21/11/2017, 12:19
(Última modificación: 21/11/2017, 12:25 por Aotsuki Ayame.)
A Mogura le costó un soberano esfuerzo luchar contra la corriente de agua que ahora le empujaba hacia el remolino de agua que había formado con la liberación del desagüe. Sin embargo, y aunque en más de una ocasión estuvo a punto de tropezar y verse arrastrado hacia el que podría ser un fatídico final para él, al final consiguió llegar hasta la pared de lisa.
Sin responder a las provocaciones de Marun, el médico alzó el puño, acumuló toda la energía que fue capaz de reunir en él, y lo estampó con todas sus fuerzas contra el muro. La liberación de energía provocó un potente estallido que resonó por todas las paredes de la guarida de los Hōzuki. La piedra pareció convertirse en papel ante la fuerza inhumana de Mogura. El muro estalló hacia delante y el agua clamó su libertad inundando la habitación contigua. A través de la nube de polvo levantada, el chunin sería capaz de escuchar la exclamación de alerta de Marun antes de un estrépito y un último chasquido. Los cañones de agua se detuvieron cuando el Hōzuki cayó sobre la palanca que debía haber empleado para activar la trampa y el sumidero, ahora sí, comenzó a drenar todo el agua a toda velocidad hasta que apenas tuvieron un charco bajo sus pies.
—¡Maldito... mocoso... entrometido! —exclamó un airado Marun, reincorporándose con sus ojos destilando puro odio hacia el médico—. ¿No podías ahogarte y ya está? ¡Bien! ¡Tú lo has querido! ¡Te arrancaré a Hane de las manos! ¡No eres digno de ella!
Alzó las manos y diez burbujas de agua surgieron del mismo agua que se encontraba bajo sus pies. A una simple señal, los globos de agua se abalanzaron sobre Mogura desde diferentes direcciones: cuatro de ellas en línea recta hacia él, y las seis restantes trazando una amplia parábola desde ambos flancos.
Ante el comando del tiburón, el agua se arremolinó repentinamente en la distancia cuando el Hōzuki volvió a surgir para asestar un nuevo embite a Zetsuo. Sin embargo, el remolino se había producido a unos dos metros de distancia de él, y Waniguchi pudo verlo venir a tiempo de impulsarse hacia atrás y evitar que le perforara el torso. Aunque sí logró su segundo cometido, pues Waniguchi se había vuelto hacia Kaido con una burlona sonrisa, interesado por la repentina invasión, y Zetsuo pudo aprovechar la oportunidad.
El jonin estableció contacto visual con Kaido y alzó el pulgar de su único brazo viable hacia arriba en una clara señal. Se impulsó hacia arriba, y según nadaba dejó caer algo. Un pequeño frasco que comenzó a verter un líquido oscuro en el agua y que no tardó en expandirse, diluirse, y envolver a Waniguchi, que se llevó las manos al pecho en un profundo gesto de dolor que se vio acompañado de un fino hilo de sangre de entre sus labios.
Pero la nube oscura seguía expandiéndose, y si Kaido no hacía algo pronto podría verse envuelto en ella también.
Afortunadamente, Daruu no necesito oír la orden completa de Kōri. Con una renovada determinación, pegó un pisotón en el suelo y una corriente de agua pasó por el lateral del jonin, fragmentando y resquebrajando las rocas a su paso, y avanzó a toda velocidad hacia Mōhōsho. La mujer pulpo ensanchó aún más su sonrisa al ver venir aquel ataque tan directo y, confiada, no dudó en saltar en el momento en el que pasaba justo por debajo de sus pies y soltó una carcajada.
—¿Pero qué clase de chiq...? —comenzó a decir, pero ni siquiera le dio tiempo a finalizar la frase.
Porque, tal era la seguridad que sentía en sí misma, que nunca podría haber previsto que aquel ataque tan directo y simple escondía una terrible sorpresa. Como un géiser, la corriente de agua estalló repentinamente hacia arriba, engulléndola entre sus fauces sin que pudiera hacer nada por evitarlo.
—¡Kōri-kun...! —llamó Kiroe.
—¡CONGÉLALA! —completó su hijo.
Pero Kōri no necesitaba ninguna instrucción para saber lo que debía hacer. Antes siquiera de que Daruu terminara de hablar ya había levantado la mano y sus ojos de escarcha destellaron un breve instante cuando abrió la puerta al invierno. La temperatura bajó varias decenas de grados súbitamente, condensando el vaho entre sus labios, pero él no parecía notar el frío que había invadido el espacio y que incluso sacudía su bufanda detrás de su espalda.
Después de todo, él era El Hielo.
—Shiomizu Tsurara: Shi no Hyōshi.
Kōri apoyó su mano humeante sobre la corriente de agua, y esta se fue congelando a toda velocidad, tejiendo una telaraña de escarcha que seguía el curso de la anterior técnica de Daruu. Al momento de llegar al géiser, el hielo se alzó y lo encerró en un perfecto pilar congelado, con Mōhōsho petrificada en su interior como una perfecta estatua con el rostro inerte para siempre desencajado por la sorpresa y los ojos fijos en el vacío.
El frío se fue, tan repentino como había aparecido, y Kōri, tras tambalearse un instante, cayó al suelo entre esforzados resuellos de cansancio y la vista borrosa. El uso de su técnica definitiva requería de mucha energía, y él ya había creado dos iglús de hielo para proteger a la familia Amedama.
El agua estalló repentinamente a sus espaldas y una figura emergió. Zetsuo tomó la primera bocanada de aire, como si de agua en el desierto se tratara, y después exhaló un ahogado gemido de dolor. El hombre subió a tierra como pudo, apoyándose en un brazo mientras dejaba el otro inerte a la gravedad, pero se quedó de rodillas. La herida era terriblemente desagradable a la vista, le recorría casi toda la longitud del bíceps en forma de profundas hendiduras paralelas que no dejaban de sangrar y que dejaban a la vista parte del músculo.
—Maldito... cocodrilo... —farfulló, entre continuos siseos de dolor.
El médico aguantaba el sufrimiento con todo el estoicismo que era capaz de reunir, pero aún así su mano tembló ligeramente cuando la alzó y la envolvió en un manto de chakra verdoso que aplicó sobre las heridas para comenzar a sanarlas.
De repente, a lo lejos en la entrada que había quedado libre, se escuchó una explosión.
Sin responder a las provocaciones de Marun, el médico alzó el puño, acumuló toda la energía que fue capaz de reunir en él, y lo estampó con todas sus fuerzas contra el muro. La liberación de energía provocó un potente estallido que resonó por todas las paredes de la guarida de los Hōzuki. La piedra pareció convertirse en papel ante la fuerza inhumana de Mogura. El muro estalló hacia delante y el agua clamó su libertad inundando la habitación contigua. A través de la nube de polvo levantada, el chunin sería capaz de escuchar la exclamación de alerta de Marun antes de un estrépito y un último chasquido. Los cañones de agua se detuvieron cuando el Hōzuki cayó sobre la palanca que debía haber empleado para activar la trampa y el sumidero, ahora sí, comenzó a drenar todo el agua a toda velocidad hasta que apenas tuvieron un charco bajo sus pies.
—¡Maldito... mocoso... entrometido! —exclamó un airado Marun, reincorporándose con sus ojos destilando puro odio hacia el médico—. ¿No podías ahogarte y ya está? ¡Bien! ¡Tú lo has querido! ¡Te arrancaré a Hane de las manos! ¡No eres digno de ella!
Alzó las manos y diez burbujas de agua surgieron del mismo agua que se encontraba bajo sus pies. A una simple señal, los globos de agua se abalanzaron sobre Mogura desde diferentes direcciones: cuatro de ellas en línea recta hacia él, y las seis restantes trazando una amplia parábola desde ambos flancos.
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Ante el comando del tiburón, el agua se arremolinó repentinamente en la distancia cuando el Hōzuki volvió a surgir para asestar un nuevo embite a Zetsuo. Sin embargo, el remolino se había producido a unos dos metros de distancia de él, y Waniguchi pudo verlo venir a tiempo de impulsarse hacia atrás y evitar que le perforara el torso. Aunque sí logró su segundo cometido, pues Waniguchi se había vuelto hacia Kaido con una burlona sonrisa, interesado por la repentina invasión, y Zetsuo pudo aprovechar la oportunidad.
El jonin estableció contacto visual con Kaido y alzó el pulgar de su único brazo viable hacia arriba en una clara señal. Se impulsó hacia arriba, y según nadaba dejó caer algo. Un pequeño frasco que comenzó a verter un líquido oscuro en el agua y que no tardó en expandirse, diluirse, y envolver a Waniguchi, que se llevó las manos al pecho en un profundo gesto de dolor que se vio acompañado de un fino hilo de sangre de entre sus labios.
Pero la nube oscura seguía expandiéndose, y si Kaido no hacía algo pronto podría verse envuelto en ella también.
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Afortunadamente, Daruu no necesito oír la orden completa de Kōri. Con una renovada determinación, pegó un pisotón en el suelo y una corriente de agua pasó por el lateral del jonin, fragmentando y resquebrajando las rocas a su paso, y avanzó a toda velocidad hacia Mōhōsho. La mujer pulpo ensanchó aún más su sonrisa al ver venir aquel ataque tan directo y, confiada, no dudó en saltar en el momento en el que pasaba justo por debajo de sus pies y soltó una carcajada.
—¿Pero qué clase de chiq...? —comenzó a decir, pero ni siquiera le dio tiempo a finalizar la frase.
Porque, tal era la seguridad que sentía en sí misma, que nunca podría haber previsto que aquel ataque tan directo y simple escondía una terrible sorpresa. Como un géiser, la corriente de agua estalló repentinamente hacia arriba, engulléndola entre sus fauces sin que pudiera hacer nada por evitarlo.
—¡Kōri-kun...! —llamó Kiroe.
—¡CONGÉLALA! —completó su hijo.
Pero Kōri no necesitaba ninguna instrucción para saber lo que debía hacer. Antes siquiera de que Daruu terminara de hablar ya había levantado la mano y sus ojos de escarcha destellaron un breve instante cuando abrió la puerta al invierno. La temperatura bajó varias decenas de grados súbitamente, condensando el vaho entre sus labios, pero él no parecía notar el frío que había invadido el espacio y que incluso sacudía su bufanda detrás de su espalda.
Después de todo, él era El Hielo.
—Shiomizu Tsurara: Shi no Hyōshi.
Kōri apoyó su mano humeante sobre la corriente de agua, y esta se fue congelando a toda velocidad, tejiendo una telaraña de escarcha que seguía el curso de la anterior técnica de Daruu. Al momento de llegar al géiser, el hielo se alzó y lo encerró en un perfecto pilar congelado, con Mōhōsho petrificada en su interior como una perfecta estatua con el rostro inerte para siempre desencajado por la sorpresa y los ojos fijos en el vacío.
El frío se fue, tan repentino como había aparecido, y Kōri, tras tambalearse un instante, cayó al suelo entre esforzados resuellos de cansancio y la vista borrosa. El uso de su técnica definitiva requería de mucha energía, y él ya había creado dos iglús de hielo para proteger a la familia Amedama.
El agua estalló repentinamente a sus espaldas y una figura emergió. Zetsuo tomó la primera bocanada de aire, como si de agua en el desierto se tratara, y después exhaló un ahogado gemido de dolor. El hombre subió a tierra como pudo, apoyándose en un brazo mientras dejaba el otro inerte a la gravedad, pero se quedó de rodillas. La herida era terriblemente desagradable a la vista, le recorría casi toda la longitud del bíceps en forma de profundas hendiduras paralelas que no dejaban de sangrar y que dejaban a la vista parte del músculo.
—Maldito... cocodrilo... —farfulló, entre continuos siseos de dolor.
El médico aguantaba el sufrimiento con todo el estoicismo que era capaz de reunir, pero aún así su mano tembló ligeramente cuando la alzó y la envolvió en un manto de chakra verdoso que aplicó sobre las heridas para comenzar a sanarlas.
De repente, a lo lejos en la entrada que había quedado libre, se escuchó una explosión.

![[Imagen: kQqd7V9.png]](https://i.imgur.com/kQqd7V9.png)