6/11/2017, 11:22
Nada podría haber preparado a Zetsuo y a Kōri para lo que pasó a continuación. El médico había esperado cualquier cosa, incluso que Kaido se hubiese ofrecido a impulsar a Daruu y a Kiroe a través de la cueva habría sido mucho mejor que la idea que cruzó la cabeza del muchacho.
Las burbujas de ambos se deshicieron ante la vehemencia del chico. El agua les envolvió en su asfixiante abrazo y entonces agarró a su madre por la cintura.
«¡No...!» Zetsuo alargó el brazo, dispuesto a retener al genin, pero no consiguió llegar a tiempo.
Una ráfaga de chakra a través de la planta de los pies, y Daruu y Kiroe se adentraron en la cueva como un cohete propulsado. La oscuridad no tardó en engullirles.
El brazo de Zetsuo tembló un momento en el agua, entonces cerró los dedos en un apretado puño y lo sacudió con fuerza hacia abajo al tiempo que una nueva bocanada de burbujas surgía del respirador en una nueva maldición silenciosa. ¡¿Pero en qué demonios estaba pensando aquel imbécil?! ¡Tenían que continuar juntos! ¡¡Ni siquiera sabían si aquella cueva tenía alguna salida al exterior o si se seguiría sumergiendo hasta el lecho marino!!
No podían perder el tiempo, o aquellos dos podrían terminar ahogados de no tener suerte. Así, Zetsuo hizo un último gesto hacia el interior de la cueva y, tanto él como su hijo, patalearon con todas sus fuerzas para adentrarse en la oscuridad.
Kaido lideraba la marcha, pero ya llevaban bastante tiempo bajo el agua y el cansancio comenzaba a hacer mella. Pese a no poseer el cuerpo de un pez, Zetsuo no tardó en ponerse a su par de él y Kōri los adelantó momentáneamente por escasos segundos. Más atrás iba Mogura, algo más retrasado e igual de cansado.
Y aquella fue su perdición.
Dos brazos le envolvieron, uno a la altura del estómago y otro le arrancó de nuevo el respirador y le tapó la boca y la nariz. Antes de que pudiera hacer nada, se vio arrastrado de nuevo hacia el exterior de la cueva y ningún miembro del grupo, sumergido en una oscuridad total y concentrados en alcanzar a Daruu y Kiroe, se daría cuenta de lo que le había ocurrido al otro médico del equipo.
Mogura sentía el agua correr alrededor de su cuerpo, totalmente inmovilizado. La asfixia hizo arder sus pulmones. Y la luz se difuminó hasta verse ahogada por la oscuridad...
Entre propulsiones y algún que otro golpe contra las rocas que conformaban aquel estrecho túnel, Daruu y Kiroe avanzaron a toda velocidad. Tal y como había visto Daruu antes de sumergirse, ambos se hundieron durante unos pocos metros antes de que la cueva girara sobre sí misma y comenzara a ascender. Seguían subiendo, aunque la oscuridad era tan densa como el mismo agua que los rodeaba, por lo que sólo podían confiar en que seguían la dirección correcta.
Pero llegaba la asfixia. La necesidad de tomar aire era cada vez más urgente y los músculos comenzaban a entumecerse a causa del frío. Irónicamente, los pulmones les ardían...
Y entonces vieron una luz al final del túnel.
Con un último esfuerzo, Daruu y Kiroe rompieron la superficie del agua. Pudieron volver a respirar.
Aunque por poco tiempo.
Dos burbujas de agua les envolvieron; pero, al contrario de las que había utilizado Kiroe, aquellas no estaban huecas sino que constituían unas verdaderas prisiones de agua. Y sus creadores, idénticos entre sí, les sonreían con mandíbulas armadas con dientes como cuchillas, incluso más afilados que los que solían exhibir los Hōzuki. Detrás de ellos, a varios metros, el tercer trillizo había colocado las manos sobre sus caderas.
—¡Vaya! ¿Pero qué tenemos aquí? ¡Dos ratas se han colado en nuestra humilde morada! —exclamó, con voz estridente. Se trataba de un hombre bastante corpulento en cuanto a musculatura se refería, de cabellos verdosos y ojos dorados. Vestía ropas extrañas, sin duda recias y fuertes, y parecían estar constituidas por escamas igual de resistentes—. Bueno... lo siento mucho por nuestros invitados, pero a las ratas hay que exterminarlas antes de que se conviertan en plaga. Y la mejor forma de eliminar a las ratas es...
Su sonrisa se ensanchó aún más y, en un gesto cómplice, giró momentáneamente la cabeza. Al fondo de la caverna en la que habían emergido, en tierra firme, una muchacha inconfundible, de cabellos oscuros y la bandana de Amegakure sobre la frente, observaba con gesto sombrío y los brazos cruzados la escena.
Las burbujas de ambos se deshicieron ante la vehemencia del chico. El agua les envolvió en su asfixiante abrazo y entonces agarró a su madre por la cintura.
«¡No...!» Zetsuo alargó el brazo, dispuesto a retener al genin, pero no consiguió llegar a tiempo.
Una ráfaga de chakra a través de la planta de los pies, y Daruu y Kiroe se adentraron en la cueva como un cohete propulsado. La oscuridad no tardó en engullirles.
El brazo de Zetsuo tembló un momento en el agua, entonces cerró los dedos en un apretado puño y lo sacudió con fuerza hacia abajo al tiempo que una nueva bocanada de burbujas surgía del respirador en una nueva maldición silenciosa. ¡¿Pero en qué demonios estaba pensando aquel imbécil?! ¡Tenían que continuar juntos! ¡¡Ni siquiera sabían si aquella cueva tenía alguna salida al exterior o si se seguiría sumergiendo hasta el lecho marino!!
No podían perder el tiempo, o aquellos dos podrían terminar ahogados de no tener suerte. Así, Zetsuo hizo un último gesto hacia el interior de la cueva y, tanto él como su hijo, patalearon con todas sus fuerzas para adentrarse en la oscuridad.
Kaido lideraba la marcha, pero ya llevaban bastante tiempo bajo el agua y el cansancio comenzaba a hacer mella. Pese a no poseer el cuerpo de un pez, Zetsuo no tardó en ponerse a su par de él y Kōri los adelantó momentáneamente por escasos segundos. Más atrás iba Mogura, algo más retrasado e igual de cansado.
Y aquella fue su perdición.
Dos brazos le envolvieron, uno a la altura del estómago y otro le arrancó de nuevo el respirador y le tapó la boca y la nariz. Antes de que pudiera hacer nada, se vio arrastrado de nuevo hacia el exterior de la cueva y ningún miembro del grupo, sumergido en una oscuridad total y concentrados en alcanzar a Daruu y Kiroe, se daría cuenta de lo que le había ocurrido al otro médico del equipo.
Mogura sentía el agua correr alrededor de su cuerpo, totalmente inmovilizado. La asfixia hizo arder sus pulmones. Y la luz se difuminó hasta verse ahogada por la oscuridad...
. . .
Entre propulsiones y algún que otro golpe contra las rocas que conformaban aquel estrecho túnel, Daruu y Kiroe avanzaron a toda velocidad. Tal y como había visto Daruu antes de sumergirse, ambos se hundieron durante unos pocos metros antes de que la cueva girara sobre sí misma y comenzara a ascender. Seguían subiendo, aunque la oscuridad era tan densa como el mismo agua que los rodeaba, por lo que sólo podían confiar en que seguían la dirección correcta.
Pero llegaba la asfixia. La necesidad de tomar aire era cada vez más urgente y los músculos comenzaban a entumecerse a causa del frío. Irónicamente, los pulmones les ardían...
Y entonces vieron una luz al final del túnel.
Con un último esfuerzo, Daruu y Kiroe rompieron la superficie del agua. Pudieron volver a respirar.
Aunque por poco tiempo.
Dos burbujas de agua les envolvieron; pero, al contrario de las que había utilizado Kiroe, aquellas no estaban huecas sino que constituían unas verdaderas prisiones de agua. Y sus creadores, idénticos entre sí, les sonreían con mandíbulas armadas con dientes como cuchillas, incluso más afilados que los que solían exhibir los Hōzuki. Detrás de ellos, a varios metros, el tercer trillizo había colocado las manos sobre sus caderas.
—¡Vaya! ¿Pero qué tenemos aquí? ¡Dos ratas se han colado en nuestra humilde morada! —exclamó, con voz estridente. Se trataba de un hombre bastante corpulento en cuanto a musculatura se refería, de cabellos verdosos y ojos dorados. Vestía ropas extrañas, sin duda recias y fuertes, y parecían estar constituidas por escamas igual de resistentes—. Bueno... lo siento mucho por nuestros invitados, pero a las ratas hay que exterminarlas antes de que se conviertan en plaga. Y la mejor forma de eliminar a las ratas es...
Su sonrisa se ensanchó aún más y, en un gesto cómplice, giró momentáneamente la cabeza. Al fondo de la caverna en la que habían emergido, en tierra firme, una muchacha inconfundible, de cabellos oscuros y la bandana de Amegakure sobre la frente, observaba con gesto sombrío y los brazos cruzados la escena.

![[Imagen: kQqd7V9.png]](https://i.imgur.com/kQqd7V9.png)