17/05/2019, 03:48
Una nariz arrugada, y cierto desconcierto por los canturreos del hombre fue lo que obtuvo Yamatsuki de la anciana. La mano se asomó por la barra y usó los dedos para deslizar las monedas hacia la palma de su contraria, que se balanceó temblorosa hacia el recodo de uno de sus bolsillos.
—La taberna no me pertenece, sólo regento —añadió. Daruu, que la miraba fijamente, percibió un gesto sutil de alerta que le agobió el rostro, pues su oído entrenado había logrado captar algo—. y si no lo sabéis es porque sois nuevos por aquí. Que no se entere, o os irá mal.
Y en cuanto dijo aquello, el chirreo de las puertas inundó el salón. Coincidió con la ecolocalización de Ayame que segundos antes recibió imágenes del sótano que servía de bodega. Las escaleras acababan en un cuarto tupido de cajones, barriles de hidromiel y canastos de botellas a reciclar. Las ondas acababan chocando en un muro de ladrillo que le impedía ver más allá, aunque sólo podía asumir que aquél cuartucho acababa allí abajo entre vidrios y cartones.
La presencia de una enorme mujer de tez morena añadió un peso increíble a la atmósfera del local. La anciana ya se había movido hasta su pequeño rincón de seguridad, donde simulaba estar secando algunas copas con un trapo mugriento. El gordo incluso se había acomodado en su asiento y trataba de no tambalearse por la borrachera.
Ploc, un culo pesado invadió el taburete contiguo al de Ariba. Aún sentada, le sacaba medio palmo al pobre muchacho. Sus ojos olivos se posaron sobre los suyos, expectantes. Como si estuviera esperando algo. Al cabo de un rato, habló.
—¿Qué cojones estás esperando? —le dijo, a la Ayame transformada—. venga, invítame un puto trago.
—La taberna no me pertenece, sólo regento —añadió. Daruu, que la miraba fijamente, percibió un gesto sutil de alerta que le agobió el rostro, pues su oído entrenado había logrado captar algo—. y si no lo sabéis es porque sois nuevos por aquí. Que no se entere, o os irá mal.
Y en cuanto dijo aquello, el chirreo de las puertas inundó el salón. Coincidió con la ecolocalización de Ayame que segundos antes recibió imágenes del sótano que servía de bodega. Las escaleras acababan en un cuarto tupido de cajones, barriles de hidromiel y canastos de botellas a reciclar. Las ondas acababan chocando en un muro de ladrillo que le impedía ver más allá, aunque sólo podía asumir que aquél cuartucho acababa allí abajo entre vidrios y cartones.
La presencia de una enorme mujer de tez morena añadió un peso increíble a la atmósfera del local. La anciana ya se había movido hasta su pequeño rincón de seguridad, donde simulaba estar secando algunas copas con un trapo mugriento. El gordo incluso se había acomodado en su asiento y trataba de no tambalearse por la borrachera.
Ploc, un culo pesado invadió el taburete contiguo al de Ariba. Aún sentada, le sacaba medio palmo al pobre muchacho. Sus ojos olivos se posaron sobre los suyos, expectantes. Como si estuviera esperando algo. Al cabo de un rato, habló.
—¿Qué cojones estás esperando? —le dijo, a la Ayame transformada—. venga, invítame un puto trago.
