16/12/2017, 17:54
—¡Mierda! —blasfemó Zetsuo—. Ahora tenemos que volver hacia atrás. Con las ganas que tengo ya de salir de este pequeño agujero lleno de basura. ¡Vamos!
—Lo siento, debí decirlo antes —se excusó Ayame, encogiéndose ligeramente, pero su padre se había vuelto a llevar la mano al oído.
—Kiroe, Kiroe, ¿me recibes? Hemos encontrado una salida mucho más conveniente. Venid por el pasillo central. Tranquilos, está despejado. —Cortada la comunicación, el médico suspiró y se volvió una última vez hacia ellos—. Venga, no perdamos el tiempo.
Y así, se dieron media vuelta y comenzaron a deshacer el camino andado hacia la catarata congelada.
Sin embargo, cuando ya casi estaban llegando al lugar, Ayame se detuvo en seco y se volvió sobre sus talones. Entrecerró los ojos, intentando concentrarse y agudizar el oído. Escuchaba algo en el fondo del corredor. Un leve rumor, apenas audible, pero que iba aumentando de volumen de forma increíblemente rápida. El rumor se convirtió en un rápido redoble de tambores y a este se sumó una voz...
—Q... ¿Qué es...? —murmuró inquieta, retrocediendo apenas un paso. Una gota de sudor frío recorrió su sien. ¿Acaso habían sido descubiertos por algún Kajitsu?
Y entonces vio una silueta que se acercaba a ellos a toda velocidad como una suerte de ferrocarril.
—¡AyaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaMEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEE-CHAN!
Antes de que pudiera siquiera asimilar qué estaba pasando, Ayame fue arrollada brutalmente. El impacto contra el suelo y peso sobre su cuerpo le cortaron la respiración momentáneamente y a punto estuvo de licuar su cuerpo en un aterrado acto reflejo cuando sintió a la mujer frotar su mejilla contra la de ella.
—¡Menos mal menos mal menos mal!
—¡Maldita sea, mujer! ¡Estás LOCA! —vociferó Zetsuo.
—K... Kiroe-san... —suspiró Ayame, casi sin aliento, y los ojos anegados de lágrimas de nuevo.
Y cuando pudo levantarse de nuevo los vio a todos allí. Los vio de verdad.
Zetsuo y Kōri, ambos levantándose del suelo y sacudiéndose el polvo de la ropa (el primero visiblemente más enfadado que el segundo), Daruu y Kiroe cerca de ella, ambos radiantes de felicidad (sobre todo ella); y algo más retirados, Kaido y Mogura, que bromeaban entre sí.
«De verdad han venido todos a buscarme...» Pensó, mordiéndose el labio inferior.
Todos ellos habían arriesgado sus vidas para llegar hasta ella, todos habían pasado por serias dificultades, y ejemplo de ellas eran la clara debilidad y palidez de Mogura y las terribles cicatrices que exhibía su padre en el brazo y sus ropas rasgadas. A su lado, el pequeño agujero que perforaba la ropa de Ayame se antojaba casi ridícula.
En un acto reflejo, Ayame levantó la mano hacia su frente, pero la punta de sus dedos volvieron a topar con el vacío. Al final, dejó caer el brazo e inclinó el torso en una profunda reverencia.
—Lo siento... —repitió, pero esta vez para todos los presentes—. Os debo una disculpa a todos... He sido una estúpida... He dicho y hecho cosas terribles... Y he estado a punto de tirarlo todo por la borda. Lo siento... —se interrumpió un momento. Tomó aire, y sin levantar siquiera la cabeza continuó—. Y también... gracias... Gracias por salvarme la vida. Nunca encontraré la manera de agradeceros lo que habéis hecho por mí hoy...
—Lo siento, debí decirlo antes —se excusó Ayame, encogiéndose ligeramente, pero su padre se había vuelto a llevar la mano al oído.
—Kiroe, Kiroe, ¿me recibes? Hemos encontrado una salida mucho más conveniente. Venid por el pasillo central. Tranquilos, está despejado. —Cortada la comunicación, el médico suspiró y se volvió una última vez hacia ellos—. Venga, no perdamos el tiempo.
Y así, se dieron media vuelta y comenzaron a deshacer el camino andado hacia la catarata congelada.
Sin embargo, cuando ya casi estaban llegando al lugar, Ayame se detuvo en seco y se volvió sobre sus talones. Entrecerró los ojos, intentando concentrarse y agudizar el oído. Escuchaba algo en el fondo del corredor. Un leve rumor, apenas audible, pero que iba aumentando de volumen de forma increíblemente rápida. El rumor se convirtió en un rápido redoble de tambores y a este se sumó una voz...
—Q... ¿Qué es...? —murmuró inquieta, retrocediendo apenas un paso. Una gota de sudor frío recorrió su sien. ¿Acaso habían sido descubiertos por algún Kajitsu?
Y entonces vio una silueta que se acercaba a ellos a toda velocidad como una suerte de ferrocarril.
—¡AyaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaMEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEE-CHAN!
Antes de que pudiera siquiera asimilar qué estaba pasando, Ayame fue arrollada brutalmente. El impacto contra el suelo y peso sobre su cuerpo le cortaron la respiración momentáneamente y a punto estuvo de licuar su cuerpo en un aterrado acto reflejo cuando sintió a la mujer frotar su mejilla contra la de ella.
—¡Menos mal menos mal menos mal!
—¡Maldita sea, mujer! ¡Estás LOCA! —vociferó Zetsuo.
—K... Kiroe-san... —suspiró Ayame, casi sin aliento, y los ojos anegados de lágrimas de nuevo.
Y cuando pudo levantarse de nuevo los vio a todos allí. Los vio de verdad.
Zetsuo y Kōri, ambos levantándose del suelo y sacudiéndose el polvo de la ropa (el primero visiblemente más enfadado que el segundo), Daruu y Kiroe cerca de ella, ambos radiantes de felicidad (sobre todo ella); y algo más retirados, Kaido y Mogura, que bromeaban entre sí.
«De verdad han venido todos a buscarme...» Pensó, mordiéndose el labio inferior.
Todos ellos habían arriesgado sus vidas para llegar hasta ella, todos habían pasado por serias dificultades, y ejemplo de ellas eran la clara debilidad y palidez de Mogura y las terribles cicatrices que exhibía su padre en el brazo y sus ropas rasgadas. A su lado, el pequeño agujero que perforaba la ropa de Ayame se antojaba casi ridícula.
En un acto reflejo, Ayame levantó la mano hacia su frente, pero la punta de sus dedos volvieron a topar con el vacío. Al final, dejó caer el brazo e inclinó el torso en una profunda reverencia.
—Lo siento... —repitió, pero esta vez para todos los presentes—. Os debo una disculpa a todos... He sido una estúpida... He dicho y hecho cosas terribles... Y he estado a punto de tirarlo todo por la borda. Lo siento... —se interrumpió un momento. Tomó aire, y sin levantar siquiera la cabeza continuó—. Y también... gracias... Gracias por salvarme la vida. Nunca encontraré la manera de agradeceros lo que habéis hecho por mí hoy...

![[Imagen: kQqd7V9.png]](https://i.imgur.com/kQqd7V9.png)