2/04/2021, 12:38
Tanto Ranko como Daigo comenzaron a desarrollar su versión de la historia. Y Kintsugi no les interrumpió en ningún momento: les escuchaba en un silencio sepulcral, meditativo, mientras la mirada de sus ojos velados tras su antifaz se clavaba en ellos con una aparente gélida calma.
Parecía que la misión que les había encargado de tapadillo había resultado en el epicentro de todo aquello. El dojo La Tortuga Ciega, a cargo de Zaofu era el origen de otra corriente revolucionaria, diferente a La Guerrilla pero con la misma dirección opuesta a Kintsugi como líder de la aldea. Ella, por supuesto, había conocido a Zaofu: solía reunirse a menudo con Kenzou, en su mismo despacho, cuando estaba vivo y ella actuaba como una de sus manos. No habían sido pocas las veces que los había observado a ambos tomar el té juntos y hablar de sus asuntos, pero ella, como una silenciosa mariposa, jamás había intervenido. Y por supuesto no había llegado a intercambiar un diálogo con él, más allá de meras formalidades. Que deseara eliminarla después de que el mismísimo Kenzou la escogiera como su sucesora, era algo insultante.
Pero aquel era un asunto que debía aparcar a un lado, por ahora. Y es que, mientras que Zaofu había terminado muerto, la verdadera amenaza seguía ahí fuera. Kintsugi lanzó un profundo suspiro y se incorporó en toda su rectitud.
—Entiendo... Parece que la Tortuga Ciega guardaba algo más bajo ese viejo caparazón... —murmuró, con contenida amargura. Aunque algo debía concederle a Zaofu: algo de nobleza debía quedar dentro de él cuando podrían haber fingido pactar una alianza con La Guerrilla para derrocarla y después darles la puñalada por la espalda. La Morikage se cruzó de brazos y, tras escuchar la pregunta de Daigo, su semblante se volvió aún más grave. Tardó algunos segundos en contestar, meditando la respuesta que debía darles y en qué dosis—. La Guerrilla debió de enterarse de los planes de Zaofu de alguna manera y pergeñaron ese terrible atentado —¿Quizás contaban con un topo entre sus filas y no se habían dado cuenta?—. Al mismo tiempo que se sucedían las explosiones, un grupo de personas tomaron el Edificio del Morikage... Sabíamos que algo así podía suceder en cualquier momento, así que nos preparamos con antelación. Yo me escabullí a tiempo y me refugié en uno de los escondites subterráneos que dispusimos —explicó, abriendo los brazos a su alrededor—. Mientras tanto mandé una mariposa a buscaros. Tenéis suerte de que os dieran por muertos, o no estaríais aquí para contarlo. Pero mucho me temo que estamos en una posición mucho más delicada de lo que nos gustaría a todos. No sé quiénes estarán conmigo, no sé quiénes se esconderán por miedo o quiénes fingirán lealtad hacia mí para después entregarme. Por eso me he visto obligada a refugiarme mientras busco una solución a todo esto... —volvió a mirarlos, con gesto indescifrable—. Confío en vosotros, sé que sois leales a la aldea y leales a mí. Pero vuestras heridas y vuestros huesos tardarán en sanar y no puedo disponer de un médico para acelerar vuestra recuperación.
»Mientras, allá fuera... Allá fuera, Daigo, La Guerrilla ha tomado la aldea.
Parecía que la misión que les había encargado de tapadillo había resultado en el epicentro de todo aquello. El dojo La Tortuga Ciega, a cargo de Zaofu era el origen de otra corriente revolucionaria, diferente a La Guerrilla pero con la misma dirección opuesta a Kintsugi como líder de la aldea. Ella, por supuesto, había conocido a Zaofu: solía reunirse a menudo con Kenzou, en su mismo despacho, cuando estaba vivo y ella actuaba como una de sus manos. No habían sido pocas las veces que los había observado a ambos tomar el té juntos y hablar de sus asuntos, pero ella, como una silenciosa mariposa, jamás había intervenido. Y por supuesto no había llegado a intercambiar un diálogo con él, más allá de meras formalidades. Que deseara eliminarla después de que el mismísimo Kenzou la escogiera como su sucesora, era algo insultante.
Pero aquel era un asunto que debía aparcar a un lado, por ahora. Y es que, mientras que Zaofu había terminado muerto, la verdadera amenaza seguía ahí fuera. Kintsugi lanzó un profundo suspiro y se incorporó en toda su rectitud.
—Entiendo... Parece que la Tortuga Ciega guardaba algo más bajo ese viejo caparazón... —murmuró, con contenida amargura. Aunque algo debía concederle a Zaofu: algo de nobleza debía quedar dentro de él cuando podrían haber fingido pactar una alianza con La Guerrilla para derrocarla y después darles la puñalada por la espalda. La Morikage se cruzó de brazos y, tras escuchar la pregunta de Daigo, su semblante se volvió aún más grave. Tardó algunos segundos en contestar, meditando la respuesta que debía darles y en qué dosis—. La Guerrilla debió de enterarse de los planes de Zaofu de alguna manera y pergeñaron ese terrible atentado —¿Quizás contaban con un topo entre sus filas y no se habían dado cuenta?—. Al mismo tiempo que se sucedían las explosiones, un grupo de personas tomaron el Edificio del Morikage... Sabíamos que algo así podía suceder en cualquier momento, así que nos preparamos con antelación. Yo me escabullí a tiempo y me refugié en uno de los escondites subterráneos que dispusimos —explicó, abriendo los brazos a su alrededor—. Mientras tanto mandé una mariposa a buscaros. Tenéis suerte de que os dieran por muertos, o no estaríais aquí para contarlo. Pero mucho me temo que estamos en una posición mucho más delicada de lo que nos gustaría a todos. No sé quiénes estarán conmigo, no sé quiénes se esconderán por miedo o quiénes fingirán lealtad hacia mí para después entregarme. Por eso me he visto obligada a refugiarme mientras busco una solución a todo esto... —volvió a mirarlos, con gesto indescifrable—. Confío en vosotros, sé que sois leales a la aldea y leales a mí. Pero vuestras heridas y vuestros huesos tardarán en sanar y no puedo disponer de un médico para acelerar vuestra recuperación.
»Mientras, allá fuera... Allá fuera, Daigo, La Guerrilla ha tomado la aldea.