10/12/2017, 19:44
Mientras dialogaban, Kiroe y Mogura continuaron su avance de vuelta hacia el punto de partida. Ya corrían sobre suelo seco, pues habían dejado atrás la masa de agua que había cubierto el corredor más arriba y afortunadamente nadie, enemigo o amigo, les salió al encuentro, por lo que no se vieron frenados de nuevo.
Ahora mismo estaban pasando justo por delante de la biblioteca donde Kiroe había asesinado a Bunko Nezumi. De hecho, su cuerpo sin vida seguía atravesado en el camino.
Tras un par de comprobaciones sobre su propio estado, Kaido asintió a la pregunta formulada por Karoi.
—Puedo, sí. Vamos, hemos perdido demasiado tiempo. Te sigo, Karoi-san... y, gracias por echarme un mano.
El hombre levantó un pulgar y le guiñó el ojo, amistoso.
—¡No hay de qué, para eso he venido! ¡Y ahora sigamos! ¿Sí?
Ambos continuaron corriendo hacia delante, y pronto llegaron al final del pasillo. Tal y como había indicado Kiroe, por intervención de su hijo, en aquel punto se reunían de nuevo los tres pasillos, por lo que sólo tenían que hacer un pequeño giro y tomar el del centro. Tras varios minutos de carrera ininterrumpidos, el corredor se abrió a una sala circular abierta a cielo abierto. Desde el agujero del techo, el agua caía formando una cascada con forma de tubo hueco que se hundía en la roca y llegaba hasta el piso inferior.
—Bien, aquí estamos —Karoi había bajado la voz, pero seguía siendo perfectamente audible por encima del estruendo de la cascada. Con una seña de mano, invitó a Kaido a acercarse al borde—. No sabemos lo que vamos a encontrar ahí abajo, así que debemos andarnos con mucho cuidado, ¿sí? —Inspiró y después espiró—. Vamos allá. Una, dos, y...
Su cuerpo estalló repentinamente en agua que cayó vencida por la gravedad y se mezcló a la perfección con la cascada.
El brillo esmeralda se desvaneció de las manos de Zetsuo, y con aquel se marchó también el reconfortante cosquilleo en el pecho, ya prácticamente curado. Sin embargo, ninguna sensación podría compararse a la que vino a continuación, cuando su padre la estrechó entre sus brazos y la apretó contra él con fuerza. Un gesto nunca antes tan sincero, y que llevaba años sin repetir.
A Ayame se le volvieron a inundar los ojos de lágrimas. Pero esta vez no eran de amargura ni de dolor, sino de la más absoluta felicidad y alivio.
—No vuelvas a irte, Ayame —le dijo—. Nunca más. Déjame enseñarte más sobre el Genjutsu cuando vuelvas a casa.
Ella escondió el rostro en su hombro, en un ridículo intento por disimular los sollozos que sacudían su cuerpo. Y, cuando al fin se separaron, Ayame se levantó tambaleante, apoyándose en el hombro de Zetsuo, y abrazó también a su hermano. Aunque no pudo evitar estremecerse al sentir lo frío que estaba. Era, literalmente, como abrazar un cubito de hielo.
—Lo siento mucho, hermano...
—Deja de disculparte. Ya ha pasado todo.
Ella asintió, aunque no parecía del todo convencida. Y cuando se separó de Kōri, se dio media vuelta y sus pasos lentos chapotearon en el agua en dirección a Daruu. Se arrodilló junto al chico, que se había dejado caer al suelo de espaldas.
—Y... yo... lo siento mucho, Daruu-kun... —murmuró, jugueteando nerviosa con sus manos. Hizo el amago de reajustarse de nuevo la cinta sobre la frente, pero se sorprendió cuando sus dedos toparon con el vacío. Volvió a bajar el brazo con un suspiro. Le iba a tomar un tiempo acostumbrarse a no tener nada en ella—. No te creí, y os dije cosas horribles a todos... Yo... yo...
Ahora mismo estaban pasando justo por delante de la biblioteca donde Kiroe había asesinado a Bunko Nezumi. De hecho, su cuerpo sin vida seguía atravesado en el camino.
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Tras un par de comprobaciones sobre su propio estado, Kaido asintió a la pregunta formulada por Karoi.
—Puedo, sí. Vamos, hemos perdido demasiado tiempo. Te sigo, Karoi-san... y, gracias por echarme un mano.
El hombre levantó un pulgar y le guiñó el ojo, amistoso.
—¡No hay de qué, para eso he venido! ¡Y ahora sigamos! ¿Sí?
Ambos continuaron corriendo hacia delante, y pronto llegaron al final del pasillo. Tal y como había indicado Kiroe, por intervención de su hijo, en aquel punto se reunían de nuevo los tres pasillos, por lo que sólo tenían que hacer un pequeño giro y tomar el del centro. Tras varios minutos de carrera ininterrumpidos, el corredor se abrió a una sala circular abierta a cielo abierto. Desde el agujero del techo, el agua caía formando una cascada con forma de tubo hueco que se hundía en la roca y llegaba hasta el piso inferior.
—Bien, aquí estamos —Karoi había bajado la voz, pero seguía siendo perfectamente audible por encima del estruendo de la cascada. Con una seña de mano, invitó a Kaido a acercarse al borde—. No sabemos lo que vamos a encontrar ahí abajo, así que debemos andarnos con mucho cuidado, ¿sí? —Inspiró y después espiró—. Vamos allá. Una, dos, y...
Su cuerpo estalló repentinamente en agua que cayó vencida por la gravedad y se mezcló a la perfección con la cascada.
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El brillo esmeralda se desvaneció de las manos de Zetsuo, y con aquel se marchó también el reconfortante cosquilleo en el pecho, ya prácticamente curado. Sin embargo, ninguna sensación podría compararse a la que vino a continuación, cuando su padre la estrechó entre sus brazos y la apretó contra él con fuerza. Un gesto nunca antes tan sincero, y que llevaba años sin repetir.
A Ayame se le volvieron a inundar los ojos de lágrimas. Pero esta vez no eran de amargura ni de dolor, sino de la más absoluta felicidad y alivio.
—No vuelvas a irte, Ayame —le dijo—. Nunca más. Déjame enseñarte más sobre el Genjutsu cuando vuelvas a casa.
Ella escondió el rostro en su hombro, en un ridículo intento por disimular los sollozos que sacudían su cuerpo. Y, cuando al fin se separaron, Ayame se levantó tambaleante, apoyándose en el hombro de Zetsuo, y abrazó también a su hermano. Aunque no pudo evitar estremecerse al sentir lo frío que estaba. Era, literalmente, como abrazar un cubito de hielo.
—Lo siento mucho, hermano...
—Deja de disculparte. Ya ha pasado todo.
Ella asintió, aunque no parecía del todo convencida. Y cuando se separó de Kōri, se dio media vuelta y sus pasos lentos chapotearon en el agua en dirección a Daruu. Se arrodilló junto al chico, que se había dejado caer al suelo de espaldas.
—Y... yo... lo siento mucho, Daruu-kun... —murmuró, jugueteando nerviosa con sus manos. Hizo el amago de reajustarse de nuevo la cinta sobre la frente, pero se sorprendió cuando sus dedos toparon con el vacío. Volvió a bajar el brazo con un suspiro. Le iba a tomar un tiempo acostumbrarse a no tener nada en ella—. No te creí, y os dije cosas horribles a todos... Yo... yo...

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