23/05/2019, 03:56
(Última modificación: 23/05/2019, 05:19 por Umikiba Kaido. Editado 1 vez en total.)
Watanabe Ooyu, en su cabeza; vislumbró como aquél par de corajudos se adentraba en su despacho. En en plano real, no obstante... no era sino un cascarón perdido en los limbos de una poderosa técnica ilusoria. El puro se le resbaló de entre los labios, y cayó al suelo, soltando ceniza por la alfombra. Su cuerpo, rígido como una efigie. Su mirada, la de un zombie.
Finalmente, tras la discusión entre los ninjas para elegir sabiamente el siguiente paso a tomar y de cómo iban a hacerlo, Ayame entró en acción con otra técnica insigne de repertorio de un versado ilusionista: el Jigyaku no Jutsu.
La ejecución, perfecta. Lo precavido que habían sido para llegar hasta ese punto, también.
Pero, muy a sus pesares; no estaban tratando con un comerciante cualquiera. Daruu se lo había imaginado antes, pero estaba claro que Watanabe Ooyu era un mafioso. Y un hombre que comparece cada día desde hace más de una década en los turbulentos pasajes del submundo, tendría que haber desarrollado como mínimo un temple bárbaro. Una desensibilización innata para los tipos como él que siempre buscaban joder al otros casi a diario. La mente de Watanabe Ooyu —para ser un civil, y no un ninja—. no era tan débil como ellos hubiesen pensado. Ayame tuvo que luchar para dar con la clave precisa en los laberínticos rincones de la mente de aquél hombre para que éste le respondiera. Al cabo de unos intensos segundos de lucha, Ooyu empezó a flaquear, y finalmente, sus propias restricciones se dieron por vencidas. Abrió la boca, empezó a mover los labios... y a cantar como un pájaro en primavera.
—Sí, yo trabajo para las... —y silencio. Calló no porque él así lo hubiera querido, sino porque algo más poderoso que la técnica de Ayame así se lo demandaba. El cuerpo del mafioso se volvió un capullo rígido y su voz se vio bloqueada por la huelga de sus cuerdas vocales. Movía la boca, trataba de vocalizar, pero nada parecía querer salir de su garganta.
Absolutamente nada.
Finalmente, tras la discusión entre los ninjas para elegir sabiamente el siguiente paso a tomar y de cómo iban a hacerlo, Ayame entró en acción con otra técnica insigne de repertorio de un versado ilusionista: el Jigyaku no Jutsu.
La ejecución, perfecta. Lo precavido que habían sido para llegar hasta ese punto, también.
Pero, muy a sus pesares; no estaban tratando con un comerciante cualquiera. Daruu se lo había imaginado antes, pero estaba claro que Watanabe Ooyu era un mafioso. Y un hombre que comparece cada día desde hace más de una década en los turbulentos pasajes del submundo, tendría que haber desarrollado como mínimo un temple bárbaro. Una desensibilización innata para los tipos como él que siempre buscaban joder al otros casi a diario. La mente de Watanabe Ooyu —para ser un civil, y no un ninja—. no era tan débil como ellos hubiesen pensado. Ayame tuvo que luchar para dar con la clave precisa en los laberínticos rincones de la mente de aquél hombre para que éste le respondiera. Al cabo de unos intensos segundos de lucha, Ooyu empezó a flaquear, y finalmente, sus propias restricciones se dieron por vencidas. Abrió la boca, empezó a mover los labios... y a cantar como un pájaro en primavera.
—Sí, yo trabajo para las... —y silencio. Calló no porque él así lo hubiera querido, sino porque algo más poderoso que la técnica de Ayame así se lo demandaba. El cuerpo del mafioso se volvió un capullo rígido y su voz se vio bloqueada por la huelga de sus cuerdas vocales. Movía la boca, trataba de vocalizar, pero nada parecía querer salir de su garganta.
Absolutamente nada.
