6/12/2015, 20:42
(Última modificación: 6/12/2015, 20:44 por Uzumaki Eri.)
''Definitivamente, esto no puede estar pasando''
Pero sí, señores, ESTABA PASANDO. Después de no recibir contestación alguna por el dichoso aparato, y cabrearse por su sentido pésimo de la orientación, y por todo en general, notó como el subnormal de turno venía y la aplastaba con un cuerpo que podía pasar por tres o cuatro veces ella.
- Chupame la oreja, Eri
El jodido retrasado de la academia acababa de aparecer, hecho metafóricamente mierda y, a pesar de ello, era incluso capaz de haberse arrastrado hasta la posición en la que se encontraba la joven para aplastarla con su cuerpo y soltarla esa burrada. Eri bufó molesta bajo el peso del chico que ni si quiera tenía nombre para ella. Bufó por segunda vez, y al notar como aunque pasasen los segundos el tonto este no se apartaba, decidió dar por zanjado su propio día.
- ¿Sabes qué? Felicidades, has entrado en el Top Ten de retrasados a los que he reventado la boca - Con un tono peligrosamente dulce, la peliazul concentró chackra en su codo, asestándole un codazo en, como bien hemos dicho antes, su boca, haciendo que el mostrenco volase hacia la derecha. La joven kunoichi se puso de pie de un salto y se sacudió las manos, luego se acercó lentamente hasta el chico y le dio un puñetazo seco en el estómago.
Bufó por tercera vez, sacó el papelito que había creado todo ese revuelo, lo releyó con los ojos entornados para así romperlo en cachitos, tirándoselos en la cara al pervertido.
No se sintió culpable cuando lo vio medio muerto, aunque él no tenía toda la culpa. Pero estaba cansada y dolorida. Así que, encogiéndose de hombros, dio media vuelta, en sentido contrario al Jardín de los Cerezos y decidió lo que debería haber decidido en el Estadio horas antes: irse a casa. Pensándolo mejor, allí no la necesitaban, estaba el trío maravilla de Nabijuruma donde uno casi la destroza los tímpanos, el otro era un soso masoquista poseedor de un látigo que a saber qué hacia con él por las noches, y el otro... Simplemente se podrían haber ahorrado un montón de problemas si no se hubiera ido solo en unos primeros momentos, además, estaba cabreada con este último.
Gruñó al aire, y sin ningún tipo de remordimientos, se alejó del lugar.
Pero sí, señores, ESTABA PASANDO. Después de no recibir contestación alguna por el dichoso aparato, y cabrearse por su sentido pésimo de la orientación, y por todo en general, notó como el subnormal de turno venía y la aplastaba con un cuerpo que podía pasar por tres o cuatro veces ella.
- Chupame la oreja, Eri
El jodido retrasado de la academia acababa de aparecer, hecho metafóricamente mierda y, a pesar de ello, era incluso capaz de haberse arrastrado hasta la posición en la que se encontraba la joven para aplastarla con su cuerpo y soltarla esa burrada. Eri bufó molesta bajo el peso del chico que ni si quiera tenía nombre para ella. Bufó por segunda vez, y al notar como aunque pasasen los segundos el tonto este no se apartaba, decidió dar por zanjado su propio día.
- ¿Sabes qué? Felicidades, has entrado en el Top Ten de retrasados a los que he reventado la boca - Con un tono peligrosamente dulce, la peliazul concentró chackra en su codo, asestándole un codazo en, como bien hemos dicho antes, su boca, haciendo que el mostrenco volase hacia la derecha. La joven kunoichi se puso de pie de un salto y se sacudió las manos, luego se acercó lentamente hasta el chico y le dio un puñetazo seco en el estómago.
Bufó por tercera vez, sacó el papelito que había creado todo ese revuelo, lo releyó con los ojos entornados para así romperlo en cachitos, tirándoselos en la cara al pervertido.
No se sintió culpable cuando lo vio medio muerto, aunque él no tenía toda la culpa. Pero estaba cansada y dolorida. Así que, encogiéndose de hombros, dio media vuelta, en sentido contrario al Jardín de los Cerezos y decidió lo que debería haber decidido en el Estadio horas antes: irse a casa. Pensándolo mejor, allí no la necesitaban, estaba el trío maravilla de Nabijuruma donde uno casi la destroza los tímpanos, el otro era un soso masoquista poseedor de un látigo que a saber qué hacia con él por las noches, y el otro... Simplemente se podrían haber ahorrado un montón de problemas si no se hubiera ido solo en unos primeros momentos, además, estaba cabreada con este último.
Gruñó al aire, y sin ningún tipo de remordimientos, se alejó del lugar.