16/09/2019, 03:54
(Última modificación: 18/09/2019, 01:08 por Umikiba Kaido. Editado 1 vez en total.)
Y, como si se tratase de una danza de víboras; con cada paso que Kiroe daba, Nakura Naia se retraía de forma lenta e hipnótica como lo haría una serpiente que está a punto de atacar. La mujer de Danbaku daba uno. Naia otro. Shannako, por la retaguardia, acortaba distancia también. Pero llegó un punto en el que la promesa de ese encuentro final allá en la susodicha plaza de los Delfines llamó tanto su atención que saboreó por fin después de tantos años, su venganza. Una que llevaba planificando tanto tiempo y que finalmente estaba punto de cumplirse. La espera había valido la pena. Mantener los adorables ojos de ese encantador muchacho llamado Daruu había valido la pena. Absolutamente todo había valido la...
¡Boooooooooom!!
Un súbito manoteo en el pecho y una explosión momentánea sorprendió a las dos Náyades, que estando en su nido, se sentían seguras y al mando. Si bien Kiroe no había llegado a recortar en su totalidad los séis metros que les separaban, sí que logró acercarse lo suficiente como para que la sorpresa, aunada a la potencia generada por la unión de dos sellos explosivos reventando al unísono; lograran alcanzarle a ambas. La bomba trampa no sólo rompió el concreto de los túneles con rabia contenida, sino que revoleó el cuerpo de la Náyade empujándola junto a puñados de tierra y escombros hacia algún sector final del pasillo. Shannako, que también se había comido buena parte de la sorpresa, logró salir mejor parada gracias a sus reflejos mejorados por la armadura de rayo.
—¡Jefa, jefa! ¡joder, jefa, ¿estás bien?!
Nadie respondió. Shannako sólo escuchó un par de escombros caer a los costados mientras la pulcra túnica de Naia emergía del suelo, con hilachos de sangre recorriéndole la frente, y el antebrazo. Tenía una dolorosa quemadura y la ropa chamuscada. Una incipiente oscuridad, no obstante, abrazó a las mujeres pues la onda expansiva de la explosión había apagado las antorchas, y fue un luminoso lumbrera verde la que le confirmó a Shannako que Naia estaba viva, más herida. Herida física, y moralmente. Sobre toda la segunda.
Era la primera vez que le veía el rostro constreñido de esa forma. Desde que trabajaban para ella, nunca la vio perder la calma. Nunca la vieron humillada. Joder, ni siquiera la habían visto sangrar. Hasta ese día. Hasta el día que, casualmente, Amedama Kiroe volvía a entrar a escena.
—B..busca los ojos. Acabamos con ésto de una buena vez.
Naia recibe un daño total de 70 PV por la explosión, que no aumenta su rango pero que por la aproximación de Daruu y el espacio tan pequeño en el que se encuentran, permiten que la onda le alcance de alguna forma. Naia hace uso del ¤ Shōsen no Jutsu durante este turno para mermar el sangrado inicial.
La entrada número dos era un acceso de alcantarilla muy cercano a un pequeño monasterio para vagabundos, drogadictos y alcohólicos. Ya de por sí era un rincón para la decadencia personal y la autoflagelación, donde casi nadie se preguntó, si es que se dejaba ver, qué venía a hacer ese tipo por estos lares. Estaban demasiados ocupados hinchándose la vena, o aspirando polvos prohibidos. Lo cierto es que no tuvo ningún problema en ingresar a las cañerías, donde hizo bien en taparse la nariz, porque el aroma era nauseabundo. Es como si la mierda de aquellos sectores fuera incluso más asquerosa que la de los culos nobles de otros barrios de la ciudad.
Si decidía seguir la ruta del mapa religiosamente, tardaría al menos unos quince minutos en tomar todos los cruces, y llegar a un punto muerto donde el agua y los desperdicios descendían a una última desenbocadura que iba, probablemente, a las fosas comunes. A su derecha más inmediata, Daruu se encontró con una especie de portón arcaico de metal oxidado, con una de esos cerrojos enormes, que usaban una de esas estrambóticas llaves. Muy a pesar de su tiempo de vida, no obstante, lucía lo suficiente rígida y robusta como para no permitirle el paso a nadie que no tuviera acceso.
En ese punto expreso de su posición, y comprobándolo con el mapa en su posesión; Daruu sabía que tras el portón se encontraba una de las tres rutas de acceso a los túneles que llevaban a la guarida de las Náyades. Si encontraba la forma de pasarlo, ya estaría más cerca de su objetivo: infiltrarse, y recuperar sus ojos a toda costa.
Diez minutos. Quince. Media hora.
Kiroe aguardó sobre los delfines y el enorme cráter inundado durante más tiempo del que hubiese querido. Sin forma de comunicarse con Daruu, sin forma de saber si su plan había calado perfectamente en las Náyades; la incertidumbre podía adueñarse perfectamente incluso de los corazones más férreos. El de Ayame, que en ocasiones seguía siendo endeble, palpitó al ritmo de pensamientos fútiles que de cuando en vez le azotaban la cabeza con muy malos presagios. ¿Y si lo capturaron? ¿y si había muerto? Y si....
¿Y si...?
¡Boooooooooom!!
Un súbito manoteo en el pecho y una explosión momentánea sorprendió a las dos Náyades, que estando en su nido, se sentían seguras y al mando. Si bien Kiroe no había llegado a recortar en su totalidad los séis metros que les separaban, sí que logró acercarse lo suficiente como para que la sorpresa, aunada a la potencia generada por la unión de dos sellos explosivos reventando al unísono; lograran alcanzarle a ambas. La bomba trampa no sólo rompió el concreto de los túneles con rabia contenida, sino que revoleó el cuerpo de la Náyade empujándola junto a puñados de tierra y escombros hacia algún sector final del pasillo. Shannako, que también se había comido buena parte de la sorpresa, logró salir mejor parada gracias a sus reflejos mejorados por la armadura de rayo.
—¡Jefa, jefa! ¡joder, jefa, ¿estás bien?!
Nadie respondió. Shannako sólo escuchó un par de escombros caer a los costados mientras la pulcra túnica de Naia emergía del suelo, con hilachos de sangre recorriéndole la frente, y el antebrazo. Tenía una dolorosa quemadura y la ropa chamuscada. Una incipiente oscuridad, no obstante, abrazó a las mujeres pues la onda expansiva de la explosión había apagado las antorchas, y fue un luminoso lumbrera verde la que le confirmó a Shannako que Naia estaba viva, más herida. Herida física, y moralmente. Sobre toda la segunda.
Era la primera vez que le veía el rostro constreñido de esa forma. Desde que trabajaban para ella, nunca la vio perder la calma. Nunca la vieron humillada. Joder, ni siquiera la habían visto sangrar. Hasta ese día. Hasta el día que, casualmente, Amedama Kiroe volvía a entrar a escena.
—B..busca los ojos. Acabamos con ésto de una buena vez.
Naia recibe un daño total de 70 PV por la explosión, que no aumenta su rango pero que por la aproximación de Daruu y el espacio tan pequeño en el que se encuentran, permiten que la onda le alcance de alguna forma. Naia hace uso del ¤ Shōsen no Jutsu durante este turno para mermar el sangrado inicial.
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La entrada número dos era un acceso de alcantarilla muy cercano a un pequeño monasterio para vagabundos, drogadictos y alcohólicos. Ya de por sí era un rincón para la decadencia personal y la autoflagelación, donde casi nadie se preguntó, si es que se dejaba ver, qué venía a hacer ese tipo por estos lares. Estaban demasiados ocupados hinchándose la vena, o aspirando polvos prohibidos. Lo cierto es que no tuvo ningún problema en ingresar a las cañerías, donde hizo bien en taparse la nariz, porque el aroma era nauseabundo. Es como si la mierda de aquellos sectores fuera incluso más asquerosa que la de los culos nobles de otros barrios de la ciudad.
Si decidía seguir la ruta del mapa religiosamente, tardaría al menos unos quince minutos en tomar todos los cruces, y llegar a un punto muerto donde el agua y los desperdicios descendían a una última desenbocadura que iba, probablemente, a las fosas comunes. A su derecha más inmediata, Daruu se encontró con una especie de portón arcaico de metal oxidado, con una de esos cerrojos enormes, que usaban una de esas estrambóticas llaves. Muy a pesar de su tiempo de vida, no obstante, lucía lo suficiente rígida y robusta como para no permitirle el paso a nadie que no tuviera acceso.
En ese punto expreso de su posición, y comprobándolo con el mapa en su posesión; Daruu sabía que tras el portón se encontraba una de las tres rutas de acceso a los túneles que llevaban a la guarida de las Náyades. Si encontraba la forma de pasarlo, ya estaría más cerca de su objetivo: infiltrarse, y recuperar sus ojos a toda costa.
. . .
Diez minutos. Quince. Media hora.
Kiroe aguardó sobre los delfines y el enorme cráter inundado durante más tiempo del que hubiese querido. Sin forma de comunicarse con Daruu, sin forma de saber si su plan había calado perfectamente en las Náyades; la incertidumbre podía adueñarse perfectamente incluso de los corazones más férreos. El de Ayame, que en ocasiones seguía siendo endeble, palpitó al ritmo de pensamientos fútiles que de cuando en vez le azotaban la cabeza con muy malos presagios. ¿Y si lo capturaron? ¿y si había muerto? Y si....
¿Y si...?
