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Otoño-Invierno de 221

Fecha fijada indefinidamente con la siguiente ambientación: Los ninjas de las Tres Grandes siguen luchando contra el ejército de Kurama allá donde encuentran un bastión sin conquistar. Debido a las recientes provocaciones del Nueve Colas, los shinobi y kunoichi atacan con fiereza en nombre de la victoria. Kurama y sus generales se encuentran acorralados en las Tierras Nevadas del Norte, en el País de la Tormenta. Pero el invierno está cerca e impide que cualquiera de los dos bandos avance, dejando Oonindo en una situación de guerra fría, con pequeñas operaciones aquí y allá. Las villas requieren de financiación tras la pérdida de efectivos en la guerra, y los criminales siguen actuando sobre terreno salpicado por la sangre de aliados y enemigos, por lo que los ninjas también son enviados a misiones de todo tipo por el resto del mundo, especialmente aquellos que no están preparados para enfrentarse a las terribles fuerzas del Kyuubi.
#1
No había pasado ni si quiera un año desde que se había ido. Sin embargo, Juro no pudo evitar sentir algo mientras caminaba por el lugar que había transitado en sus horas más bajas, cuando había tomado el desierto como su cobijo tras ser expulsado del bosque en el que se había criado. Puede que el desierto fuera un padre mucho más áspero y exigente en comparación con las cálidas y húmedas ramas que había escalado desde su niñez. La arena no te daba nada hecho: o vivías por ti mismo, o acababas muerto entre sus dunas.

Pero aun así, un hogar era un hogar. Y la sensación cálida que embargó a Juro, durante unos momentos, le dio a entender que en el fondo, sí que había considerado aquel lugar como un segundo hogar, por muy provisional que fuera.

«Oye, Juro. ¿Por qué hemos vuelto?»

«Ya te lo he dicho. Quiero ver como esta todo, recuperar fuerzas, regresar a nuestro lugar de origen. Conozco la mayoría de escondrijos de este lugar y quizá desde aquí podamos encontrar pistas sobre Kurama.»

«Te has perdido y no quieres admitirlo, ¿Verdad?
Menuda suerte tenemos. Ni si quiera la fortuna del gran Chōmei puede ayudar a alguien tan desgraciado como tú.»

«¡Como no cierres la boca te juro que entro en la primera tienda que encuentre y compro insecticida!»

Lamentablemente, su acompañante tenía razón. Había girado mal, luego se había torcido... y de alguna manera, ahí estaba otra vez, en la casilla de salida. No había duda de por qué, tras más de un año, aún nadie había sido capaz de darle caza como exiliado. ¿Cómo diablos iban a hacerlo? Ni si quiera él tenía ni puñetera idea de hacia donde se estaba dirigiendo. La suerte del tonto se podría decir, pero no quiso decir eso en voz alta o Chōmei se volvería a poner pesado.

Su objetivo era buscar e informarse sobre Kurama, en todas las partes del mundo si fuera necesario. Ponerse a investigar en el lugar donde se había pasado más de un año escondiéndose no era el mejor de los planes, pero... ¿Por qué no? El desierto era enorme, y un lugar perfecto para ocultarse, como él mismo había comprobado. No podía lanzarse a buscarlo a lo loco, pero quizá, alguien hubiera escuchado algo. Los lugareños tenían la lengua muy suelta en las tabernas, tras una jarra de alcohol. ¿Una persona que desentona del resto quizá? ¿Alguien que no parece de por ahí? Eran sus temas favoritos de conversación. Tras meses y meses de estancia, se había habituado a sus costumbres, a su aspecto, a las ropas que llevaban. Camuflarse durante un tiempo no debería ser tan dificil.

Sin embargo, sus objetivos tendrían que esperar. El viaje había sido demasiado largo y la noche caía sobre la arena. Mañana, al amanecer, bajaría a la ciudad y trataría de obtener todo lo que pudiera, pero por ahora, tendría que descansar.

Ante él, se alzaba una enorme explanada vacía, llena de arena y de dunas. Cerca, se encontraba el Oasis de la Luna, un lugar emblemático que guardaba un significado especial para él. Se había planteado varias veces si su razón para regresar había sido volver a contemplarlo. Pero no lo hizo. Era consciente de que por la noche se abarrotaba de turistas a determinadas horas y el acercarse suponía un peligro innecesario.

Aun así, era incapaz de dormir. Su mente aun seguia activa y sus piernas pedían un poco de acción. Por eso, decidió caminar justo en dirección contraria, hacia la inmensidad de la arena. Solo un poco, se repitió, consciente de que si se adentraba demasiado y se perdía, podría no encontrar el camino de vuelta.

Arrebujado tras unas enorme tela negra, Juro se había transformado, gracias al henge, en un muchacho ligeramente más alto, de una edad parecida. Su pelo, sin embargo, era ligeramente rubio y su tono de piel, mucho más moreno. La tela, a modo de capa, cubría la mayor parte del cuerpo, para protegerse de los vendavales que traía el desierto. Caminaba despreocupadamente por el lugar, como si de verdad aquel fuera su hogar.
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#2
Despedida, Invierno del año 220

Mas si el joven Juro —ahora envuelto en su ingenioso disfraz— alzaba la vista al frente, se percataría de que a lo lejos una solitaria luz titilaba bajo el cielo nocturno. El resplandor provenía de la cara oculta de una enorme duna, tras la cual alguien parecía haber encendido una hoguera, a juzgar por la tímida columna de humo gris que escalaba desde su cénit y hacia las estrellas. A primera vista parecía un lugar especialmente bueno para resguardarse del frío viento nocturno del desierto, especialmente feroz y crudo en el Invierno; pero realmente, si no se acercaba hasta dejar la duna a su espalda, el jinchūriki nunca averiguaría quién descansaba junto a la lumbre.

Si lo hacía, por el contrario, hallarían sus ojos —todavía de lejos— una silueta envuelta en una capa color marrón arena, que dificultaba distinguirla en la distancia, pero que dada la situación podía deducirse sin temor a errar que pertenecía a una persona. Descansaba junto a la hoguera, con la espalda apoyada en la ladera de la duna que se alzaba a su espalda como un coloso de arena, y de tanto en tanto viajaba su diestra a los labios para remojarlos con el contenido de una pequeña calabaza que luego dejaba descansar en su regazo.

Su rostro estaba oculto casi por completo por un sombrero de paja que llevaba bien calado, y bajo éste apenas se podía distinguir el contorno de una barba morena y descuidada. Poco más revelaba a la vista aquel solitario viajero, cuyo único hacer en aquella noche parecía concentrarse en vaciar el contenido de la calabaza frente a la lumbre crepitante.
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#3
Mientras continuaba su curioso paseo por el desierto, muchas cosas aparecieron en la mente de Juro. La mayoría, recuerdos, de una persona patética, que había pasado el tiempo escondiéndose bajo la arena — a veces, incluso literalmente —, temerosa del mundo exterior, a la que ya hacía un tiempo había abandonado, en el momento en que decidió, por fin, dejar de huir y salir adelante. El desierto que ahora pisaba había visto lo peor de él. Eso no le intimidaba, sin embargo. Al fin y al cabo, no sería el primero ni el último que moría y cambiaba entre sus dunas.

Lo curioso es que no podría afirmar si el cambio había sido gradual o repentino. ¿Cuánto se instauró la idea de que tenía derecho a intentar vivir otra vez en su cabeza? Lo que en principio había sido instinto, al final se había convertido en un verdadero deseo de seguir adelante. Eso había sido, al final, el motor del cambio que tanto necesitaba.

Chōmei había sido una de las razones, claro. Había sido afortunado de tenerlo en sus horas bajas. No pudo evitar esbozar una sonrisa, mientras continuaba caminando. Por una vez, se permitió relajarse un poco: disfrutaba divagando entre sus pensamientos mientras pisaba la arena.

Sin embargo, algo accionó sus alertas mentales. Cuando alzó la vista, pudo atisbar, a lo lejos, una luz titilante, oculta tras las dunas.

Aunque lo lógico habría sido caminar en dirección contraria, la curiosidad carcomió al joven marionetista. ¿Una persona ahí, en mitad de la nada? Podía ser un viajero extraviado o un turista que había tomado una mala dirección para llegar al Oasis. Pero... ¿Qué clase de persona decidía hacer noche en mitad de la nada? Por la posición que había escogido, Juro dudó que fuera una persona que accidentalmente se encontraba ahí. Más bien, parecía conocer perfectamente el mejor lugar para pasar la tormenta.

Cuanto más se acercó, más extrañeza le provocó su figura. Parecía un hombre, aunque su silueta estaba tapada por una capa color arena —muy ingenioso, tenía que apuntársela — y un sombrero de paja, que solo dejaba atisbar una barba descuidada. Estaba bebiendo.

« Me pregunto si será algún bandido de la ciudad » — Había escuchado rumores. Por la noche, en Inaka, ocurrían cosas turbias. ¿Y si aquel hombre no tenía buenas intenciones? ¿Y si había más como él? La perspectiva de acercarse, de pronto, le hizo ver lo inocente que había sido. Aunque pensandolo bien, ¿No andaba buscando ambientes de esa clase? Era poco probable, pero si podía encontrar a alguien vinculado con Kurama...

Antes de darse cuenta realmente de lo que hacía, Juro se había acercado a una distancia prudencial. No lo suficiente cerca como para verle bien, pero sí para que sus pisadas se notaran bajo el crujir de la arena. El chico se dio cuenta, irremediablemente, de que sus acciones no iban a pasar desapercibidas. O dejaba claro que no iba a hacerle ningún mal, o la cosa podría torcerse.

— Disculpe la intromisión, señor. No quería molestarle — Su tono de voz era más suave de lo normal, claro. Aunque no se diferenciara mucho de cómo Juro hablaría normalmente, trató de parecer un chiquillo ligeralmente asustado—. He visto la luz y me ha sorprendido que hubiera alguien aquí ¿Se encuentra usted bien?
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#4
Apenas el suave crujido de los pasos de Juro fue tan audible como para alzarse por sobre el susurro chisporroteante de las llamas en la lumbre, el mentado viajero se apoyó en el suelo con la mano zurda, recostándose ligeramente. Un par de rubíes brillaron en la oscuridad, mirando —no, viendo— más allá del disfraz del muchacho, como dos luceros ocultos por el resplandor de la hoguera. Una carcajada brotó de la garganta del extraño, que volvió a arrearle a la calabaza antes de hablar. Cuando lo hizo, su voz sonó aguardientosa y un poco ronca, pero teñida del inconfundible color de la nostalgia.

Bueno, eso depende de quién pregunte —disparó sin reservas. Luego se ajustó el sombrero de paja sobre la cabeza—. Para el ilustre jinchūriki de Kusagakure creo que me encuentro lo suficientemente bien.

Rió otra vez, por lo bajo. El hecho de que Juro se le hubiese acercado en su Henge sólo podía significar que o bien no le había reconocido —no hubiera sido fácil hacerlo, tuvo que admitir— o bien tenía la memoria de un caracol. Al instante se le vinieron a la cabeza las imágenes de aquellos curiosos afiches que las Villas tenían por costumbre usar para identificar a cualquier antiguo empleado ahora non grato, con un retrato robot del jovencito Juro y la cuantiosa suma de treinta mil ryōs bajo el mismo.

Hay que joderse, treinta mil. Supongo que no es mala puntuación por haberse cepillado a un Kage.

Previendo que el otro se pondría en guardia al ser mentado, Akame se apresuró a levantar ambas manos y levantar la bandera blanca —metafóricamente—, no sin cierta sorna.

Pero no te juzgo, ¿eh, compañero? Sólo dime una cosa, que ahora me has picado la curiosidad... —se inclinó ligeramente hacia el muchacho, dejando que la luz de la lumbre iluminara sus ojos encendidos con el Sharingan y proyectase una siniestra sombra sobre sus facciones castigadas—. ¿Cuánto crees que habrán subido la mía? Con gusto me acercaría a Inaka para comprobarlo, pero ¿sabes? Creo que he desarrollado cierta agorafobia estos últimos meses. Y es un trastorno muy serio.
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#5
Uno puede esperarse cualquier cosa cuando se acerca a un desconocido en la oscuridad de la noche y, por lo general, no se equivocaría. El encuentro que acababa de producirse ahora — bueno o malo, de eso se encargaría el destino — era, sin lugar a dudas, una ofensa a la suerte. ¿Qué probabilidad había de que dos exiliados de sus respectivas villas, cada uno buscado por un pecado imperdonable, eligieran el mismo lugar para cobijarse?

La verdad es que Juro también se habría reído, pero estaba demasiado ocupado tratando de entender lo que estaba pasando.

— Tú eres... Uchiha Akame — murmuró Juro, incrédulo. Lo supo al escuchar su voz, al ver sus ojos, rojos como la sangre, y al poder apreciar un poco más de sus facciones, cuando la luz le iluminó mejor —. Joder. Ha pasado mucho tiempo.

¿En realidad era así? Aunque no tenía una memoria perfecta, probablemente la última vez que se habían encontrado había sido en el Torneo de los Dojos, antes de su ascenso. Habían pasado dos años, pero lo cierto es que desde aquel recuerdo parecía, más bien, que había pasado toda una vida entera.

Deshizo el Henge, consciente de que sus artimañas no servirían de nada. Lo cierto es que se estaba empezando a cansar de aquellos ojos rojos: fuera donde fuera, encontrara a quien encontrara, entendía que significaban peligro. Peligro porque no los entendía del todo y, especialmente, porque todo aquel con el que se había encontrado y los tuviera era ridículamente poderoso. Uchiha Akame — antes llamado el Profesional — había sido un shinobi excelente desde siempre y Juro lo había apreciado en cada uno de sus encuentros. Él nunca hubiera soñado con derrotarle. El marionetista dudó mucho que el exilio le hubiera hecho perder facultades.

Juro se mantuvo impasible ante todo su discurso — para que ser un exiliado, parecía tener ganas de conversar — y solo cuando observó su gesto, alzando las manos, se atrevió a pensar que quizá no era una amenaza. No iba a bajar la guardia ante la primera persona que aseguraba que no le haría daño, pero por el momento, decidió abrirse a una conversación.

— Puede que hayas conseguido ganarme. Lo mío fue gordo, pero no creo que nadie olvide lo vuestro en mucho tiempo — murmuró. Sin embargo, no se vanagloriaba. ¿Cómo iban a poder competir sobre quién había causado más sufrimiento a un pueblo? ¿Sobre quién se había manchado más las manos? El solo pensamiento le revolvió el estómago. Prefería morir antes que pensar así —. Lo siento, evito mirar los carteles, en general. Quien los hace debe de ser manco. Han sacado mi perfil malo.

»Nuestro último encuentro fue como ninjas leales a nuestras aldeas y ahora los dos somos renegados. Como cambian las cosas, ¿eh?
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#6
El mentado sonrió ligeramente al escuchar su nombre,.

El que viste y calza. A su servicio, m'lord —respondió con cierta guasa.

Akame se apartó de la hoguera, recostándose de nuevo sobre la suave loma de arena para relajar su postura y tratar de parecer menos amenazante. Juro era la primera persona con la que entablaba conversación en más días de los que podía recordar, e incluso en aquellas desaparecibles circunstancias —el frío invernal del Desierto se sentía como el mordisco de un can rabioso, apenas mitigado por el calor de la lumbre— el Uchiha trataba de disfrutar de aquel pequeño placer. Incluso para el más huraño de los criminales, un poco de compañía era de agradecer de tanto en tanto.

"Ha pasado mucho tiempo", dijo Juro. Akame se mesó el mentón con una mano repleta de callos y marcas de trabajo; ni siquiera recordaba cuándo había sido la última vez que ambos se habían visto. Hacía mucho tiempo ya que todo lo acontecido años atrás se le antojaba borroso y lejano, como un sueño distante. Desistió a los pocos momentos, contentándose con pegarle otro trago a su vieja calabaza —que quizás había jugado un papel fundamental en su reciente mala memoria—.

Las palabras de Juro le sacaron otra sonrisa, e incluso una breve carcajada con su última chanza. El Uchiha se sacó un cigarrillo de algún bolsillo oculto bajo su capa de viaje y se lo encendió con toda la parsimonia del mundo, haciendo uso de una canica iridiscente que hizo aparecer y desaparecer con un chasquido de dedos. Luego fumó un par de caladas, dejando que el humo del cigarro se uniera al de la hoguera en su vana escalada hacia las estrellas.

Eso espero, camarada. Eso espero —dijo al fin. "No creo que nadie olvide lo vuestro en mucho tiempo". «Ojalá tengas razón.». Luego rió con el chiste de Juro, y dió otra calada al pitillo.

Incluso en su disfraz, Akame se había esforzado por no mantenerse quieto mucho tiempo en el mismo sitio. Sabía cómo funcionaban los ninjas que estarían buscándole; él mismo había conocido a muchos de ellos. Así pues, aunque nunca se paraba en una taberna a tomar una pinta de cerveza y conversar de actualidad con los parroquianos, sí sabía la auténtica tormenta que el atentado de los Dojos había propiciado sobre Ōnindo. Aunque en los tres grandes países —Tormenta, Bosque y Espiral— la situación no había mejorado mucho, pues las poltronas vacías habían sido rápidamente repobladas, las naciones más pequeñas y menos influyentes atravesaban, casi sin excepción, un periodo convulso.

Nada es inmutable en este nuestro reino mortal —terció—. Quienes se aferran a lo contrario no son más que dinosaurios esperando al meteorito.

Y de eso sí que estaba jodidamente seguro; conocía a un buen puñado de tipos duros que podían dar buena fe de ello.

¿Por qué lo hiciste? ¿Qué pasó? —disparó a bocajarro—. Tendrás que disculpar mi curiosidad, pero entiende que no todos los días me encuentro con un compañero matakages. Somos pocos en nuestra especie.
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#7
Mientras Akame se recostaba para entablar una actitud comunicativa hacia el marionetista, Juro no pudo evitar acercarse un poco más para que, al menos, el calor de la hoguera pudiera aliviar el sufrimiento de su cuerpo ante el frío constante. Por muy cobijado que estuviera y lo mucho que se cubriera con aquellas mantas, el puto frío inundaba todo su cuerpo y hacía temblar sus mismas entrañas.

Juro comenzó a sospechar que el contenido de aquella calabaza, que el Uchiha se había llevado a la boca como cinco o seis veces ya, no era precisamente agua. No contento con eso, Akame sacó un cigarro, lo encendió con un chasquido de dedos y comenzó a fumar.

« Está demacrado » — Muerto. Traidor. Genocida. Juro había escuchado mucho de él durante todo este tiempo. Él, que recordaba al Uchiha Akame del pasado, aquel ninja fiel a Uzushiogakure con una moral inquebrantable y una fuerza sin igual, pudo ver que la persona que tenía delante no era más que una sombra de lo que antes fue. ¿Era el peso de sus acciones y de los cargos que ahora ostentaba lo que le había dejado así? ¿O quizá aquella demacración era la que había desencadenado todo?

La persona que tenía delante ya no era el Uchiha Akame que conocía. Y eso no quería decir que fuera una versión más débil. Al contrario. Aunque dependiera del placer de la adicción a aquellas sustancias, solo un idiota no se daría cuenta del peligro que emanaba. Quien sabe que clase de poder había adquirido en su exilio.

Tras analizarlo, Juro tomó una decisión. Puede que no pudiera permitirse confiar en una persona como él — a sus ojos, prácticamente un desconocido — pero escucharía lo que tuviera que decir.

— Eso es cierto — Nada era inmutable en la vida. Quien sabe cómo estarían las cosas dentro de cinco años. ¿Habrían derrotado a la amenaza de Kurama? ¿Quizá su imperio ahora poblaría el mundo? ¿Una nueva amenaza habría complicado todo? Dios. La pregunta que más miedo tenía de lanzar al aire en realidad era otra. ¿Seguiría él vivo dentro de cinco años? —. La vida es una rueda y gira constantemente. Pero a veces, si no tienes el suficiente cuidado, te puede aplastar. Lo más aterrador es que no puedes saber con certeza cuando pasará. Solo dejarte llevar hasta entonces

A su Kage, le aplastó, desde luego. Era demasiado viejo, demasiado cerrado de mente. No pudo entender la importancia de los Bijuu, la necesidad de crear una alianza contra Kurama. Quién sabe. Quizá ni si quiera entendió, en primer lugar, la verdadera amenaza que supone Kurama para el mundo.

Juro contuvo un suspiro al escuchar las palabras de Akame. Sí, ambos habían asesinado a su Kage, pero por diferentes motivos y en diferentes circunstancias. El poner a su Kage dentro del mismo saco que la persona a la que referenciaba el Uchiha le provocó nauseas. No. No se merecía eso. Y, nuevamente, la vida del exiliado le ponía en la obligación de sentirse, de alguna manera, orgulloso por la acción más terrible que había hecho en su vida. Sí, era un matakages, pero una cosa era serlo y otra proclamarlo a los cuatro vientos.

— Ser un Jinchūriki no es fácil — admitió Juro, encogiéndose de hombros. Tomó todo el valor y la falsedad que pudo para continuar con su discurso. No se sentía cómodo, pero al menos, trató de parecerlo—. El viejo desconfió de mi. Creía que conspiraba contra la villa. Que era parte de las filas de Kurama y por tanto, un enemigo para Kusagakure. Quiso encerrarme en una celda y yo me negué. Me negué a ser culpable de algo que no había hecho. Conseguí mi libertad pagando el precio del exilio.

» Puede que la situación se descontrolara un poco, desde luego. Pero así son las cosas y así pasó. Todos me persiguen y mi único deber ahora es mantenerme con vida .

Él también tenía mucha curiosidad, por supuesto. Y pensaba preguntarle. Pero decidió esperar a que Akame terminara de satisfacer su curiosidad, antes de empezar a preocuparse de la suya.
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#8
Amén a eso, compañero —secundó el Uchiha cuando Juro admitió la futilidad de la vida y el destino. Alzó la calabaza y, tras un brindis en solitario, bebió un trago. Luego miró de arriba a abajo al exiliado de la Hierba; le extendió el brebaje—. Es bueno para el frío del Desierto... Entre otras cosas —remató, con una carcajada seca.

Aceptara o no Juro su ofrecimiento, el Uchiha volvió a recostarse sobre la arena. Bajo la sombra del kasa de paja que le cubría el pelo recogido en un moño alto, Akame observaba a aquel muchacho con una mezcla de curiosidad y cautela. Aparentaba tanta inocencia y candidez como la primera vez que se conocieran, pero ahora había una diferencia fundamental: aquel chico había asesinado a uno de los shinobi más poderosos de la historia de Ōnindo. Si las historias eran ciertas, sin ayuda.

Eso no dejaba indiferente a nadie.

Juro siguió hablando, esta vez de las tribulaciones de ser un mal llamado "Guardián" —Akame más bien pensaba que el preso era él, cargando con un demonio de crueldad sin límites que probablemente le atormentaría en sus sueños cada noche—, y de los desafortunados eventos que le habían llevado al exilio.

Dímelo a mí —murmuró el Uchiha, con visible mala gana, cuando Juro aseguró que su condición no era fácil de sobrellevar.

Akame escuchó con atención e interés aquella historia. No se diferenciaba demasiado de la suya propia, pues el joven jinchūriki también había sido traicionado por aquellos a quienes guardaba lealtad.

Fumó otra larga calada. El conflicto y tormento que padecía aquel chiquillo tronaba más fuerte que sus propias palabras, supuraba por cada poro de su piel. Akame sintió lástima por un momento.

Así que el puto viejo mordió más de lo que podía masticar y al final le pudo la paranoia —soltó un bufido—. Supongo que no hay precio demasiado alto por conservar la propia vida... O la propia libertad, que es incluso más valiosa —volvió a incorporarse, esta vez mirando directamente al muchacho—. Eres un superviviente, Juro. Así que te diré algo, de superviviente a superviviente: nunca olvides lo que has hecho, el resto del mundo no lo hará. Llévalo como una armadura y no podrán utilizarlo para hacerte daño.
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#9
Juro, con toda la educación que pudo manifestar, declinó la oferta.

— Gracias, pero no tengo sed — Sabía que no estaba envenenado. Al fin y al cabo, le había visto beberlo numerosas veces. Pero no quería compartir nada con nadie y menos en un lugar como el desierto. Ahí la bebida escaseaba y el acto de dejar algo le parecía un gran favor. Además, si era lo que sospechaba, Juro no estaba acostumbrado a beber.

Akame se recostó, aparentemente bajando la guardia. Juro, tras mucho pensarlo, decidió sentarse frente a él y cerca de la hoguera, demostrando que, hasta cierto punto, se mostraba comunicativo. Aunque el frío de la arena le quemaba por dentro, se mantuvo impasible y trató de no estremecerse.

No le pasó por alto el comentario de Akame. Supo que, a sus pies, también tenía otra historia, probablemente trágica.

Por supuesto, no le reprochó ni le recriminó ningún acto. En su lugar, quiso aconsejarle. Era curioso, pero parecía que su historia verdaderamente le había despertado alguna clase de vena sensible, muy en el fondo. O quizá, Akame se veía reflejado en él, en sus inicios. Fuera lo que fuera, agradeció poder conversar con una persona que verdaderamente no le juzgaba. Bueno, ya de paso, se agradecía conversar con una persona tranquilamente. Sus preguntas habían sido insistentes, pero en ningún momento se jugaba el cuello por no contestarlas.

— Tienes razón — aunque ese "puto viejo" le sonaba de lo más inecesario. El Morikage no merecía ser desprestigiado tras su muerte. El resto de la frase que Akame dijo le fascinó. Nunca se le habría ocurrido el escudarse en sus defectos como manera de sobrevivir. Pero comprendió que hasta ahora, es lo que había hecho. Se había metido en el papel de un exiliado, había huido, había aceptado ser desprestigiado por la gente. Porque entendía que su mundo iba a ser ese ahora —. Nunca olvidarlo, ¿eh? Créeme, eso no pasará. No soy tan iluso para pensar que algún día, mis crímenes desaparecerán o algo así. Es una carga de por vida, y lo acepto. Y entiendo lo que dices. La fuerza reside en el poder, pero también en la voluntad que uno tiene por seguir adelante, ¿no? No puedo dejar que esa voluntad desaparezca ni que otros la destrocen. Entonces, se habrá acabado todo.

» Gracias por el consejo. Es muy sabio — dijo, y el agradecimiento era sincero —. Me gustaría escuchar tu historia, si estas dispuesto a contármela. He oído muchas cosas, pero querría saber tú versión de los hechos.
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#10
«Y ahí viene...»

Desde el momento en el que Juro le había reconocido, Akame sabía que aquella pregunta acabaría saliendo. ¿Cómo había terminado Uchiha Akame, jōnin de Uzushiogakure y fiel como un perro a su Aldea, mezclado con semejantes compañías? ¿Cómo había podido tomar parte en el atentado de los Dojos?

Fumó una honda calada. Lo que Juro quería saber no tenía una explicación sencilla y, desde luego, él no sabía por dónde empezar.

Cuando era niño me fui de casa —al final decidió remontarse hasta lo que él consideraba "el principio" de sus andanzas—. Acabé en un grupúsculo supremacista Uchiha, unos tipos que querían devolver al clan su antigua gloria. Cuando fui lo suficientemente mayor me mandaron a Uzushio, a recibir entrenamiento ninja.

Prefirió omitir algunas partes. Tal vez volviese a ellas luego.

Claro que allí nadie sabía de dónde había salido yo realmente, iba con una identidad más falsa que un ryō de madera. Era buen estudiante y no llamaba la atención, así que supongo que nadie se molestó nunca en comprobar nada —ahora que lo decía en voz alta, sonaba tan cómico que no pudo evitar reír—. Manda cojones.

Apuró el cigarrillo y lo tiró a las brasas, observando cómo se consumía, ahogado por las llamas.

Claro que esta gente nunca había tenido en cuenta el lavado de coco que te hacen en una Villa Ninja, ni el efecto que podía llegar a tener en un chaval como yo. En un momento dado decidí darles la espalda y traté de cortar relaciones —levantó entonces la mirada—. Como es lógico no sentó bien. Yo sabía que habría repercusiones, pero joder, a esas alturas me había tragado todo el rollo del "Camino del Ninja" de tal forma que pensaba que una placa dorada en mi hombro me hacía invencible.

El exiliado se encogió de hombros, dejando que Juro entendiera la futilidad de la llamada vida shinobi.

Al final acabaron filtrando información mía a un tipejo de la Villa, y me caí con todo el equipo.
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#11
Juro escuchó expectante, puesto que el Uchiha, de buen grado, había decidido abrirse a él y contarle su vida. Puede que su rostro le generara cierta simpatía — al fin y al cabo, el marionetista podía recordarle a un pasado y a una vida mucho mejor, que una vez tuvo — o quizá, simplemente, necesitaba desahogarse y contarla a alguien. De cualquier manera, sintió que estaba en el momento apropiado y en el lugar apropiado.

Puede que se arrepintiera más tarde. Pero se sintió afortunado.

Akame le habló de su infancia y de como fue acogido por un grupo supremacista cuyos integrantes eran miembros de su clan. Fue introducido en la Aldea como un espía y a pesar de ello, acabó sintiendo la misma devoción y espíritu shinobi que el resto de sus compañeros. A pesar de su voz ronca, el puro y el alcohol que se estaba tomando, Juro pudo sentir los matices de tristeza en sus gestos y en su voz. Puede que ya hubiera pasado un tiempo, pero Akame se seguía sintiendo traicionado.

Cerró los ojos unos segundos y trató de serenarse. Estaba sintiendo simpatía por él, pero aun así, era una persona de la que se tenía que cuidar. Por eso, continuó escuchando de manera objetiva.

Claro que allí nadie sabía de dónde había salido yo realmente, iba con una identidad más falsa que un ryō de madera. Era buen estudiante y no llamaba la atención, así que supongo que nadie se molestó nunca en comprobar nada

— Nos entrenan para ser máquinas de matar al servicio de la aldea, pero nadie cree que un niño pueda ser peligroso — replicó Juro, consciente de la ironía. Akame rió amargamente, pero él no pudo hacerlo.

Juro frunció el ceño. Por lo que Akame contaba, su ascenso a jōnin había sido integro y solo después había ocurrido la tragedia y la traición. Eso tenía cierto sentido. Al fin y al cabo, el Akame que conocía era fiel a la villa. Puede que todo hubiera sido humo y espejos, pero se resistía a creer que aquella identidad había sido falsa.

— Lo siento. Debió de ser duro oscilar entre dos identidades distintas desde niño y que la que finalmente elegiste te diera la espalda — se atrevió a comentar Juro, sin querer opinar —. ¿Nadie te intentó ayudar una vez se descubrió todo? ¿Ni si quiera la historia que tienes detrás y tus logros pudieron frenar la caída? ¿Qué fue lo que te impusieron como castigo?

Puede que no fueran recuerdos agradables y puede que el Uchiha no quisiera continuar, pero debía intentarlo. Quería saber mucho más. Llegar hasta el momento donde Akame decidio consumar la traición de manera consensuada.
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#12
Akame se revolvió en su manta de viaje, incómodo. Notaba un calor subirle por el pecho hacia la garganta, pero no creía que fuese por los lingotazos que llevaba un buen rato tomando —había desarrollado una resistencia encomiable a las bebidas alcohólicas—, sino que era distinto. Algo que no había sentido en mucho, muchísimo tiempo. ¿Pero, por qué? Durante unos instantes se sintió perdido, como si tratar de buscarle significado a aquel momento tan catártico como inesperado fuese lo mismo que tratar de dibujar en el agua.

Lo siento. Eso había dicho Juro. Dos simples palabras que...

Demonios, ¿cuándo había sido la última vez que alguien le había dicho algo así? ¿Ocurrió alguna vez, siquiera?

Miró con curiosidad al muchacho. Cuando se conocieron, años atrás, no le había parecido gran cosa. No parecía fuerte, ni rápido, ni ágil, ni astuto. Ni feroz, ni letal. Ni carismático. Pero —ahora lo veía claro— aquel chico tenía algo. Akame le miró a los ojos: se sentía como si Juro le comprendiese mejor de lo que nadie lo había hecho jamás. Sabía que probablemente no fuese cierto, pero allí, bajo el frío y negro manto estrellado del cielo nocturno, encontró cierto consuelo en las palabras del jinchūriki.

Lo fue —admitió, sin apartar los ojos de las llamas. Sólo levantó la mirada, fijándola en Juro, cuando éste formuló su pregunta—. Y a ti, ¿intentaron ayudarte?

Dejó que aquella pregunta, por retórica, oficiase de respuesta.
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#13
No supo exactamente qué efecto habían hecho sus palabras en el Uchiha que tenía delante, desde luego. Pero al menos, tenía la sensación de que la conversación estaba yendo bien. Estaban hablando y Akame incluso parecía dispuesto a sincerarse, hasta cierto punto. Puede que él también anhelase una conversación amigable y un poco de tranquilidad. Eran una de las muchas cosas que tienes y nunca aprecias hasta que te exilias. Perder el cobijo de una aldea también significa que estas solo ante el mundo. Cualquiera puede atacarte, cualquiera puede traicionarte y venderte. Y si algo malo te ocurre, nadie te va a ayudar.

Juro nunca podría confiar en alguien de la misma manera que un par de años atrás lo había hecho. Era triste pero lo sabía. Tener a Chōmei era lo único que alegraba su vida muchas veces.

« Puede que no sea lo mismo, pero quizá, podemos encontrar un punto medio » — Aunque cada uno tuviera las espaldas cubiertas para evitar una posible apuñalada del otro, al menos, podrían hablar.

Y a ti, ¿intentaron ayudarte?

— Podría decirte que todo sucedió muy rápido y que no hubo tiempo. También que en el fondo, puede que haya alguien que me siga esperando. Pero la verdad es que son cosas que me intenté repetir a mi mismo durante mucho tiempo —. ¿Quién iba a ayudarle? Era el asesino del hombre más respetado de la villa. Todo el mundo lo vio. Juro esperó que al menos, sus conocidos se preguntaran qué diablos había pasado. Que hubiera alguien que aun creyera en él. Pero no había tenido la ocasión de comprobarlo y la verdad, estaba aterrado. Al margen de Yota, ¿Quién le quedaba? ¿Su familia? ¿Sus conocidos y su alumno? Le querían y le respetaban claro, pero también al Morikage. Y no podía compararse con él —. Duele cuando los que quieres te dan la espalda.

No hubo una respuesta directa. Pero entonces, lo comprendió. Akame se sentía de la misma manera que él. Sentía que sus antiguos compañeros y amigos, a los que probablemente quería, le habían dado la espalda. Se sintió solo. Eso fue lo que le motivó para exiliarse, probablemente.

— Por eso te exiliaste. En un abrir y cerrar de ojos, te quedaste solo — murmuró Juro. No era una reprimenda ni un comentario cruel. Sus palabras tenían cierto afecto, porque él se había sentido de la misma manera —. Lo entiendo. Pero... ¿Cómo llegaste hasta formar parte de un grupo criminal? ¿Fue una especie de venganza personal? ¿O algo más que eso?
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#14
Akame pudo ver la duda en los ojos de Juro, una sombra fugaz que pronto dejó paso a la inevitable verdad —que el propio jinchūriki admitió seguidamente—: nadie le habría ayudado. Ni siquiera aquellos que consideraba sus amigos, o su familia, pues así era la vida del ninja. Incluso toda una vida de leal servicio, como las que shinobi como él y Juro habían dedicado a sus Villas, no podía excusar un error si éste era lo suficientemente catastrófico. Asesinar a tu Kage computaba dentro de esa categoría, se dijo Akame.

Le pegó otro trago a la calabaza. No se había dado cuenta, pero con tanta cháchara, el recipiente había ido disminuyendo su peso preocupantemente. Akame bajó la mirada hacia la botella de barro y arrugó el gesto: no era un buen momento para quedarse sin su brebaje mágico. Tardó un par de segundos en asumir aquella nueva derrota pero, una vez aceptada, no volvió a bajar la mirada durante el resto de la conversación. El pasado, pasado estaba. Si Juro se había estado repitiendo que sus amigos seguían esperándole en Kusagakure, Akame llevaba un buen tiempo tratando de convencerse de aquello otro. Sin éxito, cabía destacar.

Nah, no realmente —contestó por fin, aunque por un momento no supo si se refería a lo primero o a lo segundo. Luego aclaró—. Fue más simple que todo eso: quería sobrevivir. ¿Sabes, Juro? En nuestro antiguo oficio no se hacen demasiados amigos fuera de la Aldea, al menos cuando llegas alto. Toda la escoria del país acaba conociendo tu nombre, al fin y al cabo, ¿cuáles son las posibilidades de que hayas matado o capturado a uno de sus amigos? ¿De que les hayas desmontado más de un chiringuito? —ser el brazo tonto de la ley tenía esos inconvenientes—. Un ex-jōnin con mi historial no hubiera durado mucho ahí fuera, así que tuve que buscarme las habichuelas.

Y ni siquiera se trataba ya de eso; ¿de qué se suponía que iba a vivir un ex-ninja buscado por traición? No por nada resultaba muy común, en cualquier rincón de Ōnindo, encontrarse a ninjas renegados o huídos de sus Aldeas oficiando de mercenarios, ladrones, contrabandistas y cosas peores.

Surgió una oportunidad y la aproveché —añadió luego, para inmediatamente después aclarar—. De vengarme, digo. Al cabrón que filtró toda aquella mierda sobre mí a la oficina del Uzukage. Lo mandé directo al Yomi, ahora mismo probablemente esté tratando de sobarle las tetas a Izanami.

El chiste le arrancó una risa áspera, aderezada por el alcohol. ¿O quizá había sido la imagen de Chokichi ahogándose en su propia sangre?
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#15
Akame continuaba bebiendo el misterioso brebaje que aquella calabaza le proporcionaba a un ritmo verdaderamente preocupante. Si era alcohol —tal y como Juro sospechaba— debía de tener un aguante envidiable, o le debía importar muy poco quedar expuesto ante el marionetista. Quizá la bebida era lo que le ayudaba a calmar sus penas. O puede, simplemente, que fuera un adicto.

Fue más simple que todo eso: quería sobrevivir. ¿Sabes, Juro? — Aquella respuesta captó la atención del chico. Y lo cierto es que escuchar los motivos de Akame le pareció algo mucho más revelador de lo que había imaginado originalmente.

Sobrevivir. Defenderse de los posibles enemigos que pudiera tener. Esas palabras le sonaron tremendamente familiares. Al fin y al cabo, Juro había pensado lo mismo.

« Tienes razón. Una vez que tu villa ha dejado de protegerte, estás solo » — Con la aldea buscándole y Kurama queriéndole muerto, Juro se había visto en mitad de una guerra mucho más grande de lo que él había podido comprender inicialmente. Ambos bandos le querían muerto y no había escapatoria por ningún lado. Así de cruda era la realidad.

Él no había estado tanto tiempo en el puesto de jōnin como Akame, pero podía entender sus reparos. No por nada Juro había escapado a uno de los lugares más recónditos del mundo. Había hecho lo posible por ganarse la vida de una manera medianamente honrada, pero aun así... ¿Cómo juzgar a Akame por lo que había hecho? ¿Dónde estaba la moralidad una vez entrabas en el exilio? Juro supuso que él nunca podría llegar a los mismos extremos ni cruzar la línea que el Uchiha había cruzado, pero también era cierto que hace un tiempo tampoco se habría visto en la situación en la que estaba ahora.

La vida te cambia. Las circunstancias te transforman. Y eso, en realidad, le asustaba. Quería mantener su integridad todo lo posible, aunque sus manos ya estaban irremediablemente manchadas.

Aun así, lo que dijo seguidamente le erizó el vello de la piel. Hablaba de venganza. Estaba orgulloso de lo que había hecho. De la muerte que había causado. Era una historia de venganza con un final feliz, supuso el chico. La traición se había hecho y el daño había sido irreparable, pero el Uchiha parecía encontrar consuelo en que al menos, la persona que lo había hecho no caminaba libre. Era un poco triste.

—Puede que tengas razón. Agruparte con gente poderosa fue una decisión inteligente si querías sobrevivir. Incluso pudiste vengarte. Debió de sentar jodidamente bien — le concedió el chico. Juro se había escondido durante un año y había tenido el apoyo de Chōmei en todo momento. En cambio, Akame había tomado otras decisiones. Ambos seguían vivos a día de hoy, y eso en la vida de un exiliado era decir mucho —. Apenas sé sobre Dragón Rojo, sus miembros o su historia, pero imagino que no os dedicabais a hacer obras para la caridad antes del incidente. No puedo evitar sentir curiosidad, así que parame si me sobrepaso con mis preguntas, pero, ¿Cómo te sentiste al unirte a ellos? ¿Al hacer lo que hacían?

» Te lo pregunto porque llevo tiempo pensando algo. Cuando estabamos al servicio de las aldeas, hacíamos las misiones que fueran, sin cuestionarnos nada, porque creíamos que era lo correcto. Al menos, ese era mi caso ¿Pero tú eres capaz de creer en algo así ahora? Porque yo no sé si volveré a tener esa fé ciega en algo alguna vez en lo que me queda de vida. ¿Es la supervivencia lo único que nos mueve ya?
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