27/04/2019, 00:55
—En realidad, Datsue no me ha pedido nada —contestó el amejin, dejando caer sobre sus hombros toda la responsabilidad de su súbita intromisión con una honorabilidad bastante respetable—. Ayame nos contactó a los dos, Datsue dijo que iba a hablar con usted. Y yo... Bueno, tenía la espinita clavada y... Bueno, eso, que soy un idiota. Si quiere me marcho.
—Y una milonga, chico. No te vas a ningún lado.
—Bueno, veámoslo por el lado positivo, ¿eh? No hay mejor forma para testear ese detector de intrusos que nos facilitó Ame —habló Datsue—. ¡Cincuenta ryos a que tenemos un equipo de ANBUs entrando en el despacho en dos minutos! ¿Alguien se anima a apostar distinto? ¿No? ¿No? ¿Nadie?
... no. Nadie se animó.
—Está bien, Katsudon, tranquilo. Hazme un favor —dijo, acercándose a su oído y susurrando palabra ininteligibles para el resto—. ve rápido, antes de que la gente se alarme. El cuartel debe estar moviéndose ahora mismo. Anda, lo dejo en tus manos.
Y fue así como Katsudon, tras una severa mirada al amejin, abandonó la habitación.
Hanabi arrojó un sentido suspiro mientras retraía el espaldar de su asiento de cuero y tomaba asiento. Con la mano derecha señaló dos sillas individuales al otro costado del escritorio, para que tanto Daruu como Datsue hiciesen lo propio. En el interín, la voz de Ayame —con ese tono suyo tan particular que le hacía parecer mortificada todo el tiempo—. se hizo eco en el despacho a través de la técnica de Datsue, de la cuál ya se le había revelado su funcionamiento. Ambos brazos del Uzukage se tornaron hacia adelante, con los codos apoyándose en la madera de roble y entrelazando un juego de dedos con los otros. Los muchachos pudieron ver como le temblaba ligeramente el pulso y que trataba de respirar profundo con cada bocanada.
—Cualquier agravio que hayamos podido cometer, Ayame-san; han sido perdonados en el momento en que hemos firmado la Alianza de las Tres Grandes. Nos ha costado muchísimo llegar hasta este punto, y hemos perdido mucho en el proceso —ellos un Jinchuriki incluido—. así que no voy a poner en riesgo la estabilidad de nuestro pueblo por la ocurrencia de tu compañero —miró a Daruu—. pero que sea la última vez, Daruu-san. Los límites están para respetarse, ¿está bien?
Cerró los ojos y meditó qué caudal tomar en la conversación.
—Veo que habéis hecho una bonita amistad y eso me contenta. No puedo negar que siempre me preocupó los constantes rifirrafes que tenía Datsue con vuestra gente, así que ahora puedo estar más tranquilo que os habéis reconciliado. Pero hay que tener cuidado, Ayame, con las cosas que le contamos a nuestros camaradas. Dice Datsue que has visto a Uchiha Akame vivo. Yo ya le he dicho que eso es imposible. Ahora te lo voy a decir a ti —abrió los ojos otra vez. De nuevo, esa llama fulgurante en su mirada—. aún tengo los vestigios de las llamas que le quitaron la vida a mi Jinchuriki. Yo lo saqué de aquél infierno, sin vida; y vi como su asesino huía sin poder hacer nada. Eso me persigue hasta el sol de hoy, y no creo que deje de hacerlo por mucho tiempo.
»¿Lo que quieren decir es que, estoy equivocado? —tiró la piedra sin esconder la mano.
—Y una milonga, chico. No te vas a ningún lado.
—Bueno, veámoslo por el lado positivo, ¿eh? No hay mejor forma para testear ese detector de intrusos que nos facilitó Ame —habló Datsue—. ¡Cincuenta ryos a que tenemos un equipo de ANBUs entrando en el despacho en dos minutos! ¿Alguien se anima a apostar distinto? ¿No? ¿No? ¿Nadie?
... no. Nadie se animó.
—Está bien, Katsudon, tranquilo. Hazme un favor —dijo, acercándose a su oído y susurrando palabra ininteligibles para el resto—. ve rápido, antes de que la gente se alarme. El cuartel debe estar moviéndose ahora mismo. Anda, lo dejo en tus manos.
Y fue así como Katsudon, tras una severa mirada al amejin, abandonó la habitación.
Hanabi arrojó un sentido suspiro mientras retraía el espaldar de su asiento de cuero y tomaba asiento. Con la mano derecha señaló dos sillas individuales al otro costado del escritorio, para que tanto Daruu como Datsue hiciesen lo propio. En el interín, la voz de Ayame —con ese tono suyo tan particular que le hacía parecer mortificada todo el tiempo—. se hizo eco en el despacho a través de la técnica de Datsue, de la cuál ya se le había revelado su funcionamiento. Ambos brazos del Uzukage se tornaron hacia adelante, con los codos apoyándose en la madera de roble y entrelazando un juego de dedos con los otros. Los muchachos pudieron ver como le temblaba ligeramente el pulso y que trataba de respirar profundo con cada bocanada.
—Cualquier agravio que hayamos podido cometer, Ayame-san; han sido perdonados en el momento en que hemos firmado la Alianza de las Tres Grandes. Nos ha costado muchísimo llegar hasta este punto, y hemos perdido mucho en el proceso —ellos un Jinchuriki incluido—. así que no voy a poner en riesgo la estabilidad de nuestro pueblo por la ocurrencia de tu compañero —miró a Daruu—. pero que sea la última vez, Daruu-san. Los límites están para respetarse, ¿está bien?
Cerró los ojos y meditó qué caudal tomar en la conversación.
—Veo que habéis hecho una bonita amistad y eso me contenta. No puedo negar que siempre me preocupó los constantes rifirrafes que tenía Datsue con vuestra gente, así que ahora puedo estar más tranquilo que os habéis reconciliado. Pero hay que tener cuidado, Ayame, con las cosas que le contamos a nuestros camaradas. Dice Datsue que has visto a Uchiha Akame vivo. Yo ya le he dicho que eso es imposible. Ahora te lo voy a decir a ti —abrió los ojos otra vez. De nuevo, esa llama fulgurante en su mirada—. aún tengo los vestigios de las llamas que le quitaron la vida a mi Jinchuriki. Yo lo saqué de aquél infierno, sin vida; y vi como su asesino huía sin poder hacer nada. Eso me persigue hasta el sol de hoy, y no creo que deje de hacerlo por mucho tiempo.
»¿Lo que quieren decir es que, estoy equivocado? —tiró la piedra sin esconder la mano.
