18/11/2022, 16:30
(Última modificación: 18/11/2022, 16:31 por Yamanouchi Moguko.)
Sayori declararía no tener en su poder las herramientas necesarias para abrir la puerta, pero no tardaría mucho en ingeniárselas para hacerse cargo de la situación.
Le daría una indicación a su compañera y luego intentaría algo, algo que la médica no terminaría de procesar pero que por lo visto era...
—¿Una técnica de hielo?
¿Su compañera siempre había tenido la capacidad de hacer esa clase de manipulaciones? No pudo evitar preguntarse la sorprendida Yamanouchi.
Efectivamente, el agua haría de las suyas al descender la temperatura y sumado al oxidado metal, la estructura terminaría perdiendo fuerza al manifestarse algunos gestos de escarcha en toda la reja.
Moguko se debatió internamente que debería hacer para terminar de abrir la puerta, un golpe con su espada podría servir pero comprometería la integridad de su acero, y dentro de su abanico de técnicas solo había una que le podría servir. Pero era tan precisa como una partida de ajedrez bien jugada.
Y así, sin más. La kunoichi le metió una patada al candado de la puerta.
Normalmente, un civil se volvería rengueando a su casa y quizás con un dedo roto, pero no la hija del samurái. Pues ella tenía un preciso control del chakra gracias a una de las técnicas más básicas de los médicos.
Los pedazos de candado congelado saldría lanzados con fuerza contra la pared del túnel ahora abierto para las kunoichi. Con un leve gesto de su mano, Moguko invitaría a su compañera a pasar al frente, ella cargaba la shuriken después de todo.
Si se aventuraba, podría observar como una sombra se empezaba a acercar por el final del pasillo.
—¡¿Quién anda ahi?!
Exclamaría una voz muy ronca y siseante, casi reptiliana.
Le daría una indicación a su compañera y luego intentaría algo, algo que la médica no terminaría de procesar pero que por lo visto era...
—¿Una técnica de hielo?
¿Su compañera siempre había tenido la capacidad de hacer esa clase de manipulaciones? No pudo evitar preguntarse la sorprendida Yamanouchi.
Efectivamente, el agua haría de las suyas al descender la temperatura y sumado al oxidado metal, la estructura terminaría perdiendo fuerza al manifestarse algunos gestos de escarcha en toda la reja.
Moguko se debatió internamente que debería hacer para terminar de abrir la puerta, un golpe con su espada podría servir pero comprometería la integridad de su acero, y dentro de su abanico de técnicas solo había una que le podría servir. Pero era tan precisa como una partida de ajedrez bien jugada.
Y así, sin más. La kunoichi le metió una patada al candado de la puerta.
Normalmente, un civil se volvería rengueando a su casa y quizás con un dedo roto, pero no la hija del samurái. Pues ella tenía un preciso control del chakra gracias a una de las técnicas más básicas de los médicos.
Los pedazos de candado congelado saldría lanzados con fuerza contra la pared del túnel ahora abierto para las kunoichi. Con un leve gesto de su mano, Moguko invitaría a su compañera a pasar al frente, ella cargaba la shuriken después de todo.
Si se aventuraba, podría observar como una sombra se empezaba a acercar por el final del pasillo.
—¡¿Quién anda ahi?!
Exclamaría una voz muy ronca y siseante, casi reptiliana.