15/09/2019, 19:52
Con cada estruendo, con cada mueble volcado, con cada palabra... la anciana se sobresaltaba más y más. Con cada arremetida más retraída en los confines de la barra, aferrando sus brazos guía a todo aquello que la pudiera hacer sentir segura. Lo cierto es que nunca había sufrido un altercado como ese, y menos aún, referido directamente a alguna de las Náyades. La mujer trató de rebuscar en su mente algún protocolo de reacción para aquellos casos, pero lo cierto es que no tenía ninguna. ¿Qué hacer? ¿cómo actuar? ¿qué más decir?
No se le ocurría nada. Nada contra nadie que tuviese los santos ovarios de ir a buscarla a ella. A Naia.
—Haga lo que quiera —respondió de pronto envalentonada—. sus amenazas me saben a misericordia cuando sé lo que me espera tras esa puerta si digo algo que no debo. ¿Quiere encontrar aquello que ha venido a buscar? sírvase. La taberna es toda suya.
No se le ocurría nada. Nada contra nadie que tuviese los santos ovarios de ir a buscarla a ella. A Naia.
—Haga lo que quiera —respondió de pronto envalentonada—. sus amenazas me saben a misericordia cuando sé lo que me espera tras esa puerta si digo algo que no debo. ¿Quiere encontrar aquello que ha venido a buscar? sírvase. La taberna es toda suya.
