4/09/2018, 21:42
Todo terminó más rápido de lo que Akame habría imaginado. A su alrededor, la acción parecía transcurrir a cámara lenta; la Mano del Ogro cortando aquel brazo de chakra demoníaco como si se tratase de mantequilla, para júbilo del Uchiha... Y tres apéndices más surgiendo de éste para su horror.
Eri, enarbolando su mano con aquellas cinco luciérnagas violetas encendidas en la yema de cada dedo.
Ayame, o más bien el bijuu que había tomado posesión de su cuerpo, rugiendo enardecida al ver que la libertad que tanto había ansiado y que era capaz de rozar con la punta de los dedos se le escapaba a pasos agigantados. El chakra blanquecino que recubría su cuerpo, burbujeante, secándose como una escultura de barro al Sol y desprendiéndose de la jinchuuriki.
«Lo hemos... Lo hemos conseguido...»
El joven jōnin contempló el cuerpo maltrecho de la kunoichi de la Lluvia y escuchó lo que quizás serían sus últimas palabras. Y no pudo evitar que un nudo en el estómago le presionara con gran violencia, porque supo que tiempo atrás su propio Hermano había estado en ese lugar.
Daruu se apresuró a auxiliar a su amada, tomándola en brazos. Agradeció la actuación de los ninjas del Remolino y aseguró que les debía un favor... Pero Akame ya no estaba prestando atención. Su mirada yacía fija en los ojos violetas del Amedama, pero sin embargo no transmitía emoción alguna. Dentro de él, una parte muy profunda de su ser, había deseado que fracasaran. Que Eri no pudiera contener el poder del bijuu, que el contrasellado fallase. Que hubiesen tenido, simplemente, que abatir a la bestia.
Eso lo hubiera hecho todo mucho más fácil. Pero ahora...
—Auinque ahora supongo que somos adversarios de forma permanente, ¿eh, Akame-kun?
Daruu sonrió con tristeza. Akame quiso hacerlo.
—Por desgracia... Así es —de repente, el Uchiha se dirigió a su compañera con virulenta rapidez—. ¡Eri-san! ¡Las esposas en mi portaobjetos!
Al unísono de sus palabras, las aspas del Sharingan de Akame empezaron a girar, fijas en los ojos del amejin. Su chakra pronto invadió el sistema circulatorio de Daruu, introduciéndole en un Genjutsu que le paralizaría por completo. Esperaba que su compañera Uzumaki hubiese entendido la orden y tomara los grilletes supresores de chakra que Akame guardaba en el portaobjetos. Una vez colocados, Daruu no tendría oportunidad alguna de entorpecerles.
«Lo siento, Daruu-kun... Pero no tengo alternativa.»
Eri, enarbolando su mano con aquellas cinco luciérnagas violetas encendidas en la yema de cada dedo.
Ayame, o más bien el bijuu que había tomado posesión de su cuerpo, rugiendo enardecida al ver que la libertad que tanto había ansiado y que era capaz de rozar con la punta de los dedos se le escapaba a pasos agigantados. El chakra blanquecino que recubría su cuerpo, burbujeante, secándose como una escultura de barro al Sol y desprendiéndose de la jinchuuriki.
«Lo hemos... Lo hemos conseguido...»
El joven jōnin contempló el cuerpo maltrecho de la kunoichi de la Lluvia y escuchó lo que quizás serían sus últimas palabras. Y no pudo evitar que un nudo en el estómago le presionara con gran violencia, porque supo que tiempo atrás su propio Hermano había estado en ese lugar.
Daruu se apresuró a auxiliar a su amada, tomándola en brazos. Agradeció la actuación de los ninjas del Remolino y aseguró que les debía un favor... Pero Akame ya no estaba prestando atención. Su mirada yacía fija en los ojos violetas del Amedama, pero sin embargo no transmitía emoción alguna. Dentro de él, una parte muy profunda de su ser, había deseado que fracasaran. Que Eri no pudiera contener el poder del bijuu, que el contrasellado fallase. Que hubiesen tenido, simplemente, que abatir a la bestia.
Eso lo hubiera hecho todo mucho más fácil. Pero ahora...
—Auinque ahora supongo que somos adversarios de forma permanente, ¿eh, Akame-kun?
Daruu sonrió con tristeza. Akame quiso hacerlo.
—Por desgracia... Así es —de repente, el Uchiha se dirigió a su compañera con virulenta rapidez—. ¡Eri-san! ¡Las esposas en mi portaobjetos!
Al unísono de sus palabras, las aspas del Sharingan de Akame empezaron a girar, fijas en los ojos del amejin. Su chakra pronto invadió el sistema circulatorio de Daruu, introduciéndole en un Genjutsu que le paralizaría por completo. Esperaba que su compañera Uzumaki hubiese entendido la orden y tomara los grilletes supresores de chakra que Akame guardaba en el portaobjetos. Una vez colocados, Daruu no tendría oportunidad alguna de entorpecerles.
«Lo siento, Daruu-kun... Pero no tengo alternativa.»