21/12/2017, 23:37
—Bueno, bueno, pero mejor apartaos de ahí, pequeñajos, ¿si? No quiero ni imaginar como se pondría mi querido cuñado si le tengo que explicar que después de salvarte te hemos dejado caer por el acantilado. —Karoi les apremió para que se retiraran del acantilado, a sus espaldas. Daruu se levantó, apoyando las manos en las rodillas. Sería mejor que se fueran mentalizando de que tenían que hacer todo el camino de vuelta, y esta vez exhaustos. Si se dejaba adormilar sobre el agua de la cima, el bajón iba a impedirle volver a arrancar motores.
Kōri envió al puto búho demoníaco ese para notificar a Yui de que la misión había sido un éxito. Antes de que el animal despegase, Daruu le sacó la lengua con inquina, y el ave le devolvió un ululato obsceno. Después, Mogura se acercó al Hielo y le preguntó cuál era el plan para volver a Amegakure.
¡Ja! Plan para volver. Daruu sabía muy bien que no había un plan para volver. Habían volcado todos sus esfuerzos en recuperar a Ayame. Ahora probablemente tuvieran que volver a pie. Todos habían dado lo mejor de sí en combate, de modo que no quedaba nadie con el chakra suficiente para ayudar en...
—Vaaaamos, viejales, que se queda usté sin fuerzas enseguida. —Kiroe emergió del tubo de hielo con un canturreo.
Zetsuo vino detrás, un poco más tarde. Refunfuñaba para sus adentros mil maldiciones de colores diversos.
—Me tiene que empujar la hijadeputa esta en el peor momento. ¿Es que no ve que he usado todo mi puto chakra y la técnica esta me ha dejado hecho mierda? Y aún tenemos que volver a Amegakure y no hace más que tocar los huevos y yo estoy cansado y me tienen que tocar las pelotas un poco más. Estoy hasta los cojones de este puto sitio y de esa puta mujer y del gilipollas de su hijo y sólo quiero volver a la aldea ya y beberme un café bien cargado y disfrutar de una tarde tranquila CON MIS HIJOOOOS.
—¿Pero qué le he hecho yo...?
—Bueno, bueno, que os he oído lo último (aunque me ha costado, con este murmurando detrás).
—Glpllsdmrddlscjns.
—¡Yo puedo ayudaros! Ventajas de llevar con vosotros un ninja no especializado en combate... ¡Estoy fresca como una rosa!
»Pero primero, bajemos del acantilado.
Con Kiroe a la cabeza, los ninjas se dispusieron a bajar de aquella condenada montaña. Zetsuo se sacudió la ropa, todavía gruñendo, y suspiró, echándole un último vistazo al mar.
El salto de un delfín albino le arrancó la última lágrima de aquél día tan terrible, pero al menos llenó de algo de calidez su frío corazón.
Con un recuerdo.
—¡Vuelves a quedarte atrás! ¡La edad no perdona, Zetsuo!
—Si fueses tú de verdad, me quedaría más tiempo. —El hombre cerró los ojos, se despidió una vez más del fantasma del pasado, y se dio prisa para salir de allí cuanto antes.
Se encontraban en tierra firme, abajo del acantilado, en una explanada. Kiroe les había pedido dos cosas: paciencia, y que se apartasen del camino un momento. La mujer había dedicado toda su atención a dibujar unos extraños símbolos en el suelo hechos de su propia sangre, parecidos a los de las fórmulas de sellado.
—Tratadlos bien. Son obedientes, pero seguro que vosotros también trabajáis mejor si no os tratan como a un vulgar... perro.
Kiroe se agachó y estampó la mano en el suelo. La sangre emitió un brillo azulado, y no mucho después una gran nube de humo reveló cuatro grandes san bernardos que venían equipados con un sillín cada uno, como si de caballos se tratase.
—¡Jooo, no has traído a Jōri!
—Cachorro, ¿no ves que son ocho? No necesitan uno más.
—¡Nunca necesitan a Jōri cuando YO tengo ganas de verle!
—Vamos, vamos —tranquilizó Kiroe, acercándose al can y acariciándole el cuello con cariño—. Otro día os invoco a vosotros dos.
Daruu se acercó a uno de los perros, uno de color negro, y lo observó con curiosidad y una gran sonrisa en el rostro.
—Uuuaaau —dijo—. Cómo mola, mamá.
El perro giró la cabeza y le bufó tan fuerte que le echó el cabello hacia atrás. Le juzgó con dos ojos del color de las bellotas, y probablemente tan grandes como bellotas.
—¿Cómo mola? ¿Pero qué te has creído que soy, una atracción de feria, maldito mocoso? —ladró. Pero entrecerró los ojos un momento, los abrió con ilusión y prácticamente se arrojó encima de Daruu—. ¡Daruu-niichan, Daruu-niichan! ¡Eres tú! ¡No nos veíamos desde que no sabías hablar! —Lametón. Lametón... lametón.
—¡Agh! ¡Ogh! ¿Qué dices? ¡Aaaaagh!
—Kuro-chan te conoce desde que sólo era un cachorro. Él... ha crecido a un ritmo un poco más... elevado que tú. Es normal que no te acuerdes, pero siempre jugábais juntos.
—ValeKuro-chanporfavorquitatedeencimaquemestásaplastandounpoquito...
—¡Bien, chicos! Dos en cada perro. ¡Y rumbo a Amegakure! —apremió la mujer.
Zetsuo y Kiroe viajaban juntos en el san bernardo de color blanco. Kaido y Mogura en el marrón claro, Karoi y Kōri en el de color marrón oscuro. Y, finalmente, Daruu y Ayame irían montados en Kuro-chan.
Pasaron diez minutos. El trote incansable de Kuro-chan ya le estaba destrozando las piernas a Daruu.
—Oye, Kuro-chan... Lo siento mucho —dijo Daruu—. Me sabe fatal haberme olvidado de ti...
—Ah, no de peocuped —dijo él, despreocupado. Llevaba la lengua fuera en plena carrera, y parecía bastante dispuesto a no estar dispuesto a meterla dentro de la boca para hablar correctamente—. Como zuedo decid yo ziempe: perrillos a la mar.
Kōri envió al puto búho demoníaco ese para notificar a Yui de que la misión había sido un éxito. Antes de que el animal despegase, Daruu le sacó la lengua con inquina, y el ave le devolvió un ululato obsceno. Después, Mogura se acercó al Hielo y le preguntó cuál era el plan para volver a Amegakure.
¡Ja! Plan para volver. Daruu sabía muy bien que no había un plan para volver. Habían volcado todos sus esfuerzos en recuperar a Ayame. Ahora probablemente tuvieran que volver a pie. Todos habían dado lo mejor de sí en combate, de modo que no quedaba nadie con el chakra suficiente para ayudar en...
—Vaaaamos, viejales, que se queda usté sin fuerzas enseguida. —Kiroe emergió del tubo de hielo con un canturreo.
Zetsuo vino detrás, un poco más tarde. Refunfuñaba para sus adentros mil maldiciones de colores diversos.
—Me tiene que empujar la hijadeputa esta en el peor momento. ¿Es que no ve que he usado todo mi puto chakra y la técnica esta me ha dejado hecho mierda? Y aún tenemos que volver a Amegakure y no hace más que tocar los huevos y yo estoy cansado y me tienen que tocar las pelotas un poco más. Estoy hasta los cojones de este puto sitio y de esa puta mujer y del gilipollas de su hijo y sólo quiero volver a la aldea ya y beberme un café bien cargado y disfrutar de una tarde tranquila CON MIS HIJOOOOS.
—¿Pero qué le he hecho yo...?
—Bueno, bueno, que os he oído lo último (aunque me ha costado, con este murmurando detrás).
—Glpllsdmrddlscjns.
—¡Yo puedo ayudaros! Ventajas de llevar con vosotros un ninja no especializado en combate... ¡Estoy fresca como una rosa!
»Pero primero, bajemos del acantilado.
Con Kiroe a la cabeza, los ninjas se dispusieron a bajar de aquella condenada montaña. Zetsuo se sacudió la ropa, todavía gruñendo, y suspiró, echándole un último vistazo al mar.
El salto de un delfín albino le arrancó la última lágrima de aquél día tan terrible, pero al menos llenó de algo de calidez su frío corazón.
Con un recuerdo.
—¡Vuelves a quedarte atrás! ¡La edad no perdona, Zetsuo!
—Si fueses tú de verdad, me quedaría más tiempo. —El hombre cerró los ojos, se despidió una vez más del fantasma del pasado, y se dio prisa para salir de allí cuanto antes.
· · ·
Se encontraban en tierra firme, abajo del acantilado, en una explanada. Kiroe les había pedido dos cosas: paciencia, y que se apartasen del camino un momento. La mujer había dedicado toda su atención a dibujar unos extraños símbolos en el suelo hechos de su propia sangre, parecidos a los de las fórmulas de sellado.
—Tratadlos bien. Son obedientes, pero seguro que vosotros también trabajáis mejor si no os tratan como a un vulgar... perro.
Kiroe se agachó y estampó la mano en el suelo. La sangre emitió un brillo azulado, y no mucho después una gran nube de humo reveló cuatro grandes san bernardos que venían equipados con un sillín cada uno, como si de caballos se tratase.
—¡Jooo, no has traído a Jōri!
—Cachorro, ¿no ves que son ocho? No necesitan uno más.
—¡Nunca necesitan a Jōri cuando YO tengo ganas de verle!
—Vamos, vamos —tranquilizó Kiroe, acercándose al can y acariciándole el cuello con cariño—. Otro día os invoco a vosotros dos.
Daruu se acercó a uno de los perros, uno de color negro, y lo observó con curiosidad y una gran sonrisa en el rostro.
—Uuuaaau —dijo—. Cómo mola, mamá.
El perro giró la cabeza y le bufó tan fuerte que le echó el cabello hacia atrás. Le juzgó con dos ojos del color de las bellotas, y probablemente tan grandes como bellotas.
—¿Cómo mola? ¿Pero qué te has creído que soy, una atracción de feria, maldito mocoso? —ladró. Pero entrecerró los ojos un momento, los abrió con ilusión y prácticamente se arrojó encima de Daruu—. ¡Daruu-niichan, Daruu-niichan! ¡Eres tú! ¡No nos veíamos desde que no sabías hablar! —Lametón. Lametón... lametón.
—¡Agh! ¡Ogh! ¿Qué dices? ¡Aaaaagh!
—Kuro-chan te conoce desde que sólo era un cachorro. Él... ha crecido a un ritmo un poco más... elevado que tú. Es normal que no te acuerdes, pero siempre jugábais juntos.
—ValeKuro-chanporfavorquitatedeencimaquemestásaplastandounpoquito...
—¡Bien, chicos! Dos en cada perro. ¡Y rumbo a Amegakure! —apremió la mujer.
Zetsuo y Kiroe viajaban juntos en el san bernardo de color blanco. Kaido y Mogura en el marrón claro, Karoi y Kōri en el de color marrón oscuro. Y, finalmente, Daruu y Ayame irían montados en Kuro-chan.
Pasaron diez minutos. El trote incansable de Kuro-chan ya le estaba destrozando las piernas a Daruu.
—Oye, Kuro-chan... Lo siento mucho —dijo Daruu—. Me sabe fatal haberme olvidado de ti...
—Ah, no de peocuped —dijo él, despreocupado. Llevaba la lengua fuera en plena carrera, y parecía bastante dispuesto a no estar dispuesto a meterla dentro de la boca para hablar correctamente—. Como zuedo decid yo ziempe: perrillos a la mar.
![[Imagen: K02XwLh.png]](https://i.imgur.com/K02XwLh.png)