10/12/2017, 02:22
Al unísono, aquel par de fuerzas titánicas se debatieron en un intenso duelo de semi-dioses. Un brazo con la fuerza de mil hombres, en principio, acarició certero el pecho del gyojin, generando ahí en donde debía estar la boca de su estómago un impacto potente y certero que se concentró como un resorte en su cuerpo bien constituido aunque ligeramente magullado, que poco después saldría volando hacia atrás cual muñeco de trapo, por el indudable impacto de la mano del Kajitsu.
Su espada, sin embargo, aquella que una vez le hubo pertenecido a la sangre traidora; encajó su millar de dientes serrados en el torso del enemigo, penetrando sus carnes y rasgando la mitad de su constitución por la fuerza del empuje de su propio golpe.
Umikiba Kaido no soltaría aquella espada, no hasta que su cuerpo dejó de volar tras impactar con una de las paredes contiguas del pasillo. Atolondrado, cayó seco en el agua, y tuvo que contener las inútiles arcadas que se le asomaban por la garganta, junto a vestigios de sangre que se deslizaban por la comisura de sus labios.
Abalanzó su brazo por sobre su pecho, y se quejó. Se quejó, y tosió luego, con la vista torcida hacia el camino que recorría Karoi a inmensas zancadas para socorrerle. El jinete de mares se le acercó, tendiéndole una mano amiga y ayudándole a levantarse de su lecho herido.
—Mierda, ese hijo de puta me ha dado bien —espetó, balanceándose por sobre el hombro de Karoi. Su mano izquierda apenas se alzaba, con el mango de la espada colgándole, mientras la sangre de Nokogiri se escurría de a poco, a cuenta gotas; casi que saboreándola.
—¡Chico! ¿Estás bien? —Kaido asintió, bien pudo—. ¡Eso ha sido muy bueno, Kaido-kun! ¡Menos mal que eres buen luchador! Eh, y esa espada te va que ni al pelo, ¿eh? —él le guiñó el ojo, y El Tiburón no pudo hacer más que reír, convincente. Quizás Karoi tenía razón, aquella espada, ahora que se daba cuenta, había arrebatado la vida de un hombre siendo blandida por sus propias manos. Con lo que aquello significaba, y siendo además la primera vez que asesinaba, probablemente sintiese la imperiosa necesidad de hacerse cargo de ella. De la espada-sierra—. Deberíamos continuar, ¿puedes moverte?
Ante su interrogante, el escualo movió el torso de hacia su izquierda, y luego a la derecha. Finalmente, dio un profundo respingo y soltó el aire progresivamente. No. No tenía nada roto, por suerte.
—Puedo, sí. Vamos, hemos perdido demasiado tiempo. Te sigo, Karoi-san... y, gracias por echarme un mano.
Sentenció, antes de partir.
Su espada, sin embargo, aquella que una vez le hubo pertenecido a la sangre traidora; encajó su millar de dientes serrados en el torso del enemigo, penetrando sus carnes y rasgando la mitad de su constitución por la fuerza del empuje de su propio golpe.
Umikiba Kaido no soltaría aquella espada, no hasta que su cuerpo dejó de volar tras impactar con una de las paredes contiguas del pasillo. Atolondrado, cayó seco en el agua, y tuvo que contener las inútiles arcadas que se le asomaban por la garganta, junto a vestigios de sangre que se deslizaban por la comisura de sus labios.
Abalanzó su brazo por sobre su pecho, y se quejó. Se quejó, y tosió luego, con la vista torcida hacia el camino que recorría Karoi a inmensas zancadas para socorrerle. El jinete de mares se le acercó, tendiéndole una mano amiga y ayudándole a levantarse de su lecho herido.
—Mierda, ese hijo de puta me ha dado bien —espetó, balanceándose por sobre el hombro de Karoi. Su mano izquierda apenas se alzaba, con el mango de la espada colgándole, mientras la sangre de Nokogiri se escurría de a poco, a cuenta gotas; casi que saboreándola.
—¡Chico! ¿Estás bien? —Kaido asintió, bien pudo—. ¡Eso ha sido muy bueno, Kaido-kun! ¡Menos mal que eres buen luchador! Eh, y esa espada te va que ni al pelo, ¿eh? —él le guiñó el ojo, y El Tiburón no pudo hacer más que reír, convincente. Quizás Karoi tenía razón, aquella espada, ahora que se daba cuenta, había arrebatado la vida de un hombre siendo blandida por sus propias manos. Con lo que aquello significaba, y siendo además la primera vez que asesinaba, probablemente sintiese la imperiosa necesidad de hacerse cargo de ella. De la espada-sierra—. Deberíamos continuar, ¿puedes moverte?
Ante su interrogante, el escualo movió el torso de hacia su izquierda, y luego a la derecha. Finalmente, dio un profundo respingo y soltó el aire progresivamente. No. No tenía nada roto, por suerte.
—Puedo, sí. Vamos, hemos perdido demasiado tiempo. Te sigo, Karoi-san... y, gracias por echarme un mano.
Sentenció, antes de partir.
