11/11/2017, 18:18
Al pisar tierra, la confusión tendría que embargarlos a todos, dado el tumulto del momento. Daruu intentó levantarse tras la pregunta de Kori, y Zetsuo bramó fuertemente, víctima de una ira descarriada, al verse sabedor de una verdad que tanto para él como para Daruu, probablemente, fuera absoluta. Que aquella pequeña e indefensa niña de apariencia frágil y desganada no era realmente quien aparentaba ser.
A Kaido, sin embargo, le tomó tiempo entenderlo. Y no podría decir haber estado del todo seguro de ello ni aunque se lo gritasen en la cara.
—¿Q... qué...? —sollozó Ayame, y el escualo no pudo evitar tener que buscar respuestas en alguno de los presentes. Primero volteó a ver a Zetsuo, luego a Daruu. Pero Daruu yacía viendo hacia su madre, quien entre tumultuosos intercambios se había visto víctima de uno de los enemigos. Éste amenazaba su garganta con un kunai.
—Si ya lo decía yo... hay que eliminar a las ratas antes de que llamen a sus amigas —se pasó una lengua afilada por los dientes—. ¡No hagáis ninguna tontería o será la mamá ratita quien pague las consecuencias!
La mano del gyojin apretó fuertemente la espada sin poder hacer nada. Apretó los dientes, y miró fijamente a Kiroe, quien pronto le demostraría a su captor que a pesar de ser una madre dedicada a los menesteres de su hogar y de su repostería, ajena a los vestigios de una carrera militar desde hacía un buen tiempo ya; igual aún sabía cómo defenderse apropiadamente. Tan apropiadamente que se sacó a aquel peliverde de encima como si se tratase de un mosquito, elongando su brazo de forma antinatural después de haber ejecutado un sello unimanual.
El gyojin paseó la mirada a lo largo de la travesía del peliverde, culminando allá a donde el brazo de caramelo terminó explotando súbitamente.
Luego, tres senbon viajaron desde las manos de Daruu. Hacia Ayame.
Más entre tanto, se podía decir que tanto Kaido como Mogura eran las únicas dos personas que quizás podían sentirse ligeramente ajenos a la situación, no dejándose llevar tanto por las emociones. Porque, a diferencia de los demás, ninguno de los dos tenía ese lazo intrínseco con Ayame como lo podían tener Zetsuo y el resto. No, el deber de ellos era mantener la cabeza fría y tratar de no dejarse llevar, quizás esa era una de las tareas más importantes que tenían en sus manos.
Entonces, Kaido le buscó con la mirada. Tenía que cerciorarse de que el bueno de Mogura no sucumbiera al momento.
Pero, por más que buscaba, por más que oteaba la cueva...
—¿En dónde coño está Mogura?
A Kaido, sin embargo, le tomó tiempo entenderlo. Y no podría decir haber estado del todo seguro de ello ni aunque se lo gritasen en la cara.
—¿Q... qué...? —sollozó Ayame, y el escualo no pudo evitar tener que buscar respuestas en alguno de los presentes. Primero volteó a ver a Zetsuo, luego a Daruu. Pero Daruu yacía viendo hacia su madre, quien entre tumultuosos intercambios se había visto víctima de uno de los enemigos. Éste amenazaba su garganta con un kunai.
—Si ya lo decía yo... hay que eliminar a las ratas antes de que llamen a sus amigas —se pasó una lengua afilada por los dientes—. ¡No hagáis ninguna tontería o será la mamá ratita quien pague las consecuencias!
La mano del gyojin apretó fuertemente la espada sin poder hacer nada. Apretó los dientes, y miró fijamente a Kiroe, quien pronto le demostraría a su captor que a pesar de ser una madre dedicada a los menesteres de su hogar y de su repostería, ajena a los vestigios de una carrera militar desde hacía un buen tiempo ya; igual aún sabía cómo defenderse apropiadamente. Tan apropiadamente que se sacó a aquel peliverde de encima como si se tratase de un mosquito, elongando su brazo de forma antinatural después de haber ejecutado un sello unimanual.
El gyojin paseó la mirada a lo largo de la travesía del peliverde, culminando allá a donde el brazo de caramelo terminó explotando súbitamente.
Luego, tres senbon viajaron desde las manos de Daruu. Hacia Ayame.
Más entre tanto, se podía decir que tanto Kaido como Mogura eran las únicas dos personas que quizás podían sentirse ligeramente ajenos a la situación, no dejándose llevar tanto por las emociones. Porque, a diferencia de los demás, ninguno de los dos tenía ese lazo intrínseco con Ayame como lo podían tener Zetsuo y el resto. No, el deber de ellos era mantener la cabeza fría y tratar de no dejarse llevar, quizás esa era una de las tareas más importantes que tenían en sus manos.
Entonces, Kaido le buscó con la mirada. Tenía que cerciorarse de que el bueno de Mogura no sucumbiera al momento.
Pero, por más que buscaba, por más que oteaba la cueva...
—¿En dónde coño está Mogura?
