8/10/2017, 12:57
(Última modificación: 8/10/2017, 17:01 por Aotsuki Ayame.)
Afortunadamente, después de tocar al timbre de la magnífica mansión, Jonin y genin apenas tuvieron que esperar unos pocos segundos antes de que Mogura se personase en la entrada.
Al contrario que ellos, el recién ascendido a chunin iba cubierto con un paraguas, aunque de poco le serviría bajo una tempestad como aquella. De hecho, los radios amenazaban con quebrarse pronto si no cejaba en su vano intento de cubrirse de la lluvia. Por la forma que iba vestido, era evidente que el chico no había pensado ofrecer servicio aquel día. Lástima que su día libre estuviera a punto de verse arruinado...
—¡Daruu-san...! —exclamó el médico al ver al genin, aunque enseguida recuperó su habitual gesto serio y disciplinado cuando reparó en su acompañante. Dobló el cuerpo en una reverencia, a la que Kori respondió con una ligera inclinación de cabeza—. Aotsuki-san. ¿En qué puedo ayudarlos?
—¡Mogura-kun, es terrible! Bueno... Mogura-senpai —se adelantó Daruu, aunque enseguida se cortó y le dio el paso a Kori.
—Manase-kun, debes acompañarnos. Tenemos prisa, así que te pondré al corriente por el camino, cuando recojamos al otro miembro del grupo. Necesitamos que tomes todas tus armas y herramientas shinobi, y te prepares para salir de la aldea —le dijo el Jonin, directo y frontal como solía ser él, al tiempo que le entregaba un oergamino enrollado en el que se expresaba la orden firmado del puño y letra de la misma Arashikage.
Y así se haría. Después de que Mogura hiciera lo que se le había ordenado, el ahora grupo de tres retomaría el camino a con la misma celeridad que habían estado llevando hasta el momento...
De camino a casa de Umikiba Kaido.
—Pues mientras viene Koori, nosotros deberíamos hacer algo, sí —respondió Kiroe con un leve asentimiento y comenzó a hacer los mismos gestos que el médico había realizado anteriormente—. Busquemos huellas... y rastros.
Al poner la mano ensangrentada sobre la arena, un formidable perro pastor alemán surgió de la nube de humo. Sobre el pelaje del lomo llevaba tintado en color azul el símbolo de Amegakure.
Un ninken.
—Amemaru a su servicio, ¡guau! —ladró.
—Amemaru-kun. Busca el rastro de Ayame.
—¡Enseguida! —respondió el cánido, que empezó a olisquear la arena con el frenesí de un rastreado.
Zetsuo le dirigió una larga mirada a Kiroe. ¿Así? ¿Sin más? ¿Sin un olor de muestra? Y ella pareció descifrar el significado de su pregunta muda, porque respondió:
—Conoce el rastro de toda tu familia. Y... de bastante más gente de Amegakure... Jiji.
Él se limitó a fruncir el ceño.
—Me había olvidado de esas... tácticas tuyas —le espetó, entrecerrando los ojos. Pero enseguida sacudió la cabeza—. Como para tomarte por una dulce e inocentona pastelera. ¡Bah!
Zetsuo se adelantó y comenzó a seguir los pasos de Amemaru. La lluvia se había llevado gran parte del olor, pero aún quedaba en el aire una débil fragancia que los sentidos de un ninken como Amemaru podría seguir si se concentraba lo suficiente. Y ese rastro les conduciría hacia el noroeste, hasta casi la línea de Costa, donde divisaron una serie de huellas que habían quedado marcadas en la arena mojada. Eran el rastro evidente de las huellas de una persona, los pies demasiado grandes para ser los de Ayame pero tan hundidos en la arena que o bien aquella persona resultaba demasiado pesada o...
Al contrario que ellos, el recién ascendido a chunin iba cubierto con un paraguas, aunque de poco le serviría bajo una tempestad como aquella. De hecho, los radios amenazaban con quebrarse pronto si no cejaba en su vano intento de cubrirse de la lluvia. Por la forma que iba vestido, era evidente que el chico no había pensado ofrecer servicio aquel día. Lástima que su día libre estuviera a punto de verse arruinado...
—¡Daruu-san...! —exclamó el médico al ver al genin, aunque enseguida recuperó su habitual gesto serio y disciplinado cuando reparó en su acompañante. Dobló el cuerpo en una reverencia, a la que Kori respondió con una ligera inclinación de cabeza—. Aotsuki-san. ¿En qué puedo ayudarlos?
—¡Mogura-kun, es terrible! Bueno... Mogura-senpai —se adelantó Daruu, aunque enseguida se cortó y le dio el paso a Kori.
—Manase-kun, debes acompañarnos. Tenemos prisa, así que te pondré al corriente por el camino, cuando recojamos al otro miembro del grupo. Necesitamos que tomes todas tus armas y herramientas shinobi, y te prepares para salir de la aldea —le dijo el Jonin, directo y frontal como solía ser él, al tiempo que le entregaba un oergamino enrollado en el que se expresaba la orden firmado del puño y letra de la misma Arashikage.
Y así se haría. Después de que Mogura hiciera lo que se le había ordenado, el ahora grupo de tres retomaría el camino a con la misma celeridad que habían estado llevando hasta el momento...
De camino a casa de Umikiba Kaido.
. . .
—Pues mientras viene Koori, nosotros deberíamos hacer algo, sí —respondió Kiroe con un leve asentimiento y comenzó a hacer los mismos gestos que el médico había realizado anteriormente—. Busquemos huellas... y rastros.
Al poner la mano ensangrentada sobre la arena, un formidable perro pastor alemán surgió de la nube de humo. Sobre el pelaje del lomo llevaba tintado en color azul el símbolo de Amegakure.
Un ninken.
—Amemaru a su servicio, ¡guau! —ladró.
—Amemaru-kun. Busca el rastro de Ayame.
—¡Enseguida! —respondió el cánido, que empezó a olisquear la arena con el frenesí de un rastreado.
Zetsuo le dirigió una larga mirada a Kiroe. ¿Así? ¿Sin más? ¿Sin un olor de muestra? Y ella pareció descifrar el significado de su pregunta muda, porque respondió:
—Conoce el rastro de toda tu familia. Y... de bastante más gente de Amegakure... Jiji.
Él se limitó a fruncir el ceño.
—Me había olvidado de esas... tácticas tuyas —le espetó, entrecerrando los ojos. Pero enseguida sacudió la cabeza—. Como para tomarte por una dulce e inocentona pastelera. ¡Bah!
Zetsuo se adelantó y comenzó a seguir los pasos de Amemaru. La lluvia se había llevado gran parte del olor, pero aún quedaba en el aire una débil fragancia que los sentidos de un ninken como Amemaru podría seguir si se concentraba lo suficiente. Y ese rastro les conduciría hacia el noroeste, hasta casi la línea de Costa, donde divisaron una serie de huellas que habían quedado marcadas en la arena mojada. Eran el rastro evidente de las huellas de una persona, los pies demasiado grandes para ser los de Ayame pero tan hundidos en la arena que o bien aquella persona resultaba demasiado pesada o...

![[Imagen: kQqd7V9.png]](https://i.imgur.com/kQqd7V9.png)