25/04/2019, 01:52
(Última modificación: 25/04/2019, 01:54 por Sarutobi Hanabi. Editado 1 vez en total.)
El hombretón suspiró con pesadez. Para Datsue no fue un suspiro, sino un vendaval que le acarició la mejilla en cuanto el Akimichi inclinó la pansa y le miró muy pero muy de cerca.
Claro que recordaba aquél día. De hecho, recordaba los gritos de Datsue clamando por ayuda. Recordaba cuando tuvo que atizar a su Kage de un buen par de hostias para traerle de regreso, tras el enorme disgusto que le causó la revelación del intrépido. Recordaba, sí señor.
—Joder, Datsue. Venías bien. Muy bien. Pero no puedes estarte quieto, ¿verdad? si eres un experto en revolver el mierdero —Katsudon guardó silencio durante un par de segundos, meditando las opciones. Podría haber salvaguardado el descanso de su líder y posponer las noticias de Datsue hasta que amaneciera. Después de todo, faltaban sólo cuatro horas. Pero entonces recordó alguna reprimenda de Hanabi cuando decidía ocultarle cosas por el bienestar de su salud y... bueno, no le quedaron ganas de no contar algo tan importante. Refunfuñó, y se apartó de en medio de la puerta de bambú—. no, tú quédate aquí. Iré a buscarle yo.
»Espéranos en el despacho. Y no alborotes nada, por favor —o su esfuerzo en ocultar los rastros de dulce del escritorio iban a quedar en vano.
El despacho del Uzukage lucía, a esas horas de la noche, más imponente que nunca. La vívida imagen que la habitación daba de día desaparecía en cuanto le abrazaba la soledad intrínseca de la nocturnidad. Lo que sí perduraba era el dulce aroma de las orquídeas frescas que aún no marchitaban dentro del florero de cristal transparente. Detrás, como pantalla, la oscuridad en todo su esplendor cubriendo el ventanal que permitía al Uzukage observar la inmensidad de su colorida y hermosa aldea. Datsue aguardó durante al menos quince minutos hasta que dos figuras se introdujeron a paso rápido por el portal.
—A veeeer, Daaatsue, a ver... —dijo Hanabi, que apresuró el paso hasta el sillón negro tras el escritorio de roble. Llevaba pijama, que no era sino una larga bata color naranja, un camisón suelto negro y un pantalón de seda negruzca que combinaba con unas curiosas pantuflas de felpa bastante cómicas—. ¿qué te ha pasado ahora?
Eran las mismas palabras. Exactas. De aquella ocasión en la que se desmayó.
Claro que recordaba aquél día. De hecho, recordaba los gritos de Datsue clamando por ayuda. Recordaba cuando tuvo que atizar a su Kage de un buen par de hostias para traerle de regreso, tras el enorme disgusto que le causó la revelación del intrépido. Recordaba, sí señor.
—Joder, Datsue. Venías bien. Muy bien. Pero no puedes estarte quieto, ¿verdad? si eres un experto en revolver el mierdero —Katsudon guardó silencio durante un par de segundos, meditando las opciones. Podría haber salvaguardado el descanso de su líder y posponer las noticias de Datsue hasta que amaneciera. Después de todo, faltaban sólo cuatro horas. Pero entonces recordó alguna reprimenda de Hanabi cuando decidía ocultarle cosas por el bienestar de su salud y... bueno, no le quedaron ganas de no contar algo tan importante. Refunfuñó, y se apartó de en medio de la puerta de bambú—. no, tú quédate aquí. Iré a buscarle yo.
»Espéranos en el despacho. Y no alborotes nada, por favor —o su esfuerzo en ocultar los rastros de dulce del escritorio iban a quedar en vano.
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El despacho del Uzukage lucía, a esas horas de la noche, más imponente que nunca. La vívida imagen que la habitación daba de día desaparecía en cuanto le abrazaba la soledad intrínseca de la nocturnidad. Lo que sí perduraba era el dulce aroma de las orquídeas frescas que aún no marchitaban dentro del florero de cristal transparente. Detrás, como pantalla, la oscuridad en todo su esplendor cubriendo el ventanal que permitía al Uzukage observar la inmensidad de su colorida y hermosa aldea. Datsue aguardó durante al menos quince minutos hasta que dos figuras se introdujeron a paso rápido por el portal.
—A veeeer, Daaatsue, a ver... —dijo Hanabi, que apresuró el paso hasta el sillón negro tras el escritorio de roble. Llevaba pijama, que no era sino una larga bata color naranja, un camisón suelto negro y un pantalón de seda negruzca que combinaba con unas curiosas pantuflas de felpa bastante cómicas—. ¿qué te ha pasado ahora?
Eran las mismas palabras. Exactas. De aquella ocasión en la que se desmayó.
