11/12/2017, 14:31
Daruu le sonrió, afable, pero el gesto no tardó en resquebrajarse entre sus labios y transformarse en un sollozo. La atrajo hacia él, abrazándola con firmeza, y Ayame lloró con él.
—Me da igual todo —le dijo—. Lo importante es que todo ha pasado.
¿Pero qué había hecho? ¿En qué clase de estúpida se había convertido? ¿Qué excusa valía para justificar lo que acababa de hacer? ¿Cómo se había dejado seducir por la lengua de Reigetsu hasta el punto de apartar a las personas que de verdad le importaban? Ellos habían arriesgado sus vidas para llegar hasta ella, para rescatarla, y ella les había recibido con increpaciones, gritos e incluso se había mostrado dispuesta a atacarles. ¿Qué clase de monstruo era para haber permitido que pasara algo así? Su bandana, rajada, se había perdido en algún punto del agua. Pero ella no merecía una nueva. No la merecía... ¿Y con qué cara iba a presentarse frente a la Arashikage después de lo que había dicho sobre ella? ¿Cómo iba a explicárselo?
«"Déjame enseñarte más sobre el Genjutsu cuando vuelvas a casa."» Su mente le recordó la promesa que le había hecho su padre, y ella se mordió el labio inferior con un estremecimiento.
Toda aquella pesadilla había comenzado por aquel estúpido capricho.
—¿Kiroe? ¿Estás ahí, Kiroe? —hablaba Zetsuo, sujetándose el transmisor con la mano.
«¿Kiroe-san también ha venido?» Pensó Ayame, sorprendida y avergonzada a partes iguales. ¿Pero a cuánta gente se habían traído para llevarla de vuelta?
—La misión ha terminado. Hemos recuperado a Ayame. Repito: la misión ha acabado.
Incluso a aquella distancia, Ayame pudo escuchar un exaltado rumor desde el transmisor de su padre, que tuvo que apartárselo del oído para no quedarse irremediablemente sordo. Aquella escena excavó un recuerdo en la mente de Ayame, y no pudo evitar esbozar una débil y temblorosa sonrisa.
—¡Joder, Amedama, no grites tanto! —gruñó—. ¿Qué? Bien, me alegro que Mogura-kun esté... No, no vengáis. Quedáos en la salida. Ahora vamos nosotros.
Ayame abrió la boca para decir algo, pero su padre se había vuelto hacia Daruu.
—¡Daruu! ¿Queda algún enemigo en la guarida? ¿Puedes comprobarlo, por favor?
—Sólo una vez más, luego, tendré que descansar —el Hyūga se levantó e hizo un último barrido a la sala utilizando su Byakugan, girando sobre sí mismo—. ¿Karoi-san...?
Ayame parpadeó, confundida. Pero en aquella ocasión no fue la única.
—¿Cómo dices? —preguntó Zetsuo.
Y es que, desde la misma cascada, dos siluetas emergieron del agua: su tío Karoi y...
—K... ¿Koido-san? ¿Qué hace aquí? ¿También es un Kajitsu? —preguntó una anonadada Ayame, retrocediendo un paso. En un gesto inconsciente, agachó ligeramente la cabeza para ocultar la luna de su frente, pero siguió mirándole por debajo de las pestañas.
—Ha venido también con nosotros para salvarte, Ayame —intervino Kōri, su rostro y su voz habían regresado a la misma gelidez de siempre.
—D... ¿De verd...?
—¡Ayame! ¿Estás bien? ¿Qué te ha hecho ese malnacido? —Karoi corrió hacia ella y la agarró por los hombros. Sus ojos cristalinos la evaluaron de arriba a abajo, críticos, y se detuvieron momentáneamente en el pequeño agujero de apenas dos centímetros de diámetro que había perforado sus ropajes a la altura del pecho.
—E... Estoy b...
—¡¿Dónde está ese malnacido de Reigetsu?! ¡Voy a matarlo por atreverse a ponerte un dedo encima!
—Está muerto. Papá, Kōri y Daruu... me salvaron —Ayame se volvió hacia su padre—. Papá, Kiroe-san y Mogura-san deben volver por donde hayáis entrado. Nosotros no podemos regresar arriba desde aquí. Una vez que se baja por esa cascada no hay vuelta atrás —le comunicó.
»No hay salida.
—Me da igual todo —le dijo—. Lo importante es que todo ha pasado.
¿Pero qué había hecho? ¿En qué clase de estúpida se había convertido? ¿Qué excusa valía para justificar lo que acababa de hacer? ¿Cómo se había dejado seducir por la lengua de Reigetsu hasta el punto de apartar a las personas que de verdad le importaban? Ellos habían arriesgado sus vidas para llegar hasta ella, para rescatarla, y ella les había recibido con increpaciones, gritos e incluso se había mostrado dispuesta a atacarles. ¿Qué clase de monstruo era para haber permitido que pasara algo así? Su bandana, rajada, se había perdido en algún punto del agua. Pero ella no merecía una nueva. No la merecía... ¿Y con qué cara iba a presentarse frente a la Arashikage después de lo que había dicho sobre ella? ¿Cómo iba a explicárselo?
«"Déjame enseñarte más sobre el Genjutsu cuando vuelvas a casa."» Su mente le recordó la promesa que le había hecho su padre, y ella se mordió el labio inferior con un estremecimiento.
Toda aquella pesadilla había comenzado por aquel estúpido capricho.
—¿Kiroe? ¿Estás ahí, Kiroe? —hablaba Zetsuo, sujetándose el transmisor con la mano.
«¿Kiroe-san también ha venido?» Pensó Ayame, sorprendida y avergonzada a partes iguales. ¿Pero a cuánta gente se habían traído para llevarla de vuelta?
—La misión ha terminado. Hemos recuperado a Ayame. Repito: la misión ha acabado.
Incluso a aquella distancia, Ayame pudo escuchar un exaltado rumor desde el transmisor de su padre, que tuvo que apartárselo del oído para no quedarse irremediablemente sordo. Aquella escena excavó un recuerdo en la mente de Ayame, y no pudo evitar esbozar una débil y temblorosa sonrisa.
—¡Joder, Amedama, no grites tanto! —gruñó—. ¿Qué? Bien, me alegro que Mogura-kun esté... No, no vengáis. Quedáos en la salida. Ahora vamos nosotros.
Ayame abrió la boca para decir algo, pero su padre se había vuelto hacia Daruu.
—¡Daruu! ¿Queda algún enemigo en la guarida? ¿Puedes comprobarlo, por favor?
—Sólo una vez más, luego, tendré que descansar —el Hyūga se levantó e hizo un último barrido a la sala utilizando su Byakugan, girando sobre sí mismo—. ¿Karoi-san...?
Ayame parpadeó, confundida. Pero en aquella ocasión no fue la única.
—¿Cómo dices? —preguntó Zetsuo.
Y es que, desde la misma cascada, dos siluetas emergieron del agua: su tío Karoi y...
—K... ¿Koido-san? ¿Qué hace aquí? ¿También es un Kajitsu? —preguntó una anonadada Ayame, retrocediendo un paso. En un gesto inconsciente, agachó ligeramente la cabeza para ocultar la luna de su frente, pero siguió mirándole por debajo de las pestañas.
—Ha venido también con nosotros para salvarte, Ayame —intervino Kōri, su rostro y su voz habían regresado a la misma gelidez de siempre.
—D... ¿De verd...?
—¡Ayame! ¿Estás bien? ¿Qué te ha hecho ese malnacido? —Karoi corrió hacia ella y la agarró por los hombros. Sus ojos cristalinos la evaluaron de arriba a abajo, críticos, y se detuvieron momentáneamente en el pequeño agujero de apenas dos centímetros de diámetro que había perforado sus ropajes a la altura del pecho.
—E... Estoy b...
—¡¿Dónde está ese malnacido de Reigetsu?! ¡Voy a matarlo por atreverse a ponerte un dedo encima!
—Está muerto. Papá, Kōri y Daruu... me salvaron —Ayame se volvió hacia su padre—. Papá, Kiroe-san y Mogura-san deben volver por donde hayáis entrado. Nosotros no podemos regresar arriba desde aquí. Una vez que se baja por esa cascada no hay vuelta atrás —le comunicó.
»No hay salida.

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