7/05/2019, 23:30
—Estoy de acuerdo —asintió Daruu, enfundándose en su capucha—. Demos la vuelta y salgamos de aquí un momento. Sígueme.
Y ella lo hizo. Juntos, giraron una calle y dieron una vuelta a la manzana en dirección septentrional. Daruu buscó una zona algo más amigable, si es que podían hablar con aquellos términos en aquella ciudad y se sumergió en un callejón vacío. Fue entonces cuando los dedos de su mano derecha formularon una serie de sellos, ellos solos.
—¿P... pero cómo...? —balbuceó Ayame, absolutamente anonadada. Jamás había visto algo semejante, ¡ni siquiera en su hermano! ¿Hacer sellos a una sola mano? ¿Eso era posible?
—¿No me habías visto hacer esto antes, verdad? —respondió él, henchido de orgullo—. Han cambiado muchas cosas desde la última vez que nos enfrentamos, Ayame. Quizás algún día podamos medirnos de nuevo. Por ahora...
—Me rindo — Suspiró ella, con una sonrisa cargada de amargura—. Ya me has sacado una buena ventaja.
Tres gatos se materializaron ante la llamada de Daruu, y el chunin les dio la orden de encontrar la ubicación del mercado sospechoso y comunicar a media noche, de vuelta en la posada donde pernoctaban, sobre cualquier cosa sospechosa. Después de un gracioso saludo militar que le arrancó una rodilla a Ayame, Daruu procedió al plan inicial y se transformó en el típoco hombre del que cambiaría de acera al cruzártelo por la noche en la calle.
—¿Qué tal?
—Estás horrible —rio ella, sincera.
Pero Ayame no se quedó de brazos cruzados, imitó su secuencia de sellos y también se transformó: en su caso, en una mujer adulta, de cabellos cortos y de un deslucido y descuidado color castaño, y cara de estar oliendo excrementos de caballo de forma permanente. Sus ropas habían sido sustituidas también por unas mucho menos coloridas y llamativas. Ante todo, lo último que quería era que la gente la viera.
—Vamos —asintió.
Y así retomaron su búsqueda hacia el sur.
Y ella lo hizo. Juntos, giraron una calle y dieron una vuelta a la manzana en dirección septentrional. Daruu buscó una zona algo más amigable, si es que podían hablar con aquellos términos en aquella ciudad y se sumergió en un callejón vacío. Fue entonces cuando los dedos de su mano derecha formularon una serie de sellos, ellos solos.
—¿P... pero cómo...? —balbuceó Ayame, absolutamente anonadada. Jamás había visto algo semejante, ¡ni siquiera en su hermano! ¿Hacer sellos a una sola mano? ¿Eso era posible?
—¿No me habías visto hacer esto antes, verdad? —respondió él, henchido de orgullo—. Han cambiado muchas cosas desde la última vez que nos enfrentamos, Ayame. Quizás algún día podamos medirnos de nuevo. Por ahora...
—Me rindo — Suspiró ella, con una sonrisa cargada de amargura—. Ya me has sacado una buena ventaja.
Tres gatos se materializaron ante la llamada de Daruu, y el chunin les dio la orden de encontrar la ubicación del mercado sospechoso y comunicar a media noche, de vuelta en la posada donde pernoctaban, sobre cualquier cosa sospechosa. Después de un gracioso saludo militar que le arrancó una rodilla a Ayame, Daruu procedió al plan inicial y se transformó en el típoco hombre del que cambiaría de acera al cruzártelo por la noche en la calle.
—¿Qué tal?
—Estás horrible —rio ella, sincera.
Pero Ayame no se quedó de brazos cruzados, imitó su secuencia de sellos y también se transformó: en su caso, en una mujer adulta, de cabellos cortos y de un deslucido y descuidado color castaño, y cara de estar oliendo excrementos de caballo de forma permanente. Sus ropas habían sido sustituidas también por unas mucho menos coloridas y llamativas. Ante todo, lo último que quería era que la gente la viera.
—Vamos —asintió.
Y así retomaron su búsqueda hacia el sur.

![[Imagen: kQqd7V9.png]](https://i.imgur.com/kQqd7V9.png)