2/07/2019, 18:51
(Última modificación: 2/07/2019, 19:58 por Amedama Daruu. Editado 1 vez en total.)
Al poco, más participantes entraron a escena. «Más problemas, más gente», supo Daruu. «Aunque, visto lo visto, la realmente peligrosa y de quien más nos tenemos que preocupar es de la Náyade».
La mujer montaña se adelantó y destapó la lona del camión, y un golpe de realidad invadió a Daruu de los pies a la cabeza. Sintió un particular dolor en los ojos, pese a que el incidente había ocurrido hacía ya algún tiempo. No pudo evitar sentir náuseas.
Y quiso quemar ese puto carro en ese mismo instante. Saltar del charco en el que se ocultaba y matarlos a todos sin siquiera contar con Ayame. Sin embargo, gracias a su entrenamiento con Kori y a un acopio increíble de fuerza de voluntad consiguió mantenerse totalmente quieto y enfriarse de nuevo. «Habrá tiempo para todo», pensó. «Pero si vamos a atacar, tenemos que hacerlo bien. Piensa en cómo lo haría Shanise. Piensa en cómo lo haría mamá».
Ya sabía la respuesta. Elaborando un plan. Ejecutándolo. Ya lo había hablado con Ayame, y juntos habían desarrollado el curso de acción. Sólo había que esperar al momento apropiado...
«Esta vez, no hay un momento apropiado», se dijo Daruu. «No podemos dejar marchar ese carro. Ni podemos dejar marchar a Nioka. Es ahora, o no será nunca.»
Dicen que la niebla a veces es traicionera por la mañana, sobretodo cuando es espesa y no se ve a más de un palmo de la cara. Conducir un carro es, desde luego, tarea imposible bajo estas condiciones climáticas. Y todo ninja sabio se cuidaba de emboscadas cuando la escasa visibilidad las propiciaba. Pero, ¿qué sucedía cuando a uno le pillaba la niebla de sorpresa? La más letal niebla. Una niebla sangrienta y antigua. Una vieja amiga, tal vez. Una total desconocida, quizás. Una pariente lejana, podría ser.
Aquella mañana, en aquellos campos, Ayame y Daruu se convertirían en dos amantes, ejecutando a la perfección una danza en medio de la niebla.
La capa blanquecina y espesa, que apenas dejaba ver y respirar, lo inundó todo de forma antinatural y exagerada cuando Daruu salió de su escondite, y en coordinación con Ayame, ejecutó el Kirigakure no Jutsu. Una técnica insignia del pasado, que les convertía a ellos en los únicos capaces de sentir por dónde caminaban. Más aún, en demonios de la bruma, capaces de detectar los cuerpos de sus víctimas.
Una aguja metálica cargada con un destello eléctrico atravesó el comunicador —puede que también algún dedo— de Nioka, con el objetivo de inutilizar la electrónica interna del aparato y hacerlo inservible.
Y cuando parecía que las cosas no podían ponerse más peliagudas, un sinfín de sombras negras se deslizaron desde el suelo, los campos, el interior del carro, y rodearon a Nioka y los colaboradores de las Náyades armados con multitud de kunai. Fantasmas con los ojos vendados y los rostros inexpresivos, depredadores sin piedad.
La mujer montaña se adelantó y destapó la lona del camión, y un golpe de realidad invadió a Daruu de los pies a la cabeza. Sintió un particular dolor en los ojos, pese a que el incidente había ocurrido hacía ya algún tiempo. No pudo evitar sentir náuseas.
Y quiso quemar ese puto carro en ese mismo instante. Saltar del charco en el que se ocultaba y matarlos a todos sin siquiera contar con Ayame. Sin embargo, gracias a su entrenamiento con Kori y a un acopio increíble de fuerza de voluntad consiguió mantenerse totalmente quieto y enfriarse de nuevo. «Habrá tiempo para todo», pensó. «Pero si vamos a atacar, tenemos que hacerlo bien. Piensa en cómo lo haría Shanise. Piensa en cómo lo haría mamá».
Ya sabía la respuesta. Elaborando un plan. Ejecutándolo. Ya lo había hablado con Ayame, y juntos habían desarrollado el curso de acción. Sólo había que esperar al momento apropiado...
«Esta vez, no hay un momento apropiado», se dijo Daruu. «No podemos dejar marchar ese carro. Ni podemos dejar marchar a Nioka. Es ahora, o no será nunca.»
Dicen que la niebla a veces es traicionera por la mañana, sobretodo cuando es espesa y no se ve a más de un palmo de la cara. Conducir un carro es, desde luego, tarea imposible bajo estas condiciones climáticas. Y todo ninja sabio se cuidaba de emboscadas cuando la escasa visibilidad las propiciaba. Pero, ¿qué sucedía cuando a uno le pillaba la niebla de sorpresa? La más letal niebla. Una niebla sangrienta y antigua. Una vieja amiga, tal vez. Una total desconocida, quizás. Una pariente lejana, podría ser.
Aquella mañana, en aquellos campos, Ayame y Daruu se convertirían en dos amantes, ejecutando a la perfección una danza en medio de la niebla.
La capa blanquecina y espesa, que apenas dejaba ver y respirar, lo inundó todo de forma antinatural y exagerada cuando Daruu salió de su escondite, y en coordinación con Ayame, ejecutó el Kirigakure no Jutsu. Una técnica insignia del pasado, que les convertía a ellos en los únicos capaces de sentir por dónde caminaban. Más aún, en demonios de la bruma, capaces de detectar los cuerpos de sus víctimas.
Una aguja metálica cargada con un destello eléctrico atravesó el comunicador —puede que también algún dedo— de Nioka, con el objetivo de inutilizar la electrónica interna del aparato y hacerlo inservible.
Y cuando parecía que las cosas no podían ponerse más peliagudas, un sinfín de sombras negras se deslizaron desde el suelo, los campos, el interior del carro, y rodearon a Nioka y los colaboradores de las Náyades armados con multitud de kunai. Fantasmas con los ojos vendados y los rostros inexpresivos, depredadores sin piedad.
![[Imagen: K02XwLh.png]](https://i.imgur.com/K02XwLh.png)