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Ascua, Verano de 220
Situación actual (global): Tras la muerte de Moyashi Kenzou a manos de Eikyuu Juro y tras los acontecimientos en la última reunión de los Tres Grandes Kage, Kusagakure ha abandonado la Alianza Shinobi, y ha decretado la prohibición de entrada en el País del Bosque a todos los jinchuuriki. Aunque a petición y bajo presión de los Señores Feudales las relaciones comerciales siguen intactas, las políticas y personales entre los líderes se tambalean. Uzushiogakure y Amegakure trabajan juntos en una Alianza Tormenta-Espiral, y se mantienen ocupados realizando operaciones de investigación y derribo contra Kurama y su ejército y contra el grupo criminal Dragón Rojo, a quien comienzan a considerar una amenaza muy seria. Se han enviado peticiones de pega de carteles con las recompensas y el aspecto de todos los miembros conocidos a todos los países, aunque el País del Agua se niega a colaborar... ni a dar respuesta alguna a la petición. Los ninja controlan de forma estricta los puertos de las diferentes capitales y lugares de entrada marítima a sus países de origen, y desbaratan cualquier fábrica o distribuidora de omoide a la que puedan echar el guante.

Los Gebijuu siguen provocando estragos y ocupando a los shinobi de tanto en tanto. Se ha descubierto que estas bestias han sido creadas por Kurama y por sus secuaces. Uzushiogakure y Amegakure han decidido colaborar con los demás bijuu contra Kurama y transmitir a sus aldeanos y shinobi la necesidad de dejar atrás todas las nociones preconcebidas sobre estas bestias de chakra. No obstante, las ideas de los Tres Primeros Kage están muy arraigadas y hay aún gente a la que no le agrada del todo esta idea... a todos los problemas externos se le suma ahora uno interno: el surgimiento de grupos rebeldes o terroristas que se niegan a aceptar el cambio de paradigma.

En medio de estas turbulencias, se está celebrando una nueva edición del famoso Torneo de los Dojos a petición de los Señores Feudales. Ninjas de todas las aldeas conviven durante un tiempo en el Valle de los Dojos, y participan en un certamen de peleas de exhibición.
Acompañados por el caballito de mar
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#1
Zetsuo entrecerró ligeramente los ojos al escuchar tres toques secos en la puerta. Ayame y Kōri habían salido momentáneamente para preparar a la muchacha ante el inminente viaje que le esperaba, pero ambos tenían una copia de las llaves de casa y él no estaba esperando ninguna visita. ¿Pero entonces quién...?

Los golpes a la puerta se reiteraron.

—Será el mocoso de la pastelera —gruñó por lo bajo, mientras se levantaba de la silla.

Desde la cocina, el agudo silbido de la cafetera se entremezcló con los firmes toques de los nudillos contra la madera.

El médico abrió la puerta y, para su sorpresa, no era Daruu el que había subido hasta su casa. Hacía años que no veía a la persona que se había presentado en su casa, pero no tuvo ningún problema en reconocerle. Y la idea no le gustaba nada.

—¿Qué cojones estás haciendo tú aquí?

El visitante era un hombre alto de mediana edad y cuerpo tonificado que iba envuelto en una capa de viaje de color oscuro. Sus ojos castaños, tan dolorosamente familiares, le miraban con aquella sorna contenida que tanto detestaba en él... Y de la que él tanto parecía disfrutar al verle perder los estribos.

—Oh, Zetsuo, tú siempre tan formal y cordial como siempre, ¿sí? Todo muy bien, ya sabes, tan ajetreado como siempre. ¡Ay, pues claro que me gustaría probar una taza de ese café recién hecho que huelo desde aquí!

Pero Zetsuo no se movió de la puerta, ni su rostro varió siquiera un ápice. La cafetera a su espalda cada vez silbaba con más violencia, pero él no parecía escucharla.

—Te presentas aquí después de... ¿Cuánto? ¿Once jodidos años? ¿Y de verdad pretendes que te reciba con los brazos abiertos, Karoi? Espero que no tengas los santos cojones de decirme que vienes buscando a Ayame.

La usual actitud despreocupada y mordaz de Karoi mudó repentinamente a un rostro inusualmente serio. Y Zetsuo ni siquiera necesitó adentrarse en sus pensamientos para saber lo que estaba a punto de decirle. Su rostro era un verdadero libro abierto.

—¿A qué iba a venir si no? ¿A verte a ti la cara, querido cuñado?

—Ayame ni siquiera sabe que existes. ¿A qué viene este cambio ahora, Karoi? Después de tanto tiempo ignorando su sola existenc...

—Es injusto que alguien como tú me diga eso, Zetsuo —le interrumpió con brusquedad, temblando de rabia—. Después de que te pasaras casi dos años ahogándote en alcohol tras la muerte de mi hermana y dejando que tu hijo se encargara de su hermanita, ¿sí? Sabes perfectamente que no he estado, precisamente, viviendo la vida loca. Sabes perfectamente que casi he velado más por tu familia de lo que tú podrías llegar a hacer nunca.

La madera de la puerta crujió peligrosamente bajo los dedos de Zetsuo. Si hubiera podido volatilizarle con solo una mirada, lo habría hecho por lo menos cinco veces. Podía sentir su sangre hirviendo de ira en su pecho ante la mera mención de aquel doloroso pasado que tanto se afanaba por olvidar.

—No sabes nada, jodido niñato. Nunca lo has hecho. Y lo que ocurra en esta familia ya no es de tu incumbencia. ¿Vas a ir al grano o me vas a obligar a sacarte por la ventana de una patada en los cojones?

—Sí, será mejor que vaya al grano. —Suspiró Karoi; y, de alguna manera, la calma pareció volver paulatinamente a sus facciones—. Y para que veas si me preocupa lo que ocurra en tu familia, serás el primero en saberlo, ¿sí?: Voy a entrenar a Ayame.

Aquellas simples cinco palabras golpearon su mente como un verdadero mazo. La cafetera parecía a punto de estallar.

—¿Que... vas... a... qué...? —repitió, lento y siseante como una amenazadora serpiente de cascabel a punto de atacar—. ¿Qué te hace pensar que voy a permitir algo así? ¿Has perdido el juicio del todo?

—Soy el único Hōzuki que conoces y del que te puedes fiar, ¿sí? Bueno, siendo tú, más o menos —añadió, al tiempo que le dirigía una mirada evaluadora—. Ayame tiene todo el derecho de conocer las técnicas de su clan, y me temo que ni tú ni tu hijo mayor, por muy genio que sea, vais a poder enseñárselas.

—Ayame es una Aotsuki. No necesita esas técnicas —susurró.

—Es una Aotsuki, pero por sus venas corre la sangre de Shiruka. ¿Le vas a negar eso? ¿Le vas a negar que conozca las raíces de su poder? ¿Acaso le negaste a Kōri que aprendiera las técnicas del hielo que ahora maneja?

—¡Los Yuki no tratan de arrebatarme a mi hijo! ¡LOS HOZUKI SÍ! —bramó Zetsuo, totalmente ido de sí.

Cualquier otra persona se habría amedrentado ante la ira de Zetsuo, pero Karoi no era "cualquier persona" y se mantuvo sobre sus pies sin moverse ni un sólo ápice.

—Zetsuo-san, esto no es ningún capricho mío. Sabes que estoy de vuestra parte; si no, no me estaría jugando el pellejo como lo estoy haciendo, presentándome aquí —respondió, conciliador—. Pero Ayame necesita conocer esas técnicas, necesita saber defenderse frente a los suyos. Los Hōzuki están cada vez más inquietos, la están vigilando continuamente, y podrían saltar sobre ella en cualquier momento. Sobre todo ahora que se acerca el Torneo de los Dojos...

Karoi le dirigió una larga mirada, y Zetsuo frunció aún más el ceño al darse cuenta de lo que estaba insinuando. Ayame estaría completamente sola en el Valle de los Dojos, sin ningún tipo de protección.

Los pensamientos de Zetsuo se vieron bruscamente interrumpidos. A lo lejos se escuchaban dos voces que se acercaban cada vez más: una voz masculina, átona e impersonal, que respondía a una femenina, más inquieta y cantarina. Kōri y Ayame. Karoi se volvió una última vez hacia él.

—¿Prefieres que sean ellos o que sea yo?



...



—Ayame, este es Karoi —farfulló Zetsuo de mala gana, señalando al hombre que se encontraba junto a él—. Tu tío.

Ayame tardó algunos segundos en darse cuenta de que se había quedado boquiabierta.

—Q... ¿Qué? —balbuceó, con los ojos abiertos como platos. Intercambió una mirada con Kōri, pero le sorprendió descubrir que, en contraste con su estupefacción, su hermano mayor se mantenía tan calmo como siempre—. Mi... ¿Mi tío? ¿Entonces es tu...?

El desconocido, su supuesto tío, soltó una carcajada que reverberó como un ladrido seco y cortante.

—¡JA! ¡Qué más quisiera él! Yo soy hermano de tu madre, Hōzuki Shiruka.

Ayame los miraba de manera alternativa, una y otra vez. Ahora que se fijaba, en realidad Karoi era casi la parte opuesta a su padre. Aunque era igual de alto que él, era notablemente más joven; y, sin duda, más fuerte físicamente hablando. Su cuerpo no era especialmente corpulento, pero sí estaba tonificado y los músculos se marcaban en sus brazos con firmeza. Tenía la cabeza cubierta por un gorro de lana, en el que llevaba adosada la placa metálica que le identificaba como shinobi de Amegakure; pero algunos mechones de cabello azulado caían sobre su frente y sus hombros, a juego con la perilla que nacía de su barbilla. Sin embargo, lo que más contrastaba con su padre era, sin duda alguna su rostro: un rostro de gesto desvergonzado, sonriente y socarrón.

Ayame estaba atónita. Pese a lo simple de las palabras de Zetsuo y Karoi, ella no parecía entenderles. Era como si le estuviesen hablando en otro idioma. Y, sin embargo, el que fuera hermano de su fallecida madre había despertado toda su curiosidad. Era lo más cerca que podía estar de ella... de saber cómo era.

—Pero... si eso es verdad... —continuó—. ¿Cómo es que nunca...? ¿Por qué...?

«¿Por qué nunca he sabido de tu existencia? ¿Por qué nunca has venido a verme si soy tu sobrina?» Completó en su mente, pero fue incapaz de pronunciar las palabras y terminó por morderse el labio inferior.

Un tenso silencio inundó el ambiente durante algunos segundos. Kōri se mantenía a un lado de la conversación, simplemente escuchando; Zetsuo estudiaba la situación con los brazos cruzados; y Karoi se limitó a ladear ligeramente el rostro como si estuviera decidiendo qué palabras debía utilizar.

—Lo siento muchísimo, Ayame. Tengo deberes importantes que atender como shinobi. Supongo que lo entenderás.

Zetsuo clavó sus ojos aguamarina en Karoi en una mirada nada amigable, y el hombre le sostuvo el reto prácticamente sin pestañear.

—¿Y ya no los tienes? —se atrevió a preguntar Ayame, con un débil hilo de voz—. ¿Por qué ahora de repente?

Karoi le sonrió con afabilidad.

—Sigo teniendo mis deberes, pero podemos decir que estoy algo más libre que antes. Por eso he decidido que, si tú quieres, te entrenaré para que conozcas las técnicas del clan Hōzuki.

Zetsuo había cerrado los ojos, pero a Ayame no le pasó desapercibido el hecho de que sus dedos se habían contraído con fuerza sobre sus brazos.

—Las técnicas del clan... —repitió, en un murmullo extasiado.

—Sí, las técnicas del clan —asintió el hombre—. Ya conoces las bases del Suika no Jutsu, ¿verdad?

Ayame asintió levemente. De hecho, no sólo conocía sus bases. Incluso había desarrollado una técnica propia a partir de los fundamentos de la Técnica de la Hidratación. Pero eso no lo sabía nadie, y era posible que no lo supieran hasta que decidiera usarlas en el torneo.

—Pues yo te enseñaré el resto del repertorio del clan Hōzuki y a perfeccionar tus técnicas. ¿Qué me dices, pequeñaja? Con estos dos me temo que no vas a poder avanzar.

Algo se removió dentro de Ayame al escuchar aquellas palabras.

—Basta, Karoi —intervino Zetsuo, con ojos relampagueantes—. No permitiré que la extorsiones de esa manera.

—¿Extorsionar? ¿Pero qué estás diciendo, viejo chocho? ¿Acaso me vas a decir que es mentira? ¿Pretendéis enseñarle vosotros los secretos del c...?

—¡Me importa una mierda vuestro clan! ¡¡Ella es una Aotsuki, no una Hōzuki!!

Ayame se encogió ligeramente sobre sí misma, asustada ante la repentina explosión. Zetsuo resopló y se digirió entre largas zancadas a la cocina para limpiar los restos del café que habían ensuciado la encimera después de que la cafetera estallara. Karoi la miró directamente, quizás buscando una respuesta a su invitación, pero antes de que fuer capaz de responder, unos nuevos golpes resonaron en la puerta.

—¡¿Y ahora quién cojones es!? —bramó la voz de su padre desde la cocina.
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#2
Daruu subió el último peldaño de la escalera prácticamente temblando de miedo. Desde el piso anterior había estado escuchando unos gritos terribles, pero ahora acababa de escuchar a algo explotar. Diantre, conocía a Zetsuo un poco, sabía que no tenía cara de buenos amigos ni daba las mejores respuestas, que era un poco cascarrabias, ¿pero a tanto había llegado la bronca? ¿Y ahora cómo se presentaba ahí para pedirle a Ayame que viajasen juntos al Valle de los Dojos?

"Es muy importante", había insistido mamá. "Te han invitado, mira, ¡eso es que piensan que eres bueno para representar a la aldea! Puedes ir con Ayame-chan. Al fin y al cabo, sois del mismo equipo". Daruu no había podido negarse: era una oportunidad perfecta para aprender muchas cosas y medir sus fuerzas. ¡Un torneo! Y además iban a convivir varios meses en un lugar que, según había dicho su madre, era como casi de ensueño. Era una oportunidad de oro para vivir sólo, aprender a ser mayor, a valerse por sí mismo... A hacerse más fuerte.

Pero ahora se sentía el más débil de todos, frente a una puerta que rezaba: Familia Aotsuki.

Tímidamente, levantó el brazo y dio tres pequeños golpecitos en la madera.

—¡¿Y ahora quién cojones es!?

Daruu tragó saliva, y sus piernas, temblando, desearon dar media vuelta y salir corriendo, como un conejillo asustado. Pero alguien abrió la puerta por Zetsuo.

Se trataba de un hombre corpulento con los inconfundibles ojos de Ayame. Ojo, digo esto porque Daruu quedó paralizado en un principio, muy extrañado, porque era verdad que se parecía a ella. Tenía una media melena tapada por un gorro de lana, y una perilla, de un exótico color azul oscuro. Daruu intercambió miradas con él, luego con Kori y Ayame, que también estaban ahí, y finalmente con Zetsuo.

—Ho... hola, buenos días —dijo Daruu, respetuosamente, e hizo una de sobra pronunciada reverencia—. B-bueno. Mi madre me ha dicho que vas a participar en el Torneo de... de los Dojos. Así que pensé que podríamos ir hacia allá juntos. ¿No?

Miró a Zetsuo medio segundo y volvió a mirar a Ayame. Luego a Zetsuo un cuarto de segundo y luego a Ayame otra vez. Después, sus ojos blancos buscaron algo de calidez en la escarcha azul de su sensei. No la encontraría, claro, pero su mirada era implorante.

«Ay, ay, ay, no quería meterme en un lío, yo no he hecho nada. Aquí ha habido una discusión...»
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#3
Como si se encontrara en su propia casa, fue el mismo Karoi quien se tomó la libertad de dirigirse a la puerta de entrada y abrirla.

—¡Oh, hola, pequeñajo! Debes de ser amigo de Ayame, ¿sí? —dijo, con una afable sonrisa dibujada en su rostro.

Ayame se asomó por un lado, lo justo para ver a Daruu allí plantado, con cara de asustado y las piernas temblándole. El jaleo que habían armado debía de haberse escuchado varios pisos más abajo... como mínimo.

—¡Hola, Daruu-san! —saludó ella, con una sonrisa nerviosa. En ese momento se dio cuenta de que no dejaba de mirar a Karoi con extrañeza, y entonces reparó en que aquel hombre le resultaba tan desconocido como lo había sido para ella hasta hacía apenas unos segundos—. Ah, sí... Él es Karoi, mi... tío... —aquella palabra sonó extraña y pastosa en su boca. No estaba acostumbrada a pronunciarla, y desde luego en aquella situación se le antojaba del todo extraña.

Sin embargo, su tío no debía pensar del mismo modo porque estaba ahí plantado, hinchando el pecho como un pavo orgulloso.

—Ho... hola, buenos días —dijo Daruu, respetuosamente, e hizo una de sobra pronunciada reverencia—. B-bueno. Mi madre me ha dicho que vas a participar en el Torneo de... de los Dojos. Así que pensé que podríamos ir hacia allá juntos. ¿No?

Los ojos de Daruu se dirigieron momentáneamente, pero en varias ocasiones, a un punto situado justo a la espalda de Ayame. Y cuando ella giró la cabeza se sobresaltó al descubrir que su padre había vuelto de la cocina y se había plantado justo a su espalda en completo silencio.

—Me parece correcto.

—¿Qué? ¿Estás loco, cuñado? ¿Vas a dejar que vayan ellos dos solos sin más? —exclamó Karoi, perplejo. Se señaló el pecho con el dedo pulgar y esbozó una nueva sonrisa—. ¡Ya sé! ¡Yo los acompañaré!

—¡Me niego! —volvió a gritar Zetsuo—. Prefiero mil veces que los chicos vayan solos a que alguien... como tú los acompañe! Además, nadie excepto los participantes tiene permiso para entrar en el valle.

—¡Oh, vamos! Nadie impide que se les escolte hasta el lugar. ¡De paso podemos retomar el tiempo perdido y conocernos mejor! ¿Eh, pequeñaja?

Ayame pegó un respingo cuando se vio incluida en la conversación.

—Yo... bueno... supongo... si a Daruu-san no le importa...

—¿Lo ves? A ella no le importa —le increpó Karoi. Pero Zetsuo estaba observando la escena con atención, con los ojos entrecerrados y todo el cuerpo en tensión. Como si en cualquier momento fuera a saltar sobre Karoi para estrangularlo—. ¿Y tú qué dices? ¿Daruu era tu nombre?
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#4
—¡Oh, hola, pequeñajo! Debes de ser amigo de Ayame, ¿sí?

—¿Eh? —Daruu torció la cabeza, como un perro cuando no entiende lo que le quiere decir su dueño. «¿Pequeñajo? ¿"Pequeñajo"?»

La cabecita de Ayame se asomó por detrás de aquél hombre. Sonrió timidamente, y le saludó:

—¡Hola, Daruu-san! —Daruu la miró y la vio mirando alternativamente a Karoi y a él mismo. Al darse cuenta de lo que Daruu estaba pidiendo con todo su cuerpo, contestó—: Ah, sí... Él es Karoi, mi... tío...

«¿No lo ha dicho muy convencida?»

Daruu hizo una pronunciada reverencia.

—¡Ah! Hola, encantado, soy Amedama Daruu, vecino y compañero de equipo de Ayame. Nos entrena K-Kori-sensei. —Torpemente, intentó explicar qué pintaba allí con esa escueta presentación.

···

—Mi madre me ha dicho que vas a participar en el Torneo de... de los Dojos. Así que pensé que podríamos ir hacia allá juntos. ¿No?

—Me parece correcto. —Contestó el padre de Ayame.

«¿Y ya... ya está?»

Por alguna razón, Daruu esperaba que el padre de Ayame se negase a tal proposición. Su madre le había contado que era un cascarrabias y un cabezón, aunque...

Ah, claro. Ya lo entendía.

Daruu era un muchacho perspicaz e inteligente, y acababa de entender lo que estaba pasando allí. Primero, Ayame había hablado de su tío como si no estuviera siquiera segura de que era su tío. Eso es que se conocían muy poco, o que hacía tiempo que no se veían. Desde luego, Daruu no había visto a Karoi en su vida. Unías eso con los gritos de antes y todo ese escándalo y enseguida te dabas cuenta de que estaba ocurriendo toda una discusión familiar.

Y Daruu absolutamente deseaba no meterse en medio.

—¡Me niego! —volvió a gritar Zetsuo—. Prefiero mil veces que los chicos vayan solos a que alguien... como tú los acompañe! Además, nadie excepto los participantes tiene permiso para entrar en el valle.

—¡Oh, vamos! Nadie impide que se les escolte hasta el lugar. ¡De paso podemos retomar el tiempo perdido y conocernos mejor! ¿Eh, pequeñaja?

Ayame pegó un respingo cuando se vio incluida en la conversación.

—Yo... bueno... supongo... si a Daruu-san no le importa...

—¿Lo ves? A ella no le importa —le increpó Karoi. Pero Zetsuo estaba observando la escena con atención, con los ojos entrecerrados y todo el cuerpo en tensión. Como si en cualquier momento fuera a saltar sobre Karoi para estrangularlo—. ¿Y tú qué dices? ¿Daruu era tu nombre?


Daruu observaba la escena a través de una pantalla de vídeo imaginaria, esperando el momento en el que alguno de los dos bandos cediera y pudiera escapar de la tragicomedia. Pero ahora que le habían preguntado directamente, no tenía más remedio que decir algo. ¿Pero qué diría, qué diría?

—Yo... —comenzó a hablar—. Yo... sólo quiero ir a los dojos, me da igual si alguien nos acompaña o no. No quiero discutir con nadie. Lo siento. —Levantó la mirada y se refugió en Karoi, luego en Ayame, y luego en Zetsuo con los ojos llorosos.

«Maldita sea, no me metáis en esto. Yo venía tranquilamente a algo que se supone que va a ser guay. ¡Jopé!»
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#5
—Yo... —respondió Daruu, tembloroso como un conejito bajo la atenta mirada del águila que se cierne sobre él—. Yo... sólo quiero ir a los dojos, me da igual si alguien nos acompaña o no. No quiero discutir con nadie. Lo siento. —Levantó la mirada y se refugió en Karoi, luego en Ayame, y luego en Zetsuo con los ojos llorosos.

—¡Pues no se hable más! —zanjó Karoi, sacudiéndose las manos entre sí—. ¡Nos vamos de viaje al Valle de los Dojos, chicos!

—S... sí... Esperadme un momento, por favor.

Ayame se alejó momentáneamente del recibidor y se dirigió a su cuarto. Una vez allí, se permitió el lujo de respirar hondo, aliviada de haber abandonado aquella atmósfera tan tensa aunque fuera durante apenas unos segundos. Se dirigió a su cama y se colgó a la espalda la mochila que había dejado preparada con anterioridad.

—Ayame —la voz de su padre a su espalda le hizo brincar de nuevo. Ella se volvió con lentitud, temerosa de lo que iba a encontrarse, pero aunque Zetsuo seguía con el ceño fruncido había algo más en su mirada. Algo muy diferente a lo que había visto en su discusión con su tío—. Ándate con cuidado. Tendré un ojo puesto sobre ti.

Ella asintió, temblorosa.

—Os esperaré para el día del comienzo del torneo —respondió, obligándose a esbozar una sonrisa nerviosa, antes de salir de la habitación.

Zetsuo se quedó atrás, sin embargo.

—Ya estoy lista. ¡Adiós, Kōri! ¡Que no se os olvide venir a verme en el torneo!

—Hasta pronto —respondió, con una inclinación de cabeza.

Nerviosa, y alegre al mismo tiempo, Ayame salió de casa junto a Daruu. Karoi se puso al frente de ambos, tarareando alegremente.

—Siento haberte involucrado en algo tan... complicado... —le susurró a su compañero de misión, apurada.

—¡Vamos, vamos! Tenemos un laaaargo viaje por delante.

—¿Vamos a ir a pie? ¿Dónde está el Valle de los Dojos, exactamente?
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#6
—¡Pues no se hable más! —zanjó Karoi, sacudiéndose las manos entre sí—. ¡Nos vamos de viaje al Valle de los Dojos, chicos!

Daruu tragó saliva y lo miró un momento, luego a Zetsuo de nuevo. Estaba claro que esos dos aún no habían arreglado sus diferencias, pero Ayame se había marchado al interior de la casa a por sus cosas —supuso él— y Zetsuo no había dicho ni una sóla palabra, aunque si los ojos tuvieran filos los de Zetsuo serían Uchigatanas. El padre de Ayame clavó un instante la hoja sobre la nuca de Karoi, y luego salió en busca de su hija.

«Espero que no la tome con ella...»

El muchacho se había quedado a solas con el hermano y el tío de Ayame. Su tío parecía buena persona, pero desde luego su personalidad chocaba con el resto de la familia Aotsuki. Era como una Ayame pero sin la mitad insegura y tímida de Ayame. Es decir, todo entusiasmo y energía.

Eso no hacía que le impusiera menos. Sólo estar al lado suyo ya le ponía nervioso. Y el silencio que habían tejido entre los tres era tan denso como la mentalidad de Akame.

—Ya estoy lista. ¡Adiós, Kōri! ¡Que no se os olvide venir a verme en el torneo! —Ayame les sorprendió con energía rompiendo dicho silencio. Daruu dio un pequeño bote.

—Hasta pronto —respondió Kori.

Los tres salieron de la casa de Ayame y Karoi se les adelantó por el largo pasillo hasta el ascensor. Iba tarareando una canción que Daruu desconocía.

—Siento haberte involucrado en algo tan... complicado... —le susurró Ayame.

Daruu se sonrojó y se inclinó hacia ella.

—Se me ha debido de ver la cara de panoli que te cagas —susurró él—. Oye, ¿de qué va esto? ¿Es tu tío de verdad? Perdón, quiero decir... No lo he visto nunca por la aldea, y mamá no lo ha mencionado tampoco.

—¡Vamos, vamos! Tenemos un laaaargo viaje por delante.

Daruu se afanó por seguirle los pasos y los tres entraron en el ascensor.

—¿Vamos a ir a pie? ¿Dónde está el Valle de los Dojos, exactamente?

—Está en el País del Fuego. Un día y poco más, si usamos las pasarelas de El Túnel —explicó Daruu, que venía ya estudiado de casa—. Está al lado de Yachi, donde tenemos una cabaña de vacaciones. Lo que pasa es que para llegar al valle habrá que rodear las montañas. Las vemos desde allí siempre, son giganteeeescas.

»Pensándolo bien, ¿qué os parece si... acampamos allí? Hay cocina y todo, podemos calentarnos la comida y hay una habitación de invitados y un sofá cama. Mejor que al raso.
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#7
—Se me ha debido de ver la cara de panoli que te cagas —susurró él, y Ayame no pudo evitar soltar una risilla—. Oye, ¿de qué va esto? ¿Es tu tío de verdad? Perdón, quiero decir... No lo he visto nunca por la aldea, y mamá no lo ha mencionado tampoco.

—Pues... eso dice papá, así que supongo que será verdad... —respondió, no muy convencida—. No tienes que disculparte, yo tampoco le conocía hast...

—¡Vamos, vamos! Tenemos un laaaargo viaje por delante.

La insistencia de Karoi interrumpió sus palabras, y los dos chicos apretaron el paso para entrar con él en el ascensor. Una vez se cerraron las puertas e iniciaron el descenso, Ayame se atrevió a preguntar por la ubicación de los dojos.

—Está en el País del Fuego. Un día y poco más, si usamos las pasarelas de El Túnel —explicó Daruu, que venía ya estudiado de casa.

—¡Y ese es precisamente el plan! —intervino Karoi, alegremente.

—Está al lado de Yachi, donde tenemos una cabaña de vacaciones. Lo que pasa es que para llegar al valle habrá que rodear las montañas. Las vemos desde allí siempre, son giganteeeescas. Pensándolo bien, ¿qué os parece si... acampamos allí? Hay cocina y todo, podemos calentarnos la comida y hay una habitación de invitados y un sofá cama. Mejor que al raso.

—¿Tenéis una cabaña allí? ¡Qué guay! —exclamó Ayame, justo en el momento en el que el timbre del ascensor indicaba que habían llegado a la planta baja del edificio—. Pero... ¿Seguro que no habrá problema en que pasemos allí una noche?

El grupo salió del edificio, encabezados por Karoi. Juntos, atravesaron las calles de Amegakure y enseguida llegaron a las puertas Amegakure. El asfixiante abrazo de los rascacielos se abrió al espacio abierto de la naturaleza. Fue entonces cuando Karoi se volvió hacia los dos chicos. Los miró con los ojos entrecerrados, y una sonrisa picaresca asomó en su rostro.

—Bueeeeeno, ahora que estamos lejos de los ojos de ese padre tuyo, decidme. Con confianza. ¿Sois novios?

—¡¿Q... QUÉ?! —aulló Ayame, y su grito debió asustar a un águila que sobrevolaba sus cabezas, porque aquella emitió también un graznido de alarma—. N... no... nosotros somos amigos... compañeros de equipo, nada más. ¿A que sí, Daruu-kun?
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#8
Daruu se rascó bajo la nariz con un dedo, orgulloso, al ver que Ayame mostraba tanto entusiasmo por la cabaña que su madre poseía en Yachi.

—Pero... ¿Seguro que no habrá problema en que pasemos allí una noche?

—¡Claro que no! —contestó Daruu, justo al tiempo que las puertas del ascensor se abrían—. Es un sitio muy relajante además. Aunque según mi madre los Dojos son casi un paraíso. Cito textualmente, ¿eh? A saber cómo es ese sitio.

La lluvia les acogió como de costumbre cuando salieron del edificio. Karoi, que se había adelantado, se volteó hacia ellos y entrecerró los ojos, observándolos con una sonrisa picaresca que le recordaba, quizás demasiado, a las que solía exhibir su madre cuando...

—Bueeeeeno, ahora que estamos lejos de los ojos de ese padre tuyo, decidme. Con confianza. ¿Sois novios?

Daruu se puso rojo como una rodaja de peperoni recién salida del horno descansando sobre una masa cubierta de queso. Si aquella escena fuera una película de dibujos animados, ahora mismo de sus orejas estaría saliendo humo, y habría un efecto sonoro de olla a presión calentándose en los fogones.

—¡¿Q... QUÉ?! N... no... nosotros somos amigos... compañeros de equipo, nada más. ¿A que sí, Daruu-kun?

—S-s-s-s-s-sí. V-vámonos, que se va a hacer tarde y a-anochecerá antes de que lleguemos a Yachi. —Se cubrió con la capucha de su chaqueta, pese a que rara vez solía hacerlo, y pasó como una centella al lado de Karoi.


···


Karoi resultó ser un tipo bastante parecido a su madre, lo cual derivó inevitablemente en que Daruu se acostumbró a su presencia bastante rápido. Pese a lo avergonzados que se sintieron los muchachos durante los primeros minutos de estar con él por sus incisivas preguntas, muy pronto estaban riendo juntos ante la vista de un perro con chubasquero a las afueras de Ame, que, junto a su dueño Inuzuka, corría entre el trigo como si no hubiera visto jamás una planta, con las patas espatarradas y dando brincos. Más tarde encontraron una charca con dos patos que estaban peleándose por una bota. Entre una cosa y otra, el viaje hasta El Túnel se les hizo ameno.

—Ya, pero es que, lo siento mucho. Pero está averiado, Karoi-san —les explicó un chunin que guardaba la entrada este del Túnel—. Podéis entrar igual... Al menos para no zamparos todas las Llanuras de la Tempestad Eterna.

«Genial, ¡qué fastidio!»

—Pero entonces... ¿No es un día entero de viaje de parte a parte?

—Sí, pero supongo que lo preferiréis a intentar acampar ahí fuera, en las Llanuras de la Tempestad. Moriríais.

Daruu refunfuñó por lo bajo. Ante una señal y una sonrisa resignada de Karoi, el trío se internó en El Túnel. Era un pasadizo muy amplio, con dos pasarelas anchísimas, una de ida y una de vuelta. Que por supuesto y tal y como les habían dicho, estaban paradas. Para gozo de todos, la iluminación del túnel estaba en perfecto estado, así que no sería más que un largo, largo trecho sin nada que hacer ni ver.

—Esto va a ser un asco.
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#9
El grupo continuó su viaje hacia los túneles que conectaban los dos extremos de las Llanuras de la Tempestad Eterna. El viaje resultó mucho más ameno de lo que en un principio podía haber imaginado. Pese a los recelos del principio, su tío resultó ser una persona muy agradable y divertida; prácticamente la contraparte de su padre. Pronto comprendió que muchas de las puyas que soltaba, como la pregunta de antes de si eran novios, eran solamente para picarles pero jamás sobrepasaba la línea de lo absolutamente molesto. Entre las anécdotas del viaje se contaron el encuentro con un adorable perro vestido con chubasquero que corría junto a su dueño entre el trigo con las patas espatarradas, haciendo todo lo posible porque las plantas no rozaran su tripa; y los dos patos que encontraron en una charca peleándose por una bota. A Ayame prácticamente la tuvieron que arrastrar lejos de los animales para que los dejara en paz y pudieran continuar con la travesía.

Sin embargo, no todo iba a ser tan sencillo. Y eso iban a descubrirlo nada más llegaron a la entrada del túnel.

—Ya, pero es que, lo siento mucho. Pero está averiado, Karoi-san —les explicaba un chunin que guardaba la entrada este del Túnel—. Podéis entrar igual... Al menos para no zamparos todas las Llanuras de la Tempestad Eterna.

—Pero entonces... ¿No es un día entero de viaje de parte a parte? —preguntó Daruu.

—Sí, pero supongo que lo preferiréis a intentar acampar ahí fuera, en las Llanuras de la Tempestad. Moriríais.

Ayame hundió los hombros. Desde luego, cualquier cosa era preferible a encontrarse a la intemperie. Las Llanuras de la Tempestad Eterna no eran, precisamente, una zona indulgente. Ni su nombre venía dado por la simple casualidad. Aquellas llanuras eran la región más tormentosa del país, con fuertes rachas de viento permanentes que traían consigo más y más nubes cargadas de rayos y lluvia. Incluso para la gente de Amegakure, acostumbrada a vivir bajo las tormentas, aquello era demasiado. No en vano nadie vivía allí.

—Bueno, qué se le va a hacer... —sonrió Karoi, resignado. Les hizo una seña con la mano a los dos genin—. Vamos, chicos.

Y así se internaron de todas maneras en el túnel. El lugar en cuestión era una larguísima galería que se alargaba hasta donde les alcanzaba la vista. Dos pasarelas paralelas, realmente anchas, hacían sus veces de pasadizos de ida y vuelta pero en aquellos instantes estaban totalmente detenidas. Por suerte, sobre todo para Ayame, la iluminación seguía funcionando con total normalidad. Lo último que le faltaba en aquellos instantes era quedarse a oscuras en un sitio tan tenebroso como aquel.

—Esto va a ser un asco —soltó Daruu.

—Menuda casualidad, justo ahora que los ninjas de Amegakure tenemos que ir al torneo —dijo Ayame, con un resoplido—. ¿Qué habrá pasado?

—A saber. Pero de poco nos sirve lamentarnos. Ahora sólo nos queda seguir adelante... y no aburrirnos demasiado. ¿Jugamos al veo-veo?

—¿Al veo-veo? ¿Aquí? —rio Ayame.
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#10
El grito furioso de los truenos se convirtió pronto en un rugido lejano entre aquél tubo semicircular cerrado de gruesas paredes de hormigón. El pasillo se extendía a lo largo hasta alcanzar lo inimaginable, y ni siquiera los ojos de Daruu con el Byakugan podrían haber llegado a alcanzar a ver la salida del túnel. Era un sitio en penumbra permanente, iluminado de tanto a tanto por un tubo fluorescente del techo, que, de vez en cuando, parpadeaba y dejaba un segmento a oscuras. Pero aún así, el eco cargaba consigo las voces de tres ninjas de la Lluvia que, animadamente, charlaban y trataban de entretenerse como podían.

—Menuda casualidad, justo ahora que los ninjas de Amegakure tenemos que ir al torneo —bufó Ayame—. ¿Qué habrá pasado?

Daruu se encogió de hombros.

—Igual ha sido un uzureño que nos tiene miedo y ha saboteado el túnel —bromeó.

—A saber. Pero de poco nos sirve lamentarnos. Ahora sólo nos queda seguir adelante... y no aburrirnos demasiado. ¿Jugamos al veo-veo?

Daruu y Ayame rieron al unísono.

—¿Al veo-veo? ¿Aquí? —dijo la muchacha.

—Jugar al veo-veo contra un Hyuuga sólo os traerá una derrota inevitable —dijo él con tono burlón—. Y así no tiene gracia.

—¡Pues no lo actives, tramposo! —dijo Karoi, dándole un golpecito amigable en el hombro. Daruu se acarició la zona riendo. Joder, le había dado fuerte el cabrón—. Va, venga, no seáis aburridos. Empiezo yo:

»Veo veo.

—¿Qué ves? —rio Daruu.

—Una cosita.

Daruu le cedió el turno a Ayame.

—Empieza por la letra... ¡Hache!

—Hormigón.

Karoi parecía sorprendido.

—Eres bueno, chico.

«Pero... tío, no me puedes estar diciendo esto.»

—Ahora tú, venga.

Daruu resopló con fastidio y se rascó detrás de la cabeza.

—Venga ya —se quejó—. ¿En serio tengo que hacer esto?

—¡Sosooo!

—Veo veooo... —Suspiró.

—¿Qué ves?

—Una cositaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA.

Los pies del trio se despegaron del suelo y una fuerza descomunal tiró de ellos hacia arriba, como si algo les hubiera dado una patada detrás de los tobillos para derribaron. Cayeron encima de la cinta de espaldas. Daruu emitió un quejido, y volvió a ver separada su espalda del suelo, para luego caer de nuevo y estabilizarse. Algo le había arañado el codo derecho, como si le hubieran pasado una correa de cuero rozando por la piel.

Sintieron... ¿viento?

—¡La cinta se ha activado de golpe! ¿¡Pero qué narices!?

Sin aviso, se dirigían a toda velocidad hacia el otro extremo del túnel, que todavía quedaba tan lejos que no se podía ver.

—¿¡Nadie pensó en instalar un sistema de megafonía para avisar!?
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#11
El túnel actuaba como una caja de insonorización, alejando el terrorífico sonido de los truenos pero dejándolos a merced de la iluminación de unos tubos fluorescentes que estaban colgados del techo y cuya estabilidad era bien dudosa. En más de una ocasión, Ayame pegó un brinco cuando uno de ellos se apagó de repente o, simplemente, parpadeó. Sin embargo, el sonido de las voces de las dos personas que la acompañaban conseguían que se olvidara fácilmente del miedo que estaba sintiendo, y enseguida se relajó.

—Igual ha sido un uzureño que nos tiene miedo y ha saboteado el túnel —bromeó Daruu, encogiéndose de hombros.

—¡Venga ya! ¿Hasta aquí van a venir a hacernos la jugarreta? —rio Ayame.

Karoi también se encogió de hombros y, para estupefacción de los dos chicos, sugirió jugar al veo-veo para entretenerse.

—Jugar al veo-veo contra un Hyuuga sólo os traerá una derrota inevitable —respondió Daruu, hinchado como un pavo—. Y así no tiene gracia.

—¡Pues no lo actives, tramposo! —replicó Karoi, dándole un golpecito amigable en el hombro y Daruu se acarició la zona riendo—. Va, venga, no seáis aburridos. Empiezo yo: Veo veo.

—¿Qué ves? —respondió Daruu.

—Una cosita.

—¿Y qué cosita es? —intervino Ayame, cantarina.

—Empieza por la letra... ¡Hache!

«¿Hormiga?»

—Hormigón —respondió Daruu, y Ayame se sonrojó sintiéndose idiota.

—Eres bueno, chico —dijo Karoi, y parecía sorprendido—. Ahora tú, venga.

Daruu resopló y se rascó detrás de la nuca.

—Venga ya —se quejó—. ¿En serio tengo que hacer esto?

—¡Sosooo! —le picó Karoi.

—Veo veooo... —Suspiró, rendido.

—¿Qué ves?

—Una cositaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA.

Ayame ahogó un grito cuando sintió que su cuerpo se aceleraba bruscamente y sus pies despegaban del suelo. La gravedad los atrapó y en el momento en el que cayeron sobre la cinta transportadora Ayame, en un acto inconsciente, hizo gala de sus habilidades y su cuerpo estalló súbitamente en agua que empapó de los pies a la cabeza a sus dos acompañantes.

—¡¿Q... Qué ocurre?! —exclamó, nada más recuperar su forma corpórea.

—¡La cinta se ha activado de golpe! ¿¡Pero qué narices!? —dijo Daruu, tan sorprendido como los demás—. ¿¡Nadie pensó en instalar un sistema de megafonía para avisar!?

—¡Han debido arreglar la cinta! ¡Y no sé si alegrarme o enfurecerme con esos idiotas! —maldijo Karoi, antes de volverse hacia Ayame—. ¡Oye! ¡No sabía que ya dominabas el Suika!

Ella apartó la mirada, acongojada. Se sentía orgullosa de sus habilidades, pero al mismo tiempo rehuía continuamente de su origen como Hōzuki. La verdad, no recordaba cómo había llegado a desarrollar aquella técnica. La primera vez que recordaba haberse convertido en agua fue cuando ella tenía cuatro años, más o menos, y estaba a punto de recibir un pelotazo en la cabeza...

El acto había sido totalmente reflejo.
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#12
Los muchachos se dirigían a toda velocidad hacia la salida del túnel, que ya parecía asomar por el otro lado. Una brillante luz que, para colmo, les resultó cegadora en medio de la penumbra.

—¡Han debido arreglar la cinta! ¡Y no sé si alegrarme o enfurecerme con esos idiotas! —maldijo Karoi. Se volteó hacia su sobrina—. ¡Oye! ¡No sabía que ya dominabas el Suika!

—¿El qué? —gritó Daruu, dándose la vuelta. Ayame todavía era un charco tratando de recomponerse. Ahogó un grito: todavía no estaba acostumbrado—. ¡Ah, tu técnica!

»¡Así que se llama SuikaaaaaaaaaaaaaAAAAAAAAAAAAAAA!

La cinta volvió a pararse de golpe y el trío salió disparado hacia adelante como si hubieran sido expulsados por el tubo de un cañón, saliendo por la puerta del túnel triunfalmente, girando en el aire, como un grupo de artistas de circo desubicados. Daruu golpeó el suelo con fuerza, gimió de dolor y rodó unos metros más hasta quedar tumbado boca arriba, recibiendo como un rocío de paz las gotitas de lluvia de las Tierras de la Llovizna.

—¡Maldita sea! —exclamó una voz, a lo lejos. Daruu, mareado todavía, se apoyó en los codos con dificultad para ver. Era el ANBU que vigilaba aquél extremo del tunel. Parecía... chamuscado—. ¡Un puto rayo! ¡Un rayo ha caído encima del túnel! Debió de sobrecargar el circuito de la cinta durante unos minutos. ¡Eh, allí al fondoooo! ¿Estáis bieeen?

—Me cago en tu puta madre —contestó Daruu. Por supuesto, en voz baja.
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#13
—¿El qué? —exclamó Daruu, intentando hacerse oír por encima del rugido de la cinta. Sin embargo, ahogó un grito de horror al ver que Ayame todavía se estaba recomponiendo—. ¡Ah, tu técnica! Así que se llama SuikaaaaaaaaaaaaaAAAAAAAAAAAAAAA!

—¡AAAAAAAAAHHHHHH!

—¡AAAAAAAAAHHHHHH!

En aquella ocasión, el grito de Daruu se vio coreado por el de Ayame y Karoi. La cinta había vuelto a detenerse de repente y la inercia los empujó de nuevo hacia delante. Como una cruel ironía del destino que estaban sufriendo, la cegadora luz al final del túnel se fue haciendo más y más grande hasta que terminó por engullirlos. Los tres salieron despedidos por la salida y se precipitaron de nuevo contra el suelo. Un violento estallido de agua golpeó el suelo cuando, tanto Ayame como Karoi, utilizaron sus habilidades para licuar sus cuerpos; y, tras varios segundos, recuperaron sus formas corpóreas. Ayame, tirada en el suelo boca abajo, temblaba sin control.

—¡Maldita sea! —exclamó una voz, a lo lejos. Ayame giró la cabeza, con el mundo aún girando a su alrededor. Se trataba del ANBU que vigilaba aquél extremo del tunel. Su piel presentaba parches humeantes de color negruzco y tenía los pelos de punta—. ¡Un puto rayo! ¡Un rayo ha caído encima del túnel! Debió de sobrecargar el circuito de la cinta durante unos minutos. ¡Eh, allí al fondoooo! ¿Estáis bieeen?

—Me cago en tu puta madre —replicó Daruu en voz baja.

—N... no quiero... volver a pasar... por ese túnel... en mi vida... —gimoteó Ayame.

Pero Karoi se reía a mandíbula batiente. Aún tirado en el suelo, alzó una mano hacia el cielo con el pulgar levantado.

—¡Todos bien! ¡Ha sido muy divertido! —exclamó, y Ayame giró la cabeza tan bruscamente hacia él que se mareó aún más.

—¿Estás de broma, no? —exclamó, indignada.

Su tío se reincorporó, recolocándose el gorro sobre la cabeza. Ayame se apresuró a hacer lo mismo con su bandana. Para su horror, había quedado ligeramente ladeada.

—¡No! ¡Ha sido como si voláramos! —dijo, sin dejar de reír. Se acercó a los dos chicos y les ofreció su fornida mano para ayudarlos a levantarse.

«Volar...»
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#14
Daruu se acercó a sus compañeros sacudiéndose el polvo de la ropa y tosiendo tierra. «Joder, qué asco, y qué dolor, y qué asco», se repetía a sí mismo.

—¡Todos bien! ¡Ha sido muy divertido! —contestó Karoi al encargado de vigilar el túnel, que suspiró y se limpió el sudor de la frente.

Daruu levantó una ceja y lo miró incrédulo.

—¿Estás de broma, no? —exclamó Ayame, indignada. Daruu asintió, con el entrecejo fruncido, y se cruzó de brazos.

—¡No! ¡Ha sido como si voláramos!

—...por los aires, después de que nos estallara una bomba en el culo —gruñó Daruu. Resopló y se dio la vuelta—. En fin... Si nos damos prisa, en un par de horas estaremos en Yachi, antes de que anochezca. Allí podremos descansar, y a la hora de comer de mañana habremos llegado a los dojos. Vamos, hacia el sur.

El trío retomó el viaje hacia el sur, unos cojeando, otros tosiendo, otros acariciándose el trasero y preguntándose a qué dios macabro habían ofendido esta vez.

···

A lo lejos, las montañas del Valle de los Dojos habían comenzado a verse a simple vista desde hacía un tiempo. Sólo habían tenido que caminar en su dirección para acabar topándose con Yachi, el pueblecito de huertos de calabaza. Daruu les condujo un poco más allá, hasta el acantilado por el que la mayoría de la gente conocía Yachi en realidad. Allí había un sendero que bajaba zigzagueando por el cañón como una serpiente enroscada.

—Cuidado, no caminéis cerca del borde —advirtió Daruu—. Probablemente sólo caigais al siguiente segmento de camino, pero el tortazo no es pequeño.

El trío descendió despacio por el sendero hasta llegar al valle entre los dos lados del corte, de una hierba verde brillante y un río de aguas cristalinas; un ninja de Amegakure no estaba acostumbrado a ver esas cosas, pero para Daruu aquél era un segundo hogar ya. Señaló una cabaña de considerable tamaño, a cincuenta metros, y sonrió:

—¡Allí es! Fijáos qué bonito. Aún no sé cómo consiguió mi madre esta cabaña, pero es la leche —dijo—. Sobretodo porque no hay mucha gente que conozca el sendero por el que hemos bajado. Está bastante aislada. Cuando quiero un poco de tranquilidad o naturaleza, incluso entrenar, me vengo aquí unos días.

Daruu giró la llave en la cerradura y abrió la puerta, que chirrió con un gemido de abandono. La casa estaba un poco sucia y olía a cerrado, pero era desde luego espectacular. De madera, desde la entrada se extendía un pasillo corto con una escalera al final y dos puertas a sendos lados. La de la izquierda llevaba a un salón, con un sofá, una mesa baja, un armario con todo tipo de libros, cómics y figuras y una gruesa televisión de Amegakure para ver cintas de vídeo. A la derecha, había una amplia cocina con nevera, lavadora, una pila, dos fogones y un horno de los buenos, prueba de que su madre era pastelera de profesión y de corazón. Una isla descansaba en medio de la cocina, aportando más espacio para cocinar.

Las escaleras del fondo subían a las habitaciones y el baño. Habían tres habitaciones: la de su madre, la de invitados, con dos camas, y la del propio Daruu, decorada con cortinas y edredón verdes. Contenía un escritorio, un baúl y un armario también repleto de libros y cómics varios.

—Podréis dormir en la habitación de invitados. ¡Sentíos como en casa!
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#15
—...por los aires, después de que nos estallara una bomba en el culo —gruñó Daruu. Resopló y se dio la vuelta—. En fin... Si nos damos prisa, en un par de horas estaremos en Yachi, antes de que anochezca. Allí podremos descansar, y a la hora de comer de mañana habremos llegado a los dojos. Vamos, hacia el sur.

—Oh, vamos, vamos. No seáis tan serios, pequeñajos. ¡Os vais a parecer a mi querido cuñado!

Pero retomaron el camino hacia el sur. Ayame y Karoi no habían sufrido daños externos visibles, pero a la muchacha aún le dolía el pecho del golpetazo que había recibido contra el suelo.

...

Al cabo de varias horas, las montañas del Valle de los Dojos comenzaron a asomarse en el horizonte. No quedaba mucho para llegar, pero se les estaba echando la noche encima y, tal y como habían acordado, pararon en Yachi ya que les quedaba de camino. Sin embargo, no se quedaron dentro del pueblo de las calabazas, Daruu guió a Karoi y a Ayame un poco más allá, hasta el famoso acantilado que daba su fama a aquella región. Pena para los habitantes de Yachi, que deseaban ser conocidos por sus calabazas y no por el precipicio. Sin embargo, no se podía culpar a aquel hecho. Las vistas desde arriba, con aquel corte perfecto en la tierra como si un antiguo dios hubiese descargado un espadazo contra aquella y el río corriendo por el fondo del abismo, eran verdaderamente sobrecogedoras.

—Cuidado, no caminéis cerca del borde —advirtió Daruu cuando empezaron a recorrer un sendero que bajaba zigzagueando por el cañón—. Probablemente sólo caigais al siguiente segmento de camino, pero el tortazo no es pequeño.

Ayame asintió. Aunque ya había sido prevenida y había utilizado su control de chakra para asegurarse la adhesión contra la roca que quedaba bajo sus pies.

Bajaron durante un largo rato, hasta llegar al valle que se encontraba en el fondo entre los dos cortes del precipicio. La hierba crecía brillante y, un poco más allá, el río corría con sus aguas cristalinas. A varias decenas de metros, una cabaña de madera se alzaba en aquel pequeño trocito de belleza.

—¡Allí es! Fijáos qué bonito. Aún no sé cómo consiguió mi madre esta cabaña, pero es la leche —dijo—. Sobretodo porque no hay mucha gente que conozca el sendero por el que hemos bajado. Está bastante aislada. Cuando quiero un poco de tranquilidad o naturaleza, incluso entrenar, me vengo aquí unos días.

—¡Ay, parece la cabaña de los Nana Shōnin! —exclamó Ayame, sobrecogida por la belleza de aquel paraje. Para ella, que amaba la naturaleza y vivía rodeada de rascacielos y cemento, aquello era un auténtico paraíso.

Karoi soltó una carcajada al escuchar la referencia a aquel cuento infantil.

—¿Sabes una cosa, Ayame? Tu madre me contó una vez que estuvo a punto de llamarte Shiroyuki.

—De... ¿De verdad? —murmuró. No había oído muchas cosas acerca de su madre, y cualquier dato nuevo que le revelaban sobre ella era como un trago de agua para calmar su insaciable sed. Sonrió con cierta tristeza—. Bueno, menos mal que no lo hizo. Me gusta más como suena Ayame.

La puerta de la cabaña se abrió con un lastimero chirrido cuando Daruu giró la llave. Era cierto que olía un poco a cerrado y a polvo, pero eso a Ayame no le importó. La cabaña era igual de bonita por dentro que por fuera. Estaba enteramente construida de madera. Desde el pasillo de la entrada se abrían dos habitaciones a izquierda y a derecha. La de la izquierda conducía al salón y la de la derecha a la cocina. Al fondo, las escaleras subían al piso de arriba, donde se encontraban tres habitaciones y el cuarto de baño.

—Podréis dormir en la habitación de invitados. ¡Sentíos como en casa!

—Muchas gracias por dejarnos dormir aquí, Daruu-san —dijo Ayame, con una sonrisa.

—¡Lo mismo digo! Vamos, Ayame, vamos a acomodarnos.

Subieron las escaleras y, tras un par de intentos fallidos, dieron al fin con la habitación de invitados. Ayame se acercó a una de las camas y dejó la mochila de viaje a sus pies para después estirar los brazos y masajearse los hombros, aliviada.

—Entonces ya conoces el Suika, ¿sí? —escuchó a Karoi detrás de ella. Se volvió con cierta lentitud y asintió—. ¿Conoces alguna técnica más del clan?

Ayame negó con la cabeza, algo nerviosa.

—Bueno, eso solo hace que avancemos un escalón —añadió, pensativo—. ¿Quieres salir luego fuera de la cabaña? Quizás pueda enseñarte alguna cosilla antes de despedirnos, ¿sí?

—Bueno... vale...

Karoi sonrió y alzó una de sus manazas para revolverle el pelo. Ayame se encogió sobre sí misma, sonrojada.

—Pero ahora bajemos, Daruu-kun debe estar esperándonos, ¿sí?
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