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Una nueva era T5

Tras la muerte de la mayoría de Señores Feudales a manos de la banda de criminales Dragón Rojo en el Torneo de los Dojos, el mundo ha pegado un giro de 180 grados. Las sombras de un nuevo Daimyo en el País de la Espiral preocupan a Sarutobi Hanabi. En el País de la Tormenta, Amekoro Yui ha creado secretamente el cargo de Tormenta mientras hace creer al resto del mundo que es la nueva Señora. En el País del Bosque, el único Daimyo superviviente teme por su vida. Pero no sólo los Tres Grandes han visto el status quo totalmente quebrado.

En el País del Fuego se extendió el caos, y hace tiempo ya que el Jūchin del Valle de los Dojos lo conquistó, expulsando a unas mafias que todavía colean, buscadas por los sámurais. En el País del Viento hay una cruda guerra civil a varios bandos, y en el de la Tierra hay rumores de que una está a punto de llegar. El País del Agua, quizás, esté en el centro de todo. Y si no lo está, debería preocuparse por demostrarlo, pues las sospechas sobre Umigarasu crecen cada vez más. Las aldeas saben que algo planea, al principio con Dragón Rojo, ahora quizás al margen de Dragón Rojo, según las últimas informaciones.

Pero quizás estos asuntos no sean más que la punta del iceberg de las amenazas de los ninjas. Kurama, junto a sus Generales, asegura ser el próximo Emperador de Oonindo. Nadie lo dice abiertamente, pero todo el mundo sabe que algún día presentará la guerra a las puertas de cualquiera de nosotros.
#1
Con avidez, Akame devoraba los fideos que quedaban en su cuenco de cerámica ayudándose de unos largos palillos de madera que utilizaba con destreza en su mano derecha. El Sol brillaba con fuerza en el cielo azul y despejado, típico de aquella región, cargando el ambiente de un calor veraniego realmente molesto. Por fortuna, el puesto de ramen al que había acudido para almorzar desplegaba a su alrededor un par de metros de toldo de tela —roja, cómo no— que ofrecía la fresca cobertura de su sombra a los clientes. Aunque, a aquellas horas del mediodía, había tanta gente alrededor de la caseta de madera que algunos no llegaban a coger un sitio bajo el toldo y tenían que comerse su ramen más caliente de lo deseable.

El Uchiha echó la cabeza hacia atrás, volcando el cuenco sobre sus labios para sorber todo el líquido. Luego lo dejó con cuidado sobre la barra y depositó los palillos, perfectamente alineados, sobre el mismo. Se removió en su asiento —un taburete de madera tan alto que los pies no le llegaban al suelo—, incómodo, y buscó con la mirada a sus compañeros de misión. La enorme plaza central de Yamiria estaba abarrotada a aquellas horas de la mañana, repleta de puestos ambulantes, viandantes de toda edad y clase social y vendedores que anunciaban a viva voz su mercancía. Al gennin le llamó la atención un grupo de personas que caminaban compactos, como una formación militar. En el centro se distinguía a una mujer alta, de melena castaña y sedosa, vestida con un kimono increíblemente bello. «Una noble, claro». A su alrededor, una cohorte de sirvientes se aseguraba de satisfacer con presteza todos sus caprichos y deseos, y apartaba a otros ciudadanos menos afortunados para que ninguno molestase a su señora durante el paseo.

No era otra cosa que una misión lo que había llevado a Uchiha Akame, aquel día de Flama, hasta Yamiria. «Bueno, aunque sea de Rango D, al menos nos han asignado una fuera de la Aldea», pensó con cierto resquemor. La verdad era que había estado entrenando más duro que nunca desde que volviese de Arashi no Kuni, y se consideraba a sí mismo —en un alarde de prepotencia— como sobradamente preparado para tomar un encargo de mayor importancia. No iba a ser pronto, desde luego. Los exámenes de ascenso a chuunin ya habían sido anunciados, y se necesitaban cumplir ciertos requisitos para, siquiera, ser admitido como participante.

Qué molestia... —masculló Akame mientras se levantaba del taburete, dejando algunas monedas sobre la barra de la caseta de ramen.

Empezó a andar a paso tranquilo, mirando a un lado y a otro en busca de los otros ninjas de Uzushio que debían acompañarle. A Sakamoto Noemi ya la conocía; había sido pareja de su difunto amigo —Uchiha Haskoz—. La kunoichi le provocaba una mezcla de tristeza, desgarro y empatía —porque sabía que ella debía estar tan afectada como él—.

Akame vestía aquella mañana camiseta negra de manga corta y cuello alto, con el símbolo del clan Uchiha dibujado en la espalda, y pantalones pesqueros de corte militar. Éstos iban sujetos a su cintura por un cinturón de cuero, del que pendían tres objetos; primero, su portaobjetos ninja, al lado derecho de la cadera. Luego, su preciada espada —el Lamento de Hazama—, colgada a su espalda. Y, finalmente, el pequeño pergamino de misión que le había sido entregado dos días antes. Calzaba sandalias ninja de color negro, y llevaba vendas en los tobillos, rodillas y muñecas, resultado de sus entrenamientos.


Los once de Kaiyō (Rango D)

Asignada a: Uchiha Akame, Uchiha Datsue, Sakamoto Noemi
Objetivo: Identificar al ladrón de comida
Descripción: La señora Tofu Rin es dueña de una tienda de comestibles en Yamiria, en Uzu no Kuni. Desde hace un par de semanas, una persona —o varias— ha estado robando productos de su tienda. La señora Tofu no ha sido capaz de identificar al criminal, dado que los robos se producen por la noche, por lo que ha pedido al Remolino que envíe a algunos ninja para deterner al ladrón o ladrones.

Pese a que esta misión se ha clasificado como de Rango D, la señora Tofu ha insistido —mucho— en que se trata de un asunto de gran importancia, pues su tienda, entre otras, se encarga de abastecer las despensas de una rica familia de la nobleza menor del País del Remolino.
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Mangekyō utilizado por última vez: Flama, Verano de 219

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#2
Aquel día, Uchiha Datsue era feliz. Pero aquello no era suficiente para él, y por eso se lo hizo saber al resto, regalando una sonrisa radiante a cada pobre infeliz que le devolvía la mirada. No, no solo era que quisiese hacérselo saber al resto del mundo. Es que quería restregárselo.

¿Las razones de su felicidad? Tres grandes razones como tres grandes Villas.

La primera, que le habían otorgado una misión. Aquello, salvo por la recompensa monetaria final, no era necesariamente bueno. Pero aquella no era una misión cualquiera. Aquella era una misión con Uchiha Akame y Sakamoto Noemi, dos Gennins que se graduaron en la promoción anterior a la suya. Dos candidatos a clientes en su lista del Plan Ultrasecreto.

La segunda razón, era que Uchiha Haskoz estaba muerto. No por su muerte en sí, claro. La muerte de alguien nunca le había alegrado, ni lo había hecho la suya, pese a que solo le hubiese provocado un leve sentimiento de pena durante unos breves segundos. Sin embargo, así era la vida ninja, y había que pasar página, ¿no? Todos tendrían que hacerlo, incluida Noemi. Especialmente Noemi, una de las ganadoras de la Votación Ultrasecreta, según le habían chivado. Más que justa ganadora, en su opinión. Otra fuente muy fiable —Hozuki Chokichi— le había asegurado que tenía un pequeño romance de primavera con el peliblanco…

…Pero ahora era verano. Aquella era su estación.

La tercera, pero no menos importante, era que la misión debía tener lugar en Yamiria, justo donde su socio había abierto la tienda de armas. Aprovechando la excusa, el Uchiha le hizo una visita para darle saludos, y de paso llevarse la comisión de Aburame Plum, quien sabía había acudido recientemente para ampliar su arsenal de bombas de humo.

Tic, tic, tic. Tic, tic, tic. El tintineo de las monedas a cada paso que daba. No había sonido ni música en el mundo que gustase más a sus oídos, ni que alegrase más su corazón. Aquel día tan caluroso había optado por un chándal corto, que le llegaba justo por debajo de las rodillas, holgado y de un azul oscuro. Sobre el torso, una camiseta larga con las mangas enrolladas, de cuello abierto y blanca. También se había peinado para la ocasión, sabiendo que se encontraría con una de las kunoichis más deseadas de Uzu. Huyendo de su solitario moño, el Uchiha había añadido a éste dos trenzas mohicanas a cada lado, dejando a la vista el pendiente negro de su oreja derecha.

En definitiva: mas que un ninja, parecía todo un turista.

¡Alegra esa cara! —exclamó de pronto, a un joven con la nariz torcida y el alma mustia—. ¡Que no todos los días puede decir uno que va a hacer una misión con Datsue el Intrépido!

Sí. Aquel debía ser Uchiha Akame.
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¡Agradecimientos a Daruu por el dibujo de PJ y avatar tan OP! ¡Y a Reiji y Ayame por la firmaza! Si queréis una parecida, este es el lugar adecuado


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#3
Los últimos días para la Sakamoto habían sido sencillamente terribles, si bien había comenzado una relación en base a las indicaciones y gustos de su padre, había terminado por cogerle cariño a ese ”imbécil” peli-blanco. Peor considerando que la chica tenía muy presente en su cabeza cómo había sido su último encuentro con él pero ya nada podía hacer al respecto, lo único que le restaba era seguir con su vida de kunoichi lo mejor que pudiera.

Aquella mañana como de costumbre pasó de desayunar, simplemente se vistió con su conjunto habitual aprovechando lo caluroso del día para usar el pantalón con las aperturas en los laterales y ya después colgó todas las katanas alrededor de su cuerpo para tenerlas a mano. Le habían asignado una misión de rango D, seguramente sencilla y sin ningún tipo de peligro pero nunca estaba de más prepararse para cualquier eventualidad.

La misión tomaría lugar en Yamiria, un poblado dentro del país de la Espiral, zona que podía considerarse segura para cualquier shinobi de Uzushiogakure y donde ya había estado anteriormente. Usualmente se mostraba muy segura de sí misma, con una expresión seria, mentón en alto y mirada fija en el camino a seguir, pero en los últimos días la rubia se había mostrado bastante deprimida.

Cabizbaja y con mirada melancólica, la kunoichi se dirigió al lugar pactado con sus compañeros de equipo y allí los encontró, o eso suponía pues reconocía a Akame pero no al muchacho que estaba con él.

—Hey —saludó vagamente acercándose a ambos y esbozando una débil sonrisa—. ¿Ya están?

Realmente no tenía un muy buen humor para estar fardando de su superioridad ni similares así que se limitaría a hacer su parte en aquel encargo y poco más.
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#4
¡Alegra esa cara! —exclamó de pronto un joven que se dirigió hacia el Uchiha—. ¡Que no todos los días puede decir uno que va a hacer una misión con Datsue el Intrépido!

Akame enarcó una ceja, escéptico. Reconocía a aquel tipo; era Uchiha Datsue, su compañero de misión junto con Noemi. Un muchacho que había entrado en la Academia en un curso posterior, y graduado recientemente como gennin. «Dicen que es bueno para su edad... Desde luego, no lo parece», caviló el Uchiha. Un ninja que se diera tantos aires no podía ser buen profesional.

¿Datsue-kun, supongo? —preguntó Akame con cierta sorna, haciendo hincapié en el honorífico 'kun' para reseñar que era mayor que su compañero—. Uchiha Akame.

Le dedicó a Datsue una levísima inclinación de cabeza. Casi al momento divisó a Noemi, tan bella como siempre pero mucho menos radiante, que se acercaba a ellos entre el gentío de la plaza.

Buenas tardes, Noemi-san —respondió Akame con una inclinación de cabeza mucho más respetuosa que la que le dedicase al muchacho—. Terminemos con esto rápido para que podamos estar de vuelta en casa antes de la noche.

Akame empatizaba con la Sakamoto. Era consciente de que Haskoz había significado tanto —o más— para ella como para él, tanto en vida como ahora, en su muerte. Aquel trágico vínculo entre ambos, aunque quizás no recíproco, significaba mucho para el joven Uchiha.

Nuestro objetivo es encontrar al ladrón, o ladrones, que han estado sustrayendo productos de una tienda de comestibles de la ciudad. La dueña, la señora Tofu, nos está esperando allí mismo —explicó Akame, desenrollando el pergamino para comprobar la dirección.
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#5
¿Y qué se supone que tenemos que hacer una vez los detengamos? —preguntó Datsue, curioso, a cualquiera de los dos veteranos gennin que le acompañaban—. Quiero decir… Llevarlos con nosotros a la Villa no, ¿verdad? Sería revelarles la posición de la Aldea…

Igual estaba quedando como un tonto con aquella pregunta de novato, pero tampoco le importaba mucho que le considerasen como tal. Lo único que le importaba era caerles bien. Akame parecía levemente receloso hacia su persona. Pequeñas asperezas que se encargaría de limar. Al menos, hasta que hubiesen vaciado sus carteras en la tienda de Okane. Luego ya que pensaran de él lo que quisieran.

Bueno, salvo quizá Noemi. El Uchiha no notó nada raro en ella, pues apenas la conocía, pero feliz o no estaba tan guapa como siempre. Tuvo que recordarse que estar mirando embobado a una persona era de mala educación —además de poco recomendable—, y se obligó a mantener la vista al frente mientras avanzaban en dirección a la tienda de la señora Tofu.
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#6
No era una reunión particularmente animada, pero así le valía a la rubia que apenas si respondió a la reverencia de Akame con un ligero gesto con la cabeza que también se lo dedicó al tercero que suponía era uno de sus compañeros. ¿Qué más esperaban que hiciera?

De cualquier manera, se habían encontrado pura y exclusivamente para cumplir un encargo en nombre de Uzushiogakure, nada más.

—Entregarlos a la guardia del pueblo —fue la respuesta que proporcionó a su compañero justo al momento de ponerse en marcha.

Nadie nunca dijo que debían de cargarse a nadie, era un encargo de los más sencillos para shinobis y no podía tomarles demasiado tiempo ni tampoco esfuerzo. De cualquier manera, Noemi solo quería irse lo antes posible a casa, a dormir probablemente en medida de lo posible. Ni siquiera sabía cómo debía de sentirse respecto de Akame, es decir, sabía que era muy amigo de Haskoz y que probablemente sabría mil cosas de él incluyendo su relación amorosa, pero según los estándares de su familia ahora mismo tendría que olvidarse del peli-blanco e intentar seducir al Uchiha que tenía delante…

Pero no, a ella al menos le iba a costar lo suyo olvidar completamente a Haskoz.
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#7
Mientras caminaban por las abarrotadas y calurosas calles de Yamiria, franqueadas por edificios de arquitectura clásica, tejados predominantemente rojos y arcos torii a cada cierta distancia, Akame no pudo evitar pensar en su primera misión como shinobi. En aquella ocasión habían recibido el encargo de entregar una vasta cantidad de invitaciones para la fiesta de un noble de Uzushio, y, pese a que la misión acabó complicándose más allá de lo imaginable, al final entre él, Hagakure Kotetsu y Haskoz consiguieron su primer éxito.

¿Sería lo mismo aquella vez? Conocía a Noemi —no en vano había vivido una tensa y peligrosa aventura junto a ella en un pueblo perdido de Hi no Kuni—, pero el otro chico... «No tiene ni idea. ¿Por qué lo asignarían con nosotros?», se lamentó Akame.

A la pregunta de Datsue, la kunoichi le contestó de forma tajantemente dura. Akame no creyó necesario añadir más, pues el encargo era claro; identificar al responsable de los robos. Nada se especificaba de capturarlo, detenerlo o intervenir en modo alguno... De lo contrario, quizá la misión no se hubiera clasificado como de riesgo D.

Caminaron durante unos quince minutos hasta que, a base de preguntar a los ciudadanos, consiguieron llegar hasta la tienda de la señora Tofu Rin. Era un local pequeño, de una sola planta, que hacía esquina con un estrecho callejón. La entrada principal, una puerta corredera de estilo tradicional, daba a la concurrida calle. Mientras que una escueta ventanilla para desperdicios salía al callejón de al lado; un diseño pensado para facilitar a los comerciantes y habitantes de la zona el tirar la basura con comodidad.

¡Ah, por fin!

La puerta corredera de la tienda, que estaba entreabierta, se deslizó con un crujido. Tras ella apareció una mujer entrada en años, muy bajita y de pelo canoso. Su rostro surcado de arrugas exhibía una expresión dura y severa como una moneda de hierro, y sus ojos castaños brillaban con astucia.

Supongo que vosotros sois los ninjas que el Remolino ha enviado para ayudarme, ¿verdad? —inquirió, observando la bandana de Akame—. ¡Llegáis tarde! ¡Se suponía que debía esperaros a primera hora de la mañana! —protestó.

En efecto, Tofu-san —contestó Akame, tratando de sonar lo más diplomático posible—. Mi nombre es Uchiha Akame.
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#8
Y el mío Uciha Datsue —se presentó, aguantando la bronca con aplomo. Hubiese añadido alguna excusa, pero no estaba seguro de si sus compañeros le seguirían la corriente o, por el contrario, le dejarían en evidencia.

Akame seguía igual de distante, y Noemi había contestado a su pregunta de forma seca, sin dar pie a seguir la conversación. Mucho se temía que le quedaba un largo trabajo que hacer para que aquellos dos abandonasen su lista de candidatos para pasar a formar parte del selecto grupo de clientes.

«Por el momento será mejor que me centre en la misión. Quinientos ryos por una tarde perdida… He conocido días peores.»
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#9
No sentía necesidad de hablar con ninguno de sus dos compañeros, tampoco por fingir estar feliz ni nada similar y por ello prefería guardar silencio y cumplir lo antes posible con el encargo. Todo lo demás le daba literalmente lo mismo así que siquiera se molestó en agregar nada al saludo de sus compañeros.

—Sakamoto Noemi a su servicio —se presentó ante la anciana con una débil sonrisa en el rostro y acompañando sus palabras con una simple reverencia.

Tampoco iba a intentar excusarse, siquiera tenía una vaga idea de por qué habían llegado tarde aunque probablemente se debiera a ella justamente, que se seguía tomando su tiempo para despegar la cara de la almohada pero que va, ya estaba todo hecho.

Seguramente la anciana querrá presentarse antes de hablar del asunto del ladrón, por ello únicamente Noemi prefirió guardar silencio y esperar, de lo contrario ya le hubiese soltado alguna pregunta al respecto.
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#10
Ninguno de los integrantes del equipo se mostró especialmente hablador o receptivo con la dueña —su actitud tampoco ayudaba, probablemente—, de modo que la mujer simplemente les invitó a pasar.

La tienda por dentro era más espaciosa de lo que aparentaba desde fuera. Nada más entrar había un pequeño recibidor, donde los clientes podían hacer cola, y al final un mostrador con una vieja caja registradora. A los lados del local había en total cuatro hileras de estanterías —dos a cada lado—, que junto con otra estantería más ubicada tras el mostrador, exhibían los productos del negocio. Fruta y verdura, productos envasados, lácteos y demás alimentos... O, al menos, eso supuso Akame.

La realidad era que el local estaba patas arriba. No quedaba estantería alguna de la que no se hubieran volcado algunos productos, incluso una de ellas había sido derribada y ahora reposaba sobre la de al lado en un peligroso y frágil equilibrio. El suelo estaba manchado de una mezcla de caldo de sopa, leche y jugo de frutas. Había envases rotos, destrozados, por el suelo y su contenido esparcido por doquier.

¡Ya lo véis, mozos! ¡Un desastre, un maldito desastre! —se quejó la dueña—. Todo esto ha ocurrido esta noche, ¡y eso que dejé al inútil de mi marido vigilando!

Akame se adentró en la tienda, arrugando la nariz ante la peste que inundaba el ambiente. Trató en vano de identificar de qué provenía, pero era una mezcla entre olor a especias de sopa, fruta pasada y algo muy fuerte y amargo que no supo clasificar. Vio también que una bolsa de harina se había roto junto al mostrador y todo el suelo allí estaba lleno de polvos blancos.

¡He pagado mucho dinero al Remolino, así que más os vale encontrarme a ese ratero de poca monta! —sentenció la señora Tofu antes de marcharse calle arriba, profiriendo maldiciones.

El Uchiha se giró, mirando a sus compañeros con unos ojos que querían decir "en menudo marrón nos han metido".

¿Alguna idea?
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#11
¡Por supuesto que los encontraremos! —respondió, enérgico, a las exigencias de la cliente—. No nos confunda con los shinobis verdes de Kusa, ¡nosotros somos de Uzu!

Paseó la mirada por toda la estancia. Decir que estaba hecho un desastre era quedarse corto. Estanterías tiradas, comida por el suelo aquí y allá… Todo era un caos. ¿Cómo demonios el marido no se había dado cuenta de lo que había pasado mientras vigilaba? «Hmm… Quizá no estaba vigilando como decía. ¿Tendrá alguna amante, quizá?»

Fuese como fuese, no pudo preguntarlo. La mujer se había largado entre maldiciones y exabruptos, sin dar posibilidad a ningún tipo de interrogatorio.

¿Alguna idea?

Pues… —¿Le habían enseñado algo en la Academia que fuese de utilidad para aquello? Si lo habían hecho, o Datsue no había prestado atención aquel día en clase o no se acordaba. Al final, tiró de lógica—. Lo primero es lo primero: analizar las pruebas. Si os parece yo me ocupo del mostrador«y si el ladrón se ha dejado alguna limosna… bueno, ¿quien soy yo para negarme a aceptarla?»

Sin embargo, antes de llegar hasta él, se agachó junto al charco de harina que había frente al mostrador. Aquel tipo de producto invitaba a dejar alguna huella visible incluso para el más ciego de los ninjas.

Veamos… —murmuró, buscando con la mirada cualquier indicio, cualquier huella que hubiesen podido dejar los supuestos ladrones.
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#12
La mujer no demostraba estar nada feliz ya sea con el ladrón o con los shinobis allí presentes, seguramente por lo que tardaron en aparecerse pero ya lo habían hecho y no valía la pena siquiera excusarse.

Pronto la anciana los llevó al interior del local donde se podía apreciar un lío a tener en cuenta, todo destrozado y para colmo una terrible peste que hizo fruncir la nariz a la rubia que no acostumbraba a exponerse a semejantes “aromas”. De cualquier manera no pronunció palabra y antes de poder decir nada la mujer ya se había largado de la escena.

—Mi idea es interrogar al marido de la señora. Fue el que estuvo de guardia y por tanto algo debería de haber visto o escuchado si es que no se la pasó durmiendo —fue la conclusión de la kunoichi que no parecía muy feliz de estar allí —. Si les parece iré a buscarlo —concluyó observando a su alrededor por algún empleado o alguien que supiera quien era el marido de la señora Tofu.
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#13
Datsue se aproximó al mostrador, examinando con cuidado los restos de harina que había esparcidos por el suelo. En efecto, halló lo que parecían ser huellas impresas en el polvo blanco, pero o bien eran muy pequeñas —como las del pie de un recién nacido— o bien sólo representaban parcialmente el pie de un hombre adulto.

Akame, asintiendo con conformidad ante la proactividad que estaban mostrando sus compañeros de misión —cosa que le agradaba de sobremanera—, se dedicó a revisar las estanterías. Empezó por la que estaba derribada sobre otra, y sin querer tocarla —por si se caía—, echó un vistazo a los productos. Luego examinó otra, y luego otra, así hasta que hubo cubierto las cuatro. Mientras se movía por la tienda, trataba de esquivar las manchas de caldo de sopa o leche que había por el suelo, los paquetes de carne enlatada esparcidos en una esquina, el tarro de sal hecho mil pedazos y su contenido derramado por doquier...

Menudo desastre. ¿Qué clase de ladrón sería tan torpe como para montar este estropicio? —pensó en voz alta—. Si es que su intención era realmente robar. Dudo que nadie haya podido hacer un inventario rigurosos sobre qué falta, teniendo en cuenta que todo está esparcido por el suelo...

Y es que aquella cuestión llevaba picándole desde que entrasen en la tienda y vieran su deplorable estado. ¿Y si la señora Tofu sólo estaba inventándose todo aquel lío del ladrón para encubrir algo más? O, quizás, las intenciones de quien quiera que hubiese entrado allí no eran llevarse algo, sino destrozar la tienda... «No, en ese caso se hubiera empleado más a fondo».




Noemi, por su parte, decidió salir en busca del marido de la dueña. Salió a la transitada calle, y pese a que no encontró rastro de Tofu Rin, la tienda estaba rodeada de otros comercios y viviendas. Probablemente alguien conocería al matrimonio, o incluso sería capaz de indicarle dónde encontrarles.

Los sitios más propicios parecían; primero, una tienda de ropa que estaba justo en frente, al otro lado de la calle. Parecía un edificio modesto —como casi todos en aquel barrio de Yamiria—, con un letrero simple que anunciaba en letras bordadas con hilo rosa el nombre del establecimiento.

A izquierda y derecha de la tienda de la señora Tofu había dos casas que parecían viviendas particulares. Y, subiendo un poco la calle, otro comercio que parecía vender también frutas, envasados y demás productos alimenticios. Por las dimensiones y el aspecto que ofrecía desde fuera, podría decirse que era un negocio parecido al de la señora Tofu.
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#14
Datsue no pudo estar más de acuerdo con su compañero, mientras se levantaba, confuso, al no ser capaz de identificar qué clase de huellas se habían formado sobre la capa de harina.

Pff… Pues no te falta razón, Akame, no te falta razón. Si lo que querían era pillar la pasta, no entiendo para qué montar todo este follón. Es contraproducente. Y, hablando de pasta… —el Uchiha se dirigió al final del mostrador, donde estaba la caja registradora, e intentó abrirla. Solo para comprobar si los ladrones se habían llevado o no el dinero.

«Sí… “solo”»

Luego, ya que le quedaba al lado, se dirigió a la pequeña ventanuca que los dueños debían usar para tirar la basura. Lo primero que hizo fue medirlo a golpe de vista, analizando si una persona hubiese podido entrar por ahí o no. Luego, trató de fijarse en el marco, en la pared en la que estaba y en el suelo inmediatamente debajo de él, intentando discernir cualquier pista, huella, marca… Cualquier cosa que le pudiese ayudar a resolver aquel caso.
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#15
Claro que sin esperarse ni siquiera la indicación de sus compañeros, ella ya había ido en busca de alguien que pudiera orientarla dentro del pueblo. Al menos suponía que alguno de los mercaderes cercanos sabría algo al respecto o aunque sea pudiese brindarle una buena descripción física del sujeto a buscar así que tras mirar un poco a su alrededor, decidió acercarse al local más cercano, literalmente delante suyo.

De cualquier forma, allí iba la rubia, tras cruzar la calle ingresó al local de ropa y se acercó a la primera persona que le pareció era un cliente.

—Buen día —saludó primeramente dedicando una leve sonrisa y reverencia —. ¿Podría ayudarme? Necesito encontrar al marido de la dueña del local de enfrente.

Simplemente esperaba que no la obligasen a comprar algo o pagar por la información, caso contrario se tendría que ir en busca de algún otro local en que estuviesen más dispuestos a ayudarla.
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