20/11/2017, 18:13
Así pues, el tiburón se sumergió nuevamente en su elemento; y atravesó los caudales de sangre que cubrían ligeramente la superficie, para encontrarse con el panorama de lo que estaba ocurriendo allí abajo:
Waniguchi, transmutando su cuerpo a velocidades sorprendentes, mientras un ataviado Zetsuo luchaba por detener todos sus ataques con un sólo brazo. El izquierdo, flotaba inerte y sin vida a su costado. Además, según los vestigios del rostro del patriarca de la familia Aotsuki, daba la impresión de que sus pulmones no aguantarían el paso del Kajitsu por mucho tiempo más, a no ser que...
A no ser que Kaido interviniese, y le ayudase a escapar.
¿Pero cómo?; se preguntó. Y le bastó, quizás, un par de segundos para comprender que su mejor opción era discernir los márgenes de tiempo en los que Waniguchi deshacía y reconvertía su cuerpo de líquido a sólido, y encontrar el momento exacto en el qué atacar. Su velocidad de trasmutación era sorprendente, una capacidad innata que sólo los mejores usuarios del Suika pueden manejar. Iba a ser difícil, pero no imposible.
Entonces, sus manos se unieron en un único sello, el del tigre.
«¡Suiton: Suigadan!»
El chakra actuó a su voz y comando, y las mareas que se paseaban cautelosas por el costado de Waniguchi cobraron una sorpresiva voluntad que les instó a arremolinarse en un potente torbellino presurizado que se alzó como un poderoso tifón. Un tifón cuyo único objetivo sería extenderse sorpresivamente hasta los linderos de Waniguchi, quién además de verse ocupado con Zetsuo, tendría, quizás, dos opciones:
O recibir el ataque en su estado físico, o dejar que la potencia del remolino le absorbiese en su estado líquido. De una forma u otra, la potencia con la cual el Suigadan había absorbido el agua a su alrededor, crearía la oportunidad que Zetsuo necesitaba para recobrar la compostura y buscar la tan ansiada superficie.
El gyojin, no obstante, pensaba hacer de aquel mar algo suyo. Waniguchi era, ahora, su oponente. No de Zetsuo, no de Koori, no de Mogura. Suyo y de nadie más.
Waniguchi, transmutando su cuerpo a velocidades sorprendentes, mientras un ataviado Zetsuo luchaba por detener todos sus ataques con un sólo brazo. El izquierdo, flotaba inerte y sin vida a su costado. Además, según los vestigios del rostro del patriarca de la familia Aotsuki, daba la impresión de que sus pulmones no aguantarían el paso del Kajitsu por mucho tiempo más, a no ser que...
A no ser que Kaido interviniese, y le ayudase a escapar.
¿Pero cómo?; se preguntó. Y le bastó, quizás, un par de segundos para comprender que su mejor opción era discernir los márgenes de tiempo en los que Waniguchi deshacía y reconvertía su cuerpo de líquido a sólido, y encontrar el momento exacto en el qué atacar. Su velocidad de trasmutación era sorprendente, una capacidad innata que sólo los mejores usuarios del Suika pueden manejar. Iba a ser difícil, pero no imposible.
Entonces, sus manos se unieron en un único sello, el del tigre.
«¡Suiton: Suigadan!»
El chakra actuó a su voz y comando, y las mareas que se paseaban cautelosas por el costado de Waniguchi cobraron una sorpresiva voluntad que les instó a arremolinarse en un potente torbellino presurizado que se alzó como un poderoso tifón. Un tifón cuyo único objetivo sería extenderse sorpresivamente hasta los linderos de Waniguchi, quién además de verse ocupado con Zetsuo, tendría, quizás, dos opciones:
O recibir el ataque en su estado físico, o dejar que la potencia del remolino le absorbiese en su estado líquido. De una forma u otra, la potencia con la cual el Suigadan había absorbido el agua a su alrededor, crearía la oportunidad que Zetsuo necesitaba para recobrar la compostura y buscar la tan ansiada superficie.
El gyojin, no obstante, pensaba hacer de aquel mar algo suyo. Waniguchi era, ahora, su oponente. No de Zetsuo, no de Koori, no de Mogura. Suyo y de nadie más.
