5/04/2021, 23:03
La Guerrilla había tomado la aldea.
Había sido como un destello. Un visto y no visto. Se habían hecho con el control del edificio administrativo de la villa y habían hecho alarde de la captura de Kintsugi y sus hombres y mujeres de confianza. Por supuesto, eso no era del todo cierto, pero no hay nada que grite más "ríndete" que una mentira bien tirada y un fuerte control militar.
Porque la Guerrilla no eran cuatro pirados sin experiencia. Habían jōnin, habían chūnin y casi aún más genin. Decenas de shinobi y kunoichi, aún enmascarados, que lideraban el movimiento. Y luego estaban los que se habían rendido, o los que no tenían más remedio que seguirles. Al fin y al cabo, si era verdad que habían apresado a Kintsugi y que iban a reinstaurar el Consejo Democrático, si era verdad que ya habían ganado...
...¿para qué luchar?
Por supuesto, hubo quien lo hizo. Pero la Guerrilla había sido previsora. Se había cargado de un plumazo a muchos veteranos de la aldea con un atentado al Estadio de Bambú. Quizás no sabían que con ello habían hecho a Kintsugi un gran favor. Sin embargo, también con ello se habían asegurado demostrar fuerza y organización.
La aldea era un pequeño núcleo caótico. Muchas manos señalaban aquí y allá. La Guerrilla se movía rápido: apresaba disidentes, organizaba turnos de guardia y listaba a aquellos fieles a sus ideales y rendidos a la causa. La pequeña guerra civil, o asalto civil, más bien, había causado multitud de daños materiales, que los genin se afanaban en reparar bajo las órdenes de los de más rangos. Una de ellas, Zhaoren Lyndis, había estado transportando cajas de materiales y limpiando restos de escombros de bambú del Estadio durante toda la noche. Ahora estaba amaneciendo, pero ella se encontraba en su pequeña dimensión particular, apoyada en una piedra, echando una cabezadita. Si había apoyado la revuelta, tan sólo era una rendida más, o estaba esperando el momento oportuno para sabotear el golpe de estado, era algo que sólo ella habría podido decirnos.
Un enmascarado tropezó a propósito con un trocito de bambú que le golpeó en un hombro, despertándola. Lyndis abrió los ojos, y se encontró de nuevo con la pesadilla en la que se había convertido su aldea.
—¡Eh, tú! ¡Al fin has despertado! —dijo el guardia. Señaló a una enorme caja con materiales—. ¿Estabas transportando herramientas para las reparaciones cuando no pudiste más, verdad? ¡Vamos, mueve el culo y arrima el hombro! ¡Hoy es un gran día! —El revolucionario se marchó silbando, casi dando brincos. Para él de verdad era un gran día.
Para Lyndis, quien sabe.
Para Kaguya Koji, el día acababa de comenzar. Su casa estaba en la parte menos afectada por la refriega, pero seguro que había escuchado hablar de la Guerrilla, y por los altavoces acababan de anunciar que se habían hecho con el control de la aldea. ¿Qué haría? Seguro que no tardarían en venir a buscarle. Al fin y al cabo, estaban pidiendo la colaboración de todos los genin para la organización del nuevo orden...
Para Sasagani Yota, seguro que era un día raro de cojones.
Acababa de llegar a la aldea y nadie en la puerta le había preguntado nada. De aquí para allá multitud de personas cargaban cajas. Las casas de madera de la aldea tenían múltiples destrozos. Era como si alguien hubiera atacado la villa por la noche. ¿Quizás los Generales de Kurama?
Después de tanto tiempo, quién sabe las cosas que habrían cambiado. Pero por fin estaba en casa, y eso era bueno, ¿verdad?
¿Verdad...?
Había sido como un destello. Un visto y no visto. Se habían hecho con el control del edificio administrativo de la villa y habían hecho alarde de la captura de Kintsugi y sus hombres y mujeres de confianza. Por supuesto, eso no era del todo cierto, pero no hay nada que grite más "ríndete" que una mentira bien tirada y un fuerte control militar.
Porque la Guerrilla no eran cuatro pirados sin experiencia. Habían jōnin, habían chūnin y casi aún más genin. Decenas de shinobi y kunoichi, aún enmascarados, que lideraban el movimiento. Y luego estaban los que se habían rendido, o los que no tenían más remedio que seguirles. Al fin y al cabo, si era verdad que habían apresado a Kintsugi y que iban a reinstaurar el Consejo Democrático, si era verdad que ya habían ganado...
...¿para qué luchar?
Por supuesto, hubo quien lo hizo. Pero la Guerrilla había sido previsora. Se había cargado de un plumazo a muchos veteranos de la aldea con un atentado al Estadio de Bambú. Quizás no sabían que con ello habían hecho a Kintsugi un gran favor. Sin embargo, también con ello se habían asegurado demostrar fuerza y organización.
La aldea era un pequeño núcleo caótico. Muchas manos señalaban aquí y allá. La Guerrilla se movía rápido: apresaba disidentes, organizaba turnos de guardia y listaba a aquellos fieles a sus ideales y rendidos a la causa. La pequeña guerra civil, o asalto civil, más bien, había causado multitud de daños materiales, que los genin se afanaban en reparar bajo las órdenes de los de más rangos. Una de ellas, Zhaoren Lyndis, había estado transportando cajas de materiales y limpiando restos de escombros de bambú del Estadio durante toda la noche. Ahora estaba amaneciendo, pero ella se encontraba en su pequeña dimensión particular, apoyada en una piedra, echando una cabezadita. Si había apoyado la revuelta, tan sólo era una rendida más, o estaba esperando el momento oportuno para sabotear el golpe de estado, era algo que sólo ella habría podido decirnos.
Un enmascarado tropezó a propósito con un trocito de bambú que le golpeó en un hombro, despertándola. Lyndis abrió los ojos, y se encontró de nuevo con la pesadilla en la que se había convertido su aldea.
—¡Eh, tú! ¡Al fin has despertado! —dijo el guardia. Señaló a una enorme caja con materiales—. ¿Estabas transportando herramientas para las reparaciones cuando no pudiste más, verdad? ¡Vamos, mueve el culo y arrima el hombro! ¡Hoy es un gran día! —El revolucionario se marchó silbando, casi dando brincos. Para él de verdad era un gran día.
Para Lyndis, quien sabe.
Para Kaguya Koji, el día acababa de comenzar. Su casa estaba en la parte menos afectada por la refriega, pero seguro que había escuchado hablar de la Guerrilla, y por los altavoces acababan de anunciar que se habían hecho con el control de la aldea. ¿Qué haría? Seguro que no tardarían en venir a buscarle. Al fin y al cabo, estaban pidiendo la colaboración de todos los genin para la organización del nuevo orden...
Para Sasagani Yota, seguro que era un día raro de cojones.
Acababa de llegar a la aldea y nadie en la puerta le había preguntado nada. De aquí para allá multitud de personas cargaban cajas. Las casas de madera de la aldea tenían múltiples destrozos. Era como si alguien hubiera atacado la villa por la noche. ¿Quizás los Generales de Kurama?
Después de tanto tiempo, quién sabe las cosas que habrían cambiado. Pero por fin estaba en casa, y eso era bueno, ¿verdad?
¿Verdad...?
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