1/05/2019, 03:59
(Última modificación: 1/05/2019, 04:15 por Umikiba Kaido. Editado 3 veces en total.)
«Cobarde» —se dijo, iracundo, mientras una poderosa ventisca emergió desde algún punto conexo de su posición y limpió el despacho de la bomba del amejin asustadizo. Mientras Datsue se batía en el suelo, la puerta del despacho se abrió en súbito y liberó el remanente de la capa grisácea mientras la figura del enviado por Katsudon trataba de recuperar el aliento.
—¡Hanabi-sama, ha habido otra intrusión! —dijo, tras una reverencia—. Cuadrante cinco, en el Barrio de las Flores. La explosión ha sido en... en... el hogar de Hōzuki Chokichi. ¡Katsudon-senpai ha activado el código rojo!
Hanabi miró a Datsue, y a su jodido sello.
—Has dejado claro que ésto es un problema de Uzushiogakure. Lo resolveremos nosotros, no te preocupes —contestó, tajante—. levántate, Datsue.
Acto seguido, marchó.
El código rojo era un plan de contingencia. De esos que se cuecen después de que algún imprevisto sucede, y no lo has visto venir, ni mucho menos hacer nada para evitarlo. Tras la explosión de los calabozos y la intromisión de los Generales de Kurama, Uzuhiogakure tenía que saber prepararse para cuando el yomi, en cualquiera de sus formas, tocara nuevamente a su puerta. No era una certeza, pero sí una posibilidad; y un ninja precavido siempre tiene que estar preparado.
Pero Hanabi nunca iba a estarlo del todo, cuando se trataba de perder gente a su mando. ¿Cuántos habían caído por las llamas durante su mandato? ¿cuánto para que alguien comenzase a cuestionar su capacidad y sus formas?
A este paso...
Cuando Hanabi llegó al Barrio de las Flores junto a Datsue, un equipo especialista en suiton ya se encontraba batallando los últimos conatos de incendios aledaños y al menos tres cuadras habían sido totalmente evacuadas. Envuelto en su capa de kage, el Sarutobi presenciaba los restos del edificio con desasosiego. De entre las chamuscas, un equipo retiraba en dos camillas los cuerpos de los fallecidos. O lo que había quedado de ellos.
—De verdad lo siento, Hanabi, yo... no tenía forma de saberlo. Todo sucedió muy rápido.
—No. El que lo siente soy yo, Katsudon. Es todo mi culpa —por confiar. Por bajar la guardia—. ¿es cierto, entonces? ¿Chokichi-san...?
El silencio de Katsudon habló por sí sólo.
El Uzukage miró al Uchiha con pesadez. Ideas de índole peligrosa se asomaban de a poco en su cabeza. ¿Coincidencia o...?
—¡Hanabi-sama, ha habido otra intrusión! —dijo, tras una reverencia—. Cuadrante cinco, en el Barrio de las Flores. La explosión ha sido en... en... el hogar de Hōzuki Chokichi. ¡Katsudon-senpai ha activado el código rojo!
Hanabi miró a Datsue, y a su jodido sello.
—Has dejado claro que ésto es un problema de Uzushiogakure. Lo resolveremos nosotros, no te preocupes —contestó, tajante—. levántate, Datsue.
Acto seguido, marchó.
* * *
El código rojo era un plan de contingencia. De esos que se cuecen después de que algún imprevisto sucede, y no lo has visto venir, ni mucho menos hacer nada para evitarlo. Tras la explosión de los calabozos y la intromisión de los Generales de Kurama, Uzuhiogakure tenía que saber prepararse para cuando el yomi, en cualquiera de sus formas, tocara nuevamente a su puerta. No era una certeza, pero sí una posibilidad; y un ninja precavido siempre tiene que estar preparado.
Pero Hanabi nunca iba a estarlo del todo, cuando se trataba de perder gente a su mando. ¿Cuántos habían caído por las llamas durante su mandato? ¿cuánto para que alguien comenzase a cuestionar su capacidad y sus formas?
A este paso...
Cuando Hanabi llegó al Barrio de las Flores junto a Datsue, un equipo especialista en suiton ya se encontraba batallando los últimos conatos de incendios aledaños y al menos tres cuadras habían sido totalmente evacuadas. Envuelto en su capa de kage, el Sarutobi presenciaba los restos del edificio con desasosiego. De entre las chamuscas, un equipo retiraba en dos camillas los cuerpos de los fallecidos. O lo que había quedado de ellos.
—De verdad lo siento, Hanabi, yo... no tenía forma de saberlo. Todo sucedió muy rápido.
—No. El que lo siente soy yo, Katsudon. Es todo mi culpa —por confiar. Por bajar la guardia—. ¿es cierto, entonces? ¿Chokichi-san...?
El silencio de Katsudon habló por sí sólo.
El Uzukage miró al Uchiha con pesadez. Ideas de índole peligrosa se asomaban de a poco en su cabeza. ¿Coincidencia o...?
