4/09/2018, 16:00
La estrategia combinada de los shinobis de Uzu y Ame pareció funcionar a la perfección; Akame sonrió para sí cuando abrió los ojos tras el estallido de su bomba de luz y vio a la bestia sumamente desorientada. El proyectil de Daruu impactó de lleno como consecuencia de esto mismo, y Eri no tardó en darles alcance mientras los dedos de su mano se iban iluminando con el fulgor de las llamas características de aquella técnica.
«¡Vamos, Eri-san!»
Sin embargo, todo no iba a ser tan fácil. Eri les confesó con desesperación que no sabía dónde se ubicaba el sello especial de Ayame, y al joven Uchiha se le heló la sangre.
Los siguientes momentos parecieron transcurrir a cámara lenta. Un gigantesco brazo hecho puramente del chakra del bijuu que emergía de su espalda, agitándose en el aire como un látigo hecho con el fuego del mismísimo Yomi. El rugido furioso de Ayame, que trataba a tientas de quitarse a los tres ninjas de encima. El desesperado grito de Daruu, revelando la posición del ansiado sello, el único punto débil de aquel demonio encarnado.
El Amedama, arrojándose encima de aquella figura hecha de puro ardiente charka corrosivo y abrazándola como si se tratase del cuerpo de su amada —en efecto, lo era—.
Akame tampoco perdió el tiempo. No supo si iba a surtir efecto o no, si aquel chakra demoníaco podía ser contrarrestado, pero no había tiempo para dudar. Una cuchilla de vibrante chakra carmesí se formó alrededor de su mano derecha. El jōnin se encomendó a su instinto y saltó hacia delante, moviendo su propio brazo como si de una espada se tratase para intentar seccionar por la mitad aquel brazo de energía.
—¡Ahora!
«¡Vamos, Eri-san!»
Sin embargo, todo no iba a ser tan fácil. Eri les confesó con desesperación que no sabía dónde se ubicaba el sello especial de Ayame, y al joven Uchiha se le heló la sangre.
Los siguientes momentos parecieron transcurrir a cámara lenta. Un gigantesco brazo hecho puramente del chakra del bijuu que emergía de su espalda, agitándose en el aire como un látigo hecho con el fuego del mismísimo Yomi. El rugido furioso de Ayame, que trataba a tientas de quitarse a los tres ninjas de encima. El desesperado grito de Daruu, revelando la posición del ansiado sello, el único punto débil de aquel demonio encarnado.
El Amedama, arrojándose encima de aquella figura hecha de puro ardiente charka corrosivo y abrazándola como si se tratase del cuerpo de su amada —en efecto, lo era—.
Akame tampoco perdió el tiempo. No supo si iba a surtir efecto o no, si aquel chakra demoníaco podía ser contrarrestado, pero no había tiempo para dudar. Una cuchilla de vibrante chakra carmesí se formó alrededor de su mano derecha. El jōnin se encomendó a su instinto y saltó hacia delante, moviendo su propio brazo como si de una espada se tratase para intentar seccionar por la mitad aquel brazo de energía.
—¡Ahora!