30/10/2017, 11:31
(Última modificación: 30/10/2017, 13:43 por Aotsuki Ayame.)
Robado del tan preciado oxígeno, el Hōzuki ensanchó aún más su afilada sonrisa cuando Mogura no pudo hacer otra cosa que revolverse sobre sí mismo y taparse la boca y la nariz con una mano para evitar que se le colara el agua. Con su otra mano, el genin consiguió coger el respirador a tiempo de que terminara hundiéndose en las profundidades del mar y perdiéndose para siempre. Pero aquel sería un acto inútil: Inundado de agua como estaba, sería imposible volver a ponérselo para respirar a través de él.
El Hōzuki tensó todos los músculos del cuerpo, preparándose posiblemente para un nuevo ataque. Sin embargo, un sonoro chapoteo a sus espaldas le alertó. Se dio la vuelta a tiempo de ver al Tiburón propulsándose hacia él como un torpedo, con un kunai por delante. Sin embargo, no pudo moverse a tiempo de evitarlo. Sus facciones se contrajeron en una leve mueca de dolor cuando el filo metálico rasgó su hombro y lo deshizo, fusionándole con el agua que les rodeaba y que, de repente, parecía haberse enfriado aún más.
Súbitamente, alguien pasó el brazo en torno al abdomen de Mogura y lo impulsó rápidamente hacia arriba, hasta que sus cabezas rompieron las olas de la superficie.
—¡Joder, maldita sea! —gruñó un airado Zetsuo, su voz convertida en un encerrado eco detrás del respirador—. Esto no lo esperábamos... esos imbéciles han debido vernos desde el acantilado.
Esa era la única explicación al hecho de que Daruu no hubiera podido localizar ningún enemigo en el agua antes. Conscientes de que iban a ir a buscar a Ayame más pronto que tarde, los Kajitsu Hōzuki debían de haber apostado uno o varios de sus miembros en lo alto del acantilado para vigilar los alrededores.
—Colócate de nuevo el respirador, chico. Hay que volver a sumergirse —le ordenó, y sin esperarle siquiera, él mismo arqueó el cuerpo y se zambulló.
Y mientras Zetsuo rescataba a Mogura, Kōri había aparecido entonces detrás del Hōzuki con el brazo extendido hacia delante, pero sus dedos no llegaron a rozar siquiera su cuerpo antes de que este se disolviera del todo en agua...
Se había escapado.
El Hōzuki tensó todos los músculos del cuerpo, preparándose posiblemente para un nuevo ataque. Sin embargo, un sonoro chapoteo a sus espaldas le alertó. Se dio la vuelta a tiempo de ver al Tiburón propulsándose hacia él como un torpedo, con un kunai por delante. Sin embargo, no pudo moverse a tiempo de evitarlo. Sus facciones se contrajeron en una leve mueca de dolor cuando el filo metálico rasgó su hombro y lo deshizo, fusionándole con el agua que les rodeaba y que, de repente, parecía haberse enfriado aún más.
Súbitamente, alguien pasó el brazo en torno al abdomen de Mogura y lo impulsó rápidamente hacia arriba, hasta que sus cabezas rompieron las olas de la superficie.
—¡Joder, maldita sea! —gruñó un airado Zetsuo, su voz convertida en un encerrado eco detrás del respirador—. Esto no lo esperábamos... esos imbéciles han debido vernos desde el acantilado.
Esa era la única explicación al hecho de que Daruu no hubiera podido localizar ningún enemigo en el agua antes. Conscientes de que iban a ir a buscar a Ayame más pronto que tarde, los Kajitsu Hōzuki debían de haber apostado uno o varios de sus miembros en lo alto del acantilado para vigilar los alrededores.
—Colócate de nuevo el respirador, chico. Hay que volver a sumergirse —le ordenó, y sin esperarle siquiera, él mismo arqueó el cuerpo y se zambulló.
Y mientras Zetsuo rescataba a Mogura, Kōri había aparecido entonces detrás del Hōzuki con el brazo extendido hacia delante, pero sus dedos no llegaron a rozar siquiera su cuerpo antes de que este se disolviera del todo en agua...
Se había escapado.

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