13/10/2017, 13:51
Los cuatro shinobi subieron a sus respectivos pájaros. Yukyō extendió sus magníficas alas bañadas de nieve, las agitó en el aire levantando una potente onda de viento que sacudió los cabellos y las ropas de todos los presentes y, después de un breve momento avanzó y sus garras abandonaron el suelo. A este le siguieron los dos pájaros de caramelo, con Mogura y Kaido sobre sus lomos. Se alzaron en altura, y los suelos de Amegakure pronto quedaron muy muy abajo.
Tal y como había afirmado el búho, y aunque ponía todo su esfuerzo en ello, no conseguía alcanzar su velocidad de crucero máxima. Nunca había sido tan rápido como las águilas u otras familias de aves rapaces, pues la especialidad de los búhos era el sigilo y los ataques sorpresivos, pero entre las constantes ráfagas de viento provocadas por la tormenta, la lluvia, y el peso adicional; tendrían que conformarse con ir aún más lento.
Sin embargo, cualquier cosa sería más rápida que ir a pie.
Kōri alzó la mirada hacia el cielo. La espesa capa de nubes le impedía discernir la posición del sol, pero teniendo en cuenta la hora a la que habían iniciado aquella aventura y el tiempo que le había llevado reunir a los tres genin, calculaba que llegarían a las playas de Amenokami sobre el mediodía.
«Más de un día en manos de los Kajitsu... Esto no es bueno.» Meditó, sombrío.
—Yukyō colócate un momento en línea entre las otras aves —le pidió al búho, y este se puso enseguida en posición. Kōri miró a Mogura y a Kaido respectivamente. Daruu ya conocía los detalles, pero lo mejor sería ponerles al orden del día con todo lo que sabían hasta el momento—. Creemos que han sido los Kajitsu Hōzuki. No sé si habréis oído hablar de ellos, pero son un grupo de supremacistas del clan que han estado persiguiendo a Ayame desde que era pequeña —se interrumpió un momento y se relamió los labios resecos por las ráfagas de aire mientras medía sus palabras. Por el rabillo del ojo, vigilaba las expresiones faciales de los genin—. No soportan la idea de que haya una Hōzuki que no esté con familiares de su mismo... clan. Por eso se empeñaron en arrancarla de nuestro lado, ya que no sabían que no podríamos desarrollar todo su potencial como Hōzuki.
—¿Qué ha encontrado tu invocación? —inquirió Kiroe.
Pero el médico no respondió enseguida. En su lugar, había vuelto a abrir los ojos, con la mirada fija en algún punto del horizonte en la playa, y sus iris dorados tardaron unos segundos en retornar a su habitual aguamarina.
—Oye, Zetsuo. Estas huellas... En otra ocasión te diría que se dieron cuenta de que estaban dejando un rastro, y simplemente comenzaron a caminar sobre el agua para no marcar más huellas en la arena —añadió la pastelera, y Zetsuo volvió a dedicarle toda su atención—. Pero está claro que el rumbo era norte, así que no habría servido de mucho que a estas alturas hubiesen empezado a intentar despistarnos. Sabríamos que se dirigirían a Coladragón. Lo más preocupante es eso, y la dirección de las huellas. Mira —señalaba las más cercanas a las olas, ya casi borradas por el romper del agua—. Perpendiculares a la costa. Si hubieran seguido hacia el norte, hubieran dado un salto, o serían en diagonal. Suena descabellado, pero... ¿se han ido en dirección oeste? ¿A pie? O... ¿al fondo del mar?
Zetsuo se llevó una mano al mentón.
—Según la última información de Yui-sama, los Kajitsu debían de estar en algún lugar al norte de Amegakure. Sopesaron la idea de que estuvieran en Coladragón o en Yukio, pero... —murmuraba, mientras seguía las huellas hasta el límite donde rompían las olas. El agua apenas le rozó las botas y él torció el gesto con el ceño fruncido—. En otra ocasión te habría llamado loca por esa suposición pero son Hōzuki, ellos no se ahogan. ¡Mierda! —maldijo, apretando los puños junto a los costados.
Si de verdad se habían ido bajo el agua, eso sólo dificultaba las cosas. Tanto a nivel de rastreo como de seguimiento.
—¿Llevas contigo algún respirador, Kiroe?
Un agudo chillido hendió el aire. El águila regresaba a toda velocidad, batiendo las alas en contra del viento. Entre sus garras, algo ondeaba al aire. Descendió con una grácil maniobra y Zetsuo alzó el antebrazo. El ave dejó una larga tira de tela de color azul sobre su mano libre antes de posarse sobre su antebrazo.
—No había nada más allí, señor. Las huellas regresaban hacia Amegakure, ¡eeek!
El hombre asintió, inusualmente sombrío, y el águila desapareció tras una última nube de humo. Zetsuo dejó caer el brazo, pero su mano aún aferraba con fuerza lo que le había traído el águila. Y cuando se atrevió a abrir la mano, contuvo la respiración. Ya sabía lo que iba a ver, pero ese sentimiento no lo hizo más llevadero: Una placa metálica con el símbolo de Amegakure grabado sobre ella y clavada sobre una tela de color azul...
Empapada en sangre que se escurría entre sus dedos.
Tal y como había afirmado el búho, y aunque ponía todo su esfuerzo en ello, no conseguía alcanzar su velocidad de crucero máxima. Nunca había sido tan rápido como las águilas u otras familias de aves rapaces, pues la especialidad de los búhos era el sigilo y los ataques sorpresivos, pero entre las constantes ráfagas de viento provocadas por la tormenta, la lluvia, y el peso adicional; tendrían que conformarse con ir aún más lento.
Sin embargo, cualquier cosa sería más rápida que ir a pie.
Kōri alzó la mirada hacia el cielo. La espesa capa de nubes le impedía discernir la posición del sol, pero teniendo en cuenta la hora a la que habían iniciado aquella aventura y el tiempo que le había llevado reunir a los tres genin, calculaba que llegarían a las playas de Amenokami sobre el mediodía.
«Más de un día en manos de los Kajitsu... Esto no es bueno.» Meditó, sombrío.
—Yukyō colócate un momento en línea entre las otras aves —le pidió al búho, y este se puso enseguida en posición. Kōri miró a Mogura y a Kaido respectivamente. Daruu ya conocía los detalles, pero lo mejor sería ponerles al orden del día con todo lo que sabían hasta el momento—. Creemos que han sido los Kajitsu Hōzuki. No sé si habréis oído hablar de ellos, pero son un grupo de supremacistas del clan que han estado persiguiendo a Ayame desde que era pequeña —se interrumpió un momento y se relamió los labios resecos por las ráfagas de aire mientras medía sus palabras. Por el rabillo del ojo, vigilaba las expresiones faciales de los genin—. No soportan la idea de que haya una Hōzuki que no esté con familiares de su mismo... clan. Por eso se empeñaron en arrancarla de nuestro lado, ya que no sabían que no podríamos desarrollar todo su potencial como Hōzuki.
. . .
—¿Qué ha encontrado tu invocación? —inquirió Kiroe.
Pero el médico no respondió enseguida. En su lugar, había vuelto a abrir los ojos, con la mirada fija en algún punto del horizonte en la playa, y sus iris dorados tardaron unos segundos en retornar a su habitual aguamarina.
—Oye, Zetsuo. Estas huellas... En otra ocasión te diría que se dieron cuenta de que estaban dejando un rastro, y simplemente comenzaron a caminar sobre el agua para no marcar más huellas en la arena —añadió la pastelera, y Zetsuo volvió a dedicarle toda su atención—. Pero está claro que el rumbo era norte, así que no habría servido de mucho que a estas alturas hubiesen empezado a intentar despistarnos. Sabríamos que se dirigirían a Coladragón. Lo más preocupante es eso, y la dirección de las huellas. Mira —señalaba las más cercanas a las olas, ya casi borradas por el romper del agua—. Perpendiculares a la costa. Si hubieran seguido hacia el norte, hubieran dado un salto, o serían en diagonal. Suena descabellado, pero... ¿se han ido en dirección oeste? ¿A pie? O... ¿al fondo del mar?
Zetsuo se llevó una mano al mentón.
—Según la última información de Yui-sama, los Kajitsu debían de estar en algún lugar al norte de Amegakure. Sopesaron la idea de que estuvieran en Coladragón o en Yukio, pero... —murmuraba, mientras seguía las huellas hasta el límite donde rompían las olas. El agua apenas le rozó las botas y él torció el gesto con el ceño fruncido—. En otra ocasión te habría llamado loca por esa suposición pero son Hōzuki, ellos no se ahogan. ¡Mierda! —maldijo, apretando los puños junto a los costados.
Si de verdad se habían ido bajo el agua, eso sólo dificultaba las cosas. Tanto a nivel de rastreo como de seguimiento.
—¿Llevas contigo algún respirador, Kiroe?
Un agudo chillido hendió el aire. El águila regresaba a toda velocidad, batiendo las alas en contra del viento. Entre sus garras, algo ondeaba al aire. Descendió con una grácil maniobra y Zetsuo alzó el antebrazo. El ave dejó una larga tira de tela de color azul sobre su mano libre antes de posarse sobre su antebrazo.
—No había nada más allí, señor. Las huellas regresaban hacia Amegakure, ¡eeek!
El hombre asintió, inusualmente sombrío, y el águila desapareció tras una última nube de humo. Zetsuo dejó caer el brazo, pero su mano aún aferraba con fuerza lo que le había traído el águila. Y cuando se atrevió a abrir la mano, contuvo la respiración. Ya sabía lo que iba a ver, pero ese sentimiento no lo hizo más llevadero: Una placa metálica con el símbolo de Amegakure grabado sobre ella y clavada sobre una tela de color azul...
Empapada en sangre que se escurría entre sus dedos.

![[Imagen: kQqd7V9.png]](https://i.imgur.com/kQqd7V9.png)