22/11/2017, 03:16
Aquel tifón no logró su más imperioso objetivo, que era perforarle el pecho a aquel maldito cocodrilo antes de que aquellas fauces acabasen con la vida de Zetsuo. Quizás, Kaido creyó que la distancia era la correcta; pero Waniguchi era un shinobi experimentado y habilidoso, siendo perfectamente capaz de predecir el colmillo de agua, aunque no pudiendo hacer más que alejarse de los linderos y evitarlo a toda costa. Pero evitarlo de esa manera tuvo su costo, que no fue otro sino perder al médico de entre sus fauces, tan herido como estaba.
Zetsuo logró subir, poco después de hacer una seña a su salvador; y luego dejó caer algo. ¿Pero qué era?
Waniguchi fue el primero en saberlo.
Porque aquella sonrisa socarrona e interesante con la que miró a Kaido, pensando probablemente que se iba a divertir mucho probándose a sí mismo en contra del que se hacía llamar el gran Tiburón de Amegakure, se vio súbitamente interrumpida por la estratagema del patriarca de los Aotsuki, quien previó cómo el contenido de su artefacto iba a mezclarse directamente con el agua, volviéndose parte de las corriente sobre las cuales ellos nadaban y contaminando todo aquella masa de agua que rodease al Kajitsu. Kaido podría haber pensado un y mil cosas, sinceramente, pero la reacción de Waniguchi no podía significar otra cosa sino...
«¿Veneno?»
No estaba seguro, pero debía tratarse de algo que generase un efecto inmediato. Porque el Kajitsu no sólo se encontraba debatiéndose con el dolor que se acrecentaba con cada segundo en su pecho, sino que de sus labios, una fina hilera de sangre comenzó a brotar entre burbujas.
«¡Mierda, veneno!»
Poco dispuesto a quedarse a averiguarlo, el gyojin se dio vuelta y pataleó con ambas piernas, haciendo uso de su dinámico cuerpo para reventar el agua como rayo a una tormenta. Lo mejor sería volver arriba con Zetsuo, y reunirse con los demás para decidir qué hacer después. El cuerpo azulado de Kaido salió despedido del agua y cayó como pez atolondrado en la fría superficie, con los brazos tratando de sostener su peso y sus branquias derramando el excedente de agua. Lucía agitado, cansado, y lo peor de todo es que aquello apenas estaba empezando.
Zetsuo logró subir, poco después de hacer una seña a su salvador; y luego dejó caer algo. ¿Pero qué era?
Waniguchi fue el primero en saberlo.
Porque aquella sonrisa socarrona e interesante con la que miró a Kaido, pensando probablemente que se iba a divertir mucho probándose a sí mismo en contra del que se hacía llamar el gran Tiburón de Amegakure, se vio súbitamente interrumpida por la estratagema del patriarca de los Aotsuki, quien previó cómo el contenido de su artefacto iba a mezclarse directamente con el agua, volviéndose parte de las corriente sobre las cuales ellos nadaban y contaminando todo aquella masa de agua que rodease al Kajitsu. Kaido podría haber pensado un y mil cosas, sinceramente, pero la reacción de Waniguchi no podía significar otra cosa sino...
«¿Veneno?»
No estaba seguro, pero debía tratarse de algo que generase un efecto inmediato. Porque el Kajitsu no sólo se encontraba debatiéndose con el dolor que se acrecentaba con cada segundo en su pecho, sino que de sus labios, una fina hilera de sangre comenzó a brotar entre burbujas.
«¡Mierda, veneno!»
Poco dispuesto a quedarse a averiguarlo, el gyojin se dio vuelta y pataleó con ambas piernas, haciendo uso de su dinámico cuerpo para reventar el agua como rayo a una tormenta. Lo mejor sería volver arriba con Zetsuo, y reunirse con los demás para decidir qué hacer después. El cuerpo azulado de Kaido salió despedido del agua y cayó como pez atolondrado en la fría superficie, con los brazos tratando de sostener su peso y sus branquias derramando el excedente de agua. Lucía agitado, cansado, y lo peor de todo es que aquello apenas estaba empezando.
