17/10/2019, 17:11
Había algo que Ayame no podía negar: Uchiha Datsue era muy buen espectador. Atendía, silencioso y expectante, a cada palabra que pronunciaba Ayame. Sus ojos la miraban atentos, pero en la mirada de sus iris se podía adivinar que su mente estaba en otro sitio, dibujando el escenario que le estaba revelando la kunoichi.
—Pero, pero… ¿Por qué se coló Daruu en la guarida mientras tú te enfrentabas a Naia? —preguntó, en cuanto dejó de hablar.
—Porque mis ojos estaban allí, en una cámara rodeada de serpientes venenosas —respondió Daruu—. De rebote, hallé la información sobre mi padre.
—También sabíamos que quedaba otra Náyade aparte de Naia, así que creímos conveniente enfrentarnos a ambas por separado —añadió Ayame, rascándose la mejilla—. Y dado que Shannako, así se llamaba, era especialista en Raiton, concordamos en que era mejor que fuera Daruu el que se enfrentara a ella y no yo —concluyó, con las mejillas enrojecidas. Después de todo, no era ya ningún misterio que su mayor debilidad eran los hijos de Raijin.
—Cuando me hice con el frasco de los ojos, noté la presencia de alguien atrás mío —continuó relatando Daruu—, y tuve que utilizar una de mis técnicas para salir de allí pitando. Con los ojos a buen resguardo, sabía que esa persona que quiso pararme los pies iría a ayudar a Naia. Así que acabamos ambos en el mismo campo de batalla donde estaba peleando Ayame.
»Mientras ella se encargaba de la jefa, yo lidié junto a una de mis invocaciones con la otra. Tenía una capa de rayos que le daba súpervelocidad. No podía seguirla, ¡te lo juro! Pero nada te hace ser tan rápido para evitar un Genjutsu. La engañé, y mi gato la remató.
—Yo tuve algunos problemas más... —admitió la muchacha, con un pesado suspiro—. Me envenenó varias veces con sus serpientes, incluso llegó a intentar usar un somnífero. Menos mal que no llegué a respirarlo, porque si no... —Se estremeció de solo pensar en lo que podría haber pasado. En el mejor de los casos, la habría matado allí mismo; en el peor... No quería ni imaginarlo—. Tras varios forcejeos conseguí herirle las piernas para evitar que huyera. —Titubeó durante unos instantes cuando llegó a la parte en la que Naia intentó envenenarla besándola, pero no quiso compartir aquella vergüenza. Se sonrojó sin poder evitarlo, y saltó por encima de aquel recuerdo, y sus ojos destellaron—. Cuando la tenía a mi merced le hice sufrir en un Genjutsu lo que ella le había hecho a tantas otras personas: se vio a sí misma seduciéndola. Se vio a sí misma echándose sobre ella. Y se vio a sí misma arrancándole los ojos sin piedad. Y cuando salió de la ilusión acabé con su vida.
Había agachado la mirada, temblando ligeramente al recordar aquel momento. Nunca había sido partidaria de hacer sufrir innecesariamente a nadie, pero aquella víbora merecía todo eso y más después de lo que había hecho. Después de destrozar tantas vidas, tantas familias. Y, sobre todo, después de amenazar a sus seres queridos.
—Pero, pero… ¿Por qué se coló Daruu en la guarida mientras tú te enfrentabas a Naia? —preguntó, en cuanto dejó de hablar.
—Porque mis ojos estaban allí, en una cámara rodeada de serpientes venenosas —respondió Daruu—. De rebote, hallé la información sobre mi padre.
—También sabíamos que quedaba otra Náyade aparte de Naia, así que creímos conveniente enfrentarnos a ambas por separado —añadió Ayame, rascándose la mejilla—. Y dado que Shannako, así se llamaba, era especialista en Raiton, concordamos en que era mejor que fuera Daruu el que se enfrentara a ella y no yo —concluyó, con las mejillas enrojecidas. Después de todo, no era ya ningún misterio que su mayor debilidad eran los hijos de Raijin.
—Cuando me hice con el frasco de los ojos, noté la presencia de alguien atrás mío —continuó relatando Daruu—, y tuve que utilizar una de mis técnicas para salir de allí pitando. Con los ojos a buen resguardo, sabía que esa persona que quiso pararme los pies iría a ayudar a Naia. Así que acabamos ambos en el mismo campo de batalla donde estaba peleando Ayame.
»Mientras ella se encargaba de la jefa, yo lidié junto a una de mis invocaciones con la otra. Tenía una capa de rayos que le daba súpervelocidad. No podía seguirla, ¡te lo juro! Pero nada te hace ser tan rápido para evitar un Genjutsu. La engañé, y mi gato la remató.
—Yo tuve algunos problemas más... —admitió la muchacha, con un pesado suspiro—. Me envenenó varias veces con sus serpientes, incluso llegó a intentar usar un somnífero. Menos mal que no llegué a respirarlo, porque si no... —Se estremeció de solo pensar en lo que podría haber pasado. En el mejor de los casos, la habría matado allí mismo; en el peor... No quería ni imaginarlo—. Tras varios forcejeos conseguí herirle las piernas para evitar que huyera. —Titubeó durante unos instantes cuando llegó a la parte en la que Naia intentó envenenarla besándola, pero no quiso compartir aquella vergüenza. Se sonrojó sin poder evitarlo, y saltó por encima de aquel recuerdo, y sus ojos destellaron—. Cuando la tenía a mi merced le hice sufrir en un Genjutsu lo que ella le había hecho a tantas otras personas: se vio a sí misma seduciéndola. Se vio a sí misma echándose sobre ella. Y se vio a sí misma arrancándole los ojos sin piedad. Y cuando salió de la ilusión acabé con su vida.
Había agachado la mirada, temblando ligeramente al recordar aquel momento. Nunca había sido partidaria de hacer sufrir innecesariamente a nadie, pero aquella víbora merecía todo eso y más después de lo que había hecho. Después de destrozar tantas vidas, tantas familias. Y, sobre todo, después de amenazar a sus seres queridos.