléfono, y, con unos dedos lentos y torpes que no parecían corresponderse con los de alguien de la altura de su leyenda, comenzó a marcar varios números. Se mantuvo con el aparato pegado a la oreja durante varios largos segundos y cuando recibió respuesta murmuró algo que Ayame no llegó a comprender—. Bien, podéis subir ahora. Mucha suerte —les dijo, y Ayame volvió a sentir otro escalofrío. Esta vez de terror.
—Muchas gracias, Bayashi Hida —pronunció sin embargo, con una inclinación de cabeza.
Con las piernas repentinamente más pesadas que hacía unos pocos segundos, Ayame siguió a Daruu hasta el ascensor que habría de llevarlos hasta la última planta. Fue Daruu quien pulsó el botón, y cuando las puertas se cerraron Ayame respiró hondo.
—Deja que hable yo primero —dijo Daruu—. Tú te pones muy nerviosa delante de ella.
—Está bien —accedió ella, de muy buena gana.
Pasados varios largos minutos, que se hicieron aún más largos de lo que realmente fueron, las puertas volvieron a abrirse y los dos muchachos atravesaron aquel largo corredor que ya bien conocían. Daruu se adelantó, tocó a la puerta tres veces con los nudillos y se abrió paso.
—Buenos días, señora Yui —dijo Daruu, adentrándose en el despacho e hincando una rodilla en el suelo.
Ayame, junto a él y con el corazón galopante en el pecho, hizo exactamente lo mismo.
Ayame sintió un escalofrío ante aquel apelativo, del cual había renunciado hacía ya tiempo, pero mantuvo su semblante impasible. Bayashi Hida, anciano shinobi y leyenda del arte de la espada, fue quien les atendió tras el mostrador con una elegante inclinación de cabeza que hizo oscilar su fiel katana, siempre atada a su cintura.
—Buenos días para vosotros también. Voy a corroborar que Yui-dono esté disponible para atenderos. Un momento, por favor —El hombre tomó el teléfono, y, con unos dedos lentos y torpes que no parecían corresponderse con los de alguien de la altura de su leyenda, comenzó a marcar varios números. Se mantuvo con el aparato pegado a la oreja durante varios largos segundos y cuando recibió respuesta murmuró algo que Ayame no llegó a comprender—. Bien, podéis subir ahora. Mucha suerte —les dijo, y Ayame volvió a sentir otro escalofrío. Esta vez de terror.
—Muchas gracias, Bayashi Hida —pronunció sin embargo, con una inclinación de cabeza.
Con las piernas repentinamente más pesadas que hacía unos pocos segundos, Ayame siguió a Daruu hasta el ascensor que habría de llevarlos hasta la última planta. Fue Daruu quien pulsó el botón, y cuando las puertas se cerraron Ayame respiró hondo.
—Deja que hable yo primero —dijo Daruu—. Tú te pones muy nerviosa delante de ella.
—Está bien —accedió ella, de muy buena gana.
Pasados varios largos minutos, que se hicieron aún más largos de lo que realmente fueron, las puertas volvieron a abrirse y los dos muchachos atravesaron aquel largo corredor que ya bien conocían. Daruu se adelantó, tocó a la puerta tres veces con los nudillos y se abrió paso.
—Buenos días, señora Yui —dijo Daruu, adentrándose en el despacho e hincando una rodilla en el suelo.
Ayame, junto a él y con el corazón galopante en el pecho, hizo exactamente lo mismo.

![[Imagen: kQqd7V9.png]](https://i.imgur.com/kQqd7V9.png)