20/12/2017, 13:05
Los atónitos ojos de Ayame se clavaron en la herida de bala a medio curar de Daruu, y luego en la de Kiroe. La muchacha palideció y se arrojó contra el Hyūga, abrazándolo con fuerza y exclamando múltiples disculpas. Daruu acarició su cabello con mirada triste. Kōri se acercó, apoyó una mano en el hombro de Ayame y le recordó que debían marcharse. Daruu golpeó amistosamente la espalda de Ayame unas cuantas veces.
—Sí, vámonos, Ayame. Estoy harto de este sitio. Volvámos a casa —susurró—. Y... te invitaré a un chocolate, un día de estos.
La pareja se separó y todos continuaron el camino. Pronto divisaron de nuevo el tubo helado por el que tenían que subir. En otra ocasión, quizás a Daruu se le habría ocurrido usar una de sus técnicas para propulsarse hasta el exterior. Pero ahora que veía el agujero por el que habían salido desde el piso inferior, le invadió todo el cansancio y todo el dolor que la adrenalina había mitigado. Le pesaban las piernas y los brazos, le dolía la cabeza... todo eso excluyendo el punzante mordisco fantasma de la no-bala cerca de su hombro.
—¿Tenemos que subir por ahí? Madre mía, nos vamos a romper la crisma —rio Kiroe, desperezándose.
—¿Tienes alguna idea mejor? —espetó Zetsuo.
—¡Ja, ja, ja! No, claro que no... Veeeenga, venga, chicos. Vosotros primero.
Kiroe apremió a los demás para que fueran subiendo. Uno a uno, los invasores de la guarida de los Kajitsu ascendieron por el tubo helado con cuidado, concentrados contínuamente en no caer hacia abajo. Pese a que había agua en el inferior de la tubería, si caían de aquella altura podían matarse. Romperse la crisma de verdad. Por no hablar de que arrastrarían a todo el que viniese detrás... Normalmente hubiera bastado con concentrar chakra en las plantas de los pies y subir corriendo, pero la superficie era extremadamente resbaladiza, de modo que tuvieron que concentrarlo también en las palmas de las manos y gatear hasta arriba. Todo eso... llevó bastante tiempo.
Y aprovechando que todo el mundo estaba ocupado, Zetsuo y Kiroe se habían quedado algo rezagados...
Cuando Zetsuo estaba a punto de cruzar él mismo el umbral de aquél iglú cilíndrico, Kiroe tiró de su ropa.
—¿Qué pasa ahora? —dijo.
—Chssss. Oye, ¿qué ha pasado allí abajo? ¿Dónde... están vuestras bandanas?
Zetsuo suspiró, se dio media vuelta y le contó todo lo que había sucedido a Kiroe, entre susurros. Kiroe bajó el rostro, taciturna, y dejó marchar a Zetsuo, quien de nuevo iba a entrar al tubo.
—Dime una cosa, Zetsuo, sólo una última cosa —advirtió la mujer—. ¿Qué hubieras hecho si Ayame no se hubiese tragado el truco de rasgar la placa? ¿De verdad te habrías ido de Ame...?
—Nos conocemos desde hace mucho tiempo, Kiroe —dijo Zetsuo, en voz baja. Un tinte de tristeza coloreaba su quebrada voz de veterano cuando dijo—: y creo que tú y yo no somos tan diferentes en ese aspecto.
»Un traidor es un traidor. Aunque sea tu propia hija. Aunque sea...
—El amor de tu vida. El padre de tu único hijo.
—Habría hecho lo mismo que tú hiciste con Danbaku.
—Todavía me duele escuchar su nombre.
—Fue tu deber. Habría sido el mío.
—Lo sé. —Kiroe se adelantó y empujó a Zetsuo, que casi se cae hacia abajo en el tubo y necesitó agarrarse con un kunai al hielo. La mujer soltó una risilla—. ¡Ay, qué torpe eres, medicucho! ¡Vigila por dónde vas! —La voz de Kiroe llenó las paredes de hielo del túnel.
—¡¡Gilipollas, te voy a matar!!
Daruu fue el último del grupo, dejando de lado a Kiroe y a Zetsuo, que puso la mano en el borde y se impulsó, saliendo de aquella prisión terrible. Avanzó unos metros, respiró hondo y se dejó caer, exhausto.
—Por fin...
—Pffff. Míralos, si parecen críos. ¿Qué hacen peleándose allá abajo? Con las ganas que tenía yo de salir de ahí....
—¡Delfines! —exclamó Ayame, ilusionada, en el borde del barranco. Daruu giró la cabeza y la observó, desde unos metros de distancia. Y por primera vez en mucho tiempo, la vio como quería verla: feliz y despreocupada incluso en los momentos crudos. Daruu se acercó gateando y se dejó caer allí mismo, pero los delfines ya se habían ido.
—Tanto esfuerzo para nada, ¡me lo he perdido! —rio—. Ay, por Amenokami, qué ganas de pillar la cama...
—Sí, vámonos, Ayame. Estoy harto de este sitio. Volvámos a casa —susurró—. Y... te invitaré a un chocolate, un día de estos.
La pareja se separó y todos continuaron el camino. Pronto divisaron de nuevo el tubo helado por el que tenían que subir. En otra ocasión, quizás a Daruu se le habría ocurrido usar una de sus técnicas para propulsarse hasta el exterior. Pero ahora que veía el agujero por el que habían salido desde el piso inferior, le invadió todo el cansancio y todo el dolor que la adrenalina había mitigado. Le pesaban las piernas y los brazos, le dolía la cabeza... todo eso excluyendo el punzante mordisco fantasma de la no-bala cerca de su hombro.
—¿Tenemos que subir por ahí? Madre mía, nos vamos a romper la crisma —rio Kiroe, desperezándose.
—¿Tienes alguna idea mejor? —espetó Zetsuo.
—¡Ja, ja, ja! No, claro que no... Veeeenga, venga, chicos. Vosotros primero.
Kiroe apremió a los demás para que fueran subiendo. Uno a uno, los invasores de la guarida de los Kajitsu ascendieron por el tubo helado con cuidado, concentrados contínuamente en no caer hacia abajo. Pese a que había agua en el inferior de la tubería, si caían de aquella altura podían matarse. Romperse la crisma de verdad. Por no hablar de que arrastrarían a todo el que viniese detrás... Normalmente hubiera bastado con concentrar chakra en las plantas de los pies y subir corriendo, pero la superficie era extremadamente resbaladiza, de modo que tuvieron que concentrarlo también en las palmas de las manos y gatear hasta arriba. Todo eso... llevó bastante tiempo.
Y aprovechando que todo el mundo estaba ocupado, Zetsuo y Kiroe se habían quedado algo rezagados...
Cuando Zetsuo estaba a punto de cruzar él mismo el umbral de aquél iglú cilíndrico, Kiroe tiró de su ropa.
—¿Qué pasa ahora? —dijo.
—Chssss. Oye, ¿qué ha pasado allí abajo? ¿Dónde... están vuestras bandanas?
Zetsuo suspiró, se dio media vuelta y le contó todo lo que había sucedido a Kiroe, entre susurros. Kiroe bajó el rostro, taciturna, y dejó marchar a Zetsuo, quien de nuevo iba a entrar al tubo.
—Dime una cosa, Zetsuo, sólo una última cosa —advirtió la mujer—. ¿Qué hubieras hecho si Ayame no se hubiese tragado el truco de rasgar la placa? ¿De verdad te habrías ido de Ame...?
—Nos conocemos desde hace mucho tiempo, Kiroe —dijo Zetsuo, en voz baja. Un tinte de tristeza coloreaba su quebrada voz de veterano cuando dijo—: y creo que tú y yo no somos tan diferentes en ese aspecto.
»Un traidor es un traidor. Aunque sea tu propia hija. Aunque sea...
—El amor de tu vida. El padre de tu único hijo.
—Habría hecho lo mismo que tú hiciste con Danbaku.
—Todavía me duele escuchar su nombre.
—Fue tu deber. Habría sido el mío.
—Lo sé. —Kiroe se adelantó y empujó a Zetsuo, que casi se cae hacia abajo en el tubo y necesitó agarrarse con un kunai al hielo. La mujer soltó una risilla—. ¡Ay, qué torpe eres, medicucho! ¡Vigila por dónde vas! —La voz de Kiroe llenó las paredes de hielo del túnel.
—¡¡Gilipollas, te voy a matar!!
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Daruu fue el último del grupo, dejando de lado a Kiroe y a Zetsuo, que puso la mano en el borde y se impulsó, saliendo de aquella prisión terrible. Avanzó unos metros, respiró hondo y se dejó caer, exhausto.
—Por fin...
—¡Ay, qué torpe eres, medicucho! ¡Vigila por dónde vas!
—¡¡Gilipollas, te voy a matar!!
—¡¡Gilipollas, te voy a matar!!
—Pffff. Míralos, si parecen críos. ¿Qué hacen peleándose allá abajo? Con las ganas que tenía yo de salir de ahí....
—¡Delfines! —exclamó Ayame, ilusionada, en el borde del barranco. Daruu giró la cabeza y la observó, desde unos metros de distancia. Y por primera vez en mucho tiempo, la vio como quería verla: feliz y despreocupada incluso en los momentos crudos. Daruu se acercó gateando y se dejó caer allí mismo, pero los delfines ya se habían ido.
—Tanto esfuerzo para nada, ¡me lo he perdido! —rio—. Ay, por Amenokami, qué ganas de pillar la cama...
![[Imagen: K02XwLh.png]](https://i.imgur.com/K02XwLh.png)