4/09/2018, 09:49
(Última modificación: 4/09/2018, 09:55 por Aotsuki Ayame. Editado 1 vez en total.)
El láser salió despedido desde sus fauces con un silbido hipersónico. Chocó contra el gigante, y cada fibra de su ser se estremeció de excitación. ¡Por fin se pulverizaba! Era cierto que, después de todo, se necesitaba el poder de otro gigante para combatirlo. Y entre sus muros aguardaba su verdadera presa...
Pero toda aquella excitación se vio convertida rápidamente en un profundo sentimiento de frustración cuando el láser, lejos de alcanzarlo, fue absorbido en un extraño remolino que fue a parar a uno de aquellos condenados ojos.
—Ayame… ¡Ayame! Ahí atrás hay compañeros tuyos. Kaido. Daruu. Sé que eres mejor que esto. Sé que eres mejor que yo. Por favor… ¡detente!
Ayame se habría detenido, por supuesto. Aquella niña débil y demasiado buena para lo que le convenía lo habría hecho. Pero lo que se alzaba frente al Uchiha no era Ayame. Era un ser que transcendía a todos aquellos ridículos humanos. Y por eso le dedicó un bramido de ultratumba que reverberó por todas y cada una de las gradas.
Habían pedido espectáculo. Ella se los iba a dar.
Caos. Exclamaciones. Polvo. Chillidos de terror. Pasos apresurados y erráticos. Órdenes dadas al viento.Todo se arremolinaba a su alrededor como si de un enloquecido enjambre se tratara, pero la bestia se limitaba a ignorarlo deliberadamente. Tenía los ojos fijos en su presa, arrodillada y jadeante, ahora debilitada por el continuo uso del chakra, y se acercaba a él con pasos marcados. Se detuvo a pocos metros de él, y arrastró su mano por el suelo como lo haría un caballo o un toro a punto de embestir. Inclinó la cabeza, mostrando las puntas de sus cuernos...
Y entonces sintió unos brazos cerrándose en torno a su cuerpo. Un leve chisporroteo siseó en el aire cuando la energía que envolvía el cuerpo del Gobi abrasó la piel de aquellos que intentaban apresarla. Se revolvió sobre sí misma con un chillido y con el azote de una de sus colas se quitó de encima a una de las moscas. Un chiquillo de pelo verde. Pero no era el único. Junto a ella cayó otra persona, una a la que conocía muy bien...
«No...» «¡NO ME MIRES!»
Otra de sus colas se abalanzó sobre Amedama Daruu con la intención de barrerle, pero algo volvió a embestirla con fuerza...
Y cuando volvió a reincorporarse miró a su alrededor, crispada, airada. Ya no estaban en el estadio, ni siquiera estaban en Uzushiogakure. Todo lo que le rodeaba ahora eran llanuras. Llanuras interminables alfombradas de hierba verde oscuro y anegadas de charcos. Y no estaba sola. Tres molestas moscas la habían acompañado. Pero entre ellas no estaba la única a la que quería aplastar.
El Gobi bramó con toda la energía de sus pulmones, con toda la rabia del depredador que sabía perdida su presa.
Y entonces escuchó al otro de ojos carmesíes. Le daba instrucciones a su compañera para volver a sellarla. ¡Ah, no! ¡Claro que no! ¡No iban a detener la de nuevo! ¡¡NO AHORA QUE TENÍA LA LIBERTAD AL ALCANCE DE SUS PATAS!!
Una tercera cola apareció tras su espalda. Tres contra tres. Las sacudió hacia los tres shinobi, liberando una onda de chakra abrasador hacia cada uno y después echó a correr. A correr tan rápido como le permitían sus patas. No tenía ninguna dirección en mente, tan sólo huir hacia delante, y retomar la libertad que antaño le fue arrebatada.
Pero toda aquella excitación se vio convertida rápidamente en un profundo sentimiento de frustración cuando el láser, lejos de alcanzarlo, fue absorbido en un extraño remolino que fue a parar a uno de aquellos condenados ojos.
—Ayame… ¡Ayame! Ahí atrás hay compañeros tuyos. Kaido. Daruu. Sé que eres mejor que esto. Sé que eres mejor que yo. Por favor… ¡detente!
Ayame se habría detenido, por supuesto. Aquella niña débil y demasiado buena para lo que le convenía lo habría hecho. Pero lo que se alzaba frente al Uchiha no era Ayame. Era un ser que transcendía a todos aquellos ridículos humanos. Y por eso le dedicó un bramido de ultratumba que reverberó por todas y cada una de las gradas.
Habían pedido espectáculo. Ella se los iba a dar.
Caos. Exclamaciones. Polvo. Chillidos de terror. Pasos apresurados y erráticos. Órdenes dadas al viento.Todo se arremolinaba a su alrededor como si de un enloquecido enjambre se tratara, pero la bestia se limitaba a ignorarlo deliberadamente. Tenía los ojos fijos en su presa, arrodillada y jadeante, ahora debilitada por el continuo uso del chakra, y se acercaba a él con pasos marcados. Se detuvo a pocos metros de él, y arrastró su mano por el suelo como lo haría un caballo o un toro a punto de embestir. Inclinó la cabeza, mostrando las puntas de sus cuernos...
Y entonces sintió unos brazos cerrándose en torno a su cuerpo. Un leve chisporroteo siseó en el aire cuando la energía que envolvía el cuerpo del Gobi abrasó la piel de aquellos que intentaban apresarla. Se revolvió sobre sí misma con un chillido y con el azote de una de sus colas se quitó de encima a una de las moscas. Un chiquillo de pelo verde. Pero no era el único. Junto a ella cayó otra persona, una a la que conocía muy bien...
«No...» «¡NO ME MIRES!»
Otra de sus colas se abalanzó sobre Amedama Daruu con la intención de barrerle, pero algo volvió a embestirla con fuerza...
Y cuando volvió a reincorporarse miró a su alrededor, crispada, airada. Ya no estaban en el estadio, ni siquiera estaban en Uzushiogakure. Todo lo que le rodeaba ahora eran llanuras. Llanuras interminables alfombradas de hierba verde oscuro y anegadas de charcos. Y no estaba sola. Tres molestas moscas la habían acompañado. Pero entre ellas no estaba la única a la que quería aplastar.
El Gobi bramó con toda la energía de sus pulmones, con toda la rabia del depredador que sabía perdida su presa.
Y entonces escuchó al otro de ojos carmesíes. Le daba instrucciones a su compañera para volver a sellarla. ¡Ah, no! ¡Claro que no! ¡No iban a detener la de nuevo! ¡¡NO AHORA QUE TENÍA LA LIBERTAD AL ALCANCE DE SUS PATAS!!
Una tercera cola apareció tras su espalda. Tres contra tres. Las sacudió hacia los tres shinobi, liberando una onda de chakra abrasador hacia cada uno y después echó a correr. A correr tan rápido como le permitían sus patas. No tenía ninguna dirección en mente, tan sólo huir hacia delante, y retomar la libertad que antaño le fue arrebatada.