10/12/2017, 00:04
Viento en popa, su otro él se alzó con galantería y confianza por detrás del enemigo; haciendo alarde de una aparición sorpresiva que en principio creyó más ventajosa de lo que realmente lo fue. Nokogiri, sin embargo, era un shinobi cuyos sentidos estaban quisquillosamente acostumbrados a ese tipo de tretas.
O al menos, a una de ellas.
Porque a pesar de haberse volteado con tiempo y haber usado aquella espada-sierra para cercenar a su mizu bunshin, éste no contó con que el agua que le componía volvería a alzarse envalentonada, convirtiéndose en el poderoso torbellino que fue. Un torbellino que le obligó a usar las habilidades de su clan y a licuarse entero ante la más mínima señal de peligro. Y con él convertido en agua, aquella peligrosa espada cayó, indefensa.
Pero aquel tipo era rápido, y vengativo. Karoi no sería su objetivo, sino el tiburón, que yacía a unos cuantos metros observando todo lo acontecido. Y apenas sintió que el líquido vital se alzaba de nuevo frente a él con la forma de aquel fornido Kajitsu —y cuyo brazo, además, yacía ensanchado a más no poder—. temió entonces lo peor. Lo peor dentro de lo que cabía, dado que él también sabía usar el Suika no Jutsu. ¿Cómo no?
Sin embargo, aquel brazo no llegó a abalanzarse hacia él cuando Karoi, el jinete de mares; fraguaría su vanguardia hacia la espalda de Nokogiri. Pero él sabía que no iba a llegar, no... el tiempo no le apremiaría en esa ocasión. Así que actuó en consecuencia y, esperando que Kaido pudiera discernir sus intenciones, arrojó lo que llevaba consigo a cuestas.
¿Y qué era?
La espada de Nokogiri. Una que, traicionera, se deslizó desafiante por las manos del gyojin; quien con su fuerza bruta sentenció aquel primitivo choque de familia en una rápida y fugaz blandida hacia adelante atravesando el cuerpo de Nokogiri no Kajitsu.
—¡Por los verdaderos Hōzuki, hijo de perra!
Si bien recibía el peso del gosuiwan sobre su ser, no iba a inmutarse. No iba a caer en el juego del Suika, no esa vez. Tenía que acabar con aquello, reduciendo las posibilidades de los Kajitsu de vencer. A cero.
A cero...
O al menos, a una de ellas.
Porque a pesar de haberse volteado con tiempo y haber usado aquella espada-sierra para cercenar a su mizu bunshin, éste no contó con que el agua que le componía volvería a alzarse envalentonada, convirtiéndose en el poderoso torbellino que fue. Un torbellino que le obligó a usar las habilidades de su clan y a licuarse entero ante la más mínima señal de peligro. Y con él convertido en agua, aquella peligrosa espada cayó, indefensa.
Pero aquel tipo era rápido, y vengativo. Karoi no sería su objetivo, sino el tiburón, que yacía a unos cuantos metros observando todo lo acontecido. Y apenas sintió que el líquido vital se alzaba de nuevo frente a él con la forma de aquel fornido Kajitsu —y cuyo brazo, además, yacía ensanchado a más no poder—. temió entonces lo peor. Lo peor dentro de lo que cabía, dado que él también sabía usar el Suika no Jutsu. ¿Cómo no?
Sin embargo, aquel brazo no llegó a abalanzarse hacia él cuando Karoi, el jinete de mares; fraguaría su vanguardia hacia la espalda de Nokogiri. Pero él sabía que no iba a llegar, no... el tiempo no le apremiaría en esa ocasión. Así que actuó en consecuencia y, esperando que Kaido pudiera discernir sus intenciones, arrojó lo que llevaba consigo a cuestas.
¿Y qué era?
La espada de Nokogiri. Una que, traicionera, se deslizó desafiante por las manos del gyojin; quien con su fuerza bruta sentenció aquel primitivo choque de familia en una rápida y fugaz blandida hacia adelante atravesando el cuerpo de Nokogiri no Kajitsu.
—¡Por los verdaderos Hōzuki, hijo de perra!
Si bien recibía el peso del gosuiwan sobre su ser, no iba a inmutarse. No iba a caer en el juego del Suika, no esa vez. Tenía que acabar con aquello, reduciendo las posibilidades de los Kajitsu de vencer. A cero.
A cero...
