15/06/2019, 14:20
—Me cago en todo, me cago en todo —repetía Daruu una y otra vez, paseando por la habitación con gesto nervioso y sacudiéndose el pelo—. Bueno, pero ahora no podemos pensar en esto, ¡tenemos que hacer cosas, Ayame!
—Es verdad, podemos dejarnos matar por Naia y así todo será más fácil —bromeó, llena de amargura.
Por el rabillo del ojo, Ayame vio como su pareja y su compañero de misión se inclinaba sobre el cabecero de la cama y colocaba su marca de sangre.
—Deberías poner una tú también, por si en algún momento tenemos que volver. ¡No me mires así, me da igual que nos vea otra vez!
—No hace falta que me lo digas dos veces —resopló ella.
Aquello la había devuelta a la realidad, y al recordar que ella ni siquiera tenía una marca en su casa se apresuró a hacer lo mismo junto a la de Daruu.
Después de aquello, los dos shinobi abandonaron la habitación y recorrieron el pasillo de camino a la puerta de salida. Para sobresalto de Ayame, Kiroe los estaba esperando allí.
—¿Ya?
La pobre muchacha se quiso morir allí mismo.
—¡Cómo que ya! —respondió Daruu—. ¡Vinimos con el Chishio de una misión, mamá, no estábamos haciendo nada!
—Hombre, a mí me extrañaba —dijo la pastelera, mientras abría la puerta—, porque teníais la ropa puesta y es un poco dif...
—¡Mamá!
Pero Kiroe parecía haberse dado cuenta de algo, porque se detuvo de repente.
—Un momento, ¿qué misión?
«¿Ni siquiera le habías dicho que habíamos salido de misión?» Preguntó Ayame para sí misma, ladeando la cabeza para apartar la mirada para no encontrarse con los inquisitivos ojos de Kiroe.
—Secreto. Órdenes de Yui en persona —replicó su hijo.
Después de "es una orden" aquellas eran las segundas palabras mágicas más poderosas entre los shinobi. Nadie podía contradecir las órdenes de un superior, y mucho menos si se trataba de su propio Kage. Y Kiroe, como kunoichi especializada en el espionaje y leal a Yui, lo sabía muy bien. Por eso, terminó por sonreír con tristeza y siguió bajando las escaleras.
—Tened cuidado ahí fuera. He oído que últimamente llueven hombres del cielo.
«Lo sabe.» Comprendió Ayame, con los pelos como escarpias.
Un terrible escalofrío sacudió su cuerpo cuando escuchó el familiar chirrido de la puerta de acero abriéndose ante ellos, y Ayame no pudo evitar abrazarse a sí misma cuando el ambiente cargado. húmedo y en penumbras de la prisión volvió a envolverla como un manto frío. Había pasado demasiado tiempo allí abajo. Demasiado. Demasiado como para devolverla a las pesadillas de aquellos interminables días sin más compañía que las fugaces visitas que recibía durante su cautiverio. Nunca sabría si se lo estaba imaginando o no, pero incluso le pareció percibir la tensión de Kokuō en su interior.
La muchacha respiró hondo y, reuniendo el escaso valor que sentía, avanzó, temblorosa y con cierta lentitud, tras Daruu hasta las cuatro celdas que llenaban los calabozos. Volvió a estremcerse sin poder evitarlo cuando entró la primera de ellas, y una vocecilla en su cabeza lloró de terror al pensar en la posibilidad de que la puerta pudiera cerrarse tras ella y dejarla encerrada de nuevo. De hecho, no pudo evitar que sus ojos viraran, nerviosos, hacia la prisión que ella misma había estado ocupando.
—Asegurémonos de dejar suficientes marcas —escuchó decir a Daruu, mientras llenaban las cárceles con sus respectivas marcas: Caramelo y Luna—. Y no vamos a volver a casa después de esto. Nos iremos directamente en cuanto terminemos todas las preparaciones. Preferiría no hacer sospechar más a mi madre.
—¿Eh? Ah... sí... sí... claro... —respondió ella, asintiendo de forma distraída. En aquellas circunstancias, casi fue un milagro que consiguiera recordar las palabras de Shanise—. Aunque... ¿no quieres pasar antes por la armería como sugirió Shanise-senpai?
—Es verdad, podemos dejarnos matar por Naia y así todo será más fácil —bromeó, llena de amargura.
Por el rabillo del ojo, Ayame vio como su pareja y su compañero de misión se inclinaba sobre el cabecero de la cama y colocaba su marca de sangre.
—Deberías poner una tú también, por si en algún momento tenemos que volver. ¡No me mires así, me da igual que nos vea otra vez!
—No hace falta que me lo digas dos veces —resopló ella.
Aquello la había devuelta a la realidad, y al recordar que ella ni siquiera tenía una marca en su casa se apresuró a hacer lo mismo junto a la de Daruu.
Después de aquello, los dos shinobi abandonaron la habitación y recorrieron el pasillo de camino a la puerta de salida. Para sobresalto de Ayame, Kiroe los estaba esperando allí.
—¿Ya?
La pobre muchacha se quiso morir allí mismo.
—¡Cómo que ya! —respondió Daruu—. ¡Vinimos con el Chishio de una misión, mamá, no estábamos haciendo nada!
—Hombre, a mí me extrañaba —dijo la pastelera, mientras abría la puerta—, porque teníais la ropa puesta y es un poco dif...
—¡Mamá!
Pero Kiroe parecía haberse dado cuenta de algo, porque se detuvo de repente.
—Un momento, ¿qué misión?
«¿Ni siquiera le habías dicho que habíamos salido de misión?» Preguntó Ayame para sí misma, ladeando la cabeza para apartar la mirada para no encontrarse con los inquisitivos ojos de Kiroe.
—Secreto. Órdenes de Yui en persona —replicó su hijo.
Después de "es una orden" aquellas eran las segundas palabras mágicas más poderosas entre los shinobi. Nadie podía contradecir las órdenes de un superior, y mucho menos si se trataba de su propio Kage. Y Kiroe, como kunoichi especializada en el espionaje y leal a Yui, lo sabía muy bien. Por eso, terminó por sonreír con tristeza y siguió bajando las escaleras.
—Tened cuidado ahí fuera. He oído que últimamente llueven hombres del cielo.
«Lo sabe.» Comprendió Ayame, con los pelos como escarpias.
. . .
Un terrible escalofrío sacudió su cuerpo cuando escuchó el familiar chirrido de la puerta de acero abriéndose ante ellos, y Ayame no pudo evitar abrazarse a sí misma cuando el ambiente cargado. húmedo y en penumbras de la prisión volvió a envolverla como un manto frío. Había pasado demasiado tiempo allí abajo. Demasiado. Demasiado como para devolverla a las pesadillas de aquellos interminables días sin más compañía que las fugaces visitas que recibía durante su cautiverio. Nunca sabría si se lo estaba imaginando o no, pero incluso le pareció percibir la tensión de Kokuō en su interior.
La muchacha respiró hondo y, reuniendo el escaso valor que sentía, avanzó, temblorosa y con cierta lentitud, tras Daruu hasta las cuatro celdas que llenaban los calabozos. Volvió a estremcerse sin poder evitarlo cuando entró la primera de ellas, y una vocecilla en su cabeza lloró de terror al pensar en la posibilidad de que la puerta pudiera cerrarse tras ella y dejarla encerrada de nuevo. De hecho, no pudo evitar que sus ojos viraran, nerviosos, hacia la prisión que ella misma había estado ocupando.
—Asegurémonos de dejar suficientes marcas —escuchó decir a Daruu, mientras llenaban las cárceles con sus respectivas marcas: Caramelo y Luna—. Y no vamos a volver a casa después de esto. Nos iremos directamente en cuanto terminemos todas las preparaciones. Preferiría no hacer sospechar más a mi madre.
—¿Eh? Ah... sí... sí... claro... —respondió ella, asintiendo de forma distraída. En aquellas circunstancias, casi fue un milagro que consiguiera recordar las palabras de Shanise—. Aunque... ¿no quieres pasar antes por la armería como sugirió Shanise-senpai?

![[Imagen: kQqd7V9.png]](https://i.imgur.com/kQqd7V9.png)