4/09/2018, 23:25
(Última modificación: 4/09/2018, 23:25 por Uzumaki Eri.)
—¡TODOS SOIS IGUALES, SUCIAS RATAS DE UZUSHIOGAKURE!
Eri recibió el golpe directamente, y, sin cambiar aquel rostro serio que acababa de adoptar con una pizca de tristeza adornando sus azulados ojos; recibió el siguiente:
—¡Ojalá supiera el Chidori para atravesarte el cuello con el, PUTA!
Apretó sus puños hasta lograr hincar sus cortas uñas en la piel de sus palmas, haciendo que sus nudillos adquiriesen el color de la mismísima nieve. Pese a todo aquello, no se movió del sitio, no quiso moverse, quería recibir el cabezado, pero Akame lo apartó de un empujón, devolviéndole al suelo.
Aquella escena no le brindaba más que un nudo en la garganta y una sensación pesada en el estómago, sumado a la opresión que tenía en el pecho y las ganas tremendas que tenía de querer llorar por lo que estaba ocurriendo, pero... Pero ella era una kunoichi, su deber... Su deber como aquello era... Seguir las órdenes de su villa. Por unos momentos su propia caligrafía apareció delante de sus ojos, ocultos por sus párpados por unos segundos, donde podía leer la respuesta que había dado en el examen sobre qué era para ella ser ninja...
Sin embargo, aquello era muy distante de lo que le parecía a ella ser una kunoichi.
—Buen trabajo, Eri-san —felicitó con voz gris—. Volvamos a casa.
La voz de Akame sacó de sus pensamientos a la muchacha, quien asintió, muda; a la orden del Uchiha. Tomó la mano de su compañero e intentó, en vano, dirigirle otra mirada a Ayame. Allí estaba ella, tirada sobre la hierba, y se odió a sí misma justo cuando volvieron a desaparecerse.
Allí volvía de nuevo, al hospital de Uzushiogakure. No le gustaba ese lugar, lo repudiaba bastante más de lo que quería admitir. Esta vez no cayó al suelo y se mantuvo de pie, y cuando logró recuperarse del pequeño y corto viaje que Akame les había proporcionado, él ya había comenzado a llamar a alguien para que los atendiese.
—Eri-san, ve a buscar a Hanabi-sama, por favor. Quizás todavía esté en el Estadio —ordenó Akame, y ella asintió, solemne—. Y no comentes lo que ha pasado con nadie, ¿entendido? —Le dedicó de nuevo el mismo tipo de asentimiento para, sin girarse de nuevo, salir por las puertas hacia su villa...
En busca de su Kage, que, con suerte, podría seguir en el Estadio.
Eri recibió el golpe directamente, y, sin cambiar aquel rostro serio que acababa de adoptar con una pizca de tristeza adornando sus azulados ojos; recibió el siguiente:
—¡Ojalá supiera el Chidori para atravesarte el cuello con el, PUTA!
Apretó sus puños hasta lograr hincar sus cortas uñas en la piel de sus palmas, haciendo que sus nudillos adquiriesen el color de la mismísima nieve. Pese a todo aquello, no se movió del sitio, no quiso moverse, quería recibir el cabezado, pero Akame lo apartó de un empujón, devolviéndole al suelo.
Aquella escena no le brindaba más que un nudo en la garganta y una sensación pesada en el estómago, sumado a la opresión que tenía en el pecho y las ganas tremendas que tenía de querer llorar por lo que estaba ocurriendo, pero... Pero ella era una kunoichi, su deber... Su deber como aquello era... Seguir las órdenes de su villa. Por unos momentos su propia caligrafía apareció delante de sus ojos, ocultos por sus párpados por unos segundos, donde podía leer la respuesta que había dado en el examen sobre qué era para ella ser ninja...
Sin embargo, aquello era muy distante de lo que le parecía a ella ser una kunoichi.
—Buen trabajo, Eri-san —felicitó con voz gris—. Volvamos a casa.
La voz de Akame sacó de sus pensamientos a la muchacha, quien asintió, muda; a la orden del Uchiha. Tomó la mano de su compañero e intentó, en vano, dirigirle otra mirada a Ayame. Allí estaba ella, tirada sobre la hierba, y se odió a sí misma justo cuando volvieron a desaparecerse.
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Allí volvía de nuevo, al hospital de Uzushiogakure. No le gustaba ese lugar, lo repudiaba bastante más de lo que quería admitir. Esta vez no cayó al suelo y se mantuvo de pie, y cuando logró recuperarse del pequeño y corto viaje que Akame les había proporcionado, él ya había comenzado a llamar a alguien para que los atendiese.
—Eri-san, ve a buscar a Hanabi-sama, por favor. Quizás todavía esté en el Estadio —ordenó Akame, y ella asintió, solemne—. Y no comentes lo que ha pasado con nadie, ¿entendido? —Le dedicó de nuevo el mismo tipo de asentimiento para, sin girarse de nuevo, salir por las puertas hacia su villa...
En busca de su Kage, que, con suerte, podría seguir en el Estadio.
![[Imagen: ksQJqx9.png]](https://i.imgur.com/ksQJqx9.png)