24/04/2019, 03:09
(Última modificación: 24/04/2019, 03:28 por Sarutobi Hanabi. Editado 3 veces en total.)
El tercer piso yacía en velo, tan oscuro como los rincones más recónditos de su alma; en donde había depositado cualquier esperanza de que Akame realmente pudiera estar vivo junto con la vívida imagen de su cadáver, sin pulso, reposando calcinado sobre su regazo. No había luz que delatase la presencia de alguien en el despacho, ni en ninguna otra planta del Edificio del Uzukage para ser más exactos, así que daba la impresión de que no habría nadie a esas largas horas de la noche.
Cuando postró sus manos en la puerta de bambú, no obstante; sintió el suelo vibrar bajo sus pies. La entrada se abrió en dirección contraria, aunque no por el esfuerzo que le supuso tratar de abrirla, sino por el de un hombre mucho más grande, alto y gordo que él que haló desde el interior. Era una mole ataviada con un camisón negro, pantalones holgados y sandalias que parecían dos esquíes. De pelo corto alborotado, y dos esferas doradas que brillaban incluso en la sinuosa oscuridad que les abrazaba a ambos. La cara de Datsue cayó casi que por inercia en el estómago del hombre y se fue de culo sobre los últimos tablones del puente a causa del efecto rebote.
¡Pom!
Era un Akimichi. Uno llamado Katsudon.
—¡Me vas a matar de un susto, chico! —soltó, llevándose la mano al corazón—. ¿se puede saber qué haces husmeando a estas horas por el edificio? sabes que cerramos las puertas a medianoche.
Cuando postró sus manos en la puerta de bambú, no obstante; sintió el suelo vibrar bajo sus pies. La entrada se abrió en dirección contraria, aunque no por el esfuerzo que le supuso tratar de abrirla, sino por el de un hombre mucho más grande, alto y gordo que él que haló desde el interior. Era una mole ataviada con un camisón negro, pantalones holgados y sandalias que parecían dos esquíes. De pelo corto alborotado, y dos esferas doradas que brillaban incluso en la sinuosa oscuridad que les abrazaba a ambos. La cara de Datsue cayó casi que por inercia en el estómago del hombre y se fue de culo sobre los últimos tablones del puente a causa del efecto rebote.
¡Pom!
Era un Akimichi. Uno llamado Katsudon.
—¡Me vas a matar de un susto, chico! —soltó, llevándose la mano al corazón—. ¿se puede saber qué haces husmeando a estas horas por el edificio? sabes que cerramos las puertas a medianoche.
