21/12/2017, 04:13
Y, cuando Zetsuo se abalanzó hacia su hija, soltándole aquella frase que decía tan poco y tanto a la vez; el gyojin no pudo hacer más que seguirle el paso a rajatabla. Porque la verdad es que no tenía nada más para decir, y todo lo que tuvieran que discutir Ayame y Daruu, era cosa exclusivamente de ellos. Bastaba ya de chistes mordaces. Tendría que dejarles ser, que cauterizaran sus heridas mientras pudieran, bajo el reconfortante abrazo del otro.
Dejar el recuerdo y el desasosiego de la casi pérdida de un ser querido bien hundido en aquellas cuevas submarinas. Que la corriente de la cascada se las llevara de a poco junto con el hielo.
Él, personalmente, también tendría que hacer lo mismo. O parecido. Porque, el gyojin afrontaba en su cabeza un grandísimo dilema, uno que desde que decidió ayudar a Karoi a vencer a la amenaza, le estaba comiendo por dentro. Una sensación de descubrimiento, como cuando has abierto la puerta de tu hogar a la que tanto se te dijo no acercarte, pues descubrir lo que había detrás de ella no iba a ser placentero, ni mucho menos. O que bien estaba totalmente prohibido, porque sabían que si conocías la verdad, podías caer en cuenta de muchas cosas. De... muchas cosas.
Así le sucedió a él. Había abierto la jodida puerta, encontrándose con la realidad golpeándole las mejillas de un lado a otro, como una bofetada interminable. Realidad que había estado ignorando y que, ahora, después de ver de lo que los Kajitsu eran capaces, le obligó a Kaido a cuestionarse las intenciones de su propio reducto. A preguntarse si ellos, y por tanto él, estarían hechos de la misma calaña que los traidores confesos, y ahora extintos.
¿Pero, lo estaban?
«No» —se respondió, en súbito. Con tanto convencimiento como el que nunca tuvo antes—. «y si llegamos a estarlo, seré yo el que me encargue de echar la mierda fuera de casa. Que va, no estoy dispuesto a morir desangrado en una maldita cueva de los cojones, donde me convertiré en huesos y quedaré en el jodido olvido sólo por la sed de poder de los que con tanto fervor se hacen llamar mi familia, y ni se atreven a contarme la verdad sobre mi pasado. ¡No te jode!»
Justo en ese momento, en algún lado, un par de grilletes se habrían roto. Kaido sintió a conciencia una ligera libertad de pensamiento, como si hubiese sido capaz de ver a través del filtro. La bestia, de alguna forma, estaba liberada.
«Si van a pregonarse como verdaderos Hōzuki, lo haréis bien. O lo haréis sin mi, que es mucho peor»
El vasto mar les dio la bienvenida, allá en lo más alto del acantilado. El sol escondiéndose tras el horizonte, y las mareas siendo surcadas por unos cuantos delfines, ahora tan libres como él.
Kaido contempló aquello con cierta nostalgia, rostro serio e impoluto, y de brazos cruzados. Dejó que la lluvia le apaciguara, y cerró los ojos por un momento. Debía agradecer estar con vida, sí, pero debía agradecer más haberla podido perder.
Porque aquello le había permitido ver tanto.
Dejar el recuerdo y el desasosiego de la casi pérdida de un ser querido bien hundido en aquellas cuevas submarinas. Que la corriente de la cascada se las llevara de a poco junto con el hielo.
Él, personalmente, también tendría que hacer lo mismo. O parecido. Porque, el gyojin afrontaba en su cabeza un grandísimo dilema, uno que desde que decidió ayudar a Karoi a vencer a la amenaza, le estaba comiendo por dentro. Una sensación de descubrimiento, como cuando has abierto la puerta de tu hogar a la que tanto se te dijo no acercarte, pues descubrir lo que había detrás de ella no iba a ser placentero, ni mucho menos. O que bien estaba totalmente prohibido, porque sabían que si conocías la verdad, podías caer en cuenta de muchas cosas. De... muchas cosas.
Así le sucedió a él. Había abierto la jodida puerta, encontrándose con la realidad golpeándole las mejillas de un lado a otro, como una bofetada interminable. Realidad que había estado ignorando y que, ahora, después de ver de lo que los Kajitsu eran capaces, le obligó a Kaido a cuestionarse las intenciones de su propio reducto. A preguntarse si ellos, y por tanto él, estarían hechos de la misma calaña que los traidores confesos, y ahora extintos.
¿Pero, lo estaban?
«No» —se respondió, en súbito. Con tanto convencimiento como el que nunca tuvo antes—. «y si llegamos a estarlo, seré yo el que me encargue de echar la mierda fuera de casa. Que va, no estoy dispuesto a morir desangrado en una maldita cueva de los cojones, donde me convertiré en huesos y quedaré en el jodido olvido sólo por la sed de poder de los que con tanto fervor se hacen llamar mi familia, y ni se atreven a contarme la verdad sobre mi pasado. ¡No te jode!»
Justo en ese momento, en algún lado, un par de grilletes se habrían roto. Kaido sintió a conciencia una ligera libertad de pensamiento, como si hubiese sido capaz de ver a través del filtro. La bestia, de alguna forma, estaba liberada.
«Si van a pregonarse como verdaderos Hōzuki, lo haréis bien. O lo haréis sin mi, que es mucho peor»
. . .
El vasto mar les dio la bienvenida, allá en lo más alto del acantilado. El sol escondiéndose tras el horizonte, y las mareas siendo surcadas por unos cuantos delfines, ahora tan libres como él.
Kaido contempló aquello con cierta nostalgia, rostro serio e impoluto, y de brazos cruzados. Dejó que la lluvia le apaciguara, y cerró los ojos por un momento. Debía agradecer estar con vida, sí, pero debía agradecer más haberla podido perder.
Porque aquello le había permitido ver tanto.
