29/04/2019, 13:10
La mujer guardó un tenso e inquieto silencio, con sus ojos abiertos como platos intercambiándose entre el rostro de Ayame y el de Daruu como si fuesen en realidad dos monstruos de dientes afilados que estuviesen a punto de devorar a sus dos pequeños.
—P-p-or allá, hacia el Distrito este —le indicó al terminar su escrutinio, señalando una de las bifurcaciones a su derecha—. Seguid derecho todo el tiempo hasta el corredor de luciérnagas y veréis el cartel de la Bruma en el extremo más izquierdo de la callejuela. Sabrán cuál es porque es el único que no está adornado por luces de neón.
—¡Muchas gracias! Que pase un buen día —respondió Ayame, intentando ocultar la inquietud que la había invadido de repente. No le había pasado desapercibido cómo había mirado la luna de su frente; y aquello, además de arrojarle ecos de unos recuerdos lejanos que ya creía olvidados, disparó todas sus alarmas.
«No puede ser que me haya reconocido, es este sitio que me está volviendo paranoica... ¿No?»
Daruu y Ayame abandonaron la plaza por la salida que les había indicado la mujer y se adentraron en las callejuelas. Para alivio de la muchacha, aparte de algún vagabundo que andaba por allí y que a Ayame le recordó inevitablemente a Calabaza, no se encontraron con nada demasiado sospechoso. Sin embargo, se vieron obligados a pedir indicaciones de nuevo cuando acabaron en un callejón sin salida.
—¡Qué bonito! —exclamó Ayame, una frase que jamás habría creído posible pronunciar en una ciudad como Shinogi-to.
Habían llegado al llamado Corredor de las Luciérnagas, y ambos descubrieron enseguida por qué: era una calle comercial bastante concurrida, pero lo que había llamado la atención de Ayame no fueron las múltiples tabernas, ni los salones de juego, ni las posadas, sino la multitud de bolitas de luz dorada y fucsia que flotaban a su alrededor, buscando el amor de las luces de neón de los diferentes establecimientos. Ayame alzó las manos cuando un grupo de varias luciérnagas pasó justo junto a ella. Desgraciadamente, no podían permitirse el lujo de pararse a disfrutar de aquello; afortunadamente, y tal y como les habían indicado, el cartel de madera con letras talladas de La Bruma Negra les saludaba desde el final del corredor.
—¿Buenas tardes? —se adelantó Daruu, llamando a la puerta antes de intentar entrar.
—P-p-or allá, hacia el Distrito este —le indicó al terminar su escrutinio, señalando una de las bifurcaciones a su derecha—. Seguid derecho todo el tiempo hasta el corredor de luciérnagas y veréis el cartel de la Bruma en el extremo más izquierdo de la callejuela. Sabrán cuál es porque es el único que no está adornado por luces de neón.
—¡Muchas gracias! Que pase un buen día —respondió Ayame, intentando ocultar la inquietud que la había invadido de repente. No le había pasado desapercibido cómo había mirado la luna de su frente; y aquello, además de arrojarle ecos de unos recuerdos lejanos que ya creía olvidados, disparó todas sus alarmas.
«No puede ser que me haya reconocido, es este sitio que me está volviendo paranoica... ¿No?»
Daruu y Ayame abandonaron la plaza por la salida que les había indicado la mujer y se adentraron en las callejuelas. Para alivio de la muchacha, aparte de algún vagabundo que andaba por allí y que a Ayame le recordó inevitablemente a Calabaza, no se encontraron con nada demasiado sospechoso. Sin embargo, se vieron obligados a pedir indicaciones de nuevo cuando acabaron en un callejón sin salida.
—¡Qué bonito! —exclamó Ayame, una frase que jamás habría creído posible pronunciar en una ciudad como Shinogi-to.
Habían llegado al llamado Corredor de las Luciérnagas, y ambos descubrieron enseguida por qué: era una calle comercial bastante concurrida, pero lo que había llamado la atención de Ayame no fueron las múltiples tabernas, ni los salones de juego, ni las posadas, sino la multitud de bolitas de luz dorada y fucsia que flotaban a su alrededor, buscando el amor de las luces de neón de los diferentes establecimientos. Ayame alzó las manos cuando un grupo de varias luciérnagas pasó justo junto a ella. Desgraciadamente, no podían permitirse el lujo de pararse a disfrutar de aquello; afortunadamente, y tal y como les habían indicado, el cartel de madera con letras talladas de La Bruma Negra les saludaba desde el final del corredor.
—¿Buenas tardes? —se adelantó Daruu, llamando a la puerta antes de intentar entrar.

![[Imagen: kQqd7V9.png]](https://i.imgur.com/kQqd7V9.png)