25/05/2019, 17:49
—Bien. Por favor, seguidme. Tengo un camino que podemos transitar sin que nadie nos vea.
—Gracias, Kiri.
Ayame siguió a los dos felinos por los tejados, maravillándose de su capacidad para orientarse y buscar los recovecos menos transitados para no llamar la atención. Desde luego, no podía negar que contar con una invocación como aquella era más que útil: unos gatos callejeros nunca llamarían la atención a la hora de espiar.
Llegaron poco después a La Bruma Negra y Ayame prefirió entrar por la ventana para evitar la recepción. Una vez dentro, la muchacha se dirigió a la cocina, cogió dos latas de atún, las sirvió en dos platos y los colocó en el suelo para los dos felinos.
—Muchas gracias, chicos —sonrió. Pero era una sonrisa donde faltaba el ingrediente principal: la alegría.
Ayame decidió refugiarse en el cuarto de baño con una pobre excusa. Cerró la puerta tras de sí y apoyó las manos sobre el lavabo. Y allí, en la soledad y la quietud, la muchacha se vio asaltada por sus oscuros demonios. Tuvo que reprimir una arcada ante la imagen del cuerpo de Watanabe desplomándose en el asfalto, una y otra vez, torturando su mente sin piedad. Ayame se miró las manos, que seguían temblando sin control... y durante un instante le pareció ver sangre entre sus dedos. Con un gemido ahogado, se las restregó bajo el chorro de agua. Una y otra vez. Una y otra vez.
Y supo que aquella muerte la perseguiría noche tras noche.
—Gracias, Kiri.
Ayame siguió a los dos felinos por los tejados, maravillándose de su capacidad para orientarse y buscar los recovecos menos transitados para no llamar la atención. Desde luego, no podía negar que contar con una invocación como aquella era más que útil: unos gatos callejeros nunca llamarían la atención a la hora de espiar.
Llegaron poco después a La Bruma Negra y Ayame prefirió entrar por la ventana para evitar la recepción. Una vez dentro, la muchacha se dirigió a la cocina, cogió dos latas de atún, las sirvió en dos platos y los colocó en el suelo para los dos felinos.
—Muchas gracias, chicos —sonrió. Pero era una sonrisa donde faltaba el ingrediente principal: la alegría.
Ayame decidió refugiarse en el cuarto de baño con una pobre excusa. Cerró la puerta tras de sí y apoyó las manos sobre el lavabo. Y allí, en la soledad y la quietud, la muchacha se vio asaltada por sus oscuros demonios. Tuvo que reprimir una arcada ante la imagen del cuerpo de Watanabe desplomándose en el asfalto, una y otra vez, torturando su mente sin piedad. Ayame se miró las manos, que seguían temblando sin control... y durante un instante le pareció ver sangre entre sus dedos. Con un gemido ahogado, se las restregó bajo el chorro de agua. Una y otra vez. Una y otra vez.
Y supo que aquella muerte la perseguiría noche tras noche.

![[Imagen: kQqd7V9.png]](https://i.imgur.com/kQqd7V9.png)