3/10/2019, 01:29
Cualquiera que tuviera así fuese una minúscula partícula en su ser con ganas de vivir, habría visto venir el arma, se habría alejado, o al menos hecho el ademán proveniente de los reflejos intencionales con los que suele reaccionar un humano. Pero alguien que está listo para morir, por las circunstancias que fueran, es capaz de ignorar todas las señales y dejar, sencillamente, que suceda. Este fue el caso de Nioka, que recibió el filo misericordioso de Daruu segundos después de pedir que la matasen. ¿Merecido o no? ¿ganado a pulso o no? esos debates de moralidad ya pertenecían a otro saco. Que ella estuviera allí, viva, respondía a una sola cosa, y si ellos aún no eran capaz de entenderla —entender los procedimientos de Yui desde luego no era cosa sencilla, y lidiar con ellos, pues menos que menos—. era trabajo de cada quién encontrarle la lógica y la razón a un mundo donde impera la violencia desde tiempos ancestrales.
De cualquier forma, lo hecho, hecho está. Nioka ahora estaba muerta —su cuerpo tirado a un costado de la reja, con las manos por sobre los barrales, hecho que de alguna forma daba sentido verídico a la historia propuesta por Daruu—. junto a sus dos hermanas. Daruu y Ayame aguardaron en aquél improvisado cementerio de ninfas y, minutos después, escucharon unos pasos.
Amekoro Yui descendió hasta el tétrico calabozo a paso de plomo. ¿Que le habían traído un regalo? ¿a ella? ¡sólo podía ser uno sólo! y ese el tan esperado final de un capítulo de la vida de muchas personas —Kiroe, Zetsuo, y ella inclusive—. llamado Las Náyades, el cuál había estado en emisión durante más tiempo del que ella y todos hubieran querido. Cuando se mostró ante ellos, avivada y eléctrica a pesar de que la ansiedad la había mantenido en vela durante los días en los que transcurrió la caza —sin contar las numerosas sorpresitas que Daruu y Ayame fueron dándole en el camino, claro—. su rostro transmutó de esa ira apaciguada por los deberes de su cargo a una especie de tranquilidad salvaje que envuelve el rostro de un depredador cuando se siente seguro de haber tenido una caza exitosa, y que sus cachorros, hambrientos, no iban a faltar en hambre ni un día más. No le pasó desapercibido que Nioka ya no clamaba por que acabasen con el martirio al que la habían estado sometiendo con la intención de romperla y hacerla escupir todo lo que sabía, y cuando inspeccionó la celda, de refilón, se percató de que estaba ... ¿muerta?
El ceño de la Arashikage se arrugó, aunque no increpó a sus dos ninjas de inmediato. Primero se acercó lentamente hacia ellos, haciendole sombra con su oportuna túnica blanquecina y se agachó al nivel de los dos cuerpos. Luego alzó la mirada —aún agachada, casi que les alcanzaba la altura del cogote—. y clavó sus orbes azules en Daruu y Ayame.
—Finalmente, se acabó —dijo, para sorpresa de los dos críos, con un tono apaciguado y... ¿en paz? cerró los ojos por un momento, saboreando el alivio, y continuó:—. lo habéis hecho. No me han defraudado —se levantó, y puso su mano en los hombros de cada uno. Los dos sintieron el peso de sus dedos, el peso de su responsabilidad, el peso de los sentimientos de una mujer de hierro—. Aotsuki Ayame. Amedama Daruu. Buen trabajo, estoy orgullosa de vosotros.
De cualquier forma, lo hecho, hecho está. Nioka ahora estaba muerta —su cuerpo tirado a un costado de la reja, con las manos por sobre los barrales, hecho que de alguna forma daba sentido verídico a la historia propuesta por Daruu—. junto a sus dos hermanas. Daruu y Ayame aguardaron en aquél improvisado cementerio de ninfas y, minutos después, escucharon unos pasos.
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Amekoro Yui descendió hasta el tétrico calabozo a paso de plomo. ¿Que le habían traído un regalo? ¿a ella? ¡sólo podía ser uno sólo! y ese el tan esperado final de un capítulo de la vida de muchas personas —Kiroe, Zetsuo, y ella inclusive—. llamado Las Náyades, el cuál había estado en emisión durante más tiempo del que ella y todos hubieran querido. Cuando se mostró ante ellos, avivada y eléctrica a pesar de que la ansiedad la había mantenido en vela durante los días en los que transcurrió la caza —sin contar las numerosas sorpresitas que Daruu y Ayame fueron dándole en el camino, claro—. su rostro transmutó de esa ira apaciguada por los deberes de su cargo a una especie de tranquilidad salvaje que envuelve el rostro de un depredador cuando se siente seguro de haber tenido una caza exitosa, y que sus cachorros, hambrientos, no iban a faltar en hambre ni un día más. No le pasó desapercibido que Nioka ya no clamaba por que acabasen con el martirio al que la habían estado sometiendo con la intención de romperla y hacerla escupir todo lo que sabía, y cuando inspeccionó la celda, de refilón, se percató de que estaba ... ¿muerta?
El ceño de la Arashikage se arrugó, aunque no increpó a sus dos ninjas de inmediato. Primero se acercó lentamente hacia ellos, haciendole sombra con su oportuna túnica blanquecina y se agachó al nivel de los dos cuerpos. Luego alzó la mirada —aún agachada, casi que les alcanzaba la altura del cogote—. y clavó sus orbes azules en Daruu y Ayame.
—Finalmente, se acabó —dijo, para sorpresa de los dos críos, con un tono apaciguado y... ¿en paz? cerró los ojos por un momento, saboreando el alivio, y continuó:—. lo habéis hecho. No me han defraudado —se levantó, y puso su mano en los hombros de cada uno. Los dos sintieron el peso de sus dedos, el peso de su responsabilidad, el peso de los sentimientos de una mujer de hierro—. Aotsuki Ayame. Amedama Daruu. Buen trabajo, estoy orgullosa de vosotros.
